El eje del mal y el objetivismo divino

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Otro de sus discípulos le dijo: Señor, permíteme que vaya primero y entierre a mi padre. Isa (Jesús) le dijo: Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos.”

Mateo 8:21-22

¡Qué extraño pasaje! ¿Acaso el profeta Isa no sabía que un muerto no puede enterrar a otro muerto? Pero aquí, obviamente, se está refiriendo a los vivos cuyo espíritu está muerto y, por lo tanto, están más interesados en relacionarse con los difuntos que con la verdadera vida. Por eso, Isa le dice a su discípulo: Abandona las tinieblas, la oscuridad; aléjate de los muertos vivientes y sígueme, pues yo soy el camino, la verdad y la vida. Y esto mismo encontramos en el Qur-an, cuando Allah el Altísimo nos aclara:

… no es sino un Recuerdo y un Qur-an elevado, para advertir a quien esté vivo…

Qur-an 36:69-70

Y solamente al que esté vivo, pues los muertos no pueden oír, no pueden entender, no pueden moverse. Pueden bailar en una discoteca durante toda la noche, pueden hacer surf en algún mar de moda, pueden lanzarse de un puente o en ala delta, pueden pilotar coches de carreras o tirarse en paracaídas, pero no pueden cambiar sus vidas. Los muertos escriben textos académicos para los muertos; textos sin vida, sin guía, sin luz; textos que aumentan el sopor que los mantiene ajenos a la realidad.

Hemos querido escribir algo que remueva la consciencia, que saque al hombre de la somnolencia que lo mantiene postrado ante los entretenimientos que los artífices de esta grotesca comedia le han fabricado. Para ello, hay material suficiente. Cada día, cada hora, cada minuto… encontramos mil razones para reflexionar, para analizar y asombrarnos de lo terriblemente encubridor, falaz e impostor que es el hombre.

En la primera década del siglo XXI nos habíamos acostumbrado a escuchar en los medios de comunicación el término “eje del mal”. Se trataba, probablemente, de un eje imaginario que entrelazaba a varios países soberanos cuyos gobiernos eran internacionalmente reconocidos; con quienes había intercambios económicos, culturales, políticos… incluso se hablaba de alguno de ellos como un fiel aliado de occidente. Pero una mañana otoñal se desplomaron dos torres gemelas en Nueva York, aparentemente a causa de un ataque suicida planeado y ejecutado por una vigorosa organización cuyos miembros, desparramados por todo el planeta, podían llevar a cabo las operaciones más arriesgadas, utilizando la más alta tecnología. El montaje fue preparado con tal desgana que ya a las pocas semanas del trágico derrumbe nadie se creía la historia oficial, a excepción de la mayoría de los musulmanes sunníes que aún hoy siguen convencidos de que el infortunado suceso se debió a la intrépida maniobra de un grupo de montañeros afganos que entre cueva y cueva habían aprendido a pilotar aviones y a burlar las alarmas del ejército americano. Unos se sintieron orgullosos de que hubiesen sido sus correligionarios los que hubieran asestado tan doloroso golpe al corazón de occidente; y otros, quizás la mayoría, se alinearon con el FBI y la CIA para dejar claro de esta forma que Islam es paz, sumisión y que esos grupos incontrolados debían ser puestos en cuarentena; y a todos les pareció que Guantánamo era la mejor opción. Pero lo cierto es que un mes después del atentado, un grupo de especialistas y de científicos norteamericanos presentaban públicamente un CD en el que, a través de filmaciones, análisis, entrevistas y testimonios, se demostraba claramente que el gobierno americano, sirviéndose de ciertos elementos internos y externos, se había auto-atentado, produciendo un escenario apocalíptico con el que poder exigir un cheque en blanco al mundo entero. Cuando en septiembre de 2010, en el discurso de apertura de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el presidente iraní, Mahmud Ahmadinejad, declaraba que es de conocimiento público que el gobierno americano orquestó el atentado del 11 de septiembre de 2001, el único argumento contra tan arriesgada aseveración fue que 33 delegaciones abandonaran la sala, justo lo que harían 33 niños a los que se les acabase de quitar su barra de regaliz.

