Ayn Rand ataca de nuevo – La verdadera alternativa social ni siquiera se menciona

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Nos parece estar viendo a John Galt, uno de los personajes de Atlas Shrugged (la obra más influyente de Ayn Rand), dirigiendo esta y otras manifestaciones pro anarquismo-capitalismo, que empiezan a estar de moda en USA.

En su libro, Society without a State, Murray Rothbard intenta sentar las bases de un nuevo movimiento libertario, como una macro estructura en la que se unirían conceptos aparentemente tan dispares como el anarquismo y el capitalismo. La siguiente declaración podría hacer las veces de su primer manifiesto:

“Defino a la sociedad anarquista como aquella en la que no existe posibilidad legal de agresión coercitiva contra las personas o la propiedad de ningún individuo. Los anarquistas se oponen al “Estado” porque esta entidad ejerce dos tipos indeseables de agresiones, a saber, 1) la expropiación de la propiedad privada mediante impuestos, 2) la exclusión coercitiva de otros sistemas de defensa de su territorio, así como el resto de acciones depredadoras y coercitivas construidas sobre estos dos tipos de agresiones que suponen una invasión de los derechos individuales.”

Sin embargo, antes de hablar de la sociedad anarquista habría que definir y explicar el concepto “estado”, ya que para la mayoría de la gente es sinónimo de gobierno. Es muy común oír a los musulmanes, por ejemplo, hablar de que tal país es un estado islámico, y se nombra a Arabia Saudita como el estado saudita o a Egipto como el estado egipcio. Este error, en muchos casos malintencionado, equivale al error de calificar a un prostíbulo o a un banco, islámico, simplemente porque se ha adherido ese término al nombre del establecimiento en cuestión. Hay cosas que no pueden ser islámicas y una de ellas es el “estado”, ya que de la noción de gobierno se pasa a la noción de estado cuando se suprime el concepto de Dios, de Creador, y son los hombres ahora quienes ostentan el poder legislativo –serán ellos, cualquiera, quienes dicten las leyes y las constituciones. El concepto “estado” significa, ante todo, dar poder a los hombres para decidir qué es legal y qué es ilegal, según convenga a la clase política que hace las veces de Dios y que, como Él, es inapelable y representa la objetividad absoluta.

El paso de gobierno a estado implica en última instancia transgredir la función de proteger la ley que le es natural al hombre, pues emana del Creador, y generar un sistema (en este tramo histórico que estamos viviendo este sistema se llama democracia) que le permita legislar, quebrantando, así, la ley natural divina y substituyéndola por la suya propia. Un estado será siempre tiránico y opresor, ya que la verdadera tiranía y la verdadera opresión no dependen del calificativo que demos a los gobiernos, sino al hecho de que sean los hombres quienes determinen las leyes que deben regir la vida de sus semejantes, de sus sociedades, de su economía, de su política.

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Ayn Rand

En este sentido, es interesante el lema que Ayn Rand propone por boca de su personaje John Galt:

“Juro, por mi vida y por mi amor a ella, que nunca viviré para otro hombre, ni nunca le pediré a otro hombre que viva para mí.”

Podríamos definir esta máxima “randiana” como el manifiesto del egoísmo, pero no de un egoísmo avaro y mezquino, sino del egoísmo del héroe; la actitud, en realidad, más altruista que puede asumir un hombre. El héroe genera sin cesar elementos positivos que vierte en la sociedad y por los que nunca obtiene ninguna recompensa, pues su felicidad consiste en dar y no en recibir.

Estamos totalmente de acuerdo con la fórmula de Rand. Fijémonos, por ejemplo, en los profetas. Musa se enfrenta a Firaun y tras años de penurias y persecuciones, logra salir de Misr (erróneamente entendido como Egipto) con los Banu Israil, y muere al cabo de los años en el más absoluto y despiadado desprecio por parte de ese pueblo rebelde por cuya salvación ha dado su vida. Ningún profeta ha pedido nunca un pago por su conocimiento o por transmitir a su pueblo los mensajes divinos. Su heroico destino está por encima de la estima y del agradecimiento que pueda recibir de sus contemporáneos. El profeta Muhammad puso toda su energía, su riqueza, su familia… al servicio de la misión que se le había encomendado. Hasta exhalar su último aliento luchó y trabajó para construir una sociedad justa y libre organizada según la Ley Divina que durante 23 años, día a día, fue recibiendo del Creador.

