Los Khashoggi – Una familia con pasado

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Yasin Gaper – corresponsal de Sondas en Estambul.

En el caso Khashoggi tenemos un claro ejemplo de la manipulación informativa que deriva de dos anomalías de las que la prensa no logra curarse: por una parte, falta de investigación, y por otra –pagar puntualmente el precio para que algún consorcio les siga protegiendo y financiando. La primera anomalía ha hecho que presenten a la opinión pública mundial a un Khashoggi periodista y columnista, hombre normal y corriente, aunque con un incierto pasado –desaparecido y muerto tras entrar en el consulado saudita de Estambul el día 2 de octubre de 2018. Obviamente todo el mundo se ha compungido primero y airado después ante tamaño atropello contra la libertad y una cierta estética romántica que siempre acompañan al concepto “periodista”, “corresponsal” o “columnista”. La segunda anomalía, la de pagar puntualmente el precio para que algún consorcio les siga protegiendo y financiando, es mucho más grave. Se habla constantemente de la libertad de prensa, pero también se sabe que todos los medios de comunicación trabajan para algún “padrino” a cambio de dinero, y ese padrino les exige trabajos sucios y protección de sus intereses.

Sin embargo, en el caso de Yamal Khashoggi las denominaciones de periodista o columnista son casi eufemismos si tenemos en cuenta que durante al menos 30 años había estado trabajando para altos cargos de los servicios de inteligencia sauditas, con todo lo que esto supone –como es bien sabido los servicios de inteligencia de occidente y de sus aliados tienen una relación muy estrecha, por no decir íntima.

Además de ser un hombre con pasado, Yamal Kashoggi pertenece a una familia con historia –una historia que podríamos matizar desde lo más luminoso a lo más tenebroso, y que además se enlaza con la historia más general de unos acontecimientos que han influido y siguen influyendo el devenir de Oriente Medio y, por ende, del mundo entero. Veamos pues el caso Khashoggi desde esta perspectiva.

Su nombre completo es Yamal Ahmad Hamzah Khashoggi (Jashuqchi en árabe), del turco Kashikchi (Cucharero). La familia proviene de la moderna provincia de Kayseri, en el este de Turquía. Hace ahora 300 años varios de sus miembros fueron a Mekka para realizar el hayy y se quedaron a vivir en Medina. Con el tiempo llegaron a ser los responsables de la mezquita y de la tumba del Profeta Muhammad (s.a.s). Algunos de ellos ostentaron el cargo de muadhdhines durante generaciones.

A finales del siglo XIX un miembro de la familia, Abdullah Kashikchi, era el muhtasib de Medina (jefe de la “policía de asuntos religiosos” y fiscales). Fue entonces cuando bajo el liderazgo de Sharif Hussain, del que hablaremos más tarde, estalló la rebelión árabe contra el gobierno del Imperio Otomano –es decir, turco. Abdullah permaneció en Medina junto al gobernador del Hiyaz, Fajruddin Pasha, hasta que la ciudad fue tomada por Sharif, tras lo cual Abdullah y su familia fueron desterrados a Damasco.

Uno de los hermanos de Abdullah, Jalid Kashikchi, abandonó la tradición familiar y estudió medicina en Damasco, especializándose en cirugía. Posteriormente viajó a Paris para completar sus estudios y tras la toma del Hiyaz por Ibn Saud volvió en 1925 a Mekka, donde abrió su consulta, convirtiéndose en el médico personal de Ibn Saud –el primer médico “moderno” de la ciudad. Una de las hijas de Jalid, Suhair, fue escritora y fundadora de una revista llamada As-Sharquiyah. Se casó con el multimillonario egipcio Muhammad al-Fayid, del cual tuvo un hijo al que en Francia todos llamaban Dodi por tener dificultades en articular correctamente su nombre, Muhammad. Fue el último novio y compañero en la muerte de Lady Diana. Los Fayid son los dueños de la cadena de tiendas Harrods en Londres y del hotel Ritz en París, entre un sinfín de otras propiedades. Tras un breve matrimonio, Suhair se divorció del hasta entonces su marido, Muhammad al-Fayid. A ella y su padre Jalid se les considera los primeros “intelectuales” de Arabia Saudita.

Uno de los hermanos de Suhair, Adnan, fue enviado por su padre a Colorado a estudiar ingeniería, pero aquel estado le pareció demasiado frío y se dedicó al comercio, dejando los estudios y convirtiéndose en una de las personas más ricas del mundo. Sus principales actividades mercantiles consistían en vender petróleo y armas. El FBI llevó a cabo una amplia investigación sobre Adnan por sus relaciones con el por aquel entonces dictador de Filipinas, Marcos. Fue encarcelado en Suiza y murió en 2017. Donald Trump compró su yate, uno de los más grandes del mundo.

