LOS CAMPOS DE EXTERMINIO

El ejército de los Estados Unidos prepara a los futuros dictadores de Latinoamérica.

Christine Toomey – The Sunday Times, Julio 2002.
Durante décadas, asesinos, torturadores y dictadores acudían de diferentes países latinoamericanos a una academia militar en Georgia para “entrenamiento profesional”. Ahora miles de ciudadanos se han enterado de lo que realmente enseñan en esa academia y se están uniendo a la campaña para cerrarla.

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Como dijo el comandante retirado Joseph Blair del Ejército de los Estados Unidos, el incidente fue “tan divertido como el infierno”. Ahí estaba el coronel Pablo Belmar, uno de los secuaces más notorios de Augusto Pinochet, acusado de tortura y asesinato durante la dictadura militar de Chile, con el pecho hinchado y vestido de gala, dando una conferencia de cuatro horas sobre derechos humanos. Riéndose y bromeando en la parte de atrás de la clase había oficiales militares de alto rango de Guatemala y El Salvador. “Estos tipos” dice Blair “acababan de participar en los genocidios de América Central. No había preguntas. Se sentaron a escuchar a Belmar. ‘Aquí está la Convención de Ginebra. Aquí está el Convenio de La Haya. Léanlo. Sigamos. Nadie estaba interesado”. Blair recuerda perfectamente su reacción. “Decían: ‘Es una mierda. Los derechos humanos funcionan a punta de pistola”.

En la voz de Blair se puede distinguir el tono de histeria y desesperación. Está agotado. Ha pasado seis horas catalogando una serie de abusos que tuvieron lugar en un centro de entrenamiento militar conocido por sus adversarios como la Escuela de Asesinos. Parece que la escena descrita podría haber ocurrido en algún rincón oscuro de un país latinoamericano donde pocos se atreven a desafiar a un hombre de uniforme. No fue así. Tuvo lugar en 1987 en el corazón de un establecimiento militar de Estados Unidos. La clase se llevó a cabo en una academia llamada la Escuela de las Américas (SOA), ubicada en Fort Benning, el cuartel general de infantería del Ejército de los Estados Unidos, en las colinas de las afueras de Columbus, Georgia.

En las últimas horas de la noche, cuando el calor veraniego del Sur profundo se vuelve opresivo, Blair saca carpeta tras carpeta de una inmensa caja de cartón mientras continua excavando en ese sucio capítulo del pasado militar de su país que el Pentágono está últimamente intentando borrar. Blair sabe de lo que está hablando. Anteriormente, fue instructor jefe de logística en aquel acuartelamiento fundado hace más de 50 años en el que se hablaba español. Un centro de instrucción financiado a expensas de los contribuyentes con la finalidad de proporcionar “capacitación profesional” a soldados de América Latina e “inculcarles” nociones estadounidenses de democracia’.

Hojeando un informe en el que ha garabateado “manuales de tortura”, Blair habla de cómo los soldados recibían instrucción de contrainteligencia que incluía los mejores métodos para reclutar y controlar a los informantes (arrestando y apaleando a sus familiares, si fuera necesario), extorsión, chantaje, falso encarcelamiento, administración del suero de la verdad por vía intravenosa y la mejor manera de “neutralizar” a los oponentes: un eufemismo de “ejecutar”.

El ejército estadounidense no sólo hacía la vista gorda ante los reconocidos violadores de los derechos humanos que asistían a la academia o enseñaban en ella, dice Blair, sino que también les pagaba la cuota de socios en clubes de golf exclusivos durante el tiempo que pasaban allí, les obsequiaba con entradas para los grandes acontecimientos deportivos y los llevaban de excursión a Disneylandia. A continuación describe cómo solían llegar los soldados a la academia cargados con maletines llenos de decenas de miles de billetes de dólar, que empleaban para comprar coches nuevos y artículos de lujo para la casa que enviaban a su país de origen. “Todo el mundo sabía que la Escuela de las Américas era el mejor sitio en el que un oficial latinoamericano podía blanquear su dinero de la droga”, dice Blair, quien se retiró del ejército en 1989 porque el recuerdo de lo que había presenciado en la academia le atormentaba cada vez más.

