Las crisis de identidad

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Nada resulta más complicado hoy para los pueblos, con la globalización destruyendo idiosincrasias y peculiaridades, que encontrar su identidad. Este problema se agrava en lo referente a los Estados Unidos.

Cuando los colonos o emigrantes llegan a un nuevo territorio –en el caso del Mayflower se trata claramente de un eufemismo para invasores– sufren una lenta y paulatina asimilación a la población nativa –aprenden su lengua, adoptan una buena parte de sus costumbres, van haciendo suya la historia de sus gentes y, quizás, añaden algo de su idiosincrasia al carácter de los nativos. Hay, pues, algo de simbiosis, de reciprocidad, de la que ambas partes se benefician.

En el caso de los “colonos” británicos nunca hubo tal simbiosis, tal reciprocidad. Simplemente, exterminaron a la población nativa de América. Nunca hubo mezcla, intercambios, aproximación.

Esos colonos disfrazados de místicos puritanos fueron la avanzadilla de un plan bien estudiado de usurpación con el objetivo de trasvasar el proyecto Europa, el que habían traído los cruzados de Oriente Medio y que nunca logró fraguarse, al proyecto América. Se trataba de “volver a empezar”, esta vez en un territorio inmenso y rico, sin historia, sin pasado, en el que establecer el paraíso terrenal.

Este tipo de mega planes nunca salen como se habían planeado, pues es casi imposible que coincidan con lo que está escrito y predeterminado. El inevitable desfase entre la realidad y los supuestos humanos suele traer catastróficas consecuencias. Una de las que ha traído el proyecto “paraíso en América” ha sido una total falta de identidad, cuyos efectos los vemos cada día en la política agresiva y paranoica de los gobiernos USA.

Tampoco a la gente corriente le va mucho mejor –depresión, violencia y suicidio están configurando la sociedad norteamericana.

Cuando soltaron amarras y el Mayflower se fue alejando del muelle, nadie cayó en la cuenta de que haría falta una nueva identidad que substituyera a la británica, a la europea y a la nativa, que pronto acabaría en alguna reserva rodeada de alambradas. Todos pensaron que en el paraíso sobran las identidades. Mas cuando nos equivocamos de lugar, en este caso ontológico, los paraísos suelen acabar en infiernos, y los ríos de leche y miel, en ponzoñosos pantanos.

Las cosas no podían ir peor para unos ni mejor para otros –los nativos se resistían a acabar sus días en el fondo del Pacífico, y tampoco la corona británica parecía estar dispuesta a cortar el cordón umbilical. Esclavitud, guerras, constituciones, mentiras, pobreza, discriminación racial y religiosa… Se habían vuelto a reproducir los mismos vicios, los mismos errores, el mismo infierno europeo. No obstante, las finanzas fluían viento en popa y pronto Hollywood lograría proyectar el mátrix del éxito.

En cuanto a la identidad “americana” debería ser épica y haberse originado en un pasado remoto. Ambas características parecían incompatibles con la recién inaugurada existencia de los Estados Unidos y su población de emigrantes –pobres, ignorantes y enfermos. Incluso la virtualidad de Hollywood se iba a encontrar con grandes dificultades a la hora de proyectar una convincente epopeya nacional.

Se pensó en la religión. Gracias a ella había logrado sobrevivir Polonia más de mil años –la religión y la lengua. Mas en el caso americano los únicos que iban a la iglesia eran cuatro psicópatas fundamentalistas y los católicos irlandeses. En cuanto a la lengua, todos los indicios predecían una clara victoria del español. Había que buscar otras opciones –así nacieron los westerns, las películas del Oeste, las películas de vaqueros. Esa sería la epopeya americana –hombres rudos, solitarios, capaces de darle a un dólar con su revolver a más de 50 metros. Justicieros implacables, vengadores, honrados sheriffs dispuestos a morir por defender la ley. Sin embargo, seguía sin haber una clara identidad a la que adherirse. Para colmo de males, antropólogos e intelectuales izquierdistas denunciaban el genocidio indio y la fratricida guerra civil. A punto estuvieron de desbordarse los ríos del paraíso.

Otros pensaron, sin que les faltara una cierta dosis de coherencia, que América debería ser una extensión de Europa, una misma identidad, una misma cultura y, sobre todo, un mismo color. Los hubo, incluso, que hablaron de civilización. Y como era de esperar, aparecieron consignas nacionalistas que abogaban por un borrón y cuenta nueva –había que cortar toda relación con el viejo continente. Y esa parece que fue la opción ganadora.

