El continuo reinicio de nuestros valores

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Una nueva palabra está logrando simplificar aún más, si cabe, la realidad social del momento, encubriendo la verdadera intención de quienes la usan como se usa un viejo trapo de cocina, sin utilidad específica clara, pero del que constantemente se echa mano para cualquier función que debería, en realidad, estar cubierta por otro objeto más apropiado. Nos estamos refiriendo aquí a la palabra terror y a sus derivados –terrorismo, terrorista… que a su vez van asociados a otras palabras que poco a poco se han convertido en sus sinónimos, como Islam, islámico, musulmán… matizadas con adjetivos del tipo integrista, fundamentalista, radical

Lo curioso del asunto es que no hay ninguna razón histórica ni explicación específica que justifique tal uso –abuso– y asociaciones. Simplemente se repiten estas palabras cotidianamente en todos los medios de comunicación, charlas, conferencias, conversaciones callejeras… de modo que, al final, uno tiene la impresión de que siempre ha sido así.

Dos factores, fundamentalmente, son responsables de que este tipo de difamaciones tomen cuerpo y arraiguen en la consciencia de los ciudadanos de occidente:

– La amnesia histórica

– La simplificación del conocimiento

La amnesia histórica funciona gracias a un proceso diario de reseting (o inicio) de todos nuestros códigos y valores. Cada día se nos imponen los nuevos acontecimientos que deben ocupar nuestra mente y ser objeto de nuestra preocupación. Hoy, desde el desayuno hasta la comida, rumiamos interiormente la crisis de la bolsa neoyorquina y su posible repercusión en la economía europea. Después de la siesta se nos informa de que a partir de ahora los paquistaníes son nuestros enemigos a pesar de que hace un mes eran un ejemplo de país amigo y colaborador de la justicia internacional. Este sistema de constante reseting hace que no veamos ninguna contradicción entre ambos mensajes. Por la noche, nos inunda el ánimo la querella contra Microsoft y su máximo representante, Bill Gates, acusados de haber violado la ley anti-trust. Ni que decir tiene que en este estado de cosas lo que puedan pensar o sentir mis hijos, familiares o amigos, está fuera de todo lugar e incluso desaparece aplastado por la enormidad de los acontecimientos que conforman la “macro política”.

En cuanto a la simplificación del conocimiento, es un efecto inevitable de la globalización. Globalizar significa, en última instancia, mediocrizar a las masas, a la clase política e intelectual, a los artistas y libre-pensadores… a la sociedad entera. Las complicaciones del pasado han quedado resueltas gracias al nuevo orden mundial. Todo parece estar OK y uno no tiene más que disfrutar del viaje. Pero la realidad dista mucho de estar OK –el lenguaje se empobrece hasta no poder ya escribir una carta; el viaje iniciático se convierte en un lujoso paseo turístico por museos y aeropuertos. La memoria desaparece de los planes de estudio. Cada hogar está provisto de los medios más avanzados de telecomunicación, pero cada cual ignora a su vecino.

A través de este doble sistema de atontamiento: reseting y simplificación, el poder, el verdadero poder, está capacitado para modificar convenientemente los sentimientos de sus súbditos sin que éstos sean conscientes de tales maniobras.

Por nuestra parte, nos hemos impuesto la tarea de reavivar el recuerdo y de complicar los procesos del intelecto de forma que le sea posible al incauto y pusilánime hombre de hoy comprender lo que sucede a su alrededor.

Si logramos sacar tiempo de todas esas horas que pasamos pegados al televisor, leyendo los periódicos o yendo de bares, y logramos interesarnos por nuestro pasado, el de la humanidad, estaremos en mejor posición para afrontar los embistes del poder de facto.