Las cosas habían llegado demasiado lejos y había que organizar un nuevo orden mundial en el que apareciesen dos Islam –uno aceptable para occidente, colaborador y amante de sus valores; siempre con un portavoz en los diálogos inter-religiosos apoyando las resoluciones finales que reforzasen la hermandad islámico-judeo-cristiana alrededor de un mismo dios al que no se podía llamar Allah para no herir susceptibilidades. Mientras los judíos masacraban a los musulmanes palestinos y los ejércitos cristianos invadían medio Oriente Medio, los musulmanes no paraban de aplaudir y de pronunciar panegíricos a sus hermanos “monoteístas”. Para entonces los lobbies judíos ya habían acuñado el término “sionismo” –una especie de saco sin fondo, es decir, trucado, en el que echaban sus desmanes, pues también en el judaísmo había quienes se excedían y se olvidaban de que ante todo Dios es amor.

Al comienzo de las sesiones los obispos cristianos se santiguaban en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; los ulamah sunníes decían que en el Nombre de Allah y los judíos recordaban alguna frase del Talmud, sugerente y esotérica, con la que comenzar sus disertaciones. Frente a este Islam se erigía otro –amenazador, radical y terrorista, inadmisible para occidente, que pasaría a ser el Islam falso, encubridor del mensaje profético que ante todo estratificaba la revelación divina en base a un orden cronológico incuestionable: Judaísmo-Cristianismo… e Islam.

El concepto de terrorismo islámico iba a sufrir consecuentemente alguna que otra matización, de forma que si en un principio los terroristas eran aquellos que utilizaban las armas para apoyar sus argumentos, más tarde recibirían esta misma denominación aquellos que negasen la validez de sus dos hermanas mayores, alegando que desde el tiempo en el que Adam (a.s) se arrepintió de haber comido del árbol prohibido hasta el Profeta Muhammad (s.a.s) no había habido otra religión que el Islam, el Tawhid, el sometimiento al Creador de todos los mundos.

A la tuerca terrorista seguían dándole vueltas y ahora resultaban ser sospechosos de terrorismo los que mostraban reticencias a la hora de asistir a los diálogos inter-religiosos, a los que se dejaban crecer la barba, a los que desdeñaban las modas y, sobre todo, a los que no participaban en los acontecimientos culturales más destacados.

Audacia, siempre audacia –máxima preferida de los judíos, que más tarde adoptarían las logias masónicas para continuar el trabajo de los “arquitectos”. Algo parecido había hecho Nerón, sobrino de Calígula, con los cristianos. ¿Quién habría osado acusar a aquel trovador, siempre ensimismado con el rechinar de su lira, de haber incendiado la capital de su imperio, el símbolo del poder romano? La audacia, también en este caso, fue tan audaz que unos y otros decidieron seguirle la corriente al monarca, pagándolo con sus vidas los cristianos declarados radicales y terroristas por los servicios secretos del emperador.

Todo ello nos hace ver que en torno a ese eje del mal no han dejado de girar países, pueblos, individuos, teorías, religiones, lenguas… que en su momento supusieron una clara confrontación con los audaces poderes investidos de legitimidad divina.