Los restantes 5 hermanos continuaron la tradición familiar, trabajando y sirviendo en la mezquita del Profeta (s.a.s) en Medina. En 1959 uno de ellos, Ahmad, tuvo un hijo –el ahora desaparecido Yamal Kashikchi –Khashoggi en la prensa europea. Ya en su juventud escribía artículos para la prensa internacional, y sentía una clara inclinación hacia los Ijwani Munslimun (los hermanos musulmanes).

Se dio a conocer en los años 80 por sus reportajes en los que aparecía con Usama bin Laden y los muyahidín. Viajó varias veces a Afganistán. En uno de los reportajes aparece fotografiado junto a ellos, llevando un rifle RPG-7 en las manos. En 2003 fue despedido del periódico semioficial saudí Al-Watan por criticar el fatwa del “clero” saudí que legitimaba la muerte de musulmanes a manos de musulmanes en el yihad. Le quedaba el puesto de asesor de prensa, una especie de relaciones públicas, del príncipe Turki bin Faisal bin Abdulaziz Al Saud, trabajo este que había ejercido desde el año 1977 –el año en el que Turki fue nombrado jefe de los servicios de inteligencia de Arabia Saudita. Turki bin Faisal y el príncipe heredero Muhammad bin Salaman son primos hermanos.

El padre de Turki, el príncipe Faisal, ascendió al trono en 1964 como el tercer monarca saudí. En 1975 fue asesinado por uno de sus sobrinos, Faisal bin Musaid. La madre de Turki, la reina Iffah, era de origen turco –la familia procedía del municipio Akayzi, cerca de la ciudad turca de Sapanca. El padre de Iffah fue gobernador militar de Riad. El hermano de Iffah, Kamal Adham, nacido en Estambul, fue el fundador y director del Servicio de Inteligencia Saudí (fundado en 1965). En el año 1977 Turki se convirtió en el segundo director de este organismo, como ya hemos mencionado antes. Ocupó este cargo hasta el 11 de septiembre del 2001. La razón de su dimisión forzosa fue la publicación en la prensa de los detalles acerca de la relación que había mantenido con Bin Laden hasta 2001. Más tarde fue embajador de Saudí Arabia en el Reino Unido (2003-2005) y los Estados Unidos (2005-2007). Yamal seguía trabajando para él durante todo este tiempo. Ambos eran de origen turco y “reformistas”, así que Turki siempre tuvo a Yamal a su lado.

En 2007 Turki, quien ahora (2018) tiene 73 años, fue alejado por completo de la administración por su firme oposición al príncipe Bandar bin Sultán, artífice de la política saudí en Siria. En el mismo año, 2007, Yamal Khashoggi volvió a ser elegido director de Al-Watan, pero de nuevo fue despedido en 2010 por su críticas a los salafies. En 2016 se le prohibió salir en los canales de televisión saudíes por criticar a Donald Trump. En septiembre de 2017 fue los Estados Unidos (según todos los indicios un grave error), escapando de la ola de detenciones que alcanzó a miembros de la familia Saud, gente de negocios y periodistas supuestamente “contrarios” a la política del príncipe heredero Muhammad bin Salman. Fue entonces cuando empezó a escribir para The Washington Post y a tramitar la nacionalidad estadounidense.

Según las últimas noticias no corroboradas (empezamos a escribir este artículo el día 18 de octubre 2018), el diario turco Sabah dijo que le habían filtrado una grabación realizada en el consulado saudí en Estambul que muestra los últimos momentos de Yamal Khashoggi. Unas horas después el Middle East Eye, con sede en Londres, publicaba una descripción ultra gráfica de su presunto asesinato y desmembramiento, llevada a cabo por un grupo de 15 matones que habrían llegado procedentes de Riad el mismo día de la desaparición y que habrían abandonado Estambul en cuestión de horas. Se dice que la grabación fue realizada por medio del Apple Watch que llevaba Khashoggi. Según esa fuente, el periodista fue arrastrado a un estudio, donde fue brutalmente asesinado. Supuestamente se reconoce en esta grabación la voz de Salah Muhammad al-Tubaigy, el jefe de pruebas forenses en el Departamento de Seguridad General de Arabia Saudita. Sabah afirmó que los funcionarios saudíes luego intentaron eliminar las grabaciones al descubrir el PIN de Khashoggi en el reloj, utilizando el dedo del periodista. Este detalle ha generado sospechas acerca de la autenticidad de tal grabación ya que los Apple Watch no tiene un mecanismo de desbloqueo habilitado para huellas dactilares. Si bien es cierto que un Apple Watch puede sincronizarse teóricamente con un iPhone cercano si los dispositivos comparten una conexión Bluetooth, Sabah no dio detalles sobre cómo las supuestas grabaciones habrían salido del consulado saudí. Se dice que esta grabación está siendo revisada por los investigadores turcos, que ni han confirmado ni negado su existencia. La prometida de Khashoggi, que estaba esperando fuera del consulado y podría haber recibido los archivos de audio no ha mencionado ninguna grabación. Recalquemos que toda esta información viene de filtraciones a la prensa hechas por las llamadas “fuentes cercanas a la investigación.” En realidad seguimos sin saber si ha habido realmente una grabación, si bien son muchos los que hace tiempo que están hablando de ella. Podría ser que en este caso se cumpliera el dicho de que si el río suena es porque lleva agua, o sangre en este caso. De hecho, en Turquía, desde el inicio del caso los medios de comunicación daban a entender que Khashoggi había sido asesinado (e incluso que su cuerpo había sido desmembrado). Sin embargo, el 19 de octubre el Ministro de Exteriores turco anunciaba que Turquía no había dado ningunas grabaciones a nadie, sin confirmar o negar si tales grabaciones existan.