Ya hemos dicho que no hay ninguna razón histórica que justifique la asociación entre terror e Islam. Cuando hace 1400 años un hombre, Muhammad –que Allah le bendiga y le de la paz– comenzó a difundir un nuevo/viejo mensaje, el terror se adueñó de las calles de Makkah. Muchos de los primeros musulmanes fueron asesinados después de sufrir espantosos tormentos. A otros se les obligó a presenciar la tortura y asesinato de sus propios padres y hermanos. Tuvieron que abandonar sus hogares y dirigirse a Abisinia para salvar sus vidas. El clan del Profeta Muhammad sufrió un embargo económico total, así como los clanes que, de forma directa o indirecta, le apoyaban. Al final, y como único escape también para el Profeta, la comunidad musulmana tuvo que emigrar a la ciudad de Medina. El terror, sin embargo, no amainó su persecución y asedio. Los idólatras de Makkah y los judíos de Medina, aliados entre sí, tramaron, una y otra vez, la toma de Medina y el asesinato del Profeta. Cuando, por fin, los musulmanes decidieron pasar a la ofensiva y atacar Makkah, el asalto a la ciudad se hizo sin blandir una espada, sin lucha. Las puertas se abrieron y los mequinenses se sometieron de motu proprio. No sólo no hubo venganza, sino que hubo perdón:

¡Oh gentes del Quraish! ؟Qué esperáis que haga con vosotros?

Los Quraish contestaron:

Esperamos que nos perdones. Eres uno de nuestros hermanos y sabemos que eres misericordioso. También eres el hijo de uno de nuestros hermanos que siempre tuvo misericordia…

Entonces, el Profeta Muhammad les dijo:

Os digo lo que el Profeta Yusuf les dijo a sus hermanos: En este día no se os reprochará nada. Que Allah os perdone. Podéis iros. Sois libres.

Nasai, al-Sunan al-Kubra, VI, 382;

al-Bayhaqi, al-Sunan al-Kubra, IX, 118;

al-Rabi´ ibn Habib, Musnad al-Rabi´, I, 170;

Tahawi, Sharh Ma´ani al-Athar, III, 325.

Tampoco durante el periodo de expansión y fortalecimiento del Islam no hubo nunca terror. El ejército musulmán estuvo siempre en inferioridad de condiciones frente a los grandes imperios de la época. Sus victorias se debieron a su empeño e inquebrantable fe. Aún así, antes de enfrentarse a ellos, intentaba por todos los medios llegar a acuerdos que evitasen la guerra. De forma unilateral, los musulmanes se impusieron unas normas de guerra que ni siquiera hoy las respeta el “mundo civilizado”. Estaba prohibido hacer daño a las mujeres, a los niños y a los ancianos (todos ellos continuamente masacrados por los ejércitos occidentales). No se podían quemar ni cortar los árboles frutales del territorio enemigo, ni dañar sus cosechas ni sus campos. Antes de entrar en combate debían ofrecer a su oponente la oportunidad de aceptar Islam y quedar de esa forma hermanados. Los prisioneros de guerra debían ser tratados como iguales, comer de la misma comida y vestirse con las mismas ropas que los vencedores. El Imperio Otomano nunca obligó a los países conquistados a adoptar el turco como idioma ni a someterse culturalmente al imperio. Cada territorio mantuvo su lengua y su idiosincrasia, rigiéndose por sus propias leyes. La persecución que los reinos cristianos propinaron a cuantos practicaban algún tipo de religiosidad diferente a la de ellos, obligó a judíos y cristianos no católico-romanos a buscar refugio en los países musulmanes. En Siria conviven las comunidades cristianas ortodoxas, armenias, nestorianas, maronitas, católica-siriacas, así como una comunidad judía que sigue viviendo en territorio sirio. En Turquía reside el Patriarca de la Iglesia Ortodoxa de Oriente, así como una importante comunidad de judíos safarditas expulsados de España por los reyes católicos. En Egipto convive la comunidad de los católicos coptos (que mantienen su lengua) con la comunidad musulmana y la mayor concentración de iglesias de los Adventistas del Séptimo Día. Mientras esto es y ha sido así a lo largo de la historia, el terror de la intolerancia y de la Inquisición extendía su negro velo sobre una Europa ignorante que solucionaba con el fuego y la tortura lo que no era capaz de comprender. Mientras las ciencias y las artes florecían en Oriente y en al-Andalus, esa misma Europa sentenciaba a la hoguera a sus mejores mentes que se atrevían a contravenir las interpretaciones bíblicas del clero. Si tuviéramos que definir con una palabra la situación general que ha vivido y vive Occidente, tendríamos que elegir terror como la única apropiada.

