Educar sin Educar

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Primera aproximación –la imitación

Unos de los temas que hoy parecen preocupar más a la mayoría de la gente o, al menos, uno de los que más se habla, es la educación –cómo educar a nuestros hijos. La prueba de ello es que una buena parte de los libros que se publican anualmente, así como de las programaciones televisivas tratan de resolver este acuciante problema. El resultado, sin embargo, es cercano a cero. Y ello porque se entiende la educación –como por otra parte el resto de las ciencias– en términos académicos. Se ha proyectado por doquier la idea de que estudiar o entender intelectualmente un asunto significa aplicarlo –si un joven estudia la vida de los Profetas y entiende su comportamiento, su moral, sus valores, sin duda alguna que incorporará todo eso a su vida. No obstante, lo que vemos a nuestro alrededor es justo lo contrario –cada vez hay más libros que hablan de educación, más institutos de pedagogía, más ediciones de la Biblia y del Qur-an… y cada vez nuestros jóvenes, nuestros hijos, se alejan más de todo ese conocimiento –es una mera cuestión académica, un medio de conseguir un diploma que les permita obtener un trabajo, un sueldo.

Pero la educación no es una cuestión académica, sino la esencia misma de nuestro fitrah, de nuestro programa existencial. Si retornamos a ella, encontraremos que no hay mejor método para educar que “educar sin educar”.

La atenta observación de nuestra naturaleza primigenia nos enseña que Allah el Altísimo ha introducido en ella, al crearla, un elemento educativo fundamental –la imitación. Este elemento nos permite educar de forma efectiva a nuestros hijos, casi desde su nacimiento, sin tener que esperar a que sus capacidades cognoscitivas –una vez desarrolladas– les permitan entender nuestros consejos, nuestra cosmogonía, nuestros valores, nuestra mil-lah. Pero al mismo tiempo, este elemento educativo desvela la hipocresía de nuestras sociedades cuando la sabiduría que transmitimos oralmente a nuestros hijos entra en clara contradicción con la forma en la que vivimos.

Los imam jatib utilizan la sura de Luqman como base argumental de su discurso y recuerdan a su audiencia sus sabios consejos:

(13) Le dijo Luqman a su hijo para aleccionarle y ponerle en guardia: “¡Hijo mío! No des poder a otro que Allah, pues hacerlo es la peor de las infamias.”
Qur-an 31 – Luqman

¡No podemos darles a nuestros hijos mejor consejo! Mas que efectividad real puede tener cuando les compramos pantalones vaqueros; camisetas con un montón de sandeces escritas en ellas como si fueran periódicos; ropa de marca bien marcada; corte de pelo a la última moda… Hemos llenado su vida de “dioses”, hemos dado poder a multitud de entidades y luego les decimos: ¡Hijo mío! No des poder a otro que Allah…”

La verbosidad con la que ametrallamos a nuestros hijos en casa y en la escuela es uno de los factores que carcomen el edificio educativo. Les decimos que el Profeta Muhammad (s.a.s) vivía muy modestamente, comía en el suelo, cogía la comida con la mano, se acostaba en un colchón hecho de cuerdas, había veces que sólo contaba con una túnica o una camisa… Les decimos todo eso, pero nuestro ideal es el lujo burgués; comemos en mesas y nos sentamos en sillas; utilizamos cuchillos de diversos tipos, tenedores, cucharas de diferentes tamaños; nos acostamos en sofisticados colchones fabricados con la última tecnología y tenemos el armario lleno de ropa. Ante esa evidencia, ante esa forma de vida, nuestros discursos no tienen ninguna eficacia. El niño imita a sus padres y a sus hermanos mayores sin que lleguen a su consciencia las palabras “educativas” que escuchan por doquier.

La infancia es el tiempo en el que se grava a fuego la cosmogonía, los valores, que regirá la vida de los seres humanos. Y esta cosmogonía y estos valores se gravarán con el fuego de la imitación y no de la reflexión que pudiera surgir al escuchar el discurso de sus mayores. Allah el Altísimo ha protegido a los niños de la hipocresía de los adultos a través de la imitación. No importa lo que se les diga, ellos les imitarán con la misma precisión que una copia maestra imita al original. Podemos tratar de engañarles con palabras, pero la imitación anulará el engaño.

