EL ÁRBOL DE LA VERDAD – Octava Rama: ¿Quién es John Galt?

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El derrumbe de la sociedad occidental

Raymond Abellio dijo en una ocasión: “Las propuestas filosóficas y políticas se expresarán a partir de ahora en novelas y no en ensayos.”

La novela Atlas Shrugged de Ayn Rand debutó en The New York Times Bestseller List con el número 13 tres días después de su publicación. Alcanzó el puesto número 3 el 8 de diciembre de 1957 y estuvo en la lista durante 22 semanas consecutivas. En 1984, sus ventas habían superado los cinco millones de ejemplares.

Hace doce años, que te estás preguntando: ¿Quién es John Galt? Y bien, yo soy John Galt, el que te está hablando. Soy el hombre que ama su vida. Soy el hombre que no sacrifica su amor ni sus valores. Soy el hombre que te ha privado de ser víctima y, por lo tanto, ha destruido tu mundo, y si deseas saber por qué estás pereciendo, tú que temes el conocimiento, soy el hombre que ahora te lo va a decir.
Has destruido todo lo que considerabas malo y has logrado establecer todo lo que considerabas bueno. ¿Por qué, entonces, te encoges de horror al ver el mundo que te rodea? Ese mundo no es el producto de tus pecados, es el producto y la imagen de tus virtudes. Es tu ideal de moralidad consumado en su perfección total y final. Has luchado por ello, lo has soñado y lo has deseado, y yo soy el hombre que ha hecho realidad tu deseo.

El discurso de John Galt es sin duda el manifiesto socio-económico, es decir, político en el sentido estricto de la palabra –capacidad de elegir– más coherente y revertidor de valores de cuantos ha producido el materialismo o, si se prefiere, las ideologías que intentan explicar los orígenes –del universo, de la vida, de la consciencia– a través de la casualidad o de fuerzas de la materia todavía desconocidas, pero que en ningún caso contemplan la posibilidad de que la existencia se haya originado por un Agente externo y tenga un objetivo específico que le dé sentido y delimite las tareas verdaderamente productivas que el hombre debería realizar mientras existe en este mundo.

John es un personaje de novela y, por lo tanto, no tiene responsabilidad humana con la que cargar. John Galt es el protagonista de Atlas Shrugged, sin duda la obra más influyente de Ayn Rand. Es una novela estructurada en tres capítulos, cuyo núcleo ideológico lo constituye el discurso de John Galt, un joven ingeniero eléctrico que ha decidido detener el motor que mueve el mundo, llevar a la huelga a las mentes que forman ese motor, las mentes capaces de imaginar un mundo sin frustración, las mentes capaces de originarlo. Es una novela y, por ello mismo, no se le exige rigor científico en las propuestas que plantea. Antes bien, necesita de dos elementos que contradicen la aparente practicabilidad de sus teorías –la ciencia ficción y héroes inventados. En el primer caso, John Galt desarrolla un motor que no necesita ningún tipo de energía para funcionar (obviamente, no se explica cómo lo consigue), así como un sistema refractario instalado en el cielo que impide que los aviones o helicópteros puedan entrar es su espacio aéreo y aterrizar en su territorio, imperceptible para el mundo exterior (supuestamente un lugar rodeado de montañas en Colorado). En el segundo caso, los héroes, la elite económica, industrial, filosófica y artística que abandona el sistema, que va a la huelga y entra, guiada por John Galt, en ese territorio “sellado”, la constituyen personajes inventados. ¿Cuál puede ser la razón de que Ayn Rand utilice estos dos indeseables elementos en su libro cuando lo que se pretende con él es presentar un modelo socio-económico totalmente viable y realista en todos sus aspectos? Sin duda que no hay una sola razón, nunca hay una sola razón, pero la primera que salta a la vista es, precisamente, la inviabilidad de su propuesta a nivel práctico (incluso a nivel teórico adolece de un cierto infantilismo). Sin embargo, más perturbador aún que el motor Galt, autónomo, que toma del aire los elementos que necesita para funcionar eficientemente, es el hecho de que Rand no cuente con alguno de esos financieros, industriales, banqueros o filósofos reales que muestre que hay una elite sojuzgada por los mediocres. No hay tal elite, y menos aún en la sociedad norteamericana. Ayn Rand ha construido una casita de madera y juega con los muñecos inertes que la pueblan. Fuera de eso no hay nada –una vida de frustración en la que el sexo y la fama actuaron como el antidepresivo que le alejó del suicidio.