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Durante años, Saddam Hussein era presentado ante los medios de comunicación occidentales como un aliado, como un instrumento de justicia y de civilización. Allí están sus fotos en las que estrecha la mano de Rumsfeld y allí están los noticieros alabando el coraje de los soldados iraquís en su intento de tomar parte del territorio iraní en torno al Golfo Pérsico… hasta que fue ahorcado ante las cámaras de televisión de medio mundo. Resultó que Iraq formaba parte del eje del mal; poseía armas de destrucción masiva y los servicios de inteligencia occidentales disponían de evidencia suficiente para concluir que su objetivo principal eran las capitales europeas. Todo el mundo veía asombrado cómo ese absurdo argumento podía ser esgrimido sin el menor reparo por los líderes occidentales, supuestamente mejor informados que nosotros y con mayor capacidad analítica. Estaba claro que Iraq, que sufría un boicot de años, no tenía armas de destrucción masiva, ni tan siquiera poseía un ejército convencional, pero se trataba, en definitiva, de acabar con el mal. Lo mismo ocurrió con Afganistán, y lo mismo querían que ocurriese con el resto de Oriente Medio. Pero resultó ser Oriente y Medio, y no han tenido más remedio que conformarse con unas guerras en las que han perdido miles de soldados y de las que no han obtenido, sino un devastador desprestigio internacional. De nuevo, fueron los musulmanes sunníes los que consolaron a América y a sus aliados europeos pagando los gastos de estas guerras, sosteniendo sus monedas y estrechando los lazos de amistad y colaboración.

Por otra parte, parece obvio que, si existe un eje del mal, debería existir un eje del bien ya que todo en esta creación funciona por parejas de opuestos. No tendría sentido la luz sin la oscuridad, ni lo masculino sin lo femenino, ni el mal sin el bien. Según la ecuación de los lobbies judíos que operan en occidente y lo dirigen, este eje del bien, luminoso y resplandeciente como una estrella fugaz, atravesaría la tierra uniendo América con Europa y creando una fuerza centrípeta que atraería a Japón, Australia, Canadá y los países árabes del Golfo –un ciclón que iría engullendo a gran parte de África, América del Sur y Asia.

Parecía que el nuevo orden mundial iba a ser definitivo y planetario. Para ello se preparó, con más ganas y profesionalidad que en el caso de las torres gemelas, la primavera árabe –trágico y sangriento eufemismo de un bien orquestado todos-contra-todos. Esta vez no han hecho falta ejércitos extranjeros. Los lobbies judíos están viendo con agrado cómo el escenario de las cruzadas vuelve a repetirse mil años más tarde. Musulmanes contra musulmanes; árabes contra árabes. Sin embargo, la ecuación volvía a dar resultado erróneo, y Siria e Irán impedían que ese eje “del bien” atravesase sus territorios; para colmo de ejes del mal, Iraq se alineaba con sus dos vecinos. Por su parte, Rusia y China adquirían una nueva identidad al oponerse a occidente, apoyando a Siria con su veto y con sus armas. Definitivamente, la ecuación se había descompensado más de la cuenta. El eje “del bien” decide batirse en retirada, y planear otro orden mundial, otra primavera, otra guerra… algo que les haga recobrar el protagonismo.

A nosotros nos parece bien esa visión dualista de dos ejes imaginarios y enfrentados, representando al bien y al mal. Quizás no sea una visión muy original, pues trae reminiscencias del maniqueísmo, pero es, en definitiva, la forma más clara y acertada de presentar la realidad. El dilema que ahora se plantea es saber si ese eje del bien y ese eje del mal que nos han presentado los lobbies judíos, los controladores de occidente, se corresponden con el bien y el mal definido por el Creador del Universo, la única Entidad no aprisionada en el subjetivismo humano.

¿Puede occidente representar el eje del bien después de haber exterminado a cientos de pueblos de América; después de haber borrado las huellas de su conocimiento, de sus culturas, de su arte; después de haberles impuesto sus lenguas; después de haber esclavizado a millones de africanos por el mero hecho de ser negros y haberlos enviado al nuevo mundo para trabajar y morir en sus plantaciones; después de haber organizado dos guerras mundiales, en las que perdieron la vida más de 50 millones de seres humanos; después de haber arrojado un arma de destrucción masiva que segó la vida de 300 mil personas en escasos minutos; después de haber exterminado a los aborígenes de Australia y Nueva Zelanda, arrebatándoles, como en América, sus tierras, su pasado, su historia y sus creencias; después de haber asolado Vietnam, Laos, Camboya y después de haber arrasado sus campos de cultivo; después de haber quemado en hogueras a sus mejores hombres solamente por decir “la tierra se mueve” o por decir “Dios es uno”; después de haber mancillado a la naturaleza envenenando sus aguas, contaminado su aire, exterminando cientos de especies, y llenando los fondos marinos de bidones con material radioactivo?