Educar sin educar significa vivir nuestra creencia en todos los aspectos de la vida, de forma que el niño tenga un claro modelo a seguir, a imitar. Si comemos en el suelo y nos llevamos con los dedos la comida a la boca; si nuestras casas están desprovistas de todo lujo y en nuestros armarios sólo tenemos la ropa que necesitamos y no la que nos impone la cultura a través de la moda, entonces podremos hablar con nuestros hijos de otras cosas, podremos dedicar nuestro tiempo al estudio y a la reflexión, pues la educación estará actuando en ellos de forma constante y automática a través de la imitación.

Podemos hablar a nuestros hijos de Ajirah, pero este concepto no entrará en sus corazones mientras sigamos adorando la tecnología y el llamado “progreso”. Nos resultará relativamente fácil hacer que memoricen varias suras del Qur-an, o incluso el Qur-an entero, pero el Libro de Allah no tendrá la más mínima influencia en sus vidas mientras adoremos los valores de occidente y los hagamos nuestros. Allahu akbar será una mera expresión en sus bocas que a veces utilizarán para expresar algo como “¡Estupendo!”, pero la verdadera admiración será para la NASA, las Naciones Unidas, Toyota, Nokia, Bill Gates… y para otros de sus dioses.

No se puede engañar a un niño. Su mil-lah delatará nuestra verdadera enseñanza, la verdadera educación que le hemos dado. Los jóvenes musulmanes de hoy no temen a Allah, sino a la cultura de su sociedad –temen no llevar ropa de marca o no tener un teléfono celular último modelo. Eso es lo único que nos preocupa a nosotros. Les contamos el hadiz en el que se relata que unos hombres de una tribu árabe visitaron al Profeta (s.a.s) y le dijeron: “Nosotros llevamos bigote y nos afeitamos la barba.” A lo que el Profeta (s.a.s) les respondió: “Pues nosotros nos afeitamos el bigote y nos dejamos la barba”. Se lo contamos bien afeitados o con un flamante bigote. Les transmitimos nuestro miedo al futuro en vez de transmitirles temor a Ajirah. Lo que importa es tener un título y un buen sueldo, el Din viene después, es algo secundario o simplemente una opción entre otras muchas. Mientras saque buenas notas en el colegio y en la universidad, no nos preocupa si hace la salah o si hay iman en su corazón.

Nuestros hijos son el reflejo de nuestra mil-lah y ningún discurso podrá cambiar este hecho incuestionable.

Segunda aproximación –el niño rey

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Cuando entramos en una mezquita para hacer la salah, lo primero que nos choca y nos produce una innata aversión es ver a un montón de chavales en las primeras filas o mezclados con los hombres. Más aversión aún nos provoca el ver a esos hombres hacerles sitio o incluso retroceder una fila para que esos renacuajos se pongan delante de ellos. Cualquier crítica que hagas contra esa patética escena se volverá contra ti –los niños son los reyes, el centro del universo. Han destronado a los padres y son ellos ahora quienes dirigen la casa, la escuela y la sociedad.

Los hombres de hoy adolecen de tal debilidad psicológica, de tal falta de determinación, que son incapaces de reaccionar ante semejante golpe de estado. Todo gira alrededor de los caprichos de los niños y todos admiten que tienen derecho a ellos y a mucho más. Los hijos se han convertido en un fin en sí mismo, a pesar de las repetidas advertencias de Allah el Altísimo en el Qur-an para que no caigamos en tan aberrante situación.

(28) Y sabed que vuestra riqueza y vuestros hijos son causa de discordia y que es Allah Quien mejor recompensa vuestras acciones.
Qur-an 8 – al Anfal

Lo que hoy está ocurriendo en nuestras sociedades es un asalto a la razón, una inversión de valores y de responsabilidades. Mucha gente considera un hecho sin importancia que los niños se mezclen con los hombres en la salah o incluso que ocupen las primeras filas. La ignorancia les vela el entendimiento. El Profeta Muhammad nos ordenó que en la salah los hombres estuvieran delante, detrás los niños y detrás de ellos las mujeres. Y en ello hay una gran lección pedagógica. El orden que el Profeta (s.a.s) estableció tiene como finalidad educar a los niños y a los jóvenes; hacerles comprender que no se pueden equiparar con los adultos, con sus mayores, pues sobre ellos recae el peso de enormes responsabilidades, un peso que les aplastaría si tuvieran que soportarlo. Esos niños y esos jóvenes vienen a la mezquita en el tiempo de las salah que les conviene; nunca se les ve en la salah de fayr ni en la salah de ‘isha, pues están durmiendo o viendo la televisión. Sin embargo, somos nosotros quienes les damos ese valor y los colocamos por encima de nosotros.