El análisis que Ayn Rand hace de la situación que vive la sociedad estadounidense y sus causas no es nuevo, pero introduce un elemento, en cierta forma provocador, que podría dañar su exposición e incluso descalificarla como alternativa –el egoísmo, algo que en las sociedades occidentales, basadas en el empleo estatal, podría considerarse, al menos, de inadecuado. Sin embargo, el egoísmo randiano es la cualidad que caracteriza a los héroes, aquellos que están dispuestos a vivir según su ley y sus valores, incluso si ello significa sufrir un total ostracismo social, económico y político. Su anhelo de felicidad justifica sus acciones, y su fuerza e inteligencia para lograrlo, su egoísmo. Cuando el héroe comienza a cruzar el océano a nado, el sistema establecido por los mediocres le agarra de los pies y le pregunta si ha pensado en los pobres y desvalidos que no pueden nadar como él. ¿Acaso no debería abandonar sus desmesurados ideales y construir para ellos una casa refugio junto a la orilla? ¿Pero acaso tiene tiempo el héroe para esos menesteres cuando al otro lado le espera la felicidad, la plenitud… su obra? Una conmoción sacude nuestros sedentarios cuerpos. Se trata de una ruptura sin posibilidad alguna de interacción –quien desee seguir al héroe que se lance al agua y nade, pero que no exija que él se detenga para esperarle. No obstante, hay otra cara en la moneda del egoísmo randiano –¿Realmente los héroes, los hombres, han venido a la existencia para ser héroes? ¿Seguro que no hay otro objetivo, otro sentido? ¿Deberíamos considerar el heroísmo randiano un medio o un fin? La propuesta de AR incluye un ateísmo absoluto, Nietzscheano, que sublima en esa búsqueda de la felicidad, el anhelo de inmortalidad que forma parte de nuestra naturaleza humana. Por ello, por muy lúcido que pueda ser su análisis carece de interés práctico al obviar los orígenes y el destino final del hombre –todo transcurrir existencial necesita dos extremos para mantenerse.

Su planteamiento socio-económico, perfectamente observable en cualquier sociedad occidental, no sólo en la norteamericana, podría resumirse con estas palabras:

Los componentes del motor que mueve el mundo, de la fuerza generadora, del poder interpretativo… son las elites de cada sociedad, sin que el concepto de sociedad tenga necesariamente que restringirse al de nación, pudiendo abarcar territorios mucho más amplios –Occidente, Oriente Medio, África, América Latina. Estas elites piensan, imaginan, actúan… lo que enerva a las masas, que tratan de encubrir su mediocridad acusando a las elites de egoísmo, de insensibilidad ante los problemas sociales, de su enorme capacidad para interpretar la realidad, de su, en definitiva, elitismo. Dado que en el cuadrilátero, cara a cara y cuerpo a cuerpo, no pueden vencer a las elites, los “líderes” de las masas, tan mediocres como ellas, pero con menos escrúpulos, han organizado un sistema político, la democracia (la justicia que emana de la mayoría frente al despotismo de las minorías reflexivas), en el que lo único que cuenta es la cantidad, el número de votos conseguidos por éste o aquel candidato a la presidencia. En realidad, no importa quién consiga el anhelado puesto, ya que el propio sistema ha organizado a la clase política en partidos que se van turnando en el poder y van estableciendo las leyes necesarias para defender y perpetuar este estado de cosas imperecederamente.