No pienses que los que se regocijan por el mal que han hecho y les gusta que se les alabe por el bien que no han hecho, están a salvo del castigo. Para ellos habrá un castigo doloroso.

Qur-an 3:188

¿Puede occidente representar el eje del bien después de haber mentido al mundo, después de haber empañado con mentiras la realidad, ordenando la destrucción sistemática de Irak, acusándole de tener armas de destrucción masiva –3 millones de muertos, cientos de pueblos de los que no ha queda ni un solo vestigio que recuerde que allí hubo una vez un asentamiento humano, tierras de cultivo, árboles frutales, animales de rebaño… Después del robo masivo de documentación histórica, de tablillas milenarias y de restos arqueológicos; después de haber asesinado, lista en mano, a más de 500 sabios iraquís?

Decididamente tendremos que remitirnos al Libro de Allah para dibujar certeramente los dos ejes alrededor de los cuales gira el devenir humano. Lo primero de lo que nos informa el Todopoderoso es que no son iguales ni pueden estar juntos los que conforman ese eje del bien y los que fabrican el del mal:

¿Es que vamos a poner a los que creen y hacen el bien en el mismo lugar que a los que corrompen en la tierra? ¿O a los temerosos en el mismo lugar que a los perversos?

Qur-an 38:28

A continuación, Allah el Altísimo define a los constructores del mal, a quienes llama dhalimun  ظالمون-

¿Y quién es más injusto que quien inventa mentiras sobre Allah o niega la verdad de Sus Signos?

Qur-an 6:21

*

¿Quién es más injusto que el que inventa una mentira sobre Allah para extraviar a la gente sin tener conocimiento?

Qur-an 6:144

Por lo tanto, el mal, la tiranía, la corrupción… no tienen nada que ver con los sistemas políticos; con que haya o no elecciones cada 4 años; con lujosos parlamentos o juntas militares; con monarquías o sultanatos… La verdadera injusticia, el despotismo, es negar los signos de Allah e impedir que se le adore y se establezca Su Ley.

¿Pero quién es más injusto que quien inventa mentiras sobre Allah habiendo sido llamado al Islam?

Qur-an 61:7

La tiranía es, pues, negar el Islam cuando ha sido presentado de forma correcta, comprensible y clara, arguyendo falsedades y fabricando mentiras para desviar a la gente del camino recto.

El mal, como hemos visto en las aleyas anteriores, implica necesariamente corrupción, a la que los malvados llaman “mejorar las cosas en la tierra”.

Cuando se les dice: No corrompáis en la tierra, responden: En verdad que no hacemos sino mejorarla.

Qur-an 2:11

Norteamérica –donde una mujer es violada cada seis minutos según un estudio realizado por Louise Bloomfield y publicado por la enciclopedia Encarta en 2009, en el que matiza tan dramática cifra afirmando que si todas las mujeres violadas denunciaran su caso el número de violaciones ascendería a una por minuto– suele organizar congresos sobre el medio ambiente para exigir que cese la caza del tigre en África e India; que se controlen las emisiones de dióxido de carbono en Madagascar y el uso de sprays en Burkina Faso, ya que son estos elementos los causantes del continuo deterioro que sufre la biosfera y no las industrias químicas, petroleras, las centrales nucleares y los centros de experimentación de armamento biológico de los países más avanzados.