Vienen a la mezquita sin realmente saber hacer la salah; no tienen disciplina ni son capaces de mantenerse en la misma posición más de 3 segundos, pero la madre quiere ver tranquila la televisión –alguna telenovela– y manda a los hijos a la mezquita con el padre, un hombre sin determinación que ha aceptado su destino de esclavo –trabaja sin descanso para comprarle vestidos a su “muñeca Barbi” y ropa de marca a los reyezuelos de la casa. Le han dicho que así es en occidente y eso le basta para no sentirse culpable, para desentenderse del abandono en el que ha dejado a su familia. Le han explicado que la “constitución” que siguen sus dioses no es la Ley de Allah, sino “Los Derechos Humanos” –Los hijos tienen derechos, las esposas tienen derechos, los perros, las moscas tienen derechos. Ya no es como antes, ahora todos mandan. Tiene que haber consenso y la última palabra siempre la tienen los hijos. Así lo han decidido las Naciones Unidas. A cada niño se le da en la escuela un número de teléfono al que puede llamar en caso de ser maltratado –eufemismo de ser tratado como un niño. Es la inevitabilidad de la civilización, del progreso.

Esta tragedia no pasaría de ser una tragicomedia si no fuera porque esos niños mañana serán los hombres que dirijan la nación. Hombres que han crecido en el más absoluto despotismo, sin respeto a los mayores ni a ellos mismos, incapaces de valorar lo que se ha hecho por ellos. Son el centro del universo y no tienen por qué agradecer nada a nadie.

Uno de los elementos de la sabiduría profética que ha sido transportado en mitos y leyendas y plantado en diversas doctrinas filosóficas y espirituales es el de los “opuestos”, representado en los principios “masculino” y “femenino”.

Estos principios los encontramos primeramente en el microcosmos. Si nos metemos en él y observamos el funcionamiento del átomo de hidrógeno, veremos que tiene una fuerte tendencia a transferir –donar– un electrón a un aceptor –como por ejemplo el átomo de oxígeno– que por el contrario tiene una fuerte tendencia a recibir un electrón. En este caso, el hidrógeno actúa como un elemento masculino, un elemento activo que da, que penetra desprendiéndose de un electrón, mientras que el oxígeno actúa como un elemento femenino, pasivo, aceptor que recibe el electrón del átomo de hidrógeno.

Si trasladamos este funcionamiento al antropocosmos –a nuestro mundo– caeremos en la cuenta de que todo ser humano, a lo largo de su vida, va adquiriendo funciones a la vez masculinas y femeninas.

Con respecto a Allah el Altísimo el hombre es un elemento femenino. No puede darle nada a su Señor. No puede transferirle poder, bienes, conocimiento… ya que es el hombre quien recibe de Él todas las cosas. Por el contrario, Allah es dador –wahab– masculino, provee a Sus siervos con todo lo que necesitan.

En este ejemplo vemos claramente la relación que se establece entre los principios masculinos y femeninos. Cuando esta relación está perfectamente armonizada, surge la fecundación, la vida, el amor entre dichos elementos. El amor de Allah hacia Sus siervos se manifiesta en Su acción de dar (en el caso de Allah, constantemente y absolutamente), mientras que el amor del hombre hacia su Creador se manifiesta en el agradecimiento. Lo único que puede hacer el hombre es agradecer después de haber recibido.

Esta misma relación es la que se establece entre alumno y maestro. Cuando somos alumnos adquirimos características femeninas. Somos aceptores, recibimos el conocimiento de nuestros profesores y no podemos hacer otra cosa que mostrarles nuestro agradecimiento –estando atentos a su discurso, sirviéndoles en todo aquello que podamos y respetándoles. Al mismo tiempo, el maestro adquiere características masculinas –es un elemento activo, dador.

