Las épicas cubren la mediocridad de los pueblos

–¡Ha llegado un jinete!

Su silueta, desdibujada en el horizonte como si hubiera sido trazada sobre un papel con tinta china, insinuaba malos augurios. El caballo, algo famélico, transportaba a su dueño con un suave y experto trote. Ambos eran veteranos. El rostro del jinete dejaba traslucir años de soledad, de inexpresables experiencias. Era un cowboy… el nuevo héroe… el que, hazaña tras hazaña, había ido borrando todas las demás épicas.

Acababa de llegar a una pequeña ciudad del “Lejano Oeste”. Se detuvo por un instante y paseó su siniestra e inquisitiva mirada por aquel lugar. Algo había cambiado súbitamente en el aire de la ciudad. Todos sus habitantes se habían dado cuenta de ello y ponderaban, en vano, la posibilidad de hacer frente a un previsible ataque del enemigo. John Longfeet, el ayudante del sheriff, no había parado de repetir la misma canción desde aquel malogrado día en el que su revolver –por una mala jugada del destino– fue más rápido que el de su oponente, y todos creyeron que se trataba de un tipo duro.

–¿De qué demonios de enemigo estáis hablando? ¿Cuántas veces lo tengo que decir? No tenemos enemigos y, por ello, no tenemos historia, ni futuro.

Pero ahora, sus cerebros, estrujados por la ansiedad, pensaban que el miedoso John quizás tuviera razón cuando sugería, una y otra vez, que se estableciese un sistema de defensa nacional. ¡Demasiado tarde! –parecían decir los amedrentados rostros que rodeaban a John. Un hombre cabalgaba impasible desde el otro extremo de la ciudad, donde el sheriff y los peces gordos esperaban noticias, sin duda preñadas de malos presagios.

–¡Es un forastero!

El emisario no pudo decir nada más. Tampoco hacía falta. Todo el mundo había entendido la situación en la que ahora se encontraba su indefensa ciudad.

–Nunca ha venido nadie aquí con la intención de montar un próspero negocio, dijo el veterinario. Sólo asesinos.

El sheriff pidió a la espontánea asamblea que se calmase. De momento no había más que un hombre… un asesino. Y uno siempre es poco cuando se trata de enfrentarse a todo un pueblo. Aquella ventaja numérica pareció tranquilizar, momentáneamente, a la gente.

– Sheriff, quizás debería hablar con él… ver de qué pie cojea, dijo el dueño del banco con cierta intimidación.

–No se preocupen. Yo sé lo que debo hacer. Y antes de nada me voy a ir a casa, y voy a dejar que las cosas se expliquen por sí mismas.

Ese comentario filosófico produjo en los peces gordos de la ciudad, acostumbrados a la simplicidad de su sheriff, una profunda inquietud. Seguramente le habían subestimado. El sheriff que ahora tenían delante de sus narices parecía estar cortado por otro patrón. Se traslucía a través de la expresión de su rostro una nueva fuerza, un nuevo poder. Mejor que fuera así, pues tratar con un asesino nunca es fácil.

Obedeciendo a un leve movimiento de la brida, el caballo se dirigió lentamente al centro de la ciudad. El ruido de los cascos al chocar contra los adoquines que pavimentaban la calle llenó el aterrado silencio que se había apoderado de Dusty City. El cowboy se encaminó a la barbería. Los visillos de las casas circundantes se abrieron ligeramente y docenas de ojos trataban de adivinar las intenciones de aquel hombre a través de un gesto o de un movimiento. Sin embargo, nada de lo que hacía delataba sus secretos planes, sin duda mortíferos. Sus movimientos parecían estudiados, medidos, sopesados. Entró en la barbería y pidió que se le afeitara. Todo el mundo tuvo el mismo pensamiento: “¡Qué gran oportunidad para cortarle la yugular!” Pero no es fácil matar a un hombre que no teme a la muerte. De la barbería se dirigió al salón. Entró pisando fuerte y comió un poco del guiso del día. No ingirió ni una sola gota de alcohol. Sólo agua y un café. Pagó, y salió del salón con la misma flema con la que había entrado… esa flema que tanto exasperaba a los habitantes de Dusty City. Montó en su caballo, y se perdió en lontananza.