También hace congresos con el fin de civilizar a las naciones del tercer mundo y darles las claves para construir una sociedad armónica, a pesar de que en el año 2000 casi un millón y medio de niños norteamericanos nacieron fuera del matrimonio, y sólo un 50% de menores vive con ambos padres; a pesar de que el 20% de niños en ese mismo año vivía en la pobreza y un millón había sido acogido en hospicios.

América en particular y occidente en general sufren al ver esas familias musulmanas sin barrigas, estructuradas bajo la autoridad y guía del padre, educadas en elevados valores morales por las madres; familias numerosas en las que los hermanos mayores asumen plena responsabilidad sobre sus hermanos menores. Sufren al ver que no hay divorcio, ni SIDA, ni delincuencia, ni prostitución, ni drogas… todo ello símbolo del precio que los países avanzados han pagado para ser “libres” y caminar por la interminable pista del progreso. Quizás estas familias no han visto las aleccionadoras películas en las que Hollywood y la filmografía europea muestran lo exultante que resulta el divorcio, el adulterio, la prostitución; la profunda implicación filosófica del suicidio. Sufren ante la satisfacción del creyente y le dicen: “¿Qué escrúpulo os atenaza el corazón y os impide probar lo prohibido? ¿Quién os ha dicho que habrá resurrección y después juicio? ¿Qué os pasa que os gusta tanto la virtud?” Así habla occidente, y así hablan los malvados en el Qur-an:

Pero la única respuesta de su gente fue decir: ¡Expulsadlos de vuestra ciudad, en verdad que son gente que se purifica!

Qur-an 7:82

La purificación, la virtud es presentada como abominación, como lo que impide al hombre ser libre, ser él mismo, realizarse. Así hablaba la gente del Profeta Lut, y así hablan los occidentales, pero la Palabra de Allah sesga cualquier argumento al respecto:

¿Vais a los hombres con deseo en vez de a las mujeres? Realmente sois una gente transgresora.

Qur-an 7:81

Occidente no está de acuerdo con Allah el Altísimo. Para ellos, la homosexualidad no es una transgresión, sino un acto de voluntad libre y, por lo tanto, superior a la heterosexualidad que simplemente sigue el “instinto” animal que hay en el hombre. Occidente les permite casarse y adoptar hijos, a pesar de que el patrón universal que ellos mismos han observado en la célula indica que no puede haber reproducción si no hay unión de dos elementos sexualmente distintos. Un óvulo femenino no puede fecundar a otro óvulo femenino; ni un espermatozoide puede fecundar a otro espermatozoide. Desde la célula hasta el hombre impera la heterosexualidad como el principio básico de la vida.

Resulta difícil imaginar el bien sin los adornos de la generosidad, de la magnanimidad, de la compasión, de la misericordia, de la humildad. ¿Pueden entonces representar ese eje del bien quienes no han dejado, desde hace decenios, de decretar embargos contra naciones soberanas, impidiendo que terceros países puedan elegir entre implantar esa misma medida o mantener con ellos relaciones comerciales? ¿Pueden representar el eje del bien quienes han utilizado las poblaciones civiles en zonas de “conflicto” como conejillos de indias para probar la efectividad de su nuevo armamento, de su napalm, de su fósforo blanco…?

De sobras es conocido el clic psicológico por el cual una sociedad acusa a sus enemigos de los males que ella misma adolece, de sus propias faltas y crímenes. Los franceses solían escribir en las paredes del metro parisién “les sales árabes” –sucios árabes, cuando todo el mundo sabe la exquisita limpieza de este pueblo, del que ha surgido una de las pocas aristocracias con las que cuenta la humanidad, como muy bien señaló Nietzsche en Genealogía de la moral. Al mismo tiempo, todas las estadísticas que se han realizado sobre la higiene en Europa han confirmado, indefectiblemente, que los franceses muestran una cierta reticencia a la hora de relacionarse con el agua, sustituyéndola por la colonia y el perfume: perfume sobre sudor, sudor sobre perfume, hasta que los viajes mañaneros en metro resultan insoportables.