El esposo a su vez es un elemento masculino con respecto a su esposa –trae la provisión al hogar, la protege, cuida de ella, se sacrifica por ella. Por el contrario, la esposa funciona femeninamente al recibir todo lo que el esposo le da, funciona como aceptor. Este hecho se manifiesta de forma más contundente en la relación sexual –el hombre actúa como un elemento activo, que da y penetra, mientras que la mujer actúa como un elemento pasivo que recibe. Sin embargo, la mujer es un elemento masculino con respecto a sus hijos y estos, a su vez, son elementos femeninos con respecto a la madre, ya que de ella lo reciben todo –el alimento, la protección, el cuidado, la educación. Por lo tanto, la manera en la que se manifieste el amor del esposo hacia la esposa, será dando; y la de la esposa hacia el esposo, será agradeciendo. De igual forma, el amor de la madre hacia sus hijos se manifestará dándoles todo lo que necesiten, y la de éstos hacia ella se manifestará agradeciéndoselo.

En todos los aspectos de la vida humana vemos este mismo proceso, esta misma relación. Armonizarla debidamente nos llevará a evitar la mayor parte de los conflictos sociales y psicológicos. Los elementos masculinos deben actuar como tales, deben ser dadores, activos y protectores. Por su parte, los elementos femeninos deben ser receptores, aceptores y agradecidos. Cuando ambas funciones se armonizan surge la fecundación, el amor y la vida. El hidrógeno se armoniza con el oxígeno originando el agua, la substancia de donde sale todo ser vivo. El hombre se armoniza con la mujer y surge una nueva vida, una nueva criatura. Dos hombres o dos mujeres pueden armonizarse en el placer, pero no habrá fecundación. Para generar vida hacen falta los opuestos, la totalidad partida y unida de nuevo.

Nada más importante en el proceso educativo que comprender la adecuada relación de los opuestos y sus funciones. El hijo mayor es femenino con respecto a sus padres y, por lo tanto, debe relacionarse con ellos a través del agradecimiento –ayudando, sirviendo, respetando a sus progenitores. Sin embargo, con respecto a sus otros hermanos será un elemento masculino y ellos un elemento femenino. Él deberá enseñarles, educarles, protegerles… y ellos deberán mostrarse agradecidos en tanto que aceptores obedeciéndole y admirándole, pues la admiración es parte del agradecimiento, del amor femenino.

Ahora bien, ¿qué sucederá cuando el maestro no sea un verdadero dador por negligencia, ignorancia o avaricia? Se romperá la armonía entre los opuestos, se desequilibrará la ecuación y se generarán conflictos. El maestro habrá dejado de cumplir con su función masculina y el alumno no podrá ya agradecerle, respetarle y admirarle. El elemento masculino no podrá cumplir con su función si carece de responsabilidad, de generosidad y de capacidad de sacrificio; todo ello características que emanan de la determinación. Ese maestro se ha despreocupado de su función, no investiga y su conocimiento se ha quedado obsoleto.

Ahora bien, la desarmonización puede venir de la parte del alumno. No se da cuenta del gran tesoro con el que su maestro le provee. Prefiere divertirse despreocupándose de su función femenina, su función de aceptor. En ambos casos se romperá el enlace, la conexión, la armonía, produciéndose un grave conflicto entre sus elementos.

Si el niño, en cuanto que hijo, no toma plenamente la función femenina con respecto a sus padres y la función masculina con respecto a sus hermanos o hermanas menores, habrá conflicto familiar. De la misma manera, si el padre no asume su función masculina con respecto a su esposa e hijos, y la esposa no asume su función femenina con respecto a su esposo y masculina con respecto a sus hijos, de nuevo habrá un gran conflicto familiar.

En todos los dominios de la creación la armonía se establece cuando los opuestos cumplen debidamente con sus respectivas funciones.

Cuando el niño asume actuaciones masculinas con respecto a sus padres y maestros, podrá triunfar socialmente como médico, abogado o empleado en alguna oficina gubernamental, pero en tanto que ser humano se habrá convertido en una persona arrogante, déspota e individualista, rompiendo la armonía universal y separándose, repelido, de sus opuestos.