Unos meses después de retirarse, seis sacerdotes jesuitas, la criada y su hija adolescente fueron asesinados por el ejército en El Salvador. Cuando un equipo de investigadores del Congreso de Estados Unidos identificó a 19 de los 26 soldados salvadoreños acusados de las muertes como licenciados de la Escuela de las Américas, Blair, un católico ferviente, sintió que no podía callar por más tiempo. Uno de los oficiales superiores responsable de la planificación de las muertes era el coronel Francisco Elena Fuentes, jefe de un batallón de la muerte salvadoreño llamado Los Patriotas. Elena Fuentes había sido instructor invitado de la escuela en 1986, y durante una buena parte de ese tiempo ocupó un despacho cercano al de Blair. “Allí se le trataba como un pez gordo”, dice el comandante retirado. “Le invitaban año tras año.”

Esto fue suficiente para empujar a Blair a unirse a un grupo cada vez más numeroso de personas que protestaban y hacían campaña para que se cerrara la Escuela de las Américas. Después de que se revelara la relación de la escuela con los implicados en el asesinato de los jesuitas, los manifestantes exigieron que dejaran de ser secretos los datos personales de los que habían asistido a la escuela. Así salió a la luz una lista de antiguos alumnos, los dictadores más brutales de Latinoamérica durante las cinco últimas décadas: Manuel Noriega y Omar Torrijos, de Panamá; Anastasio Somoza, de Nicaragua; Leopoldo Galtieri, de Argentina; generales Héctor Gramajo y Manuel Antonio Callejas, de Guatemala; Hugo Bánzer Suárez, de Bolivia; el jefe del escuadrón de la muerte de El Salvador, Roberto D’Aubuisson. Un examen más detallado de las listas desclasificadas reveló que más de 500 soldados que habían recibido entrenamiento en la academia habían sido considerados responsables de algunas de las más espantosas atrocidades llevadas a cabo en los países de la región durante los años en los que estuvieron asolados por guerras civiles y tiempo después.

El ejército estadounidense afirma que no hay ningún vínculo entre la academia y el repugnante historial de algunos de sus alumnos. Definen a estos brutales licenciados como “unas cuantas manzanas podridas”. Algunos, según ellos, sólo asistieron a cursos muy cortos de entrenamiento. Alegan que, comparados con los más de 60.000 soldados que han cruzado las verjas de la Escuela de las Américas desde que abrió sus puertas en Fort Gulick en la zona del canal de Panamá en 1946 –se trasladó a Fort Benning en 1984– los varios centenares acusados de asesinato, violación y genocidio son “estadísticamente insignificantes”.

A finales del año 2000, se cerró la Escuela de las Américas. Un mes más tarde se inauguraba otra academia de adiestramiento militar en el mismo edificio y con un nombre diferente. Conserva la plantilla de su predecesora, la mayoría de sus asignaturas y el mismo modelo de entrenamiento, exclusivamente en español. Este burdo intento de esconder debajo de la alfombra el sórdido legado de la escuela ha inflamado aún más a sus detractores. “Es la misma vergüenza, con un nombre diferente”, dicen, y prometen continuar con su campaña hasta conseguir el cierre de la academia. Como las actividades del personal militar extranjero entrenado o subvencionado en algún momento por Estados Unidos han pasado por un intenso escrutinio a raíz de los ataques terroristas del 11 de septiembre –Bin Laden es el último de una larga lista de fanáticos que han sido, en alguna ocasión, cortejados por Estados Unidos e incluidos en su nómina– las afirmaciones acerca de “conejitos que no se convierten en serpientes de cascabel” parecen ahora más cuestionables. EE UU entrena a más militares y fuerzas de seguridad extranjeras que ningún otro país.

