Una razón para seguir viviendo

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El ministro de finanzas francés, Bruno Le Maire, advertía hace unos días del peligro que corre el euro de desaparecer. Al mismo tiempo, introducía en su discurso los conceptos de “sabiduría” y “lucidez”, refiriéndose a la falta de ambos en las políticas económicas comunitarias. No así en la de Francia, donde ambos conceptos abundan y se desparraman por el resto del mundo.

Felicitamos al ministro, pero nos preguntamos ¿para quién habla, para quién emite esos comunicados? Quizás hable para los familiares de los 68 policías franceses que se suicidaron en 2018. Un dato altamente perturbador si tenemos en cuenta que suicidarse bien podría ser el colmo de un policía. Les suponemos bien preparados física y psicológicamente. Capaces de hacer frente a situaciones en las que la gente normal sucumbiría. Y, sin embargo, ahí está la noticia, el número inexplicable de muertos. En lo que va de año ya han caído 30 más; 30 suicidios, 30 fracasos existenciales, sin que los innumerables institutos de investigación sociológica hayan dado con las causas de tan inquietante fenómeno.

El suicidio no es la enfermedad, como muchos de esos institutos piensan, sino un síntoma, una cabeza más de las muchas que conforman la fisiología de la mítica hidra. Si la cortamos, saldrá otra, y otra… cada vez más altiva y depredadora, cada vez más resistente a los fármacos.

Esos policías, antes de pegarse el tiro con su arma reglamentaria –hemos visto esa escena miles de veces en películas hollywoodenses– habían vaciado varias botellas de ginebra o de vodka, varios tubos de pastillas anti-depresión… sólo les quedaba su arma y unas cuantas balas. Parece que el discurso de Le Maire no alteró en nada su estado de ánimo. Podríamos decir que les dejó fríos. Lo entendemos. La vida nos azuza en otra dirección, muy diferente de la que toman las finanzas. Si hubieran logrado interesarse por la suerte del euro, por las próximas elecciones al parlamento europeo o por el curso de la guerra comercial chino-americana… quizás habrían vuelto a dejar su arma reglamentaria encima de la mesa.

Si el suicidio fuese la enfermedad, el suicidio o la depresión, la soledad… quizás habría alguna droga que eliminase o, al menos, mitigase sus efectos, pero todos esos fenómenos son síntomas de una gangrena que se va apoderando de los tejidos, de los órganos, y los va triturando.

La lunática de Theresa May cree tener la solución para acabar con todos esos efectos secundarios propios de las sociedades avanzadas –clases de cocina y caminatas en grupo. May también es un síntoma, como Le Maire, como Macron, como Trump. Son cabezas de la hidra.

Los medios de comunicación se hacen eco de los estudios sociológicos de los institutos que ya hemos mencionado y producen artículos dirigidos a dar soluciones al problema. Mas nunca hablan de la enfermedad, nunca la nombran. Los periodistas son otro síntoma de las sociedades avanzadas –hablan de todo, aunque no saben de nada. También eso es un síntoma –la vaciedad, la pobreza espiritual. Son lacras inevitables del progreso. ¡Vamos, vamos, chicos! ¡Pero qué os pasa! La vida es bella, maravillosa. Pronto llegará la primavera, nuevos brotes de vida, minifaldas, escotes… ¡Es que no tienes 10 euros! Tómate un gin-tonic… Bueno, o una ensaladilla rusa. Haz lo que quieras. Eres libre, ¡Enamórate!

Prefirieron disparar. No lograron encontrar el hilo conductor de la existencia. Veían síntomas, pero nunca dieron con la enfermedad. Nunca les explicaron en qué consiste el malestar crónico en el que vive el hombre civilizado de hoy. Tampoco Le Maire ha explicado por qué el euro está en peligro. Quizás se trate de una estrategia para ganar más escaños en el parlamento europeo. Una estrategia que les ha costado la vida a más de 100 policías.

Si el euro es lo que importa, entonces nuestras vidas, nuestras miserables vidas, no cuentan para nada. Se incendió Notre Dame, y en buen día, y los policías franceses se manifestaron para protestar por ¿por? ¿Por el bajo salario que cobran? ¿Por las condiciones de trabajo? Tampoco la suerte de Notre Dame pareció importarles lo más mínimo. Ni Notre Dame ni el euro… ¿Qué es entonces lo que realmente nos importa? ¿El dinero, la fama, el poder…? Las balas trizan de igual manera a los millonarios y a los menesterosos, a los parias y a los poderosos.

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¿Es en estos en quienes has puesto tu confianza? ¿Te parecen humanos? Pregúntales por qué sonríen.

Es esa enfermedad que nadie nombra, esa hidra que cada día proyecta nuevas cabezas, nuevos síntomas. Es esa enfermedad la que horada nuestro cerebro, la que estruja nuestro corazón.

Todos, sin embargo, conocemos su nombre, su fisonomía, su susurro, sus estrategias. Cada día somos mil veces cómplices de su maldad. Cómplices silenciosos que callan y se manifiestan para protestar por ¿por? Por un crimen colectivo.

Es el encubrimiento de la realidad existencial lo que nos lleva al suicidio, a la depresión, a la muerte por sobre dosis.

¡Cállese, maldito ministro! ¡Deje a un lado el euro, los parlamentos, las finanzas, los planes de reactivación económica! Díganos qué demonios hacemos en este universo que no para de expandirse, mudo, ocupando un espacio vacío, arrastrándonos hacia el próximo agujero negro.

Que alguien nos diga si estamos solos, si meramente somos bastardos hijos del azar. Theresa May está ocupada con sus entresijos comunitarios, sus indecisiones, su preocupación por la soledad que se cierne sobre UK. Ella no te va a contestar –le basta con el poder. Todos ellos son síntomas de unos tejidos muertos –ellos mismos están muertos. Pregunta a los vivos. Pregunta a los que todavía leen.

En verdad que la vida es maravillosa, pero es sólo una etapa, una fase más del viaje existencial, y tú, en cambio, la has tomado como el objetivo final. Te han engañado. Te han hecho trabajar duro para pagar la hipoteca; te han obligado a sacrificarte por el futuro de tus hijos; te han acusado de ser demasiado estricto y de condenar la homosexualidad… Todo ha sido un engaño. ¿Recuerdas aquel día, el día en el que te pusiste por primera vez tu flamante traje de policía? ¡Cuántas promesas! ¡Cuántos escenarios de gloria proyectaron en el muro de tu comisaria! Hoy, has disparado contra ti mismo, y mañana resucitarás enloquecido frente al fuego que devorará tus entrañas una y otra vez. Buscarás a Le Maire para que te saque de allí, pero él mismo estará ocupado dando explicaciones sobre la caída del euro. Mas nadie le escuchará. Será conducido a un fuego mucho más ardiente que el tuyo.

¡Qué mal destino! ¡Qué mala opción la de los negligentes!

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