Los padres han dejado de tener determinación y por ello no pueden cumplir con las funciones masculinas que les son propias. Obedecen sumisos las órdenes de sus hijos, y los anteponen a Allah y a la comunidad de creyentes. Esta relación enfermiza afecta, a su vez, a la relación maestro-discípulo. El alumno, apoyado por las leyes que emanan de los gobiernos que no cumplen con su función masculina, su función de dador, asume las funciones masculinas obligando así al maestro a asumir las funciones femeninas. Los enlaces entre átomos y moléculas se van rompiendo provocando una dispersión que acabará en una total aniquilación, una explosión que lejos de provocar la fecundación, la vida, el amor… dará lugar al exterminio, la esterilidad y el odio.

Tercera aproximación –la base educativa

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La verdadera educación no está basada en datos, sino en valores. Un hombre no es la suma de las informaciones que ha ido almacenando a lo largo de su vida. Los datos actúan como bloques en una construcción –sin una estructura firmemente asentada sobre unos sólidos cimientos ¿dónde pondremos esos bloques? ¿Qué diseño seguiremos? La propia estructura nos indica dónde deberemos colocarlos. La educación de hoy está basada únicamente en bloques, bloques que colocamos arbitrariamente pues carecemos de la estructura básica. Carecemos de planos y no podemos ver el edificio terminado. Hemos levantado una pared y ahora nos damos cuenta de que no coincide con la otra; las unimos con pegotes y así vamos construyendo hasta que nuestra edificación se parece a un adefesio. Y a un adefesio se parecen nuestros hijos con la educación que les damos basada en pegotes informativos.

 Estudian matemáticas, física, historia… Almacenan datos inconexos –La física no tiene relación con la historia, la historia no tiene relación con la química ni la química con el inglés. No importa, se trata de acumular datos para el examen, para el diploma, para un buen trabajo y un buen sueldo. Lo único que cuenta es la economía. Los programas políticos de occidente son meras propuestas económicas; sus ideales son promesas de lujo burgués –cambiar de coche cada año, adquirir una segunda vivienda, poder comprar ropa de marca y la última tecnología. Nos hemos convertido en muñecos con los que juega un niño regordete y gigante.

¿Dónde en este escenario podemos colocar a Allah, Ajirah, el Día del Juicio…? ¡Leyendas de los antiguos!

Nuestros hijos crecen con una clara cosmogonía –Allah es democrático, pro derechos humanos, feminista, miembro de alguna organización protectora de animales, amante de la tecnología. Si tuviera cuerpo, llevaría vaqueros y corbata los días de fiesta. Esta es la imagen que hemos proyectado sobre nuestros hijos, pero de vez en cuando escuchan en las mezquitas los viernes: ¡Hijo mío! No des poder a otro que Allah…” ¡Voz que clama en el desierto! ¡Voz que no puede llegar a ningún corazón!

La verdadera educación debe estar basada en sólidos valores y un claro conocimiento, y no en datos e informaciones inconexas.

Si hay Ajirah, entonces no hay progreso ni la historia debe ser tomada como un dios. Si hay Ajirah, esta vida de dunia no puede tener sentido en sí misma; su objetivo es prepararnos para alcanzar el Jardín en Ajirah. Estas proposiciones son la base misma de la educación, y no tenerlas siempre a la vista nos llevará a perder la guía, a olvidar el objetivo de la vida de dunia y, de esta forma, ir a la deriva como un barco sin brújula ni astrolabio en una noche cerrada.