La mayor parte de la gente que constituye la masa en cada sociedad no es capaz de organizar sus vidas de forma autónoma e independiente. Necesitan el paternalismo del poder, necesitan formar parte de ese poder, al que se accede sin ningún tipo de requisitos especiales, de cualidades especiales. Hoy en día, la mayoría de los miembros de las sociedades occidentales son funcionarios, individuos incapaces de valerse por sí mismos y a los que los estados democráticos les dan la posibilidad de ganarse un sueldo a cambio de no hacer nada y de votar cada cuatro años como la mejor forma de defender y perpetuar el sistema que, en realidad, los adopta como elementos sociales incapacitados. No es difícil imaginar que para mantener un sistema así harán falta ingentes cantidades de dinero, imposibles de obtener para unos estados que no producen nada, pero mantienen a millones de empleados. Aquí hacen su aparición los impuestos –directos, indirectos, transversales, oblicuos… hasta convertir toda actividad social y económica en una constante deuda fiscal –las multas de tráfico, los aparcamientos de pago, por ejemplo, son un tipo, asfixiante, de impuestos fantasmas, que no vemos, pero oímos sus cadenas.

Un grupo restringido de héroes son los que deben imaginar, diseñar, abrir mercados, mejorar los productos… para obtener beneficios y poder, así, hacer frente al pago de los impuestos con los que los estados mantendrán al cada vez más numeroso ejército de funcionarios.

El sistema educativo mantiene costosísimas infraestructuras para que miles de ineptos se ganen la vida. Las universidades están llenas de profesores de historia, de literatura, de física, de matemáticas, de filosofía… pero ni un solo historiador, ni un solo escritor, ni un solo filósofo. Los verdaderos creadores están fuera de ese sistema, y son ellos los que lo mantienen, los que le dan sentido.

La mujer de Felipe González era profesora de literatura en un instituto. No era escritora. Hablaba de los escritores, analizaba sus textos según una manoseada interpretación que se lleva arrastrando durante decenios. Cobraba un buen sueldo por hablar de autores que nunca recibieron paga alguna y fueron en numerosas ocasiones perseguidos por el sistema que mantiene viva su memoria para que los profesores puedan hablar de ellos y ganarse la vida.

¿Qué pasaría entonces, plantea Ayn Rand, si esas elites abandonasen su esfuerzo profanado por la mediocridad circundante y entrasen en una huelga indefinida, no para reivindicar mejoras en sus relaciones socio-económicas, sino para ofrecer otras alternativas?  Esa sociedad colapsará inevitablemente. La mujer de Felipe Gonzalez ya no podrá seguir dando clases, pues no habrían quedado escritores de los que hablar.

Hay otra parte de la sociedad, mucho más minoritaria que la de los funcionarios, que ejercen una actividad comercial independiente, pero no son héroes, sino parásitos que recogen las migajas que caen de la mesa de los verdaderos generadores de riqueza. Cuando pagan su cuota de autónomos reflexionan sobre el sistema depredador en el que viven: “Yo no recibo nada a cambio de este dinero que debo pagar obligatoriamente cada mes. Yo no puedo estar enfermo, no puedo dejar de trabajar, pues mi negocio se vendría abajo. Debo seguir trabajando con fiebre, con cáncer hasta llegar a la fase terminal.” Una vez que han pagado su cuota, empero, se olvidan del simple, pero certero análisis que han hecho de su sociedad y vuelven a pensar en el dinero, en los bienes de consumo que podrán adquirir con él.

El resto de la sociedad son trabajadores a los que los sindicatos no cesan de azuzar para que vayan contra su empresa, la denuncien, la cierren, la destruyan. A cambio recibirán el salario de desempleo y justificarán la existencia de estas organizaciones mafiosas que actúan como puntales del sistema.