El estado representa el asalto al poder divino y la tiranía de unos hombres sobre otros, la imposición de unas leyes arbitrarias que sólo favorecen a los intereses de los nuevos legisladores.

Sin embargo, debemos tener en cuenta que en toda teoría, sea del tipo que sea, hay dos procesos 1) el planteamiento y 2) la implantación. Veamos la dificultad que supone el desarrollo de ambos en un supuesto real. Emma Goldman, una activista libertaria de origen judío que nació en la Rusia Imperial en 1869 y que emigró a los Estados Unidos con su familia en 1885, describe muy bien en la siguiente declaración la dificultad de armonizar ambos procesos:

“La única demanda que la propiedad reconoce es su propia glotonería por una mayor riqueza, ya que la riqueza significa poder; el poder de dominar, aplastar, explotar, el poder de esclavizar, escandalizar, degradar. Estados Unidos se jacta de su gran poder, de su enorme riqueza nacional. Pobre América, ¿de qué sirve toda su riqueza, si los individuos que conforman la nación viven en la más abyecta pobreza? Si viven en la miseria, en la inmundicia, en el crimen, sin esperanza ni alegría, sin hogar, un mero ejército de presas humanas.”

La declaración de Emma representa el planteamiento –es una descripción, una imagen, una instantánea, de la situación de un territorio, de una sociedad. Pero todo ello es un material con el que no se va a poder construir un mundo nuevo, una sociedad nueva, una nación nueva.

Por un lado, los Estados Unidos tienen una historia que es parte fundamental del conflicto. Ese ejército de presas humanas al que hace referencia Emma es parte de esa historia o, si se prefiere, es una de las consecuencias de esa historia. Sin embargo, a nivel de planteamiento nunca hay origen, nunca se parte del punto cero –tenemos una sociedad dada, veamos cómo podemos mejorarla. Es la misma actitud de los astrofísicos –tenemos un universo dado, veamos cómo funciona. La misma actitud de los biólogos –tenemos la vida, analicemos sus características. Por otro lado, si queremos una sociedad donde nadie tenga tanto poder, tanta riqueza que le sea posible esclavizar, aplastar, explotar y degradar a los demás, tendremos que abandonar el sistema de súper producción basado en la tecnología, como ya lo expuso Theodore Kaczynski en su manifiesto Industrial Society and Its Future, publicado por el New York Times y el Washington Post en 1995, tres años antes de que fuera arrestado por el FBI.

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Theodore Kaczynski

La tecnología sólo puede desarrollarse en un sistema económico basado en la súper producción que, a su vez, sólo podrá implantarse en una sociedad cuya única finalidad será la de producir más y más, vender más y más, y para ello hará falta generar necesidades inexistentes y, finalmente, países almacenes en los que vender los stocks que hayan quedado de esa súper producción. Si queremos establecer una sociedad sin explotación, sin mano de obra esclava, tendremos que volver al sistema que el Creador ha diseñado para el hombre, un sistema en el que todo es gratuito, universal e imposible de retener por unos cuantos individuos o naciones. Una sociedad basada en la recolección –cultivos, animales de rebaño, mercados, casas, escuelas, animales de carga y trasporte y sistemas de navegación sin motor. En este tipo de sociedades es posible establecer un gobierno sin estado. En estas sociedades pueden originarse comunidades de forma natural y desarrollarse según sus necesidades en armonía con el conjunto.

La ideología anarco-capitalista es idéntica a la sociología islámica si entendemos por “anarco” una sociedad con gobierno, pero sin estado; y por capitalista una sociedad basada en la recolección y en la inviolabilidad de la propiedad privada en todos sus aspectos –bienes muebles, inmuebles, la vida y el honor de todos sus miembros.

En la base del movimiento estadounidense anarco-capitalismo hay dos errores estructurales que impiden su normal desarrollo: 1) la función de la parte “anarca” es la de liberar al capitalismo de cualquier traba, sea ésta judicial, legislativa, social o política. 2) el mercado libre, anarco, totalmente liberado, es capaz de solucionar todos los problemas y de hacer frente a todas las dificultades que pudieran surgir en los procesos de su desarrollo económico:

“Ningún estado es necesario en absoluto; todo puede ser manejado por el mercado libre, y cualquier problema con el capitalismo actual se debe a la interferencia del estado en el mercado libre.”