Un sector de la prensa, sobre todo norteamericana –que actúa siempre como modelo para la occidental– se ha dedica a lanzar cortinas de humo, a veces con toques orientales, como es el caso de Kevin D.Williamson (National Review, What Do We Really Know About Saudi Arabia? octubre 17, 2018):

“Sabemos cuándo los rusos están moviendo barcos de aquí para allá y cuándo los norcoreanos prueban un dispositivo nuclear. Pero la inteligencia humana es un desafío que no se puede enfrentar con la mera tecnología y los increíbles recursos financieros del gobierno de los Estados Unidos. Fue un fallo de la inteligencia humana lo que impidió que las autoridades norteamericanas detuvieran los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. En su famoso tratado, El arte de la guerra, Sun Tzu describe las dificultades y los gastos que conlleva la marcha de los ejércitos hacia la batalla, lo que altera la vida de la gente común y sus intentos de proporcionar comida y refugio para ellos y sus familias. Según Sun Tzu las batallas se pueden evitar gracias a los trabajos de la inteligencia.”

Ya el título nos indica que el artículo va a adolecer de una buena dosis de demagogia –¿es posible que 100 años después de estar manipulando la vida y la política del mundo árabe los expertos norteamericanos, con una tecnología de cine e “increíbles recursos financieros” se hacen la pregunta qué saben de Oriente Medio y Arabia Saudita en particular?

Otro sector hace análisis geo-globales que claramente abogan a mantener la calma ya que hay mucho en juego, no siendo lo de menos la seguridad del estado de Israel y el comercio de material bélico. Si hace falta sacrificar a un “columnista” para hacer retroceder a Irán…  Esa es la posición de J.J. Mccullough, The Grim Truth About Saudi Arabia, octubre 16, 2018, National Review y la de Pat Robertson, el influyente predicador evangélico. A juzgar por sus propias declaraciones, el presidente Trump está inclinado a identificarse plenamente con este sector, pero estamos a la espera –cada día dice algo asombroso.

En cambio el senador estadounidense y ex candidato presidencial Bernie Sanders dijo claramente en un comunicado de twitter el jueves:

 “Durante mucho tiempo me ha preocupado la naturaleza de la relación entre EE. UU. y Arabia Saudita. Es hora de que reevaluemos completamente esta relación”.

Queda por especificar cuándo y cómo Sanders dio a conocer esta preocupación suya en cuanto a las relaciones estadounidenses con Arabia Saudita.

 El Secretario de Estado de los EE. UU., Mike Pompeo, dijo a los reporteros que recomendaba al presidente Donald Trump que antes de actuar espere a que Arabia Saudita complete la investigación interna. “Antes de nada, hay que conocer los hechos”, añadió. Les dio a los sauditas 72 horas para finalizar dicha investigación, anunciada después de haberse realizado las investigaciones turcas.

El gobierno turco ha mantenido desde el principio y con una sorprendente firmeza que Khashoggi había sido asesinado el día 2 octubre dentro del consulado saudita, cosa que siempre han negado rotundamente las autoridades sauditas, es decir el rey Salman y su heredero.  El día 16 octubre, el equipo forense turco recibe finalmente el permiso de entrada y realiza una visita de 9 horas al consulado de Arabia Saudita en Estambul con el objetivo de encontrar pruebas del delito. El mismo día, 16 octubre, Pompeo viaja a Riad. Se entrevista allí muy con el rey Salman y su hijo y heredero Muhammad. A los reporteros les dijo: “No voy a hacer ninguna declaración al respecto; tampoco ellos han querido hacer ningún comentario porque quieren completar esta investigación de manera exhaustiva sin ningún tipo de intromisiones.” ¿Semejante viaje para no decir nada? Debe ser el nuevo estilo de la diplomacia estadounidense.