Organizaciones como Amnistía Internacional llevan mucho tiempo haciendo campaña para que los programas de este tipo incluyan un verdadero respeto por los derechos humanos, estén sujetos a una mayor supervisión y los responsables estén obligados a rendir cuentas.

Las guerras civiles de Centroamérica y Suramérica, en las que el ejército de Estados Unidos y la CIA han estado muy involucrados, y que han costado la vida a cientos de miles de civiles inocentes, están a un mundo de distancia del actual conflicto. Pero la falta de honor e integridad a la hora de actuar, la negativa a aceptar la culpabilidad y a pedir perdón o intentar rectificar las injusticias pasadas, pueden acabar atormentando a un país, y especialmente a su ejército. Algunos se niegan a consentir que estas injusticias sean olvidadas. Ésta es su historia.

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Un cartel a la entrada de Fort Bennings anuncia que la base militar es “la mejor instalación militar del mundo”. Otro dice que todos los visitantes son bienvenidos. Es decir, todos, excepto un carismático sacerdote católico, el padre Roy Bourgeois, y unos mil seguidores suyos. Se les ha aplicado una orden legal de alejamiento según la cual pueden ser detenidos si cruzan una raya blanca pintada a la entrada de la base militar.

Como acto de desafío, Bourgeois se ha instalado en un pequeño apartamento que antes se utilizaba como alojamiento para los soldados y que está a unos pocos metros de la línea blanca. Lleva allí más de 10 años. De vez en cuando cruza la línea blanca para encabezar una manifestación contra la Escuela de las Américas. Ha sido detenido cuatro veces y ha pasado más de cuatro años en la cárcel a consecuencia de ello.

Bourgeois fue detenido por primera vez cuando organizó una manifestación en 1983 tras haber leído en un periódico que cientos de soldados de El Salvador estaban siendo enviados a Estados Unidos para su adiestramiento en la academia. El sacerdote, que se había unido a la orden misionera Maryknoll después de haber servido como oficial en Vietnam, había pasado mucho tiempo en la década anterior trabajando con la gente más necesitada de Bolivia y El Salvador (que estaba entonces sufriendo una de las guerras civiles más sangrientas de cuantas han asolado a Latinoamérica, en la que EE UU respaldaba a los militares de derechas en su lucha contra los insurgentes de izquierdas).

Bourgeois había sido testigo de la brutalidad de los militares latinoamericanos y había quedado conmocionado por la violación y asesinato de cuatro monjas ursulinas a manos del ejército en El Salvador en 1980. Ese mismo año, unos soldados acribillaron a balazos al arzobispo de San Salvador, Óscar Romero, mientras celebraba una misa. Bourgeois no lo sabía entonces, pero los responsables de ambos crímenes habían recibido entrenamiento en la Escuela de las Américas.

Una noche, Bourgeois y dos de sus seguidores entraron en la base militar vestidos con uniformes militares de segunda mano. Treparon en un árbol cercano al dormitorio en el que dormían los soldados salvadoreños y colocaron un altavoz a todo volumen con una grabación del último sermón que había dado Romero antes de que le disparasen. Cuando los soldados salieron corriendo de los barracones, se conectaron sirenas del ejército para ahogar las palabras del arzobispo. Bourgeois y los suyos fueron obligados a bajar del árbol, detenidos y culpados de hacerse pasar por oficiales militares y condenados a 18 meses de prisión.

Cuando recobró su libertad, Bourgeois buscó consuelo en un monasterio trapense antes de empezar a predicar a las congregaciones de Estados Unidos acerca de los estragos que había causado el ejército en El Salvador, que recibía entonces más de 50 millones de dólares en subvenciones del Gobierno de los Estados Unidos. El asesinato de seis sacerdotes jesuitas a manos del ejército salvadoreño en 1989 movió de nuevo a Bourgeois a la acción directa. Cuando la investigación del Congreso calificó a los responsables como licenciados de la academia, Bourgeois condujo durante 24 horas hasta las verjas de Fort Bennning, donde él y un pequeño grupo de seguidores comenzaron una huelga de hambre. Después de que los soldados les lanzasen gases lacrimógenos el sacerdote juró mantener presencia permanente ante las verjas de la base hasta que se cerrase la escuela.