Este planteamiento ya es erróneo incluso como teoría. De nuevo, partimos de una sociedad dada e inamovible. Sin embargo, esta sociedad, la sociedad capitalista occidental, basada en la súper producción, es una desviación reciente de las sociedades tradicionales basadas en la recolección, en un mínimo de mercancías acumuladas frente a las ingentes cantidades de stocks que obligan a las naciones productoras a desarrollar el imperialismo para robar la materia prima que necesitan, y naciones almacenes en las que vender estos stocks.

El mercado libre basado en la súper producción (Ayn Rand) es depredador, pues necesita apropiarse del agua, de los árboles, del petróleo, de la electricidad, de la energía nuclear, de la mano de obra esclava (quien trabaja para otro, es su esclavo), de toneladas de minerales… necesita organizar costosísimos ejércitos que defiendan el robo de materias primas a terceros (lo vemos hoy en las guerras de invasión euro-americanas –Afganistán, Iraq, Siria y ahora Venezuela), así como policías sofisticadamente uniformadas que mantengan a raya a esa mano de obra esclava (tan esclavo es un obrero, como un funcionario, como un empleado o un profesor de universidad), como contemplamos cada sábado en Francia.

El mercado libre basado en la recolección y en un mínimo de acumulación de mercancías (como previsión a posibles catástrofes naturales) es parte del sistema socio-económico propuesto por el Islam (y concuerda más con la propuesta de Kaczynski que con la de Ayn Rand).

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David Friedman

Un buen ejemplo de la ingenuidad teórica de buen número de libertarios lo encontramos en el siguiente texto, parte del libro de David Friedman, The Machinery of Freedom, Guide to a Radical Capitalism:

La idea central del libertarismo es que a las personas se les debe permitir dirigir sus propias vidas como lo deseen. Rechazamos totalmente la idea de que las personas deben ser protegidas, por la fuerza, de sí mismas. Una sociedad libertaria no tendría leyes contra las drogas, las apuestas, la pornografía, ni se multaría a quien no llevase los cinturones de seguridad en los automóviles.
También rechazamos la idea de que se pueda exigir a otros algo más allá de que le dejen a uno vivir en paz. Una sociedad libertaria no estaría basada en lograr el bienestar, ni tendría un sistema de seguridad social. Las personas que desearan ayudar a otros lo harían voluntariamente a través de la caridad privada, en lugar de utilizando dinero recaudado, por la fuerza, de los contribuyentes. Las personas que deseasen asegurarse su vejez lo harían a través de un seguro privado.
Las personas que deseasen vivir en una sociedad “virtuosa”, rodeadas de otras personas que compartiesen sus ideas de virtud, serían libres de hacerlo, de establecer sus propias comunidades y contratar entre sí para evitar que el “pecador” comprase o alquilase dentro de sus comunidades. Los que deseasen vivir en comunidad podrían establecer sus propias comunas. Pero nadie tendría derecho a forzar al prójimo a vivir como ellos.
Hasta aquí, muchos de los que no se llaman libertarios estarían de acuerdo. La dificultad viene en definir qué significa ‘dejar a alguien en paz’. Vivimos en una sociedad complicada e interdependiente; cada uno de nosotros está constantemente afectado por miles de acontecimientos que ocurren a millas de distancia, a personas de las que nunca hemos oído hablar. ¿Cómo, en una sociedad así, podemos establecer de manera significativa el que cada uno viva como mejor le parezca? La respuesta a esta pregunta radica en el concepto de “derechos de propiedad”. Si consideramos que cada persona posee su propio cuerpo y puede adquirir la propiedad de otras cosas al crearlas, o comprándolas a otro propietario, resulta al menos formalmente posible definir ‘dejar a alguien en paz’ y su opuesto, ‘ser forzado’. Alguien que por la fuerza me impide usar mi propiedad como yo quiera, cuando no la estoy usando para violar su derecho a usar su propiedad, me está coaccionando. Un hombre que me impide tomar heroína me coacciona; un hombre que me impide dispararle, no.