Ayn Rand no ve otra solución que sacar a las elites de estas contaminadas sociedades y dejar que se derrumben por sí mismas. Sin embargo, y a pesar de que en líneas generales estamos de acuerdo con sus análisis, su propuesta sigue siendo teórica e inaplicable. Y ello fundamentalmente por dos razones. La primera de ellas porque fuera de la ficción no existe un territorio que se pueda aislar y proteger del mundo exterior a través de una tecnología que solo existe en la imaginación de Ayn Rand. El aislamiento real tendrá que producirse a nivel de la consciencia. Hay dos actores, uno se ha creído su papel, y el otro vive con una clara discriminación entre ambas identidades. De la misma forma, hay dos individuos, uno se ha identificado con su profesión de carpintero, y el otro se ha identificado con su condición de hombre libre y consciente. El primero es actor, el segundo espectador. El primero vive en el círculo A, el círculo de la personalidad robot, y el segundo vive en el círculo B, el círculo del primer nivel de consciencia capaz de observar el círculo A y de entender su funcionamiento. La segunda razón la constituye la imposibilidad para la subjetividad humana de encontrar un sistema que elimine los elementos venenosos e indeseables de una sociedad dada si no se sitúa a esa sociedad en el eje existencial con un extremo a cada lado –los orígenes y el destino final.

La subjetividad del hombre puede analizar, describir, los problemas socio-económicos de una comunidad humana, pero errará en la interpretación de esos análisis y en las propuestas para eliminar esos elementos venenosos. Necesitaremos, pues, echar mano de una plantilla que haya sido recortada sobre la objetividad. Necesitaremos pasar del círculo B al círculo C, el círculo del segundo nivel de consciencia, en el que nos sabemos criaturas y parte de un proyecto que incluye la vida en este mundo y la vida post-mortem; un viaje existencial cuyas etapas nos van abriendo más franjas de conocimiento y de una insospechada felicidad, incluso para los héroes.

Para Ayn Rand no existe el círculo C y, por lo tanto, un día u otro, volverá al círculo A. Es lo que vemos en la tercera parte del libro. Ya están los héroes, las elites, en ese territorio protegido del mundo exterior. No rigen allí más leyes que las que cada uno se ha impuesto a sí mismo.

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¿Cómo viven estos héroes, ahora que son totalmente libres, sin ningún yugo estatal, sin ninguna prohibición ni coerción? Exactamente igual que cuando estaban inmersos en la sociedad norteamericana, exactamente igual que cuando vivían en el círculo A. Fiestas sociales, casas de lujo y una estricta vigilancia para que a nadie se le ocurra violar algún elemento del nuevo status quo.  Hasta cierto punto, es lógica esta actitud, ya que para los que han emigrado a ese territorio, la nueva situación en la que viven es la correcta, es la verdad absoluta, y quien se oponga a ella estará en un claro error, será un elemento vírico al que habrá que expulsar del sano tejido de su sociedad.

Sin embargo, el problema real radica en el hecho de que el círculo B es sumamente inestable. No es un ámbito en el que podamos afianzarnos y morar en él indefinidamente –si no pasamos al círculo C, volveremos irremisiblemente al indeseable círculo A. La incapacidad de Ayn Rand de siquiera contemplar la posibilidad de que exista el círculo C nos sugiere la trágica sospecha de que tampoco ella es parte de la verdadera elite.

En caso de lograr, finalmente, pasar al círculo C, ¿qué es lo que encontraríamos allí? Una clara percepción de la realidad. Entenderíamos los orígenes y el destino final, el sentido completo de la existencia y las puertas de acceso a otros dominios. Con estos elementos a nuestra disposición ya podemos construir un sistema socio-económico coherente y afinado con la naturaleza humana. En este sentido, solamente la propuesta profética puede dar sentido al círculo C, pues no se trata ya de opciones filosóficas, subjetivas, segregaciones viscerales, sino de la objetividad divina que transporta el sistema profético.

Veamos su propuesta socio-económica expuesta en la última revelación –el Islam.