“Mal asunto,” pensaron los gerifaltes. El sheriff se quejaba de su injustificado miedo.

–¡Respetables de Dusty City! Olvidemos lo sucedido. Ustedes mismos lo han visto. Se ha afeitado, ha comido el guiso del día, y se ha ido… para siempre.

La gente parecía satisfecha con el resumen circunstancial que había hecho el sheriff, cuando de repente entró en la oficina Mr Murphy. Todo el mundo se levantó y le saludó como se saluda a un benefactor, a un dueño. El sheriff tartamudeó:

–Buenos días, señor Murphy. Supongo que ya se habrá enterado de lo…

Murphy cortó en seco, con una mirada, el incipiente discurso del Sheriff. Después, calmadamente, dijo:

–¡Todo el mundo fuera! Quiero hablar con el sheriff en privado.

Como si la oficina estuviera en llamas, salieron de allí apresuradamente, y esperaron en la calle a que se apagase el incendio. El sheriff intuyó que a partir de ahora nada bueno le iba a suceder.

–¿Quién era ese hombre que llegó a nuestra ciudad esta mañana… sheriff?

–No sé, señor Murphy… un forastero, alguien de paso. Se afeitó, comió un poco del guiso del día en el salón y… se fue. Nada que nos pueda concernir a nosotros.

Mr Murphy golpeó al sheriff en la cara con el guante de piel que llevaba en la mano. El sheriff no se inmutó. De sobras sabía que nadie podía contradecir a Mr Murphy. Era el dueño de Dusty City y de todo el distrito. Tenía importantes acuerdos financieros con los senadores de Washington y con los principales jueces del país. Habían sido comprados por el poderoso lobby de Mr Murphy.

–Tienes la cabeza llena de serrín y empiezo a estar harto de ti. Averigua quién era ese forastero y deja que yo decida lo que nos concierne y lo que no nos concierne.

–Sí, señor. Ahora mismo voy a comenzar las indagaciones.

La mirada de Murphy expresaba claramente un desafío.

–Eso espero… por tu propio bien.

Nuestro jinete, el cowboy, se dirigía ahora a la granja de los Mayfield. Era una pequeña propiedad situada en medio de las tierras de Murphy. Hacía mucho tiempo que Murphy le había propuesto a Bill Mayfield que le vendiera su granja y se largase del país, pero Bill se había resistido hasta ahora con heroica tozudez. El jinete se detuvo frente a la casa y esperó a que alguien le diera la bienvenida o le metiera una bala entre ceja y ceja. Nunca se sabe en el “Lejano Oeste”. Una mujer de unos treinta años apareció en el porche. Era pelirroja, bellísima. Llevaba un vestido ajustado en el talle y un chal de punto rodeando sus hombros. Le miró con cierta desconfianza.

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–¿Quién es usted? ¿Qué quiere?

–Tengo un mensaje para Mr Mayfield.

La mujer se quedó mirándole fijamente por unos instantes, y después le dijo con voz susurrante:

–Espere un momento, por favor. Vuelvo en seguida.

El jinete no respondió. Nunca se servía de esas frases de cortesía social que no quieren decir nada. Instantes después apareció su esposo, Mr Mayfield.

–¿En qué puedo ayudarle?

La pregunta parecía retórica, pues nadie en peores circunstancias que Mr. Mayfield como para ofrecer ayuda en un mundo de chacales.

El jinete se quedó mirándole con esa serenidad que suele dibujar en los rostros de los hombres de acción una mueca de agotamiento, como si conociese toda la historia, como si siempre hubiese jugado el mismo papel, más aún, como si ya hubiese jugado todos los papeles que nos puede ofrecer la vida

–Tengo un mensaje de Rod Saver para usted.