Ahora mismo, mientras escribimos este artículo, el presidente de los Estados Unidos en declaraciones a un grupo de periodistas antes de su viaje a Montana ha afirmado que parece más que probable que el desaparecido periodista saudita Yamal Khashoggi esté realmente muerto, añadiendo que habría “graves” consecuencias para quien quiera que esté detrás del asesinato, sin especificar, claro está, la naturaleza de dichas consecuencias ni la identidad de los presuntos culpables.

El asunto se complica porque no todos saben lo mismo ni todos han participado en el complot, y según van llegando las declaraciones de unos y otros las contradicciones emergen como los monstruos en una pesadilla. Trump ha anunciado que parece evidente que Khashoggi esté muerto, declaración esta que el propio Departamento de Estado norteamericano ha contradicho recientemente al anunciar que no tiene la menor idea del paradero de Yamal Khashoggi. Las grandes corporaciones así como funcionarios del gobierno estadounidense anuncian que en protesta por lo ocurrido no asistirán al próximo Fórum Económico en Riad. El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Steven Mnuchin, dijo inicialmente que no pensaba boicotear el Fórum, pero el jueves por la mañana anunció que se quedaría en casa. El mayor contratista de defensa del Reino Unido, BAE, asistirá al Fórum a pesar de la situación causada por la desaparición de Khashoggi. Esta noticia llegó antes de que el Ministro de Comercio del Reino Unido, Liam Fox, anunciase que boicotearía este Fórum. Los altos jefes del Detusche Bank y Siemens se retiran del Fórum, mientras que sus directos subordinados piensan acudir al mismo. No obstante, el castigo más emblemático que va a recibir Arabia Saudita vendrá del mundo de la cultura: tras la desaparición de Yamal Khashoggi, nos informa el New York Times, el Museo Metropolitano de Arte de EE. UU. y el Museo de Brooklyn han decidido no utilizar más los fondos sauditas para eventos respaldados por grupos cercanos al gobierno saudita.

Mientras tanto, el general turco retirado Naim Baburoglu acaba de decir a la agencia Sputnik que la imposición de cualquier tipo de restricciones contra el reino saudita es contraria a los intereses de la administración de Trump y de los fabricantes de armas estadounidenses. Más aún, explicó cómo Donald Trump puede beneficiarse del escándalo actual sobre el incidente de Khashoggi: “Sólo continuarán usando la retórica de las sanciones como una herramienta para impulsar sus intereses.” Ya lo ha dijo la señora Thatcher hace unos cuantos decenios –Gran Bretaña no tiene ni amigos ni enemigos, solamente intereses”. Y qué son los Estados Unidos, sino una Gran Bretaña algo más grande (al menos en cuanto a tamaño).

Mientras unos se van y otros se quedan; mientras unos se hacen los suecos y otros se alteran, los gobiernos no dicen nada. Casi todo lo que sabemos viene de soplos a la prensa. Parece ser que en el caso Yamal Khashoggi, es decir, Arabia Saudita, nadie sabe qué hacer, y esto es grave, porque cuando se trata de otros gobiernos, por ejemplo Rusia, actúan como rayos –caso Skripal.

No cabe duda de que la gran pregunta sigue siendo: ¿Quién está detrás de esta muerte? Y en este caso como en muchos otros, saber el “por qué” ayudaría a saber “quién”. La fórmula también funciona cambiando el orden de los factores. Lo que están consiguiendo con todas estas declaraciones es preparar al gran público para que acepte cualquier escenario y, de paso, permitir a Donald Trump y a su equipo ganar tiempo para esbozar la estrategia que más les convenga.

Habrá quien diga que es un asunto demasiado complicado y que lo mejor es dejarlo como está. Otros alegarán que la aparente indecisión por parte de ciertos gobiernos se debe a la manoseada “razón de estado”. Y aún habrá quien se queje de que los servicios de seguridad de la mayoría de los países son tantos y tan secretos que cuando ocurre un incidente como el de Khashoggi se tardan años en saber quién sabe y quién ha hecho lo que ha hecho.

Como en el caso de la familia Khashoggi, para entender el presente hay que relacionarlo siempre con el pasado, y ello exige un cierto trabajo de investigación –tiempo y paciencia. Los medios de comunicación carecen de ambas condiciones. No obstante, merece la pena hacer un breve viaje en el tiempo, ya que la historia se repite persistentemente.