El tema de la riqueza personal, individual, nunca ha supuesto controversia en la organización social que propone el Islam. Todo hombre tiene derecho a generar bienes materiales, muebles o inmuebles, en la medida de sus posibilidades y en la medida de sus aspiraciones. A nadie se le puede reprochar ser rico siempre y cuando su riqueza provenga de medios lícitos. El dinero que generan los bancos, las compañías de seguros o los consorcios financieros es ilícito, pues proviene de cobrar intereses a través de préstamos, pólizas o inversiones según un sistema en el que los inversionistas no tienen ningún control. No se debe producir dinero del dinero, pues es un medio fraudulento de obtenerlo. Primero se crean las necesidades, el consumo; después se ofrecen créditos muy ventajosos en apariencia; la gente adquiere préstamos que luego no puede pagar y, finalmente, se les confisca todas sus posesiones –casas, coches, locales, negocios… todo. Tampoco es dinero lícito el que proviene del juego, las drogas, el alcohol, la prostitución, el fraude o la extorsión de cualquier tipo. El dinero debe siempre provenir de alguna de estas fuentes –producción, recolección, transporte, almacenamiento o venta. Mientras la adquisición de riqueza sea lícita, no hay límite en su acumulación ni delito, por grande que ésta sea.

Los impuestos no tienen otro sentido, ni justificación, que robar el dinero de los elementos productivos de la sociedad para hacer frente a los descomunales gastos del estado. Todos ellos están prohibidos en el Islam. Alguien podría objetar que toda nación necesita de un ejército para defenderse de posibles agresiones por parte de otras naciones y que para mantener a esos ejércitos hacen falta impuestos. Sin embargo, esta objeción no hace, sino encubrir el deseo de los estados de contratar más y más funcionarios. Vivimos en un tiempo en el que la guerra ha dejado de ser un enfrentamiento entre guerreros en el que el coraje, la determinación, la habilidad, el honor han perdido su valor y sólo cuentan los botones que lanzan proyectiles a grandes distancias. Los ejércitos convencionales carecen de efectividad, y la única forma que tiene una nación de enfrentarse a las del club tecnológico-militar es resistiendo. Los impuestos son ilícitos y es ilícito imponerlos por la fuerza a cualquier estamento social.

Sin embargo, uno de los objetivos básicos del Islam es la purificación, tanto física como espiritual, ya que la suciedad produce infección y ésta, enfermedades. Uno de los fenómenos que produce suciedad e infección es el estancamiento. Las aguas estancadas, se infectan; los cuerpos que no se mueven, se infectan, y también la riqueza estancada acaba por infectar el corazón y el intelecto. Por ello, el Islam promueve el movimiento de capitales, las inversiones, la cooperación para crear empresas productivas o comerciales. Por lo tanto, si un individuo ha generado cientos de millones con sus actividades económicas lícitas y los ha invertido en diversos proyectos y al final de año, después de cubrir sus necesidades, no tiene más líquido que el equivalente a 100 gr de oro, no tendrá nada que pagar, ya que sus inversiones habrán generado riqueza de la que se habrá beneficiado toda la sociedad. Si por el contrario sus inversiones han sido mínimas y al final del año ha acumulado un capital de un millón de euros, pagará el 2.5 por ciento de ese capital (25.000 euros). Ningún otro impuesto es lícito.

La caridad es privada y no va montada sobre organizaciones. Son los propios individuos los que se responsabilizan de que en su barrio, en su zona, no haya nadie sin techo, sin ropa y sin comida. Las mezquitas son centros de información a este respecto.