–¿Rod? Créame, nunca le he necesitado tanto en mi vida como ahora.

El jinete no quiso comer nada. Aceptó una taza de café de la que tomó solamente un sorbo. Miró a Bill Mayfield, y dijo lacónicamente:

–Tengo la impresión de que está usted metido en un buen lío.

Bill bajó lentamente la cabeza.

–No puede imaginarse cuan cierto es lo que acaba de decir.

El jinete puso la taza encima de la mesa.

–No tengo mucho tiempo. He venido para ayudarle. Si está dispuesto a luchar, lucharemos hasta el final. De lo contrario, dígamelo, y continuaré mi camino.

Bill miraba ahora al jinete con un repentino asombro. Quizás hablaba en serio, o quizás se trataba de un truco de su viejo amigo Rod.

–¿Luchar? Murphy tiene todo un ejército a su disposición. Controla todo el distrito. Ha sobornado a jueces y senadores. Hasta ahora he podido resistirme, pero su última palabra es clara. Puedo largarme de aquí por las buenas o me echarán por las malas, y eso siempre significa una bala en la cabeza.

Apenas hubo terminado cuando su esposa suspiró asustada. Los dos hombres la miraron. La mujer se levantó y abandonó la estancia. Bill continuó:

–¿De cuántos hombres dispone?

–De momento… estamos usted y yo.

Los ojos de Bill parecían querer salirse de sus órbitas.

–¿Usted y yo? Me parece que no está entendiendo la situación. Este Murphy…

No pudo terminar la frase. El jinete se levantó y se dirigió hacia la puerta.

–Piénselo. Volveré dentro de dos días.

Salió de la casa y fue derecho hacia su caballo. La mujer le estaba esperando.

–Dígame quién es usted. ¿De dónde viene? ¿Qué es lo que le tormenta en su interior?

El jinete la contemplaba ahora con cierta impudencia.

–Son sus ojos los que me torturan. Nada más.

La mujer bajó la mirada. Aquel hombre llenaba el espacio con un poder inusitado.

–Por favor… no nos abandone.

El jinete montó en su caballo y desapareció cubierto por los rayos del sol. Sin duda tenía un plan y estaba dispuesto a ponerlo en práctica.

La ciudad se había llenado de hombres de Murphy. Justo lo que él quería. Volvió a entrar en la barbería. Había cuatro hombres sentados. Cuatro pistoleros contratados por Murphy para acabar con el “problema” lo antes posible.

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–¿Puedo ayudarle en algo? –dijo el barbero muerto de miedo y con la sospecha de que pronto su hermosa barbería quedaría volatilizada por las balas que de un momento a otro comenzarían a estrellarse contra los muros, los sillones, los espejos…. adiós barbería.

–La otra vez no me afeitaste debidamente, así que he vuelto para que termines tu trabajo.

Los pistoleros estaban perplejos ante la arrogancia de aquel hombre que parecía no haberse inmutado ante su presencia, claramente amenazadora. El barbero cada vez estaba más convencido de que su futuro podía terminar en cualquier momento, y de que su barbería pronto quedaría reducida a cenizas. Con un nudo en la garganta, que apenas le permitía pronunciar una palabra, dijo:

–Muy bien señor, le pido disculpas por mi torpeza. Ahora mismo le afeito.

