Andrew Yang, ¿La alternativa china a la Casa Blanca?

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Al margen de las repetidas calumnias que desde la debacle sufrida por Estados Unidos en todo el Pacífico –especialmente en China y Corea y después en Vietnam– no ha dejado Occidente de verter sobre “el gigante amarillo”, China, y en general Oriente, ha vuelto a sentarse al tablero de juego y está ofreciendo al mundo alternativas políticas y económicas tremendamente originales y efectivas, que contrastan con las de los Estados Unidos basadas “únicamente” en sanciones y amenazas.

Oriente, el viejo Oriente, sigue fresco y vigoroso frente a un Occidente, a un nuevo rico, que carece de estilo y no ha logrado especializarse, excepto en masacres.

Andrew Yang podría ser esa sangre nueva y vital que necesita Norteamérica, esa propuesta original, atrevida, innovadora, que saque al “hombre enfermo – The Ill Man” del estado de coma en el que se encuentra. Sin embargo, el programa de Yang no ha tomado en consideración que los males que asolan al mundo occidental y a todas las naciones que torpemente han decidido seguirle, son los síntomas y no la enfermedad –eliminar estos síntomas no cambiará el estado crónico del paciente, ya que la enfermedad continuará su irreductible curso y ésta se expresará volviendo a dar al cabo de un tiempo los mismos síntomas o los cambiará por otros, sin duda más destructivos y más difíciles de combatir.

Yang plantea correctamente en su programa uno de los síntomas que más daño está haciendo al organismo social y que en un futuro relativamente cercano podría ocasionar una verdadera hecatombe económica y laboral. En una entrevista con Big Think el candidato presidencial para el 2020 por el partido demócrata dijo que compañías como Amazon deberían “destinar una parte de sus beneficios” a contrarrestar el efecto negativo que la automatización y la alta tecnología van a suponer en la creación y mantenimiento de puestos de trabajo:

La economía debe evolucionar hacia su siguiente fase, y en ese proceso deberemos tener en cuenta que la automatización y la alta tecnología, como los automóviles sin conductor, desplazarán a millones de trabajadores en los próximos años.

Siempre ha sido así. Desde que diera comienzo la era tecnológica, también llamada era industrial, no se ha dejado un solo instante de perder puestos de trabajo que han sido substituidos por máquinas y luego por robots. De nuevo, ese progresivo y crónico declive laboral no es la enfermedad, sino un síntoma más de la misma. No obstante, la solución que propone Yang, entre ingenua y desconcertante, a este estado de cosas, a todas luces inevitable, es el de que las compañías como Microsoft, Apple, Facebook, Google, Uber o Amazon, que se han enriquecido gracias a la automatización y la alta tecnología y, debido a ello, han eliminado millones de puestos de trabajo humanos, paguen a cada ciudadano norteamericano mayor de 18 años 1.000$ al mes, independientemente del salario que cada uno perciba o de si forma parte de la clase laboral o está en paro.

Su idea principal, en realidad no hay una sola, es que un cierto deshago económico podría despertar en la gente una cierta creatividad que le permitiera generar medios de vida propios:

Si uno tiene un poco más de libertad que la que ofrece una situación de supervivencia, entonces podrá comenzar a hacer movimientos hacia el tipo de trabajo que desea, que valora, que encuentra satisfactorio y emocionante.

Son palabras que nos traen ecos del discurso de John Galt cuando se dirige a la desesperada población americana, que en el libro de Ayn Rand, Atlas Shrugged, está pasando por una crisis económica y social de primer orden. Son palabras, discursos, que no tienen en cuenta la enfermedad, sólo los síntomas. No obstante, su planteamiento básico –la riqueza no se ha distribuido suficientemente; hay mucha gente capaz que no se beneficia de las gigantescas ganancias de ciertas empresas– es ya parte de la enfermedad –acumulación de riqueza en muy pocas manos y consiguiente empobrecimiento de la mayoría de la sociedad. Se crean “cajas” que se llenan de dinero y se limita la inversión; se detiene el flujo de la riqueza, de la producción básica y de la recolección en favor de una clase cada vez más financiera y menos industrial o recolectora. Es la estructura básica de la “mafia”. En este punto, Yang confirma uno de los principios fundamentales del Islam: “Se prohíbe vivir del dinero, de prestar dinero y luego cobrar intereses, y se promueve el comercio, el intercambio, el flujo, la máxima distribución”. Esa es la razón de que en el Islam no haya impuestos, únicamente se grava el dinero ahorrado, no el que se ha invertido. Para lograr esta máxima distribución, este flujo continuo de la riqueza a través de inversiones, Yang propone el establecimiento de una Ingreso Básico Universal (Universal Basic Income) que garantice que todos y cada uno de los ciudadanos norteamericanos reciba una renta mínima de 1.000$:

