Islam: el koan de los koans y su solución

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En su artículo titulado “10 koans budistas y por qué es inútil tratar de entenderlos”, aparecido en la plataforma Big Think, Derek Beres presenta la técnica utilizada por el Budismo Zen de preguntar al discípulo por el significado de una frase (koan) que en sí misma es incongruente o contiene elementos imposible de relacionar entre sí, como en el ejemplo que él mismo propone:

Imagínate cómo reaccionarías si te preguntara qué color te gusta más, el púrpura o el naranja. Luego, piensa en lo que responderías si te preguntara qué color te gusta más, el púrpura o el siete.

La cuestión de fondo es que en esta misma situación es en la que nos encontramos en el momento de indagar sobre cualquier aspecto de la existencia o del conocimiento. Lo primero que descubrimos al iniciar la búsqueda de la verdad es la devastadora paradoja sobre la que va montada la creación –la necesaria, pero inexistente, realidad de los agujeros negros; la materia oscura, la singularidad, los trillones de galaxias inútiles, el orden y la regularidad cósmicos surgidos de una explosión… Tampoco a los biólogos les va mucho mejor con unos monos transformándose en seres conscientes en el África suroriental, aunque cabe la posibilidad nada remota de que todo hubiese comenzado en China, o que los subhumanos africanos se hubieran trasladado a China a gran velocidad buscando nuevos horizontes, o bien, según los últimos hallazgos, la nueva especie se habría desarrollado en el Sahara argelino, extendiéndose después al resto del continente africano y de allí a China, o quizás primero fueron a Australia.

Basta con dar dos o tres pasos en cualquier ámbito del conocimiento para estrellarnos contra el muro –la paradoja existencial. Después de 4000 años de astrofísica, hoy no sabemos sobre el espacio profundo más de lo que sabían los astrólogos babilonios, y ello porque durante todo este tiempo no hemos hecho otra cosa que dar vueltas a la paradoja –¿puede algo tan extremadamente complejo como la vida desarrollarse a partir de elementos no vivos? ¿Puede acaso la materia planificar, diseñar, tener proyectos, objetivos? ¿A qué mitocondria, a qué ribosoma, a qué coacervado, le pareció bien que ciertas criaturas todavía por venir, por “evolucionar”, tuvieran ojos? ¿Qué o quién los diseñó? Si ahora contemplamos la posibilidad de que todo eso, la vida incluida, fuese la obra de un Agente exterior, la paradójica ecuación existencial seguiría sin resolverse –¿Por qué entonces hay anomalías, rectificaciones, variaciones…? ¿Pueden estos fenómenos derivar de la obra de un Agente Todopoderoso? El Qur-an, en cambio, afirma que no hay ningún error en la creación de ese Agente:


(3) …No verás en la creación de El Rahman ninguna discordancia. Vuelve a fijarte: ¿Ves algún fallo? (4) Vuelve a mirar una segunda vez. La vista regresará a ti deslumbrada y exhausta.
Qur-an 67 – al Mulk

Quizás esas anomalías no sean, sino parte de la paradoja existencial. Si nos quedásemos con la aparente y general perfección del universo observable, podríamos disipar la paradoja, pero en el momento que argumentemos nuestra duda o perplejidad con dos o tres preguntas, nos encontraremos arrastrados por el torbellino de la incongruencia.

Probablemente este fuera el primer objetivo de los koans –hacer entender al discípulo que una paradoja o una incongruencia nunca se pueden resolver con el uso de las capacidades cognoscitivas –precisamente porque no son propuestas racionales.

Sin embargo, la historia del zen no es tan sabia como sus defensores pretenden que creamos, ya que los koans no se pueden resolver objetivamente hablando y, por lo tanto, es el maestro de turno quien decide si la respuesta que ha obtenido de tal o cual discípulo es la “correcta”, la que muestra su nivel de realización espiritual. Veamos un ejemplo: Según se cuenta, en una ocasión un discípulo de un monasterio zen entró en la sala del maestro sin llamar a la puerta y lo encontró bebiendo sake de una garrafa de cristal recubierta de mimbre. El estudiante, horrorizado ante aquella perturbadora escena, se acercó al maestro y le dijo: “Maestro, usted nos ha dicho que el alcohol no entra en el zendo por la puerta grande. Sin embargo, le he visto bebiendo sake en el momento de entrar en su estancia.” El maestro le respondió, al tiempo que esbozaba una sarcástica sonrisa: “Este que estaba bebiendo ha entrado por la puerta pequeña.” Cualquier adepto al zen sonreiría ante la ingenuidad del discípulo y su todavía bajo nivel espiritual. Sin embargo, estarían equivocados, ya que la respuesta del maestro no es un koan ni la solución a un koan, sino que corresponde más bien a una actitud cínica ante la farsa de la realización espiritual. Hay muchos ejemplos de este tipo, y ello nos lleva a caer en la cuenta de lo difícil que es separar un koan de la expresión cínica de los maestros zen.

Como bien apunta D. Beres, el primer koan con el que se suele iniciar a los adeptos es el koan MU –“Un monje preguntó a Zhaozhou Congshen, un maestro Zen chino (conocido como Yoshu en japonés), “¿Tiene un perro la naturaleza de Buda o no?” Zhaozhou respondió, Wu (en japonés, Mu).