El jinete se sentó y reclinó la cabeza en el respaldo del sillón. Los pistoleros se miraron, sumergidos en el más absoluto asombro, como preguntándose unos a otros cuál debería ser el siguiente paso. Uno de los pistoleros, enervado por la exasperante flema del jinete, desenfundó su revólver y antes de que pudiera poner el dedo en el gatillo, se encontró con dos balazos en el estómago y uno en la cabeza. Muerto, se fue deslizando lentamente hasta dar con su corpulento cuerpo en los azulejos del suelo. El jinete se mantuvo en la misma posición que estaba antes del balaceo. Su cabeza seguía reclinada en el respaldo del sillón como si nada hubiera pasado. El resto de los pistoleros se sintieron presa de un juego letal. Si abandonaban la barbería sin el cuerpo del jinete envuelto en sangre, Murphy acabaría con ellos en menos de un abrir y cerrar de ojos. Si, por otra parte, decidían permanecer, expectantes, en la barbería, estaba claro que aquellos dos endemoniados metros de carne y huesos los iba a mandar al otro mundo en forma de colador. Habían entrado en un callejón sin salida. No les quedaba otra opción. A una mirada bien estudiada, los tres pistoleros sacaron sus revólveres al mismo tiempo, y al mismo tiempo los tres cayeron al suelo como fulminados por un rayo. La mano del barbero temblaba de forma que a duras penas podía sujetar la navaja. Algunos testigos presénciales no podían creer que delante de sus ojos se hubiera producido semejante carnicería.

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Pronto las noticias llegaron a oídos de Murphy, del Sheriff, de los peces gordos y de toda la población. Los malos presagios que habían acompañado, desde un principio, al jinete, se acababan de confirmar.

De la barbería, se dirigió al salón. Se cruzó con una joven y atractiva mujer que iba en dirección contraria. El jinete se interpuso en su camino, y ella no tuvo más remedio que detenerse.

–¿Qué le pasa? ¡Déjeme pasar!

–Odio comer solo.

–Me temo que ese es su problema y yo…

No pudo terminar la frase. El jinete la agarró del pelo con su huesuda mano y la arrastró hasta el salón. Una vez allí, la soltó y le ordenó que se sentase. No era simplemente una mujer. Era la mujer del banquero, la mano derecha de Murphy y uno de los mayores beneficiarios si Billy vendía su granja. La noticia llegó como el relámpago a oídos de su marido y de Murphy. Se diría que el jinete, esta vez, había ido demasiado lejos. Unos minutos después, una bala rozó la abundante cabellera del jinete. Éste ni se inmutó. Siguió comiendo y le ordenó a la mujer que hiciera lo mismo. La siguiente bala rozó su mano e hizo añicos uno de los platos. La mujer no cesaba de gritar con esa histeria con la que suelen gritar las mujeres cuando se encuentran en medio de una situación que no controlan.

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El jinete se levantó y se dirigió hacia la puerta. Antes de llegar, su revolver lanzó una bala que acabó con la vida de uno de los pistoleros que se había escondido debajo de las escaleras. Ya en la puerta, otra bala fue a incrustarse en el estómago de un segundo pistolero. No terminó allí la cosa. El revólver del jinete siguió escupiendo balas, hasta que la calle, el salón y la azotea de los edificios circundantes quedaron sembrados de cadáveres. El jinete volvió a sentarse a la mesa, y terminó de comer el guiso del día.

–He pensado visitarla esta noche en su alcoba. Procure que todo esté listo para nuestro encuentro.

Se limpió la boca, puso unos cuantos centavos encima de la mesa, y salió del salón. Los detalles de aquel festín nunca visto hasta entonces en Dusty City, llegaron a oídos de Billy. Aquel hombre, un tanto extravagante, había logrado lo que todo el ejército americano habría sido incapaz de lograr: inquietar a Murphy.

–¿Qué piensas?

–Le necesitamos.

Los Mayfield se miraron aterrados, como si fueran conscientes de que habían perdido el control de la situación.

El jinete mantuvo su palabra y esa noche durmió con la esposa del banquero en su propia casa. La gente cada vez estaba más lejos de poder salir del asombro que les mantenía cortada la respiración. Lo cierto era que se habían abierto nuevas expectativas. Algunos se frotaban las manos al tiempo que pensaban: “Quizás vuelva la justicia a Dusty City… después de años de humillaciones y extorsiones intolerables a manos del lobby Murphy.”

La mujer del banquero yacía en medio de la cama con las manos cruzadas sobre el pecho.