La forma más directa y concreta que tiene el gobierno para mejorar tu vida es enviarte un cheque de 1.000$ cada mes y dejar que lo gastes de la manera más beneficiosa para ti. El gobierno no puede hacer muchas cosas, pero puede enviar un buen número de cheques a un gran número de personas de manera rápida y segura. Tenemos muchos recursos, simplemente no se están distribuyendo a suficientes personas en este momento. Construyamos un nuevo tipo de economía, una que ponga a las personas en primer lugar. Si hay una política que pueda mejorar radicalmente la vida de los estadounidenses, esa será la que introduzca el Ingreso Básico Universal.

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Sin embargo, este tumor, incrustado en los tejidos sociales enfermos, esta retención del capital, esta falta de distribución eficiente de la riqueza, tiene su causa en el origen mismo de la enfermedad –la súper-producción.

En el siglo XVII, tras varios intentos fallidos, se creaba una sociedad “científica” que aglutinaba a filósofos, alquimistas, químicos y matemáticos de toda Europa con el objetivo de dominar al resto del mundo –The Royal Society of London. Con la máquina de vapor y una continua producción de nuevos artilugios tecnológicos aplicados a la industria, sobre todo a la armamentista, pronto comenzó una paulatina y progresiva transformación de las sociedades occidentales. Con la aplicación de la tecnología a la producción de un armamento cada vez más eficaz y destructivo, se daba comienzo al colonialismo y a la expoliación, por parte de un grupo restringido de países europeos, de las riquezas naturales del resto del mundo –África, Así y Oriente Medio– así como a la importación de mano esclava, principalmente de África, mas no sólo –millones de chinos perdieron la vida trabajando en la construcción de la red ferroviaria que se iba a extender por todo el territorio de los Estados Unidos. En cuanto al uso industrial, podemos decir que fue la tecnología el motor que puso en marcha la súper-producción y, a consecuencia de ello, la acumulación de grandes capitales en unas cuantas familias –donde antes un taller podía producir una alfombra al mes, con los nuevos sistemas tecnológicos se podían producir ahora 10 alfombras al día, y después 100 y después 1.000. Estas sociedades tecnificadas estaban obligadas a estructurarse en base a esta imparable súper-producción –el nuevo dios de occidente, el becerro de oro de los Banu Isra-il.

Lo que A. Yang parece obviar es que esta súper-producción, verdadero pilar del capitalismo, tiene leyes y exige condiciones para poder desarrollarse. En una sociedad capitalista, no hay lugar para las pequeñas empresas –únicamente en una primera fase de su desarrollo son aceptadas, después deberán desaparecer absorbidas por los grandes consorcios.

La venta ambulante estaba permitida en todos los países occidentales hasta que empezaron a proliferar los supermercados. Estas nuevas formas de venta exigieron un cambio de leyes –o nosotros o ellos. La elección estaba clara y los buhoneros fueron declarados ilegales. Después llegaron las grandes plataformas de venta y los supermercados, a su vez, fueron absorbidos por los nuevos gigantes –más grandes y poderosos. Estos a su vez fueron substituidos por los Shoping Mall, en cuyo seno albergaban todo tipo de productos, cines, pistas de patinaje, restaurantes, cafeterías… verdaderas ciudades comerciales.

Nuevos poderes, nuevas leyes –los grandes almacenes pueden estar abiertos 7 días a la semana y hasta las 12 de la noche, pero las pocas tiendas que aún subsisten deben cerrar a los 8 y… y… hasta que sus propietarios se ven obligados a vender el local y buscar trabajo en algún Mall. Ni siquiera se acepta que haya insignificantes, económicamente hablando, negocios familiares. Los grandes consorcios alimenticios como Pizza Hut se han instalado en todo el mundo y han obligado a cerrar a los pequeños restaurantes que ofrecían productos mejores que los suyos, pero sin el glamour que conllevan las marcas internacionales, los logos, los colores institucionalizados… y todo ello a un precio mucho más competitivo.