A partir de aquí no han cesado de producirse nuevas versiones sobre la respuesta del maestro, la pregunta completa del discípulo y las interpretaciones que diferentes “autoridades” en la materia han ido dando al koan. No obstante, lo más curioso del caso es que saber lo que significa el propio término MU resulta irrelevante, ya que es imposible responder afirmativa o negativamente a esta pregunta. Cualquiera de las dos opciones que tomemos nos conducirá irremisiblemente a la paradoja -¿Puede un perro tener la naturaleza de Buda? ¿Acaso existe algo como la naturaleza de Buda? ¿Si no existe eso, qué somos, cómo existimos? ¿Pero es que acaso existimos? Nunca podremos salir de una situación o de un razonamiento paradójico, a no ser que introduzcamos una respuesta cínica que refuerce la paradoja y, al mismo tiempo, la excuse obligando al oyente a culparse por su falta de comprensión y su simplicidad intuitiva: “Hay gente que ha resuelto la ecuación. Mi problema es que todavía no he alcanzado la realización espiritual.”

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Si damos más de dos pasos, caeremos en la irreductible paradoja, como en este otro koan: “El sabio vive en una buhardilla y, sin embargo, conoce la Tierra entera.” A simple vista tenemos el presentimiento de que esta vez la solución nos la puede dar la razón, la lógica, el análisis… pero si indagamos en su significado con una o dos preguntas, nos veremos envueltos en la paradoja existencial. Es probable que nosotros mismos hayamos realizado numerosos viajes, o bien que conozcamos a alguien que haya tomado una taza de té en alguna aldea de los Himalayas, haya cruzado un par de desiertos o recorrido de arriba abajo los Estados Unidos. Y sin embargo, cuando hablamos con él no reconocemos una sabiduría especial ni una mejor comprensión de la existencia. ¿Es eso a lo que se refiere el koan, a la inutilidad de viajar? Quizás todo el conocimiento esté en uno mismo. Quizás, pero si vamos con estas preguntas o reflexiones a un maestro zen, enseguida nos las desbaratará, entre otras cosas porque no se admite que un discípulo dé con la verdad de un koan de forma inmediata, pero también porque la realidad no se fija en ningún punto. Muchos de los maestros zen más famosos eran viajeros impenitentes. Pudiera ser que la respuesta que obtuviésemos, en el caso de que nos estuviera escuchando un maestro, fuese un golpe en la espalda con el keisaku. Sin embargo, su respuesta no sería mejor ni más aclaratoria, ya que, maestro o discípulo, todos somos víctimas de la paradoja.

La paradoja es inevitable, pues es el método elegido por el Creador para guiar a Sus siervos. Nada hay más pedagógico que la paradoja. Con ella empieza nuestra primera reflexión –¿Qué fue primero el huevo o la gallina? Cada página del Qur-an es un koan, un texto paradójico que ha desesperado a más de un orientalista que ha tratado de descifrarlo utilizando sus herramientas cognoscitivas más racionales –cada cinco líneas había un muro.

Sin embargo, el Qur-an es un koan, pero también la solución a todos los koan. El profeta Ibrahim fue un alumno aventajado en la interpretación koánica del firmamento, pero, como todos los discípulos y maestros zen que han intentado descifrar un simple koan, fracasó en el intento. Primero lo intentó con la razón y sus evidencias: “Sin duda que el Sol es mi Dios, pues es el astro más grande y refulgente que hay en el cielo. Su luz eclipsa a todo lo demás.” No obstante, al llegar el crepúsculo y ocultarse el Sol por debajo del horizonte, exclamó: “No, este no puede ser mi Dios, pues ha desaparecido, se ha ocultado. No seguiré a algo que desaparece.” Después se fijó en la Luna, en su fría y enigmática luz, en su redondez, en sus zonas sombrías. Pensó: “Este sí que es mi Dios. Es el astro de la noche, el que ilumina las tinieblas.” Sin embargo, al llegar el día, desapareció el astro de la noche. Aquello llenó de perplejidad al profeta Ibrahim. Cualquier razonamiento que seguía le llevaba a la inevitable paradoja existencial. Entonces, en medio de esa infructuosa y desesperante investigación, escuchó una orden, una extraña orden: “¡Sométete!” En ese mismo instante se rompió el velo de la racionalidad y del análisis, y entendió que la razón estaba mal dirigida, pues era su arbitraria subjetividad la que se servía de ella para entender la portentosa creación desde su minúscula percepción.

No hay solución a los koan, pues toda solución significará, en última instancia, subjetividad. La respuesta del adepto es subjetiva, de la misma forma que la rectificación del maestro es subjetiva. La verdadera comprensión empieza con el sometimiento a algo que nos transciende. Ibrahim abandona todo intento de robar la sabiduría a los “dioses” y exclama: “¡Me someto al Señor de todos los dominios!” Es ahora cuando todos los koan se caen envueltos en la paradoja.

Islam significa salam –paz y sometimiento– ya que someterse al Señor de todos los dominios nos confiere la paz que tanto anhelamos (paz es lo contrario de estrés). Se acabó la pertinaz e insidiosa incongruencia de los koan; se acabó la indagación, el esfuerzo por salir de la paradoja, del laberinto existencial. Ya no hay dos ni tres preguntas –eso respira, eso habla, eso late, cae la lluvia y revive la tierra, surgen las plantas de las que eso se alimenta… Todo está bien, todo gira en la más absoluta inmovilidad. Llega la noche y después el día, sin atropellarse; sale lo muerto de lo vivo y lo vivo de lo muerto… y toda esa grandiosa escenificación es observada por la consciencia.

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¡Me someto al Señor de todos los dominios! He ahí el gran koan resuelto, la nueva ecuación existencial sin paradoja, la salida del laberinto.

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