–Nunca hago el amor con una mujer casada sin el permiso de su marido. ¡Llámalo! ¡Dile que venga!

Aquello iba mucho más allá de todos los límites conocidos e imaginados. Simplemente, era demasiado. Ni siquiera Murphy se habría atrevido a hacer una cosa así. La mujer obedeció la orden del jinete y, unos minutos después, apareció el marido, pálido como la hoja de un cuchillo recién afilado.

–Como supongo que ya sabrá, estoy en esta ciudad de paso y solo… y ya se sabe que la soledad no es buena compañía para un hombre.

–Desde luego que no, señor.

–Me alegra que estemos de acuerdo en este punto. Por ello, había pensado pasar la noche con su esposa, si me lo permite. Odio los malentendidos y las relaciones adúlteras.

–Le entiendo perfectamente, señor. Debe saber que aquí, en esta ciudad, somos famosos por nuestra hospitalidad. Podéis permanecer con nosotros el tiempo que consideréis oportuno.

–Bien. Veo que sois un hombre comprensivo y liberal. Los buenos amigos lo comparten todo. Y ahora que las cosas han quedado claras, lárgate de aquí. No me gustan los mirones.

–Por supuesto, señor… ahora mismo, señor…

La mujer se preguntaba sobrecogida cómo era posible que nunca se hubiera dado cuenta de que estaba casada con la mayor piltrafa humana. Al mismo tiempo, sentía un secreto atractivo por aquel hombre que había desafiado al poderoso, al intocable Murphy.

Todavía no era el alba cuando el jinete abandonó la habitación de la mujer que permanecía en la cama pensativa y conmovida al mismo tiempo. Se dirigió a la oficina del sheriff. El sheriff sabía que tarde o temprano se tendría que enfrentar al hombre que había llegado desde el otro lado del horizonte, y ése, inevitablemente, sería un encuentro fatal.

–Recoged vuestras cosas, tú y tu ayudante, y largaos de la ciudad.

El sheriff temblaba.

–No puedo hacerlo. Murphy me mataría.

El jinete le miraba con una cierta dosis de compasión.

–Te daré otra solución. Únete a mí, y si mueres, habrás muerto como un hombre, no como un perro.

El sheriff se desplomó sobre su silla giratoria.

–No puedo. Simplemente, no puedo.

–Piénsalo. Si todavía estáis aquí mañana, os tendré que matar a los dos.

El sheriff no estaba en posición de responder. El terror le hacía cubrirse el rostro con las manos. El jinete, por su parte, había descubierto cinco hombres apostados en el tejado del banco. Quizás, después de todo, el banquero no fuera tan hospitalario como pretendía. El jinete diseñaba la estrategia a seguir. No le costó mucho tiempo en dar con ella; en cuestión de segundos los cinco pistoleros fueron cayendo uno a uno, abatidos por sus balas. El ayudante entró sin aliento en la oficina del sheriff.

–¿Qué vamos  a hacer? No podemos luchar contra él. ¿Ha visto lo que ha hecho? Es como si dentro tuviera cien hombres.

El sheriff sopesaba todas las posibilidades.

–Me uniré a él. Murphy es un asesino, y todos esos gerifaltes de Dusty City son sus secuaces. No podemos seguir así. El forastero nos ha abierto los ojos. Murphy no es invencible.

El ayudante bajó la cabeza tratando de comprender lo que estaba sucediendo. El sheriff tenía razón. Aquellos malandrines habían ido demasiado lejos.

–Cuente conmigo, sheriff.

Ambos abandonaron la oficina y miraban en todas direcciones tratando de averiguar el paradero del jinete. No lejos de allí, daba de beber a su caballo.

–¿Sigue en pie su oferta?

El jinete fijó su mirada en aquellos dos hombres.

–Claro.

–La aceptamos. Lucharemos juntos. ¿Qué quiere que hagamos?

–En media hora saldremos para la granja de los Mayfield. Estad listos.