Este hecho imparable es el que A. Yang no tiene en cuenta en su planteamiento global:

Terminarás creando cientos de miles de nuevos emprendedores, garantizado, si tienes algo como el “dividendo de la libertad” The Freedom Dividend, porque hay muchos estadounidenses a quienes les encantaría tener una oportunidad de desarrollar sus propios negocios.

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Esta idea podría tener ciertos visos de realidad si obviásemos que la súper-producción está basada en un principio inamovible –más y más. Parece razonable preguntarse ¿acaso Pizza Hut no tiene suficiente con 7.000 restaurantes en toda América que sacien su gula? No, no tiene suficiente, necesita 18.431 restaurantes esparcidos por todo el mundo (dato para 2018). ¿De dónde ha surgido este monstruo de la pasta italiana? De PepsiCo, Inc, como Frito y después Lay… compañías devorando compañías, tiburones tragando pececillos, ballenas llenando sus enormes barrigas de tiburones. ¿Dónde acaba la cadena, Mr. Yang? Mientras haya súper-producción, el sistema será depredador, pues no hay mercado para todos. Estados Unidos está alarmado ante la oferta cada vez mayor de productos que llegan al consumidor desde los cuatro puntos cardinales. Ni siquiera puede vender coches a sus propios ciudadanos. Según Statista.com en 2018 los norteamericanos compraron 5 millones de coches extranjeros y 2 millones de coches nacionales. La casa Volvo pertenece ahora al gigante chino Geely, y pronto la mayor parte de las épicas maracas automovilísticas americanas y europeas ocuparán unos cuantos párrafos en los libros de historia. El mercado mundial aumenta, pero el número de fabricantes también es cada vez mayor. Pronto llegarán más y más vehículos chinos, rusos y de la India –mejor equipados y a un precio más competitivo. Occidente estaba convencido de que esté momento no llegaría nunca.

Sin embargo, a nivel global el fenómeno es el mismo. En las sociedades altamente tecnificadas basadas en la súper-producción, no hay lugar para las pequeñas empresas. Incluso el marxismo propone una sociedad, no de empresarios, de autónomos, sino de trabajadores bien pagados. Tanto el socialismo como el capitalismo –dos caras de la misma moneda que interactúan constantemente– saben que la súper-producción sólo puede subsistir en una sociedad materialista-atea, robotizada, en la que sus miembros no tengan más aspiraciones que llenar las barrigas con cerveza o wiski los fines de semana. Todos los mensajes que reciben de los medios de comunicaciones controlados por los grandes consorcios –Amazon, Pizza Hut-PepsiCo-Frito-Lay, Microsoft, Apple…– son mensajes que animan a consumir. Así también es el mensaje de Yang –se habla de crear empresas, de mejorar las posibilidades de que la gente genere su propia riqueza, pero no se dice para qué. Una vez que tenga mi empresa y obtenga de ella beneficios que me permitan comprar una casa y un coche, ¿qué se supone que debo hacer? ¿Eso es todo? ¿Para eso existo? ¿Para eso existe el universo? Nadie habla de ese otro aspecto –del sentido de la vida. ¿No debería acaso haber un programa electoral que explicase la razón de la existencia, que expusiera claramente lo que realmente causa ansiedad en la gente e insatisfacción?

Ahora, podrías argumentar que, “Oye, tal vez algunas de estas personas nunca podrán ser empresarios”. Unos cuantos diamantes podrían potencialmente crear tanto valor que realmente no importa lo que suceda con las cinco personas que están a su lado. Por lo tanto, habría, para mí, en todo caso, un desbloqueo del capital humano que terminaría mejorando el dinamismo de nuestro sistema.