En el primer aniversario del asesinato de los jesuitas, Bourgeois y sus seguidores fueron arrestados de nuevo después de que entrasen en la base y estrellaran frascos de sangre contra la fachada de la academia. Una vez más fueron enviados a la cárcel. Todos los años desde entonces, Bourgeois y un número cada vez mayor de seguidores han realizado una manifestación a las puertas de Fort Benning en el aniversario de las muertes de los jesuitas. En la última desfilaron por las calles de Columbus con ataúdes marcados con los nombres de los que fueron asesinados por oficiales entrenados en la Escuela de las Américas.

Bourgeois admite que la fuerza que empuja su movimiento de protesta es lo que él y sus seguidores consideran como una política exterior explotadora por parte de Estados Unidos. “Nuestro presidente nos dice constantemente que somos una fuerza benévola en el mundo, una especie de madre Teresa”, comenta el sacerdote de 62 años, mientras se sienta ante un dibujo a lápiz de las cuatro monjas violadas y asesinadas en El Salvador. “Pero tenemos que entender por qué hay tanta gente en el mundo que nos odia, y lo que sucedió en la Escuela de las Américas es sólo un ejemplo de la razón de este odio. Nuestro ejército habla de boquilla de avanzar hacia el futuro. Pero este lugar es una reliquia de la guerra fría, un dinosaurio. Hay instituciones que están relacionadas con tanta muerte, sufrimiento y horror que no se pueden transformar, y ésta es una de ellas”.

Lo que empezó como una pequeña banda de manifestantes ha crecido hasta convertirse en un movimiento de protesta bien organizado. Subvencionado en parte por la orden Maryknoll a la que pertenece Bourgeois, el movimiento tiene una oficina en Washington DC y ha ido recabando poco a poco el apoyo de congresistas tanto demócratas como republicanos. Uno de los seguidores más vehementes durante los últimos años, representante por Massachusetts, ha sido Jospeh Kennedy, que condenó la Escuela de las Américas por “tener en su haber más dictadores que ninguna otra escuela en la historia mundial”. En los últimos años, los actores Susan Sarandon y Martín Sheen han dado el brillo de Hollywood al movimiento de protesta. Sheen ha viajado dos veces a Columbus para unir sus manos con las de los manifestantes en las puertas de Fort Benning. El año pasado fue detenido por intrusión. Pero la mayoría de los que se reúnen allí son estadounidenses de a pie, familias con hijos pequeños, estudiantes universitarios, otros sacerdotes y monjas que están dispuesto a ir a la cárcel en su lucha por que se cierre esta academia militar.

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Este año, una monja de 88 años, Dorothy Hennessey, y su hermana Gwen, de 68, estuvieron entre los 26 hombres y mujeres sentenciados a seis meses de cárcel por manifestarse en una propiedad federal. “No hacer nada nos convertiría en cómplices de lo que está sucediendo en la Escuela de las Américas”, dijo la hermana Dorothy con una voz que era como un susurro, sentada con su uniforme carcelario de talla única en una silla de la sala de visitas de la institución penitenciaria de Pekín, Illinois.

“¿Qué mensaje enviamos al mundo si encarcelamos a monjas ancianas mientras festejamos a torturadores y asesinos?” pregunta el comandante Joseph Blair. “Tenemos que llevar a los conocidos violadores de los derechos humanos que asistieron a la Escuela de las Américas ante un tribunal de crímenes de guerra y condenarlos, como hemos hecho con los criminales de guerra bosnios”.