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El 16 de diciembre de 1773, los miembros del llamado Tea Party arrojaron al agua 342 cajas de té británico (obviamente no era británico; en UK no crece el té) desde el muelle de Griffin en Boston, Massachusetts. Los colonos estadounidenses hacía tiempo que se sentían frustrados con una madrastra que no dejaba de imponerles impuestos sin darles representación en el parlamento. El suceso fue el primer gran acto de desafío al dominio británico. Reunió a patriotas estadounidenses de las 13 colonias para luchar por la independencia –cualquier excusa era buena para separarse de la metrópoli.

Sin embargo, la mayoría de los pasos que se daban tan sólo eran aparentes, puestas en escena. El naciente deep state que se estaba formando y que provenía de los diferentes grupos de presión y de poder, como los Sons of Liberty, tenía otros planes. Para sus representantes, expertos ventrílocuos que se camuflaban detrás de sus muñecos presidentes y pastores, el asunto estaba claro: “Debemos deshacernos de la tiranía británica, de sus impuestos, para que seamos nosotros quienes os los impongan y nos llevemos el beneficio.” Había que levantar la economía americana, apuntalar a las familias del deep state y, en estos casos, lo mejor, lo más eficaz, es siempre una revolución, un imperceptible cambio de manos en el relevo del poder. Si comparamos los impuestos que pagaba un ciudadano de Boston a mediados del siglo XVIII con los que paga ahora, veremos que se han centuplicado –la misma proporción que han sufrido las ganancias de las familias emergentes. No obstante, algo de identidad se había ganado –todo el mundo empezaba a sentirse americano, aun sin saber a ciencia cierta que podía significar aquello.

Tras la tempestad, en este caso, no vino la calma, sino la guerra civil. El deep state no tenía en mente conformarse con el dominio sobre el que se extendía su fábrica, su compañía o su “imperio” mercantil. Miraba más allá de la emoción momentánea que trajo la independencia. Se podría decir que su ambición no tenía límites, y mucho menos los límites de los 13 estados constituyentes –nacía la doctrina del Manifest Destiny, que expresaba una ideología entre surrealista y bochornosa, pero muy acorde con los principios del imperio británico.

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El Dios en el que nadie creía les había elegido a ellos para expandirse hacia el Oeste y hacia el Sur, y les había dado en heredad toda aquella tierra –curiosa coincidencia con las pretensiones territoriales judías. Tratándose de un mandato divino, mandato que ya recibiera Enrique VIII, no había, sino obedecer. Por su parte, los pastores protestantes pusieron en claro el mensaje bíblico –únicamente los hombres blancos y las mujeres blancas son verdaderos seres humanos elegidos por ¿por? ¿Quizás deberíamos llamarle Jehová, o Yahvé o Adonis…? En ese momento el nombre no importaba mucho, lo importante era la misión para la que ESE les había elegido –llevar la civilización, el progreso y el más corrupto materialismo a ¿a? Llegados a este punto, los pastores cambiaban de tema o daban la señal para que empezasen los cánticos en honor a ¿a? En las últimas “versiones” bíblicas se acordó denominarle “Padre” con mayúscula y, en su defecto, “Señor”. De esta forma se evitaba la embarazosa falta de identidad también por parte del dios de los blancos. No obstante, el tiempo enseñaría a los irlandeses que el Manifest Destiny no los incluía a ellos, pues aparte de blancos, había que ser protestantes. Comenzó “la conquista del Oeste”, como se había decidido llamar al exterminio de los nativos –ni eran blancos ni protestantes. Dos lacras imposibles de borrar.

Mientras amainaba ligeramente la tormenta de “la conquista”, llegó el huracán de la guerra civil, de la guerra por el dominio absoluto de América –otra puesta en escena, otra conquista que se detuvo en las heladas montañas canadienses, por el norte, y en Río Grande, por el sur. Es imperdonable que no se estudie en los colegios norteamericanos el hecho de que hubiera grupos de irlandeses que se unieron a los ejércitos mejicanos para luchar contra el invasor blanco-protestante y, de paso, adquirir una verdadera identidad, la de católicos sin color.

Mas la historia no es un tratado moral abstracto, sino el relato del devenir humano, en el que interactúan millones de factores y de destinos –hay gloria, pues, y hay miseria.