Las compañías de seguros son ilícitas, pues no se debe permitir que se involucre un tercer elemento en las transacciones entre dos individuos o empresas. En el Islam hay numerosos medios de asegurar los bienes y las personas. Tradicionalmente se han desarrollado tres formas que han funcionado durante siglos en las sociedades islámicas –1) Los seguros gremiales; cada gremio disponía de una caja en la que cada mes o cada año sus miembros depositaban la cantidad que hubieran previamente estipulado. Cuando alguno de ellos sufría un percance, una enfermedad que le impedía seguir trabajando o se quemaba su taller, la junta administrativa del gremio le daba la cantidad que necesitase para hacer frente a ese imprevisto. Sin embargo, el verdadero seguro nunca es una mera cantidad de dinero –si un miembro del gremio de carpinteros enfermaba, sus compañeros se encargaban de terminar los trabajos que tuviera pendientes sin cobrarle nada por ello. 2) Los seguros de particulares; un grupo de individuos podía iniciar este sistema creando su propia caja. En la mayoría de estos casos, el dinero que se ingresaba periódicamente provenía de la adquisición de grandes cantidades de mercancías que compraban a precio de mayoristas y revendían a los miembros de ese grupo a precio de mercado. La diferencia entre ambos precios constituía el beneficio obtenido. 3) Los auqaf, plural de waqf, que más tarde se irán desarrollando en occidente bajo el nombre de “fundación”. Sin embargo, su funcionamiento es muy diferente. Los auqaf son instituciones generadas por particulares que destinan un porcentaje de sus ganancias a un fin concreto. El objetivo de los auqaf no se puede cambiar. Si la persona que ha creado un waqf desea destinar su dinero para otro fin, deberá crear otro waqf. En el Imperio Otomano llegaron a funcionar 25.000 auqaf. En Marruecos todavía existe un waqf destinado a mantener limpios los minaretes de las mezquitas donde suelen detenerse las cigüeñas en sus viajes migratorios. Tampoco se pueden vender o alquilar. Todos los puestos del Gran Bazar de Estambul son parte de un waqf. En Turquía hay varios awqaf que proveen de trasporte gratuito a los alumnos que viven muy alejados de las madrasas en las que estudian. Hay un waqf que organiza seminarios totalmente gratuitos sobre las doctrinas orientales, tales como el budismo, hinduismo o taoísmo. Hay otros auqaf cuya finalidad es proveer servicios médicos gratuitos. A veces es una persona la que establece un waqf, y a veces son varias las que se unen para crear uno con más medios. Los gobiernos no forman parte de estas instituciones. Su papel es protegerlas y permitir que se desarrollen libremente. Si llega a establecerse un estado en estas sociedades, pronto se apropiará de los awqaf y dejarán éstos de ser gratuitos y de servir a los verdaderos fines para los que han sido creados.

La propiedad privada es intocable en el Islam, es un bien sagrado del que ningún poder estatal o gubernamental puede apropiarse, aunque sea “legalmente”, ya que la legalidad de tal violación está basada en las leyes que los propios legisladores han establecido para poder expropiar los bienes inmuebles de los ciudadanos. Los bancos son instituciones privadas ilegales en cualquier forma que se presenten, incluida la “islámica” y, por lo tanto, su privilegio de expropiar las propiedades de terceros es un delito y no un derecho.

La delincuencia, el crimen, los robos, los atracos, las violaciones… todo ello está siempre ligado a una falta de espiritualidad. En una sociedad en la que falte este elemento, en la que no se tenga “certeza” del Juicio que nos aguarda en la Otra vida, la delincuencia será una de sus inevitables consecuencias. En las sociedades occidentales cada año aumenta el número de efectivos policiales, y cada año también aumenta el número de delitos. Fijémonos por un momento en el caso de Siria. Uno de los efectos de la guerra en este país que ya dura 8 años es la falta de electricidad. Hay barrios que han estado sin alumbrado público durante años. A pesar de ello y de que en sus calles no había ni un solo agente de policía, ni patrullas, la vida social ha seguido su curso normal –sin vandalismo, sin robos, sin agresiones, sin violaciones… dentro de una calma y una paz absolutas. Calles desiertas, sin luz, por las que camina una mujer con su hijito pequeño, sin que nadie la moleste ni le robe ni le agreda. En una calle totalmente a oscuras y sin apenas gente hay una joyería con la puerta abierta. Un matrimonio manipula un montón de pulseras y de anillos de oro. La tienda no tiene alarma ni cristales blindados. Son escenas cotidianas de Damasco.

En el Islam no hay estado, pues el Legislador es Allah el Altísimo, Quien ha transmitido a sus profetas a lo largo de la historia Su Ley, Su objetividad. En el Islam hay gobierno, cuya única función es proteger esa Ley.