La ingenuidad en este caso roza el encubrimiento. ¿Acaso no sabe David que el Imperio Británico estaba basado en la encomienda divina de civilizar al resto del mundo, por las buenas o por las malas, ya que la orden venía del mismísimo cielo? ¿Quién puede definir el ámbito de libertad individual o social cuando uno de los factores de la ecuación tiene armas de destrucción masiva? ¿Cómo eludir la influencia de los otros? No parece evidente que una comunidad virtuosa pueda vivir rodeada de comunidades corruptas en las que sus individuos toman drogas, se pinchan, practican la prostitución y producen pornografía. Quizás alguno de ellos quiera ampliar su mercado y vaya a la comunidad virtuosa con la intención de venderles heroína. Habrá que impedírselo, pero ¿y si viene con 25 colegas armados con recortados y alguna que otra granada? Habrá que luchar, muchos morirán, habrá venganza… Mal asunto.

Por otra parte, parece estar hablando Trump y sus amigos cuando se dice que nada de gastar un duro en seguridad social, jubilación y cosas por el estilo. Seguro que a David Friedman le van bien las cosas.

El héroe de Ayn Rand es mucho más significativo y coherente que el que se puede deducir del trabajo teórico de Friedman, ya que intenta establecer en el seno de cualquier sociedad dada el aprecio y la admiración por sus héroes, no por sus políticos. La democracia y el humanismo han permitido que la mediocridad opine y elija, y ello le ha hecho creer que puede codearse con los verdaderos héroes. Ayn Rand arremete contra ese estado de cosas y pide a los héroes que dejen de mover el mundo, de sostener el mundo, como si fueran Atlas aplastados por una falsa realidad. Les pide que se alejen, que emigren a otros territorios clandestinos, que se declaren en huelga. Los mediocres no les acusan de haber fracasado, de no haber llegado a la cima, de no saber interpretar la realidad; les acusan de ser superiores, de entender las cosas mejor que ellos, de traspasar la línea de máxima de capacidad que los mediocres han dibujado en todos los ámbitos de la sociedad como el único límite aceptable. El héroe randiano no se droga ni se entretiene ojeando pornografía, pues tiene ideales, proyectos, vigor interior… El héroe randiano está por encima de la piedad y del pecado, pues quiere comprender, iluminarse. Friedman está apegado a los mediocres mecanismos de la sociedad capitalista americana. No es de eso de lo que hablamos.

Ya hemos dicho que la parte “anarca” del Islam viene del hecho de no aceptar un estado en el seno de sus sociedades, ya que eso implicaría arrogarse el derecho divino a legislar, derecho que es exclusivo del Creador. Sin embargo, es necesario un gobierno que proteja la Ley Divina y, al mismo tiempo, proteja la libertad individual y social en todo lo que esa ley permita. Y esa Ley lo primero que hace es dividir tajantemente el ámbito público del privado. Así, por ejemplo, está prohibido en el Islam beber alcohol en lugares públicos, ya que disfrutar de paz y tranquilidad en la calle es un derecho de todos, pero nadie se puede meter en lo que cada uno decida hacer en su casa, ni siquiera el Sultán. De la misma manera, no puede haber pornografía en la calle, pues todo el que pase por el lugar en el que se exhiba estará obligado a verla.

Otro grave error de apreciación que comete Friedman es el de imaginar que todo el mundo es igual y reaccionara de la misma manera ante los mismos sucesos. Por ejemplo, alguien que se pincha heroína y pasa las horas viendo pornografía ¿puede acaso tener la misma actitud social de respeto hacia la libertad del otro, que quien compite por hacer el bien y teme el Día en el que tendrá que comparecer ante su Señor?

Cualquier sociedad que desee eludir la autodestrucción, deberá albergar en su seno un buen número de autoridades morales, hombres intachables en cuyo juicio y consejo la gente confíe plenamente, ya que los conflictos son inevitables y los sistemas judiciales en seguida se vuelven tendenciosos, pues jueces y letrados han hecho de la justicia un oficio por el que ganan un buen sueldo.