Ahora bien, si estas proposiciones que acabamos de enunciar son ciertas, ¿qué valor tienen los sistemas educativos implantados hoy en el mundo entero? ¿Qué valor tiene enviar a nuestros hijos a la escuela primaria, secundaria, a la universidad…? Ninguno, absolutamente ninguno. Una pérdida de tiempo, de energía y, en muchos casos, de dinero. La educación está basada en valores, en conocimiento y no en datos e informaciones. Los bloques los iremos colocando según los necesitemos y según comprendamos claramente su utilidad. No estudiamos química a los 14 años porque un tecnócrata ha planificado nuestra “educación”. Estudiamos química cuando comprendemos que la célula es la plantilla, el patrón, con el que Allah el Altísimo ha creado el universo. Estudiamos química y biología y física para mejor comprender el funcionamiento celular; y estudiamos todas estas materias con el Qur-an para entender la relación entre todos los elementos que forman la existencia y ver la unidad absoluta –el Tawhid– que los mantiene enlazados. No estudiamos las ciencias para conseguir un buen trabajo y un buen sueldo, sino para comprender la creación de Allah a su nivel funcional. El dinero lo ganamos trabajando en un oficio, pues todo el conocimiento es de Allah y no debemos venderlo para nuestro provecho mundano.

Ya tenemos una clara aproximación a la base educativa –la fuente económica de nuestros hijos deben ser los oficios (sastre, carpintero, herrero, curtidor, albañil, impresor…), y el conocimiento que deriva de la actividad de nuestras capacidades cognoscitivas activadas por el Qur-an debemos darlo gratuitamente.

La siguiente aproximación será la de la riqueza –el mayor bien que podemos atesorar en este mundo no es el oro ni la plata ni los caballos de raza ni los camellos pardos ni la tecnología punta… sino el sacrificio. El sacrificio es nuestro capital, pues en base a él adquiriremos un mayor o menor rango ante Allah. Nuestro valor en Ajirah se medirá con la moneda del sacrificio –¿Qué hemos abandonado por Allah el Altísimo? ¿Qué hemos dado en el Camino de Allah? Debemos explicar a nuestros hijos que el Jardín no es gratuito. El negocio que el Misericordioso nos propone sin duda es muy ventajoso, pero algo hay que pagar. Tenemos que preferirlo al engañoso paraíso terrenal que el shaytan nos ofrece. Tenemos que explicar a nuestros hijos que no se puede regatear la entrada al Jardín –A quien desea la vida efímera de este mundo le adelantamos en ella lo que queremos y a quien queremos. Luego lo arrojaremos a yahannam donde arderá reprobado y apartado de la misericordia de Allah. Mas quien desee la vida de Ajirah y se esfuerce por conseguirla siendo creyente que sepa que sus esfuerzos serán recompensados. (Qur-an 17:18-19) Si no hay esfuerzo, sacrificio, no habrá Jardín. El objetivo de esta vida no es conseguir lo que es propio de la vida de Ajirah –lujo, bienestar, inmortalidad… Esas promesas son las que forman el engañoso susurro del shaytan. Los occidentales intentan conseguir todo eso en este mundo con la tecnología, pero lo único que obtiene es perdición –Que no te lleve a engaño el hecho de que sean los encubridores los que tengan predominio en el territorio en vez de vosotros. No es sino un efímero disfrute y luego su morada será yahannam. ¡Qué mal lugar de reposo! (Qur-an 3:196-197) La tecnología intenta “facilitar” las cosas, pero su efecto verdadero es la holgazanería, el individualismo y la arrogancia –tres características del hombre de hoy, tres características que anulan la determinación.

La siguiente aproximación a la base educativa es el recogimiento, lo contrario del exhibicionismo, de un continuo mostrarse a los demás. El hiyab significa vivir hacia dentro y no hacia fuera. Significa explorar nuestro interior, la rica geografía de nuestra nafs. Nos familiarizamos con la sabiduría de la fitrah al tiempo que abandonamos la superficialidad de la cultura. Nos recogemos porque en nosotros hay un tesoro y los tesoros se esconden, se ocultan. No vamos por la calle mostrando nuestra riqueza. Lo que hoy vemos, sin embargo, es todo lo contrario. El hiyab de nuestras hijas se ha convertido en una prenda de vestir sujeta como las demás a la moda. No hay en ellas recogimiento, sino exhibicionismo. Quieren mostrar sus encantos; quieren atraer, ser admiradas, deseadas. Pero eso es lo que buscan las prostitutas –se visten de forma provocativa para atraer a sus clientes. Las prostitutas viven hacia fuera pues en el afuera está su negocio. La misma actitud que vemos hoy en nuestras hijas. Es la actitud que las madres les inculcan como la base educativa –“Nosotras hemos sido esclavas toda nuestra vida, pero vosotras disfrutad, vestíos de forma que todos los hombres os deseen, y para acallar las voces de esta hipócrita sociedad, poneos un hijab que no oculte vuestra belleza”. Vemos esta actitud claramente en las bodas. Es la gran oportunidad para manifestar lo que realmente hay en su interior –se visten con ropa de fiesta estilo europeo, se maquillan, se peinan provocativamente, bailan… Eso es lo que les gustaría hacer todos los días, eso es lo que transmiten a sus hijas. Los padres asienten porque ya no son hombres con fuerza y determinación, con una clara visión de la existencia. Son parte del decorado, un elemento pasivo en el escenario familiar. Trabajan, ven la televisión, fuman narguile y miran de reojo cuando sus hijas salen de casa con pantalones bien ajustados. No saben cuándo volverán ni con quien, pero no pueden hacer nada –es la libertad.