Los tres hombres llegaron a la granja antes del anochecer. La mujer de Billy les recibió desde el porche de la casa.

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–Pensé que vendría mañana.

–¿Lamenta que me haya adelantado?

La mujer bajó la cabeza, pero no pudo esconder el inmenso gozo que sentía al verle.

–Usted sabe mejor lo que debe hacer. Sean todos bienvenidos.

Entraron en la casa e inmediatamente apareció Billy. Estaba claro que había tomado una decisión mucho antes de que llegasen. Ese cowboy valía más que un ejército. De ninguna de las maneras estaba dispuesto a dejar pasar esta oportunidad.

–Lucharé. Lucharé contra Murphy y su banda.

Por primera vez desde que llegara a Dusty City el jinete esbozó una sonrisa.

–Bien. Ya somos cuatro.

Se levantó, y se dirigió hacia la puerta.

–Dormiré en el establo. En cuanto a estos dos amigos, yo que usted, les dejaría dormir en su casa.

Sin esperar a una respuesta, desapareció en la oscuridad de la noche. La mujer de Billy le esperaba detrás de la casa.

–Dígame su nombre. Necesito saber su verdadero nombre. Solamente eso.

–Llámeme como mejor le plazca.

–“No,” respondió con nerviosismo. “Quiero saber su verdadero nombre. No le pido nada más.”

El jinete se acercó a ella tanto que sus cuerpos se tocaban. La cogió por los brazos.

–He venido para hacer justicia. Y cuando la haya hecho, me iré.

–¿A dónde?

–A donde me lleve el destino.

–Me sigue pareciendo que algo le atormenta en su interior.

–Ya se lo dije. Son sus ojos la causa de mi tormento.

Sin alargar más la conversación, se dio media vuelta y entró en el establo.

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La batalla comenzó temprano por la mañana. El sheriff cayó muerto después de haber luchado como un tigre durante todo el día. El ayudante resultó herido, pero se recuperó a los pocos días. El jinete no tenía ni un rasguñó, ni tampoco Billy, quien resultó ser un pistolero de primera. La dignidad había vuelto a Dusty City. El sheriff había muerto como un hombre y todos esos ricachones fueron expulsados de la ciudad. La mujer del banquero soñaba, y era solamente un sueño, con que el jinete la sacara de su infierno conyugal. Dusty City volvía a ser una ciudad próspera y tranquila, en la que sus habitantes sentían de nuevo el placer de vivir.

El jinete montó en su caballo.

–No sé cómo agradecerle todo lo que ha hecho por nosotros. ¿Por qué no se queda? Todo el mundo quiere que sea nuestro sheriff.

–Quizás un día encuentre un lugar donde poder descansar. Cuida de ella, Billy.

–Así lo haré.

–“Hasta pronto amigo,” dijo el ayudante mientras sacaba brillo a su estrella de sheriff.

*

El jinete desapareció para siempre. No podemos decir que muriera, pues era un héroe, es decir, el hijo de una diosa y de un mortal, y en estos casos, la muerte siempre es metafórica, eufemística.

Cuando todos dejaron de mirar la silueta desdibujada del jinete, confundida ya con el horizonte, volvieron a respirar y un suspiro de profunda emoción se abrió camino por entre sus polvorientos pulmones. Su cuerpo había desaparecido, pero su espíritu seguiría viviendo para siempre en la leyenda, justo allí, donde lo real y lo ficticio se unen en una simbiosis sagrada e indiferenciada.