A principios del siglo XX existían 3 imperios, ya muy debilitados: el otomano, el austro-húngaro (los Habsburgo) y el japonés (quizás el más vigoroso de todos). Tanto la Primera (1914-1918) como la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) tuvieron objetivos muy claros. El de la Primera –acabar con dos de estos imperios: el otomano (turco, musulmán) y el austro-húngaro, (católico). El de la Segunda –fortalecer la Europa blanca protestante y acabar con el tercer imperio (Japón).

El Imperio Otomano entró en la Primera Guerra Mundial como gobernador de todo el oeste de Arabia. Tenía el apoyo en el centro-norte de los Rashidí de Hail. Sin embargo, los anteriores intentos otomanos de extender el imperio al este de Arabia habían sido contrarrestados por los británicos, quienes estaban por aquel entonces en posición de fuerza en el Golfo a través de múltiple tratados con los jeques árabes de aquella zona. Sharif Hussain ibn Ali de Mekka, con la garantía del apoyo británico, se sublevó contra los otomanos en junio de 1916, tomando Mekka, si bien no logró capturar Medina. Los británicos también apoyaban a los Idrisi en Asir, posicionándolos en contra de los otomanos. En Yemen, las fuerzas otomanas entraron en el Protectorado de Adén, pero no lograron avanzar ni estabilizar esas posiciones.

Un oscuro, ambicioso y empobrecido jeque árabe, llamado Abdulaziz ibn Abdurrahman ibn Faisal Al Saud, que acababa de llegar del exilio en Kuwait, enredado como todos los demás jeques en interminables luchas y disputas tribales, firmó en diciembre de 1915 un tratado con los británicos, por el que se le otorgaba el estatus de protectorado a condición de hacerle la guerra a Ibn Rashid, un aliado de Turquía, como acabamos de ver. A pesar de generosos suministros de armas británicas y un subsidio de £5.000 por mes del gobierno británico (que continuó hasta 1924) estuvo inactivo hasta 1920, argumentando que el subsidio era insuficiente. Durante 1920–22, sin embargo, marchó contra Ibn Rashid y le derrotó, duplicando su propio territorio. Saud gobernaba ahora Arabia central, excepto la región de Hiyaz, a lo largo del Mar Rojo. Este era el territorio de Sharif Hussain de Mekka, emir de esta ciudad desde 1908 hasta 1916 y rey del Hiyaz desde 1916 hasta 1924 (aunque los Aliados solamente le reconocían como rey del Hiyaz).

Dos de los hijos de Sharif Hussain, Faisal y Abdullah, destacaron en la agitación de las tribus de Hiyaz contra los otomanos con la ayuda de suministros británicos y oficiales de enlace proporcionados por el mismo gobierno. El trabajo de estos oficiales, aparte de su lado militar, consistía en crear un nacionalismo árabe, inexistente hasta entonces, que facilitara el fomento y la agitación contra el gobierno otomano y la posterior creación de estados árabes, pero dependientes de occidente. Estos oficiales de enlace eran muchos, siendo el más conocido entre ellos T.E. Lawrence (Lawrence de Arabia), un motorista experimentado, quien después de haber sobrevivido a un sinfín de batallas y otros peligros en la ya agitada Península Arábiga, moría en el año 1935 en un sospechoso accidente de moto muy cerca de su casa en un apacible camino (por aquel entonces todos lo eran) de la tranquila localidad del condado inglés de Dorset llamada Clouds Hill. Decimos que el accidente fue sospechoso porque Lawrence como Khashoggi sabía mucho, sabía demasiado.

Mientras continuaba la agitación, los hermanos Faisal y Abdullah se trasladaron a Transjordania a lo largo del flanco derecho de los ejércitos británicos. Faisal sobre todo jugó un papel muy importante en las campañas militares contra los otomanos. En septiembre de 1918 sus tropas ocuparon Damasco, donde estableció un gobierno árabe, pero fue desalojado por los franceses, que también intentaban llevarse a la boca un trozo de la tarta árabe. El propio Faisal se vio obligado a exiliarse, y finalmente fue a Londres por invitación del gobierno británico. Mientras tanto, Gran Bretaña lograba establecer una esfera de influencia en Irak, y en 1921 Faisal fue nombrado por los británicos rey de Irak, y Abdullah emir de Transjordania (más tarde Jordania) en el mismo año. Durante la Segunda Guerra Mundial, se alió activamente con el Reino Unido, y su ejército, la Legión Árabe, llegó a ser con la ayuda británica la fuerza militar más efectiva del mundo árabe. Participó en la ocupación británica de Siria e Irak en 1941. En 1946 Transjordania se independizó y Abdullah fue coronado rey en Amman el 25 de mayo de 1946.