¿Por qué, cabría preguntarnos, no hay cristianos maronitas o nestorianos en Francia o en España, países ambos cristianos? ¿Por qué el Patriarca de la iglesia ortodoxa de Oriente vive en Estambul, capital del mundo musulmán, y no en Roma? ¿Por qué no hay drusos en Portugal o alhawitas en Alemania?

Más aún, sería un error achacar toda esta barbarie al pasado. La barbarie, sea pasada o presente indica un error en los fundamentos de quien la ha permitido. Que un país haya practicado la pena de muerte durante mil años y ahora se retracte y la ataque virulentamente como un signo de barbarie, indica que ese país nunca ha estado guiado y que, por lo tanto, todas sus acciones y disposiciones legales manan de los intereses del momento y no de un conocimiento cierto y seguro. Baste recordar los últimos acontecimientos históricos para comprobar que la barbarie nunca ha cesado en Occidente. Ni la barbarie ni el terror que suele acompañarla.

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– Llegada de los europeos a América y consecuente genocidio de la mayor parte de las naciones nativas, su expoliación y esclavitud.

– Política de exterminio en Canadá, Australia y Nueva Zelanda.

– Terrible intervención británica en la India, acompañada de la represión brutal que sufrieron los musulmanes.

– Revolución francesa: eliminación de la clase aristocrática francesa vía guillotina y de todo aquel que se opusiese al nuevo orden de cosas (es interesante a este respecto estudiar detenidamente las masacres en la guerra de la “Vendée”)

– Matanzas indiscriminadas en Argelia a manos de los franceses.

– Hitler, un cristiano protestante, y su intento de exterminio total del pueblo judío, del pueblo gitano y del pueblo eslavo.

– Fabricación de la bomba atómica con los descubrimientos realizados por científicos judíos y su lanzamiento por los cristianos norteamericanos en Japón.

– Revolución rusa y establecimiento de campos de concentración. Decenas de pequeñas repúblicas son sometidas por la fuerza y obligadas a aprender el ruso. Se castiga con la cárcel, o la muerte, la práctica de cualquier religión.

– Lento pero sistemático genocidio del pueblo palestino a manos de los judíos.

Podríamos seguir enumerando todas las fechorías y todo el terror que Occidente ha sembrado y siembra en el mundo, pero queremos acabar este artículo llamando la atención de los ciudadanos norteamericanos sobre un hecho aparentemente paradójico y que, sin embargo, constituye el nudo gordiano de nuestra realidad cotidiana, a saber:

Los estadounidenses no tenéis otro enemigo que la administración estadounidense, ni otro terror que el que ésta tiene a bien regalaros periódicamente.

Fue la administración estadounidense la que colocó toda la flota en Pearl Harbour para que Japón la atacase y tener así un pretexto para entrar en la Segunda Guerra Mundial… y dirigirla. A consecuencia del apaño, murieron 3000 marines norteamericanos. Fue la administración estadounidense la que declaró la guerra a Vietnam, saldándose dicha aventura con 50.000 norteamericanos muertos. Fue la administración estadounidense la que arrasó la granja de Wacco, Texas, con todos sus habitantes dentro. Fue la administración estadounidense la que preparó y ejecutó el atentado contra las torres de Manhattan, y es la administración estadounidense la que ha iniciado la guerra en Afganistán e Irak saldándose, hasta el momento, con más de 30.000 soldados americanos muertos y decenas de miles heridos, condenados, muchos de ellos, a una silla de rueda de por vida.

Norteamérica no es el país number one ni vosotros sois la gente number one, pero tenéis derecho, como todos los demás, a una vida digna y pacífica. Para conseguirlo sólo tenéis que cortarle las manos al que constantemente manipula bombas de acción retardada que explotan una y otra vez trizando vuestras vidas y vuestras esperanzas. Tenéis que cortarle las manos a la administración estadounidense y al lobby judío que la controla… y viviréis en paz… sin terror.

Comentarios

One comment on “El continuo reinicio de nuestros valores”
  1. Gracias, por otro gran artículo.

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