También esta tormenta pasó y tampoco esta vez llegó la calma. Después de asistir a tan desolador escenario, seguían los ciudadanos de Boston preguntándose quiénes eran, qué significaba ser NORTEamericano.

Alguien notó, y quizás lo hizo de la forma más intempestiva, que ser hijo de los colonos que llegaron al Norte en el Mayflower, significaba, ante todo, estar fuera de la ley. Tenía su lógica, pues la épica que Hollywood había ayudado a crear se sustentaba en personajes como Jesse James, Billy el niño, Wild Bill Hickok, John Wesley, Butch Cassidy o Harvey Logan. Esos eran los héroes americanos –libres, solitarios, valientes, fríos como el hielo… Habían forjado una nueva estética, un modelo de hombre que, de alguna forma, había fascinado al mundo. De hecho, nunca han dejado de tener imitadores. No obstante, morir de un balazo o pudrirse en alguna cárcel miserable nunca ha logrado ser la opción mayoritariamente aceptada por la gente. Había, pues, que buscar algo más atractivo, algo que pudiera ser asumido por una cada vez más perdida mayoría.

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No todo estaba perdido. Había una esperanza, una tonadilla, unos acordes, un rasgueo, un lamento. La queja africana, el tímido clamor de los esclavos negros, se había ido transformando en un estilo musical propio que sedujo desde el principio a una buena parte de los músicos blancos –había que hacerse negros. No sólo el blues fascinaba a la población americana blanca y protestante, era el estilo negro lo que les hizo bailar a su son como a monos de circo. Era su forma de saludarse, de andar, de hablar, un nuevo inglés, un modelo, una identidad.

Los miembros del criminal KKK no se daban cuenta de que sus trajes blancos con capuchón los sacaba del “estilo negro” de la identidad negra. Aquellos rostros sonrosados, rellenos, como sus panzas, representaban la barbarie occidental –sin filosofía propia, sin literatura propia, sin religión propia. Poco a poco, los jóvenes blancos empezaban a comportarse como los jóvenes negros. El blues les había redimido.

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El verdadero nacismo nace en los Estados Unidos. Linchamiento de negros en 1935.

No obstante, aquella identidad trajo más dolores de cabeza que apaños sociológicos. Ser negro para un blanco significaba, ante todo, asumir su historia y renegar de la propia, rebelarse contra el “sistema” y buscar otros valores –el FBI no tuvo más remedio que comenzar una sistemática y selectiva matanza de negros –líderes de los Panteras Negras y de los movimientos religiosos musulmanes, Malcolm X. La droga hizo el resto del trabajo. Aquel fue el blues más triste de cuantos se habían tocado hasta entonces. Otra tempestad, otra identidad barrida por una calma de fuego y de balas. Habían llegado los años 60 sin que hubiera detrás de ellos otra cosa que invasiones revestidas de grandes principios y muertes –II guerra mundial, Corea… y ahora Vietnam.

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Sin embargo, de aquella desolación surgiría otra identidad, tan paradójica como la de querer ser negro –nacía la era de los hippies. Aquella identidad era tan arriesgada como la anterior, pues significaba hacerse hijos adoptivos de los nativos americanos, de los indios, de los Pieles Rojas, a quienes sus abuelos habían masacrado. Mas también significaba una vuelta a la naturaleza, al amor libre, a las comunas, a los tipis… Todo ello enlazado con el budismo, la meditación transcendental, las drogas psicodélicas, la parasicología, el esoterismo… y el tarot de las gitanas. El FBI no daba abasto. Había en todo aquel movimiento, que se iría extendiéndose como una mancha de aceite por Europa (mayo del 68) y el resto del mundo, una clara confrontación con un sistema basado en la esclavitud y el genocidio. Estos jóvenes hippies, los nuevos Pieles Rojas, preferían otra historia, otra genealogía. Hipócritamente, se manifestaban contra la guerra de Vietnam y pedían paz y amor en vez de guerra, entre otras razones por que las cosas no iban bien y los Estados Unidos estaban sufriendo una vergonzosa derrota –por lo tanto, había que parar esa contienda. De haber sido al contrario, los hippies se habrían manifestado para que los marines siguieran llevando la “democracia” al resto del mundo. Cuando el Pentágono no tuvo más remedio que aproximar sus cifras de víctimas a la realidad, confesaron que habían muerto 60.000 soldados norteamericanos, 1.700 estaban dados por desaparecidos y un número no definido deambulaba por las calles de las ciudades estadounidenses como muertos vivientes o, en un lenguaje más técnico, como mutilados, sin piernas, sin brazos, sin genitales, sin ojos… Para suavizar la tragedia contrapusieron a esas alarmantes cifras las de las víctimas del enemigo, de los vietnamitas y chinos –entre 3.5 y 5 millones. No merece la pena entrar ahora en disquisiciones sobre la credibilidad de semejantes cifras, pues el verdadero asunto es que esos 3 ó 5 millones de vietnamitas y chinos caídos en combate, no eran víctimas de guerra, sino héroes, hombres y mujeres que habían luchado por defender su patria de los invasores extranjeros, que habían resistido al intento occidental de asolar su cosmogonía e imponerles su barbarie. Los soldados norteamericanos, en cambio, ¿por qué habían muerto? Por nada, por satisfacer la gula del deep state, del Tea Party, de los Sons of Liberty. Aquella tormenta dejó sus huellas y la identidad que intentó resucitar a los Pieles Rojas, se desvanecía, ahora, acompañada del quejido de los blues.

