La educación en occidente

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Educación en Occidente es sinónimo de acumulación de datos. Nadie intuye en este apéndice asiático que, aparte de tener que ganarse la vida, el hombre necesita un equilibrio espacio-temporal que le permita situarse con firmeza en el ámbito general de la existencia.

Cuando rellenamos uno de esos formularios que nos piden que rellenemos para tener nuestra información personal, lo primero que percibimos es que yo, mi mí mismo, no soy eso –ese no es mi nombre ni mi nacionalidad ni mi edad ni mi estado civil. Es una identidad momentánea que ha sido configurada sin tener en cuenta la verdadera historia ni la verdadera geografía existencial. No se está hablando de mí, de ti, de ellos, sino de registros arbitrarios que a partir de ahora suplantarán nuestra intrínseca identidad de tal forma que llegaremos a olvidarla, permitiendo que surja una nueva que se acomode a los formularios de información personal. Esa identidad artificial, programada y constantemente manipulada y modificada, es la cultura –millones de datos inverificables que constituyen nuestro conocimiento del mundo, nuestros valores, nuestro orgullo… nuestra esquizofrénica percepción de la realidad.

¡Nombre! ¡Nacionalidad! ¡Fecha de nacimiento! ¡Profesión! ¡Estado civil!… Algo grita en nuestro interior, algo enmudece, algo que no se corresponde con la información que nuestros labios pronuncian, se rebela. Después calla, vuelve a su celda, a la celda que han dado en llamar locura o anomalía psico-somática o inadaptación. Son otros nombres computables que indican que agentes del FBI deben seguir nuestros pasos o reclutarnos.

Somos prisioneros de la información. Fluimos por sus venas como datos, como registros, como impulsos que marcan funciones bien determinadas. Cualquier anomalía nos sacará de los circuitos informáticos y nos arrojará a un tubo lleno de líquidos ácidos y corrosivos que irán disolviendo nuestra carne, nuestros huesos, nuestra alma. El operario mirará al tubo y exclamará una vez más: “¡Esta es la nada física!” La memoria se vacía cuando caes en esos líquidos. Es el mayor crimen que se puede cometer en este mundo –cortar el enlace que nos mantenía unidos a la fuente.

La nada, el vacío, datos, cultura… todo queda registrado y anotado en los formularios de información personal –“ese eres tú. Un montón de píxeles con una clara identidad cultural.”

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-¿Eres católico?

-Sí

-¿Crees en Dios?

-No.

-¿Te importa si un católico cree en Dios?

-Me resulta excesivo.

-Anótalo en el grupo A. ¡Siguiente!

-¿Eres judío?

-Sí

-¿Crees en Dios?

-Digamos que tengo mi propio Dios.

-¿Te molesta que un judío sea ateo?

 -Siempre me ha parecido el cinismo superior a la hipocresía.

-Anótalo en el grupo C4. ¡Siguiente!

-¿Eres musulmán?

-¿A qué se refiere?

-Anótalo en el grupo YT.

Cada uno con su identidad camina hacia un futuro sin anomalías, sin virus, sin perturbadoras intromisiones que cambien las secuencias, las identidades. Es la cultura la que las marca. No hay contradicción en las combinaciones que van configurando al hombre flexible que se adapta a todos los recipientes –católico-ateo, musulmán demócrata y feminista, judío-idólatra, científico-superficial… todo ello es más conveniente y eficaz que la intransigencia.

Lo importante es ir a la fiesta, no quedarse en casa, no romper los ídolos. A Ibrahim lo arrojaron al fuego por haber traicionado los principios básicos de su sociedad, por haber introducido cambios en la lógica informática. Ibrahim era un virus, un destructor de valores chamánicos. El virus trae siempre argumentos, por eso logra entrar en las células. Ibrahim colocó un hacha en el brazo de la estatua más grande y luego dijo a sus conciudadanos que había sido él quien había hecho pedazos a las otras estatuillas. Los datos se desbarataron ante aquel planteamiento –si negaban que sus ídolos fueran capaces de actuar, entonces por qué los adoraban; si, por el contrario, eran capaces de actuar, por qué les sorprendía que uno de ellos hubiera acabado con el resto. Ibrahim los miraba fijamente –“bien sabes que éstos no hablan ni actúan, son piedras talladas.” El flujo de datos se había interrumpido; todas las secuencias daban error –“¿Por qué entonces adoráis lo que vosotros mismos habéis creado?” Decidieron quemarle vivo. Las identidades culturales volvían a recobrar vida –idólatras incongruentes. Mas habían actuado con libertad al elegir la identidad “mejor la incongruencia que la opresión divina.”

Educación occidental, datos fluyendo hacia los centros de poder, secuencias, identidades, incongruencias… libertad occidental.

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