No puede haber bondad donde hay encubrimiento. Occidente ha prohibido la verdad desde el comienzo de su existencia como entidad independiente; ha basado su epistemología en la superstición chamánica, y en la negación del “otro”, al que ha acusado sistemáticamente de bárbaro y terrorista. Las banderas de su cultura no han hecho otra cosa que tratar de cubrir una inquietante imagen que desde la noche de los tiempos no ha dejado de aproximarse e insinuarse en el más lejano horizonte. Hoy, esa imagen es nítida como la luz del sol y sigue avanzando. Las balas la atraviesan sin dañarla ni deformarla y ello tiene enloquecido al eje del mal. No saben qué estrategia seguir, que rayo lanzarle para destruirla. Esta imagen consta de 4 elementos íntimamente relacionados: la Lengua Árabe, el Qur-an, Muhammad (s.a.s) y la Qiblah.

Todas las lenguas antiguas, originarias de otras lenguas, han desaparecido o han quedado relegadas a materia de estudio erudito; sólo el árabe se mantiene como lengua viva hablada, leída y escrita por millones de personas en todo el mundo. Hasta tal punto conserva su contemporaneidad que cualquier árabe de hoy puede leer sin dificultad textos escritos hace 1500 años, como es el caso del Qur-an, de los dichos del Profeta (s.a.s) y otros escritos. Cientos de universidades en los cinco continentes ofrecen estudios de licenciatura de lengua árabe.

Tras un prolongado desarrollo de la crítica histórica que comenzara Ibn Haldún en el siglo XIV, no ha quedado un solo libro cuya autenticidad pueda ser demostrada sin ningún tipo de ambages. En la mayoría de los casos no se tiene el original, ni se sabe a ciencia cierta quién lo escribió, o ya no se habla la lengua en la que nos han llegado las versiones posteriores. Únicamente el Qur-an reúne todas las exigencias de la transmisión –se memorizó al tiempo que se transcribía lo que era revelado en una lengua hablada ininterrumpidamente hasta nuestros días, sin que haya habido un solo día o mes o año en el que el texto haya desaparecido permitiendo así su manipulación. La veracidad y exactitud de su contenido histórico, científico, moral y transcendental no hacen, sino afirmarse con el paso del tiempo.

Nadie conoce de su propio padre, hermano, amigo o personaje histórico, lo que se conoce del Profeta Muhammad (s.a.s). Se tienen noticias de los más íntimos detalles de su vida, sus reacciones ante centenares de circunstancias registradas en decenas de miles de dichos. Su actualidad se hace cada vez más patente; su figura más presente; su inigualable personalidad está eclipsando al resto de héroes, inventados o mitificados.

En la fitrah del hombre está la tendencia a buscar el “centro”, a dirigir su mirada al punto físico del que emana la revelación y la guía; al punto del que ha surgido la sabiduría y es origen de las sociedades humanas. Su conocimiento se perdió hace mucho tiempo, y el hombre andaba aturdido mirando a derecha e izquierda sin lograr el equilibrio, sin entender su posición existencial… hasta que fue de nuevo revelado al Profeta Muhammad (s.a.s). Se le dio la qiblah, la dirección correcta a ese centro original -la Ka’bah, la Casa de Allah en la Tierra, erigida en el Valle de Bakkah.

No puede haber otro eje del bien. Estos cuatro elementos constituyen la herencia humana en su última forma. Es el aliento profético; la verdad y la advertencia con las que Allah el Altísimo ha construido el eje de la rectitud:

Por el tiempo; en verdad que el hombre está en pérdida, excepto aquellos que creen y hacen el bien, se encomiendan seguir la verdad y se encomiendan resistir al mal.

Qur-an 103:1-3

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