América volvía a tener un héroe. ¿Real? ¿Producto de la imaginación de algún filósofo intempestivo? No importaba. Precisamente eso, los detalles, los orígenes, era lo que menos importaba para el caso. Sin embargo, seguía habiendo preguntas inquietantes que la gente se haría tarde o temprano cuando de héroe pasase a dios y fuese llevado al Olimpo de los “inmortales”. ¿Dónde, cómo, de quién aprendió el arte de disparar antes que nadie, de ser el más rápido, el más certero de los pistoleros? Aquella incógnita, contrariamente a lo que se pudiera pensar, dejaba traslucir su origen divino y explicaba todos los enigmas. No obstante, surgirían otras preguntas. ¿Cómo es que nunca sentía miedo, ni siquiera cuando el más valiente de los hombres legendarios no habría podido evitar que el sudor –al menos el sudor– corriese copioso por su frente? Esta observación no haría, sino echar más leña al fuego divino del jinete. Las apariencias también esta vez engañaban. No se trataba simplemente de un hombre fuerte y bien entrenado. Su cuerpo era terrenal, pero su mente y su espíritu pertenecían al mundo supramaterial, como les es propio a los dioses. Las preguntas no tendrían fin, pero las respuestas conducirían siempre a la misma conclusión: Los seres inmortales, los espíritus encarnados, son siempre inaccesibles a la torpe razón humana.

Pronto se le unirían, en el panteón americano, otros dioses más tecnológicos, más alejados de la naturaleza humana; dioses del tipo “Superman”, “Spiderman”… dispuestos a luchar contra los demonios del tipo “Batman”, y a salvar –cuantas veces fuera necesario– a la “aterrorizada” población americana. Tras aquel “boom sagrado” de dioses invencibles, decidieron los tramoyistas volver a la arena humana, demasiado humana, y tratar de reparar la descuartizada dignidad americana que la cobardía, los abusos, las ignominias, la bajeza y el desastre final de Vietnam habían dejado en medio de la historia sin que nadie la pudiese borrar.

El jinete no contaba con el armamento apropiado, y Superman parecía estar ocupado con ciertos problemas de hegemonía cósmica. Los tramoyistas, aconsejados por los fontaneros, decidieron crear del barro, y luego soplar, a una criatura nueva, pero reconocible: una especie de androide solitario tipo el jinete, con poderes, decididamente divinos, que habrían recaído sobre este humilde soldado debido a su incuestionable patriotismo. De esta forma nacía Rambo con la misión de liberar a los soldados americanos que aún permanecían prisioneros en las selvas vietnamitas. Hoy, ni siquiera los más expertos tramoyistas se atreven a crear otro héroe que explique la actuación del triunvirato (US-Francia-UK) en Afganistán e Iraq. La cosa –según dicen– no tiene explicación. “Razón de Estado”. Dossier cerrado. Asesinato de reporteros. Suspensión de todas las leyes… Según comentan ciertos metafísicos bien versados en las crónicas divinas, todo este mejunje es la manifestación terrenal de un conflicto “olímpico” donde los rayos y truenos andan desbocados y, ya se sabe, son los mortales los que tienen que pagar el pato. Quizás por ello hayan decidido volver al pasado griego y troyano hollywoodense, como una terapia sublimatoria que alivie su consciencia y les haga suspirar entre babas: “En verdad que el nuestro es un pasado glorioso”.

Conociendo a los americanos y a los europeos como los conocemos, no parece razonable pensar que hayan sido ellos los artífices de semejante montaje escénico. La épica fue inventada por los judíos precisamente para ocultar su origen de pastores árabes del desierto del Asir y del Yemen. La historia se repite sin cesar. Cuando los judíos cayeron en la cuenta de que América sería la siguiente potencia económica y política, se apresuraron en crearle un origen y una épica que borrasen la verdadera trama urdida en el nuevo continente, sin duda uno de los más viejos.

¿Por qué después de todas esas épicas sobrehumanas y divinas, se crea la del cowboy, la del pistolero impávido, la del jinete pálido? Sin duda, porque el sueño de la mayoría de los judíos ha sido siempre establecer el paraíso en este mundo. Nunca en realidad les interesó el Otro, bien porque no terminaban de creérselo, o bien porque les parecía una dicha demasiado lejana. Tenían prisa por “regocijarse”.