Un soplo acerca de “material inadecuado” contenido en los manuales de adiestramiento en contraespionaje utilizados en la Escuela de las Américas acabaría dando el mayor impulso a los que se manifestaban para conseguir el cierre de la academia. Aunque Blair comenzó a hablar de los abusos que había presenciado durante su estancia en la escuela, las leyes de secreto obligatorio le impedían divulgar la mayor parte de lo que sabía. En 1996, un informe del Gobierno referido a una investigación anterior del Pentágono sobre las operaciones de la CIA en Centroamérica hacía una breve referencia al “material de instrucción inadecuado” utilizado para adiestrar a los oficiales latinoamericanos desde 1982 hasta 1991. Acogiéndose a la ley de libertad de información, el congresista Kennedy presentó inmediatamente una solicitud para que se hiciera público el material de instrucción.

Tras un proceso burocrático que Kennedy describió como una “batalla infernal”, se entregaron finalmente siete manuales escritos en español. Éstos llegarían a ser conocidos como los “manuales de tortura” y provocaron una gran indignación pública. Un manual titulado Manejo de fuentes habla de “arresto y detención de los padres del empleado (agente de contraespionaje)” y de “la paliza como parte del plan de inserción de dicho empleado en la organización guerrillera”. Sigue hablando de “destruir la resistencia” con el “control externo del calor, aire y luz”. “Si un individuo se niega a obedecer una vez que se le ha amenazado, la amenaza debe cumplirse”, sigue diciendo el manual. “Si no se cumple, las amenazas posteriores resultarán ineficaces.”

Al principio, el ejército estadounidense dijo que ese “material cuestionable” contenido en los manuales nunca había sido utilizado en la Escuela de las Américas; se proporcionaba, según dijeron, como “material complementario de lectura”. Luego dijeron que los manuales se suministraron sólo a un “puñado” de soldados de la escuela entre 1989 y 1991. El informe del Gobierno, sin embargo, establece que los manuales habían tenido amplia distribución para su uso en toda Latinoamérica por medio de los equipos móviles de consejeros de espionaje estadounidenses; aunque, concluía, el material contenido en los manuales “no era coherente con la política de Estados Unidos”, y de alguna manera “se escapaba al sistema establecido de control de doctrina”.

Una vez que los documentos pasaron a ser de dominio público, Blair estalló: “Decir que esos manuales constituían una violación de la política estadounidense es una tontería. Estuvieron enseñando ese material en la escuela durante 35 años”, les dijo a todos los que estaban dispuestos a escucharle. “Esas ideas eran el meollo de lo que tenías que hacer para que la gente espiara para ti.” Aunque Blair nunca enseñó contraespionaje en la Escuela de las Américas, tuvo experiencia en asuntos de espionaje en Vietnam, donde sirvió como ayudante de William Colby, que llegó a director de la CIA. Según se ha sabido después, una buena parte de lo que estaba contenido en los “manuales de tortura” estaba tomado directamente del material de entrenamiento utilizado para la instrucción del contraespionaje estadounidense en Vietnam. A lo largo de los años, muchos licenciados de la Escuela de las Américas y soldados que habían servido a las órdenes de oficiales educados en la academia han afirmado haber visto películas tomadas por soldados estadounidenses en Vietnam. Muchos han hablado bajo la condición de que se respete su anonimato por miedo a las represalias. Un soldado guatemalteco, cuyos oficiales al mando fueron adiestrados en la academia, describo cómo se le mostraron a él y a otros jóvenes alistado viejas películas en blanco y negro de vietnamitas torturados durante las sesiones de interrogatorio del ejército estadounidense. Un oficial militar de Honduras, que fue estudiante en la Escuela de las América cuando ésta estaba en Panamá, asegura que le proyectaron películas que mostraban métodos de tortura como colgar un cubo lleno de piedras de los testículos de un hombre. Otros han hablado de personas sin hogar que eran retiradas de las calles de Panamá y utilizadas como conejillos de Indias para que los estudiantes aprendieran dónde están las terminaciones nerviosas más sensibles del cuerpo y cómo mantener vivos a los sujetos que se está torturando.