Ibn Saud, apoyado por los británicos, logró vencer a Ibn Rashid, y ahora gobernaba toda Arabia central, excepto Hiyaz, la región que bordeaba el Mar Rojo. Temiendo ser rodeado por esa dinastía rival, Ibn Saud decidió invadir el Hiyaz. Político hábil, en todo momento trabajaba estrechamente con los líderes religiosos, que nunca le negaron su apoyo. En 1924, tomaron Mekka, añadiendo el Hiyaz a sus dominios. Los Ijwan, sin embargo, se le fueron de las manos. En 1927 invadieron Iraq en contra de sus órdenes. El 29 de marzo de 1929, el propio Ibn Saud los aplastó en la batalla de Sibilla, una batalla que abría una nueva era para toda Arabia y sobre todo para la casa de Saud. En 1932 nace formalmente el Reino de Arabia Saudita.

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Ya en mayo de 1933, Ibn Saud firma su primer acuerdo con una compañía petrolera estadounidense llamada Standard Oil de California (SoCal). Luego vinieron otras. No fue hasta marzo de 1938, sin embargo, cuando hallaron el petróleo en lo que hoy es el municipio de Adh-Dhahran. Trabajo éste que realizaron conjuntamente Standard Oil Co. (precursora de la gigantesca Chevron Corporation) y Texas Fuel Co. (precursora de la que hoy es Texaco, Inc.). La explotación prácticamente cesó durante la Segunda Guerra Mundial, en la que Arabia Saudita no participó, pero se reanudó inmediatamente después. El petróleo cambió a la Península Arábiga y a Ibn Saud para siempre. Empezaron a llegar del occidente los estafadores, los inversores, los diplomáticos, los políticos, los grandes financieros, los servicios de seguridad… A la vez llegaba el tiempo de pagar las facturas por tanto apoyo militar, tantos oficiales de enlace británicos y tanta agitación que habían originado. Ibn Saud nunca supo qué hacer ni con la riqueza ni con los cambios. Sus últimos años estuvieron marcados por un grave deterioro físico y psicológico. Murió en la ciudad de Taif en 1953 odiando al nuevo orden mundial que él mismo había ayudado a nacer.

Sesenta años más tarde, en junio de 2017, el rey Salman de Arabia Saudita, hijo de Ibn Saud, nombraba a su hijo Mohammed bin Salman, de 31 años de edad, como su heredero, haciendo a un lado a Bin Nayef, su sobrino y primo hermano de Bin Salman. Estos acontecimientos tienen una gran relevancia, ya que el Islam prohíbe de facto el establecimiento de monarquías hereditarias, y el hecho de que suba al trono el sobrino del rey y no el hijo parece respetar esta prohibición. Pero hay algo aún más intrigante. El primer nombramiento del heredero al trono saudita fue en enero de 2015. El Rey Salman nombró entonces a su hermanastro Muqarrin bin Abdulaziz. Solamente 3 meses más tarde, en abril, cambió de opinión y nombró como heredero a Muhammad bin Nayif, su sobrino, y el mismo día a Muhammad, su hijo, como el siguiente heredero, es decir el heredero del heredero. En junio de 2017, exactamente un mes después de la visita de Trump, sin embargo, aparta a Bin Nayif y nombra a su hijo Muhammad como sucesor directo.

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El nuevo heredero Bin Salman, quien siempre ha tenido muy buena relación con el yerno y consejero del presidente Trump, Jared Kushner, abrazó, literalmente, a la administración de Trump y no ha cesado desde entonces de buscar acuerdos para comprar armas por valor de miles de millones; también ha apoyado la reconstrucción del este de Siria, donde la coalición liderada por los Estados Unidos está luchando, supuestamente, contra el ISIS. Siempre se ha retratado como un reformador, y así lo ha retratado Donald Trump ante la última Asamblea General de la ONU. Al mismo tiempo ha dado importantes pasos hacia el estrechamiento de relaciones con Rusia, tanto diplomáticas como comerciales, e incluso militares –cosa que seguramente causó una desagradable sorpresa en EE.UU. El senador norteamericano Lindsey Graham (Carolina del Sur) en una apasionada declaración ante el Comité Judicial del Senado en Washington DC causada por la atroz desaparición del periodista del que seguramente no sabía nada, le ha llamado al príncipe, curiosamente, “una bola de demolición” (a wrecking ball), o sea un bala. También dijo que dadas las circunstancias Muhammad bin Salman nunca podrá ser un verdadero líder en el escenario mundial. ¿Una marcha atrás en las relaciones con el reino? Y si lo ha sido, o va a ser, ¿es algo planeado por la administración estadounidense o forzado por el nuevo heredero?