Mas cómo construir el paraíso terrenal con las constantes impertinencias de los Profetas, amonestándoles sin cesar, diciéndoles lo que pueden y lo que no pueden comer, lo que es lícito y lo que es ilícito. No… ¡Basta! Después de matar y negar a muchos de ellos, decidieron construir un mundo laico, sin sermones, sin prohibiciones, sin Profetas ni Libros revelados; Un mundo sin límites morales que, por supuesto, ellos dominarían por “mandato divino”. Más cínica propuesta, imposible.

Al tiempo que la masonería se encargaba de expandir la idea de una “religión laica” que englobase ciertos aspectos esotéricos del resto de las religiones para de esta forma acabar con todas ellas, la épica americana, fabricada en Hollywood, presentaba un héroe ateo, sin necesidad de ningún dios; invencible; impasible ante el sufrimiento y ante la muerte; seguro de sí mismo hasta borrar de su personalidad la duda, la indecisión; portador de unos valores más allá del bien y del mal; conocedor de todas las psicologías humanas, de las respuestas más sabias y oportunas; sensual y al mismo tiempo dueño absoluto de sus pasiones e impulsos. ¿Acaso no nos recuerda este héroe al hombre perfecto de los taoístas, de los budistas, de los estoicos…. de los chamanes?


Con el jinete pálido, los judíos terminan de trazar su círculo “pagano” volviendo al poder chamánico, a la magia (hoy llamada tecnología), a la adivinación, a las drogas, a la fiesta, a los aquelarres… a la adoración del becerro.


El gran Profeta Musa (a.s) Estaba a punto de entregar su alma al Hacedor Supremo. Miró a su gente por última vez. De sobras conocía el final de la historia. Ni la más leve sonrisa logró suavizar el gesto adusto de su rostro:

Habéis sido rebeldes con vuestro Señor desde el primer día que os conocí. (Deuteronomio 9, 24).

Recordad y no olvidéis nunca de qué manera provocasteis la ira del Señor vuestro Dios cuando estabais en el desierto; desde el día en el que abandonasteis Misr hasta que llegasteis a este lugar no habéis cesado de desafiar al Señor. (Deuteronomio 9, 7).

Su última advertencia la pronunció con fuerza y claridad y la amargura de su mirada intensificó el trágico mensaje:

Malditos seréis en la ciudad y malditos en el campo. Maldito será vuestra cesta y vuestro barreño de amasar. (Deuteronomio 28, 15-17)

Seréis objeto de horror, un proverbio, un sinónimo de maldad entre toda la gente entre la que vuestro Señor os hará vivir. (Deuteronomio 28, 37)

Porque no le habéis servido al Señor vuestro Dios con alegría y contento del corazón por la abundancia, y por eso os hará servir a vuestros enemigos a los que el Señor enviará contra vosotros, hambrientos y sedientos, desnudos y carentes de todo. Os pondrá argollas de hierro alrededor de los cuellos, hasta que os haya destruido. (Deuteronomio 28, 47-48)

Aunque una vez fuisteis tan numerosos como las estrellas en el cielo, quedaréis muy pocos, porque no habéis servido al Señor vuestro Dios. (Deuteronomio 28, 62)

Vuestra vida será incierta; día y noche sentiréis temor, sin estar a salvo. (Deuteronomio 28, 66)


Hoy, mientras se divierten en sus fastuosas fiestas y se reúnen con los gobiernos de medio mundo para maquinar sus siniestros planes de dominación universal, sus corazones tiemblan al recordar las palabras de Musa… “día y noche sentiréis temor, sin estar a salvo.”


Tiemblan y saben que, a pesar de sus héroes fabricados y de su épica infantil, son los grandes perdedores de la historia. Sus sueños se desvanecen cada día como se desvanecen los castillos de arena cuando cesa la resaca y vuelven las aguas del mar a bañar la orilla.

Comentarios

2 comments on “Las épicas cubren la mediocridad de los pueblos”
  1. sondas blog dice:

    ¡ ALLAHU AKBAR !

    Me gusta

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