No olvidemos que en el primer proceso, el teórico, nunca hay excesivo rigor, pues casi todo funciona cuando se proyecta en el aire, en el vacío, pero cuando pasamos al segundo proceso, el de la implantación, el de la práctica, los elementos teóricos se vuelven borrosos, inaplicables y opresores. No podemos conciliar el sueño cuando nos amordaza el recuerdo de una pesada deuda que todavía no hemos saldado. Nunca podrá haber sociedades equilibradas y sanas en occidente mientras sigamos masacrando, exterminando y robando la riqueza de los demás –ahora mismo hay 6 frente abiertos: Afganistán, Iraq, Siria, Libia, Venezuela y el reciente conflicto indio-paquistaní fabricado por USA como castigo a India por haber elegido los sistemas S-400 rusos. Países milenarios que están siendo destruidos por completo, sus casas, sus mezquitas, sus infraestructuras. Países cuyas bibliotecas han sido saqueadas y sus tesoros robados. ¿Cómo pueden los museos europeos abrir sus puertas al público? ¿De eso es de lo que están orgullosos, de lo que han robado a pueblos y naciones sin saber en realidad lo que robaban, como chimpancés que se llevan corriendo un abalorio? Y David Friedman habla de crear una sociedad donde no sea obligatorio llevar los cinturones de seguridad.

En su libro, The Machinery of Freedom, Guide to a Radical Capitalism, que ya hemos mencionado antes, David Friedman cita un texto de Lenny Bruce:

“Estoy en Gimbels y me harto del empleado –‘Ya te he dicho que no me gusta’. ¿Cómo puedo salir de esto? Es ridículo, me voy –‘olvídalo, tío, me largo’. ¿Qué puede hacerme este gilipoyas de Gimbels, incluso si fuese el presidente de Gimbels? Siempre puede echarme de los almacenes, pero entonces me puedo ir a los de Macy. No me puede fastidiar de ninguna manera. El comunismo es como una gran compañía de teléfonos. Si me harto de esta compañía, ¿dónde puedo ir? Me siento como una mierda pinchada en un palo.”

La libertad de elección aquí está mal entendida. Te puedes ir a los almacenes Macy, pero un día u otro te pasará lo mismo, te mosquearás con la compañía y después de haber recorrido tres ó cuatro almacenes más volverás a Gimbels, pues vivimos en una sociedad basada en la súper producción que ha generado la tecnología. Gimbels, como Macy, tiene que vender grandes cantidades de mercancías, cada día, cada hora. Tiene que promocionar ciertos productos, cambiar los escaparates diariamente, conseguir compradores para los stocks… recortes salariales y de personal. Hay una crispación en el ambiente, en los empleados, en los directivos. Es el tipo de sociedades que genera la súper producción. No depende de Gimbels ni de Macy. Todo el mundo tiene que sonreír –“Se amable, pero no pierdas el tiempo con ningún cliente”. Lo mismo sucede con las compañías de teléfonos. En el mundo capitalista hay numerosas compañías de teléfonos que se hacen la competencia unas a otras y eso se presenta como la mejor forma de que todas funcionen entre “bien” y “excelente”, pero todos sabemos que su funcionamiento real oscila entre “mal” y “pésimamente”, ya que la súper producción necesita generar súper beneficios. ¿Cómo? Disminuyendo en lo posible los costes de producción o de ventas –en última instancia, estafando al cliente, a los proveedores, a los distribuidores…. Es una ecuación irreductible –la tecnología necesita un sistema de súper producción que genere súper beneficios con los que pagarla y, al mismo tiempo, enriquezca a los principales agentes en la cadena de producción, distribución y venta. Fijémonos en el siguiente ejemplo –una fábrica de automoción. Para hacer frente a los altísimos costes de la tecnología que utiliza, una complicada red de robots, del personal especializado, de las instalaciones en general… necesita vender entre 2.000 y 2.500 coches al día, lo cual, con la competencia actual, es prácticamente imposible. Si las empresas automovilísticas occidentales quieren mantener un buen ritmo de ventas y competir con China, Japón y Corea del Sur, tendrán que rebajar drásticamente todos los niveles de producción –calidad de materiales empleados, recortes salariales y de personal, supresión de incentivos… y en muchos casos harán falta ayudas estatales para impedir que muchas de las plantas de producción se vean obligadas a cerrar.