Se sabe que Muhammad bin Salman intentó “silenciar” a Yamal Khashoggi cuando este empezó a divulgar que el acercamiento entre él y Trump sería peligroso para el Reino de Arabia Saudita. El año pasado Yamal le mandó un mensaje a Bin Salman proponiéndole trabajar juntos, ya que en su opinión necesitaba un asesor como él. El príncipe heredero rechazó la proposición de Yamal debido a sus relaciones con los Ijwan y Catar, antiguos amigos y actuales enemigos de Arabia Saudita, o más bien enemigos del príncipe heredero; y Catar, como se sabe, está alineado con Irán.

Al mismo tiempo, el príncipe intentaba persuadir a Yamal que volviese a Arabia Saudita. Ejercía su presión por medio de uno de sus hermanos, el actual embajador de Arabia Saudita en los EE.UU. Jalid bin Salman. En los últimos tres meses Yamal se reunió nada menos que cuatro veces con Jalid, quien siempre le aseguraba que no correría ningún peligro al volver. Se pudo saber también que Yamal se reunió con el emir de Catar, Tamim bin Hamad Al Zani, el año pasado durante la Asamblea General de la ONU en Nueva York (18-20.09.2017), el mismo mes que había aterrizado en los EE.UU. proveniente de Arabia Saudita, un error como ya hemos apuntado antes, como también lo habría sido volver al Reino.

Parece bastante claro que la razón de las actividades por aquél entonces diplomáticas de Arabia Saudita era el temor de que Yamal Khashoggi hubiese cambiado de “bando”, lo cual les resultaba altamente peligroso dada la información que había ido acumulando a lo largo de su vida, especialmente durante el tiempo que sirvió con Turki. También les molestaba el estrechamiento de su relación con Catar (se supo que se reunió con Tamim una segunda vez en Doha), todo ello en contra de la política de Muhammad bin Salman.

Al parecer fue Tamim quien le consiguió el trabajo en el Washington Post, desde donde Khashoggi denunciaba a la familia real saudita y a su política, otro extraño error si consideramos la “cariñosa” relación de la administración Trump con el gobierno del príncipe heredero. No debemos olvidar otro dato importante –el Washington Post pertenece a Nash Holdings, cuyo gerente es Jeffrey Preston Bezos, dueño de la empresa Amazon, y en el que numerosas empresas estatales y privadas cataríes tienen importantes participaciones.

El escenario, quitando ciertos enredos informativos, parece claro. Desde el principio Khashoggi se enfrentó al Reino por la nueva dirección de Bin Salman –entre otras razones por su visible acercamiento a Israel. En cuanto a Catar, Arabia Saudita rompió relaciones diplomáticas con este emirato, acusándole de apoyar “el extremismo islámico”, es decir Hamas y Hizbullah –la pesadilla de Israel. Después de que abandonara el Reino, Khashoggi apareció en el programa de Al Yazira en Catar, Doha, en noviembre de 2017, argumentando que Arabia Saudita debería volver a sus “raíces religiosas”, acusando a Riad de haber abandonado a los palestinos y criticando su acercamiento a Israel.

Hay sectores en los medios de comunicación estadounidenses que mantienen y recalcan que las opiniones de Arabia Saudita complementan la política de Estados Unidos y apuntalan la necesidad de revertir la influencia de Irán, uno de los enemigos fantasma de Israel. Sea como fuere, está claro que Khashoggi sabía mucho, incluido el verdadero escenario en el que se desarrolló el 11 de septiembre 2001. Puede que supiera de operaciones como la que describe Aram Roston en BuzzFeed News bajo el título “Una monarquía de Oriente Medio contrata a ex soldados estadounidenses para matar a sus enemigos políticos. Este podría ser el futuro de la guerra” (A Middle East Monarchy Hired American Ex-Soldiers To Kill Its Political Enemies. This Could Be The Future Of War):

“Acariciando un AK-47 y chupando un pirulí, un ex Boina Verde Americano está chocando suavemente con la parte trasera de un SUV blindado mientras éste serpentea por las oscuras calles de Adén. Sus dos compañeros en la misión son antiguos SEAL de la Marina. Ahora están trabajando para un maestro diferente: una compañía privada americana contratada por los Emiratos Árabes Unidos, una pequeña monarquía del desierto en el Golfo Pérsico. Esa noche, 29 de diciembre de 2015, su trabajo consistía en llevar a cabo un asesinato. Su ataque armado, descrito en BuzzFeed News por dos de sus participantes y corroborado por imágenes de vigilancia con aviones no tripulados fue la primera operación de una empresa con fines de lucro. Durante meses en el Yemen desgarrado por la guerra, algunos de los soldados mejor entrenados de Estados Unidos trabajaron en una misión mercenaria de oscura legalidad para asesinar a destacados clérigos y figuras políticas islamistas.”