Cuarta aproximación –la sacrosanta costumbre

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No sabemos a ciencia cierta por qué ocurre, pero basta con decir que algo es costumbre para que se convierta ipso facto en algo permitido y bueno. Sin embargo, lo que es halal (permitido) y lo que es haram (prohibido) es algo que atañe a Allah el Altísimo decidirlo y no a los hombres ni a las sociedades.

Cuando llega el Islam, todas esas costumbres que regían las diferentes sociedades en Arabia o fuera de Arabia deberán ser cribadas a través de la sunnah de los Profetas. Lo que pase de ellas, podrá seguir funcionando, y lo que no pase, deberá ser desechado.

Las costumbres son manifestaciones de la subjetividad humana, mientras que la sunnah de los Profetas son manifestaciones de la objetividad Divina y, por lo tanto, es esta objetividad la que delimitará lo aceptable e inaceptable de las costumbres.

Muchos jóvenes te dicen que en Siria no se pueden casar. Cuando les preguntas “¿por qué?” te contestan que hace falta mucho dinero. ¡Pero cómo va a hacer falta mucho dinero? Para casarte lo único que necesitas es una mujer, una mujer con la que construir tu familia. ¿Y qué necesita una mujer? Un hombre con el construir su familia. ¿Algo más? Por supuesto que sí, miles de cosas –Hace falta pagar una dote astronómica, tener una casa, comprar el dormitorio, pagar la pequeña fiesta del kitab y luego la gran fiesta que consagra el matrimonio (curiosamente lo que consagra el matrimonio entre los musulmanes sunníes es una fiesta pagana). “La mayoría de nosotros no podemos hacer frente a todos esos gastos”, replican angustiados. No tenéis que hacer frente a esos gastos. Lo primero que nos enseña el Islam es a vivir según nuestros medios. Allah el Altísimo no nos pide más de lo que podemos soportar. ¡Cómo entonces la sociedad nos pide más de lo que nos pide Allah!

La costumbre no debe regir nuestras vidas, pues es un reflejo de la subjetividad humana, y la subjetividad humana es contraria en la mayoría de los casos a la objetividad (la costumbre de Allah).

Los Profetas son enviados a las sociedades para cambiar sus costumbres (subjetividad) por la Costumbre de Allah (la pura Objetividad). Y esa es la gran liberación, pues en la subjetividad humana, en las costumbres de toda sociedad hay dhulum, crueldad e ignorancia.

Pagamos la dote, el dormitorio, las fiestas… y a los pocos meses… divorcio. No podemos basar el matrimonio en un carnaval. El matrimonio exige una tremenda responsabilidad y un tremendo sacrificio. Hace falta una gran determinación para liderar una familia, y la determinación es lo contrario de la fiesta, del carnaval. La fiesta y el carnaval surgen de la inconsciencia. Son una potente droga que nos arrebata la razón. Las costumbres no pueden justificar nuestras acciones, excepto aquellas que hayan pasado la criba del Islam, la sunnah de los Profetas y la mil-lah de Ibrahim.

Y cuando se les dice: “Seguid lo que Allah ha hecho descender,” dicen: “¡No haremos tal cosa! Seguiremos aquello sobre lo que encontramos a nuestros padres.” ¿Incluso si sus padres no razonaban sobre aquello que adoraban ni estaban guiados?
Qur-an 2:170

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