Los ancianos no necesitan en el Islam asilos ni residencias para “la tercera edad”. En el Islam la familia es el núcleo, la célula sobre la que se va generando la sociedad. Los mayores no son arrojados de casa cuando se vuelven inservibles o están incapacitados –son los hijos, los nietos, los sobrinos, los tíos… quienes ahora cuidan de ellos movidos por el agradecimiento. Esta interacción familiar no se puede alterar de ningún modo, pues de lo contrario, la sociedad colapsaría. ¿Está Occidente orgulloso de tener lujosas residencias para ancianos? Antes bien debería avergonzarse. Una sociedad que rechaza a sus mayores es una sociedad infectada, que se devorará a sí misma.

La familia en el Islam no es anárquica, sino bien estructurada y coherente. No hay incongruencias en ella, como en el caso de las sociedades occidentales en las que un matrimonio decide tener hijos o, más bien, hijo, pero ambos trabajan. Son otros quienes cuidan de ellos, quienes los educan. Son niños que crecen en guarderías, con niñeras de 20 años sin experiencia y sin el cariño que es propio de la madre. Son niños duros, insensibles, que manejan muy bien los móviles.

El Islam propone una sociedad basada en la plena responsabilidad de sus miembros, en su privacidad absoluta, pero también en la hermandad. Una vez pasaba el Mensajero de Allah (s.a.s) por delante de la casa de uno de sus compañeros y vio que estaba cocinando un guiso. Muhammad le dijo, “compártelo con tu vecino”, a lo que su compañero replicó: “Pero mira, Oh Muhammad, hay muy poco”. Entonces el Profeta le sugirió: “Pues echa un poco más de agua.” Lo importante en el Islam es crear sociedad, asociarse, cooperar. Lo importante no es el sabor del guiso, sino hacer de él una ocasión para relacionarse con los vecinos. Hay un equilibrio en la propuesta islámica entre la privacidad y las actividades sociales, sin que en ningún caso deba prevalecer la una sobre la otra. El hogar y la calle son dos ámbitos separados y, al mismo tiempo, relacionados –el de la calle está regido por la Ley de Allah y es general; el del hogar escapa a esa Ley y se rige por la educación islámica, pero en ambos casos es el temor a salirse de la objetividad divina el que mantiene la paz social. No hace falta policía, pues en este tipo de sociedades sus miembros viven en una continua competición por adelantar a los otros en el bien –en la generosidad, la amabilidad, el conocimiento.

John Galt denuncia en su discurso el odio que los mediocres sienten por la inteligencia, por la actividad de las capacidades cognoscitivas que le son propias al hombre. Esa misma actitud es la que denuncia el Qur-an, un libro que sólo pueden entender los que reflexionan, los que observan, los que escudriñan la creación. Sin embargo, sin una continua referencia objetiva, la actividad intelectual derivará siempre en conjeturas y elucubraciones.

Cuando el hombre quiere erigirse en su propio dios, denigra el concepto de verdad objetiva y acuña lemas del tipo: “Cada uno tiene su verdad.” “Déjame con mi verdad.” “Hay muchas interpretaciones sobre la verdad de las cosas.” Mas ninguno de estos lemas es cierto. La objetividad absoluta existe y es reconocible por la subjetividad humana. Cuando observo con un corazón sano el universo que me circunda y a mí mismo, aparece la evidencia de un Agente, de un Diseñador, de un Creador. Nuestra subjetividad concuerda con la objetividad de Su existencia actual. Sin embargo, ante las preguntas –¿Cómo es ese Dios? ¿Cuál es Su nombre? ¿Qué quiere de mí? ¿Cómo puedo comunicarme con Él?– nuestra subjetividad errará en su intento por responderlas. Necesitaremos que las respuestas provengan de Él, de Su absoluta objetividad contenida en los libros revelados a los profetas, los verdaderos héroes, la verdadera elite de la humanidad.

Ayn Rand era atea, como sus personajes, como las sociedades occidentales. Por ello, no puede comprender el “egoísmo islámico” –deseo tanto agradar a mi Creador que estoy dispuesto a preferir a mi prójimo antes que a mí mismo. Esta es la verdadera fiesta, no la del becerro, no la de las falsas elites que viven en Colorado.

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