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Otras poderosas acusaciones contra la academia provinieron de los testimonios de aquellos que padecieron a manos de sus estudiantes, como Adriana Portillo-Bartow. La hija de 10 años de Adriana, Rosaura; su hermana pequeña, su padre, su suegra y su cuñada fueron secuestrados por el ejército de Guatemala en 1981, durante la prolongada guerra civil de aquel país. Adriana, que vive ahora en Chicago con las dos hijas que le quedan, nunca ha descubierto la verdad, pero se ha convertido en el primer ciudadano particular que ha presentado una demanda legal contra el ejército de Guatemala desde que se firmó un frágil tratado de paz en su tierra natal hace cinco años. Uno de los que nombra en su demanda es el general Manuel Callejas, el alto oficial de contraespionaje acusado de elegir objetivos para el asesinato en la época en que su familia fue secuestrada. Callejas es uno de los 38 altos cargos militares acusados por una Comisión de la Verdad de la ONU de haber cometido atrocidades y que recibieron entrenamiento en la Escuela de las Américas. Adriana ha fundado una organización llamada ¿Dónde están los niños? para intentar seguir la pista de lo que les sucedió a niños como sus hijas y su hermana, que era un bebé cuando desapareció. Después de hablar durante un buen rato, se le quiebra la voz: “Mi peor pesadilla es que yo no reconocería ahora  a mis propias hijas si me cruzase con ellas en la calle”.

La desaparición de la familia de Adriana fue uno de los casos presentados en el informe de 1998, patrocinado por la Iglesa católica de Guatemala, que llegaba a la conclusión de que el ejército era responsable del 80 % de las 150.000 muertes y 50.000 desapariciones ocurridas durante la guerra civil de Guatemala. El informa pretendía sentar las bases de trabajo para futuras demandas contra el ejército. Poco después de haberlo terminado, su autor, el arzobispo Juan Gerardi, era asesinado a tiros. El oficial del ejército acusado de su muerte es un graduado de la Escuela de las Américas.

Al ir aumentando la letanía de los crímenes cometidos por alumnos de la academia, ésta se ha convertido en el centro de una gran controversia y debata en el Congreso. Protagonista de una de las leyendas más negras en Latinoamérica durante mucho tiempo, la instalación se ha convertido ahora en un estorbo para el Pentágono. El Congreso ha votado dos veces que se le retire la subvención. La moción fue derrotada las dos veces, la última vez por un margen muy reducido.

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Las barricadas de cemento que rodeaban una vez el edificio 35 de Fort Benning han sido retiradas. La espaciosa mansión Palladian que albergó la Escuela de las Américas tiene ahora un felpudo de bienvenida en el que está escrito “Libertad, Paz y Fraternidad”. “Damos la bienvenida a todos”, dice el coronel Richard Downie, nuevo director del recientemente bautizado Instituto para la Cooperación en la Seguridad del Hemisferio Occidental. A las preguntas sobre cuál es la diferencia entre este instituto y su predecesor, Downie tiene una respuesta preparada: “No sé mucho de la Escuela de las Américas. Yo soy el director del Instituto del Hemisferio Occidental”.

Pasando con entusiasmo las hojas del folleto que detalla la misión del instituto, Downie tiende a subrayar que éste “está centrado en los desafíos y amenazas del siglo XXI, muy diferentes del comunismo de la guerra fría y del movimiento de guerrillas que tuvo que afrontar la Escuela de las Américas. Nos centramos en la instrucción para operaciones de paz, aliviar los desastres, observación de fronteras y operaciones contra la droga”, dice. El coronel señala que la institución, que está ahora bajo la autoridad directa del Departamento de Defensa (en vez del ejército) por razones de supervisión civil, ha empezado también a adiestrar civiles, entre ellos oficiales de policía. Downie admite, sin embargo, que es imposible transformar una academia de un día para otro: “Tienen que darse cuenta de que la Escuela de las Américas cerró el 15 de diciembre y nosotros inauguramos el 15 de enero. No se puede esperar que una institución cambie en un instante”.