El sistema de súper producción no cesa de tensar el arco productivo hasta llegar a un punto cercano a la ruptura. Y en esa tensión insoportable viven las sociedades que ese sistema ha generado. Cada elemento social interactúa inevitablemente con la maquinaria que propicia la súper producción. La depresión, la angustia, la enfermedad… disminuyen el poder productivo de los individuos en ciertas áreas, pero aumentan los beneficios de empresas que actúan en otras áreas –las compañías farmacéuticas norteamericanas extraen buena parte de su beneficio de la depresión que causa en la población activa el sistema de súper producción.

La verdadera libertad de elección reside en poder optar por una sociedad sin grandes almacenes, sin Gimbels, Macy o el Corte Inglés, o con ellos; por una sociedad sin teléfonos o con ellos. Esta es la libertad de elección que no tenemos. La tecnología se nos ha impuesto sin que nadie la haya pedido y, tras ella, el sistema de súper producción.

No se puede desarrollar una sociedad anarco-capitalista, en el sentido islámico de la expresión, dentro de un sistema de súper producción, ya que este sistema necesita un estado, un supra poder que tenga el privilegio de legislar y generar las leyes que protejan a ese sistema y lo mantengan. La primera condición para acabar con los estados y establecer gobiernos es la de volver al sistema de recolección, con una tecnología basada exclusivamente en la mecánica y un mínimo de acumulación.

Sin embargo, todavía no hemos tocado el fondo de este asunto –el de confundir los medios por fines. Es evidente que debemos formular modelos socio-económicos, pues vivimos en este mundo, aunque sea de forma transitoria, y somos entidades con una buena dosis de gregarismo, que nos obliga a vivir en comunidades. No obstante, la crisis se produce al tomar la implantación de estos modelos socio-económicos como el objetivo de la existencia humana, y no como el medio de vivir sin conflictos y poder, así, satisfacer las obligaciones espirituales que le son propias al hombre. Ya hemos establecido plenamente el modelo anarco-capitalista en un vasto territorio en algún lugar de la Tierra. Vivimos de la manera que más nos place sin que nadie se entrometa en nuestras vidas, pero las preguntas –¿Quién ha originado este universo? ¿Cuál es el sentido de esta existencia en la que todos sus elementos, nosotros incluidos, están perfectamente afinados? ¿Cómo de la materia inerte se ha originado la vida vegetal y animal y después la vida consciente? – seguirán azuzando nuestro intelecto. Elijamos la forma de vida que elijamos no eliminaremos el absurdo de existir sin ninguna razón, sin ningún objetivo. Primero es la comprensión existencial y después la organización socio-económica; algo que ni Ayn Rand ni Kaczynski ni David Friedman contemplan en sus propuestas. Sin embargo, la causa de que haya suicidas, drogadictos, alcohólicos, consumidores de opiáceos y otros antidepresivos, desequilibrados mentales, violadores, asesinos, mafias, enfermos debido al estrés y la frustración… estamos hablando del 95 por ciento de las poblaciones occidentales, se debe a vivir en sociedades en las que esas preguntas se han dejado de responder e incluso se ha prohibido socialmente plantearlas.

Ayn Rand, Kaczynski, Friedman y muchos otros sociólogos dirán que el sentido de la existencia está en organizarse en sociedades “libres” y “justas”. En primer lugar, ambos conceptos estarán siempre condicionados a la subjetividad humana. Y en segundo lugar, nuestra existencia será siempre posterior al proyecto de que existamos. Construimos una máquina extremadamente complicada, pero no sabemos cuál va a ser su función. Lo más lógico y coherente antes de probarla será averiguar quién la diseñó y para qué. Mientras no despejemos estas dos incógnitas, cualquier uso que le demos será erróneo e insatisfactorio.

Por lo tanto, tenemos ante nosotros dos aseveraciones a modo de corolario final: 1) todo modelo socio-económico que se proponga será un medio y no un fin; 2) Este modelo deberá adecuarse a la finalidad de la existencia humana y afinarse con las características esenciales del hombre, siguiendo la objetividad divina contenida en el Qur-an, último libro revelado, confirmación de lo que ya antes se había hecho descargar sobre los profetas.

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