No obstante, la mayoría de los norteamericanos blancos y protestantes seguían comiendo perritos calientes y deformándose con las grasas hidrogenadas. Todos miraban al cielo. Negros nubarrones presagiaban nuevas tormentas, nuevas catástrofes, nuevos desastres –efecto invernadero, derretimiento de los grandes icebergs… Los ciudadanos de Boston seguían haciéndose preguntas cada vez más inquietantes. Su infructuosa búsqueda de identidad les había llevado, sin quererlo, al descubrimiento de que ni siquiera la existencia tenía identidad, ni razón de ser. Aquello les produjo una profunda depresión, situación ésta que las compañías farmacéuticas judías aprovecharon para fabricar poderosos antidepresivos en un laudable gesto de patriotismo y solidaridad.

Al borde mismo de la hecatombe, alguien miró hacia otro lado y descubrió el lejano oriente. Aquella sí que era toda una identidad –kung fu, karate, yudo, taekwondo… Lucha y danza acompañadas de una profunda filosofía. Los gimnasios de artes marciales proliferaban por doquier y Hollywood, aquejado de falta de inspiración, hacía su agosto con Bruce Lee y compañía. Como ya hemos dicho, las cosas no podían ir peor para unos ni mejor para otros –la ecuación, bien que mal, seguía equilibrada.

Negocios aparte, aquella identidad nunca llegó a cuajar. Los chicos de Nueva York o de Chicago no estaban para meditaciones ni saludos corteses. Tampoco la configuración facial de chinos y japoneses ayudaba en los más mínimo. No obstante, Hollywood no dejó de trabajar aquella mina de oro y empezó a producir ninjas americanos, luchadores de kickbox blancos, maestros de karate rubios… pero nunca lograron producir un Bruce Lee blanco –fracasaron con los negros, con los Pieles Rojas y con los chinos. Quedaba, así, de manifiesto que los anglosajones blancos y protestantes norteamericanos no habían heredado nada de sus abuelos europeos, ni estilo, ni música ni identidad –la historia de Occidente no era, sino una burda imitación de las otras civilizaciones.

Parecía evidente que ya no habría más calmas ni más identidades. Había que aceptar la realidad –blancos grasientos sentados en el salón de sus casas viendo algún infame programa de televisión. Doscientos años desperdiciados, inútiles, sangrientos. Más de uno se levantó la tapa de los sesos, si bien la mayoría siguió pegada a la botella.

Pero no, aún quedaba una opción. En algún pub de Harlem sonaba una rumba. Una morena hipnotizadora bailaba con un puertorriqueño –había estilo, facciones blancas, vigor y una lengua familiar. Los norteamericanos, decidieron, pues, ser hispanos. Hollywood enseguida se dio por enterado y no había película en la que los protagonistas no utilizaran de vez en cuando alguna palabra o frase en español –eres loco, nada, mi casa, buenos días… Ahora había que saludarse con un “¡Hola, amigo!” Parece ser que es su última esperanza, pero cuando vemos a tipos como Pompeo, Bolton o Abrams dudamos de que alguna vez los norteamericanos blancos y protestante logren tener estilo:

(60) Di: “¿Queréis que os informe de los que recibirán el peor castigo de Allah? Aquel a quien Allah ha maldecido y ha sido objeto de Su ira –a algunos de ellos los hizo monos y cerdos…

Sura 5 – al Maidah

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