Aquí también Mr. Yang obvia las características que le son propias al ser humano. La mayoría de la gente no quiere ser empresario, sino funcionario. No quiere responsabilidades, estrés, correr riesgos… Esta posición psicológica es el resultado de la educación que los occidentales llevan recibiendo desde hace más de medio siglo. La condición para que el sistema democrático funcione y pueda instalarse plenamente en una sociedad es que ésta esté integrada por ciudadanos débiles e ignorantes. Por otra parte, con 1.000$ extras al mes ¿qué empresa o proyecto económico se puede hoy iniciar? Las leyes que protegen la súper-producción y a sus héroes impiden, al mismo tiempo, que se pueda desarrollar una amplia base social de pequeños empresarios. Hay tantas normas que cumplir antes de abrir un pequeño negocio, que la gente normal desiste antes incluso de empezar –sistema de insonorización, sistema antiincendios… nada importante, sin embargo, para una multinacional que factura 30 ó 40 millones de dólares netos al mes.

Otro aspecto de los sistemas educativos occidentales a tener en cuenta es el lastre de indolencia que impone a los ciudadanos, favoreciendo elementos negativos de la idiosincrasia humana, como su tendencia a la lasitud, la pereza y la vagancia –regida por la ley del mínimo esfuerzo– y debilitando los más positivos, como el vigor, la iniciativa o la determinación. En muchos casos, la gente dejaría de trabajar y se las arreglaría para vivir con los 1.000$ extras. A largo plazo, el Ingreso Básico Universal podría resultar un elemento negativo y retardador en la sociedad estadounidense.

El planteamiento, no obstante, sigue siendo económico, únicamente económico, materialista, como si todo el mundo hubiera aceptado de buen grado que no hay porqué buscarle a la existencia, a la vida, a nuestra vida, un sentido. Todo el problema estriba en tener un buen sueldo o una empresa rentable, pero el número de norteamericanos que toman diariamente antidepresivos se está acercando al número de parados. En 2018 murieron 76.000 estadounidense a causa de los opiáceos. Si unimos a esta despiadada estadística el número de suicidios y de muertes por sobredosis, no parece incoherente pedir a Mr. Yang y a los otros candidatos a la presidencia de los Estados Unidos que presenten un programa electoral en el que se contemplen la depresión, la angustia, la desesperación, el absurdo, la soledad… y se intente solucionar el problema ofreciendo un claro y racional sentido de la vida. ¿Puede alguno de estos candidatos ofrecerlo? ¿Cree realmente Yang que si todos los ciudadanos norteamericanos ganasen un mínimo de 2.000$ al mes se acabarían las muertes por opiáceos, que la gente dejaría de drogarse y de alcoholizarse? ¿No le choca, Mr. Yang, que en Siria, tras ocho años de guerra, no haya suicidios, que en Irán no haya suicidios ni en Iraq ni en Bangladesh ni en Burkina Faso? ¿No debería producirse en estos países el efecto contrario? Si lo que importa es la economía, entonces ¿por qué el mayor número de suicidios se da en Occidente, en Europa, en los Estados Unidos, en el primer mundo, el mundo en el que la economía va bien, va mucho mejor que en los países que hemos citado?

Los compañeros del profeta Muhammad (s.a.s) solían quejarse de su situación –eran maltratados, torturados y, a veces, asesinados por la tribu de los Quraish. Les habían empobrecido a base de boicots y de negarles sus mercados. El Profeta no trataba de consolarles, antes bien les reprochaba su falta de firmeza. En una ocasión les dijo: “Es cierto que vivimos tiempos difíciles, pero vendrán otros en los que nadareis en la abundancia y no tendréis otra cosa que temer cuando vayáis de viaje que la pérdida de alguna oveja arrebatada por un lobo.” Y continuó: “Ese día os acordareis de este día, y lo añorareis.”

Una sociedad basada en la súper-producción no podrá generar nunca felicidad, un estado de paz interior carente de ansiedad. Nuestros sentimientos, en esa sociedad, carecen de importancia, nuestras aspiraciones de conocimiento, nuestras elecciones espirituales… Todo eso es triturado por el mecanismo súper-productor. Cada día debemos entregar nuestra fuerza, nuestra energía, nuestra inteligencia, nuestras visiones… para que ese mecanismo siga funcionando y siga súper-produciendo.

Quizás sea tiempo de volver, de no seguir más por un camino que conduce al fuego, a la desesperación y al suicidio.

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