El coronel hace hincapié en que la instrucción sobre los derechos humanos desempeña ahora un papel importante, aunque en los dos días que yo pasé allí no se estaba dando tal instrucción. Cuando pregunté al oficial salvadoreño responsable de la enseñanza de los derechos humanos, me dijo que está remitiendo a sus compañeros a las lecciones aprendidas de una investigación sobre la masacre de civiles vietnamitas por soldados estadounidenses en My Lai en 1968. Pregunto a los profesionales del instituto por qué no miran las lecciones aprendidas de las tragedias más cercanas a su casa, como la masacre de 900 hombres, mujeres y niños a manos del ejército salvadoreño en el pueblo de El Mozote en 1981. “Es más fácil estudiar una situación que se produjo hace mucho tiempo y en un lugar lejano” que discutir acontecimientos que “podrían herir sensibilidades nacionales”, contesta con vaguedad el teniente coronel Julio García.

A pesar de los enérgicos intentos del coronel Downie para promocionar el instituto como una organización tolerante, algunos miembros de su plantilla parecen un tanto lentos a la hora de adoptar su cantinela. Ellos consideran claramente la reputación sangrienta de la academia como un asunto jocoso. En una ocasión, un oficial estadunidense interrumpió mi conversación con otro miembro de la plantilla y le dijo a la persona con la que yo estaba hablando que “iba abajo a buscar a alguien en la cámara de tortura”. Después, cuando ya me iba, otro grupo de profesionales estadounidenses vestidos de uniforme apoyados en el umbral de una puerta bromearon acerca de que iban “corriendo a leer esos manuales de tortura”.

Un portavoz del nuevo instituto calificó más tarde esos comentarios como “lamentables”.

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Fort Benning, Georgia
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Una protesta frente a la Escuela de las Américas. En las espaldas de los manifestantes estaban escritas las siguientes palabras: Los asesinos no nacen. Se hacen aquí.
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Manifestantes marchan a la Escuela de las Américas / Instituto de Cooperación para la Seguridad del Hemisferio Occidental
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Cadetes hondureños completaron recientemente el Curso de Desarrollo de Liderazgo de cinco semanas en WHINSEC en Fort Benning, Georgia.

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¿De qué entonces está hablando la administración Trump y la Unión Europea con respecto a Venezuela?


Para ser garantes en una crisis política de la envergadura de la que se está produciendo en Venezuela hacen falta, al menos, dos condiciones:

–No haber ocasionado tal crisis ni formado parte del grupo de agentes externos que la hayan propiciado.

–Representar los más altos valores de justicia y de respeto a la voluntad de terceros países.

Ni Estados Unidos ni Europa reúnen ninguna de estas dos condiciones. Han sido ellos los principales instigadores de revueltas e intentos de golpes de estado desde que llegara al poder Hugo Chávez –las sanciones económicas, el juego favorito de los gansters occidentales, han causado un grave perjuicio al proceso de normalización del país.

Estados Unidos y Europa no han cesado de crear problemas en Venezuela y de propagar la discordia entre la población. En ocasiones han promocionado y, en ocasiones, han impuesto en Latinoamérica regímenes militares asesinos para salvaguardar sus propios intereses políticos y económicos –que no son otros que apropiarse de la inmensa riqueza de América sin dar nada a cambio, excepto unos cuantos millones para los bolsillos de los usurpadores que ellos mismos han puesto en el poder y han entrenado en su “Academia de las Américas”.

Ahora, un grupo de países europeos y latinoamericanos han formado un grupo mediador para decidir el futuro de Venezuela. ¡Increíble! Es increíble el cinismo al que pueden llegar estos sicarios de USA. Argentina y Chile son sin duda los más apropiados para hablar de democracia, de justicia y de derechos humanos. Hace tres meses que Francia le está pidiendo a Macron que se vaya a su casa, pues el Eliseo ha dejado de serlo. Quizás esta comisión debería cambiar el trayecto del viaje y dirigirse a París.

Ya lo hemos dicho en numerosas ocasiones –limpiad vuestra casa de suciedad y de sangre antes de limpiar las ajenas.

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