La monarquía de los Emiratos Unidos es un aliado incondicional tanto de los Estado Unidos como de Arabia Saudita. Como podemos ver, Hollywood no inventa nada, simplemente reproduce la realidad. Y el pirulí seguramente estaba reforzado con droga ya que aunque matar a mujeres, niños, activistas y adversarios políticos pueda parecer una tarea fácil para unos mercenarios, no viene mal intensificar un poco el coraje para que cada “operación” no dure 17 años, como en el caso de Afganistán.

Aram Roston publicó su artículo el 16 de octubre de 2018, en plena crisis Khashoggi. ¿Tienen algo que ver ambos asuntos? A simple vista parece que uno podría explicar al otro.

De toda esta enmarañada tragicomedia podemos sacar importantes conclusiones. El escenario más plausible estaría tintado de uno de los elementos que mejor define la relación de Occidente (en este caso los Estados Unidos) con sus aliados –la trampa, a veces mortal.

No cabe la menor duda de que Yamal Khashoggi era un estorbo peligroso para todos, ya que sabía demasiado y tenía proyectos en mente. No parece que fuesen las mejores credenciales para ganarse la simpatía de Muhammad bin Salman ni la del deep state norteamericano. Había que eliminarlo. Sin embargo, y teniendo en cuenta que los judíos nunca matan un solo pájaro de un tiro, se preparó su muerte de forma que sirviera para eliminar de paso al heredero que se estaba tomando demasiadas licencias y tenía delante de sus palacios reales la imagen de una Arabia Saudita más grande que los Estados Unidos e independiente de ella.

No olvidemos que Muhammad bin Salman tenía la firme determinación de vender públicamente, a través de acciones a Aramco, la empresa que controla y gestiona toda la riqueza energética de Arabia Saudita –dicho sea de paso la empresa más rentable del mundo. Esta iniciativa podía pasar en un primer momento como parte de las reformas que el príncipe heredero estaba llevando a cabo desde que tomara las riendas de poder, a no ser por el significativo detalle de que China estaba preparada para comprar buena parte de esas acciones, algo que Occidente no está dispuesto a permitir, a pesar de que según la ley internacional de comercio la acción china sería totalmente legal. Decididamente, Bin Salman se les estaba yendo de las manos.

La administración Trump, algún grupo de fontaneros, preparó el atentado contra Khashoggi y convenció a Bin Salman para que se perpetrara en el consulado saudí en Estambul con el beneplácito de Turquía (a cambio de lo cual mejoraría ostensiblemente las relaciones turco-estadounidenses y otras prebendas).

Bin Salman cayó en la trampa y las autoridades turcas se traicionaron a ellas mismas, comenzando a emitir comunicados por el final de la historia. El 2 de octubre de 2018 se vio a Yamal Khashoggi por última vez (entrando en el consulado saudí en Estambul), y el mismo 3 de octubre Ibrahim Kalin, asesor y portavoz del presidente Erdogan anunciaba que Khashoggi seguía en el interior del consulado saudí, a pesar de que las autoridades sauditas afirmaban que el mismo día que entró, el día 2, abandonó dicho consulado por la puerta de atrás. El día 6 de octubre, fuentes gubernamentales turcas declaraban su total convicción de que Khashoggi había sido asesinado en el consulado saudí, afirmando que tenían pruebas de ello, grabaciones incluidas, y ese mismo día, la policía turca daba más detalles sobre el asunto, asegurando que un grupo especial llegado del reino saudita había asesinado a Yamal Khashoggi para horas después abandonar el país.

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Obviamente, Turquía conocía con exactitud el desarrollo completo de la operación “eliminar a Khashoggi.” La maquinación turco-estadounidense funcionaba a la perfección –el periodista estaba muerto y el hijo del rey era presentado ante la opinión pública como un indeseable asesino al que sería mejor alejar del poder saudí. Todo iba sobre ruedas a no ser por un inadvertido cambio de escena en el panorama internacional –los Estados Unidos y sus aliados europeos ya no eran el único poder en el mundo.

Bin Salman se lanzó al ataque como un tigre furioso –amenazó con subir el precio del petróleo y cobrarlo en la moneda china. Al mismo tiempo, les recordaba que estaba en negociaciones con Rusia para cubrir buena parte de sus necesidades armamentistas, incluidos los temibles S-400 y otros equipos militares. China y Rusia bastaban para que él pudiera seguir con sus ambiciosos planes de reformas sociales y de crecimiento económico. Trump envió a Pompeo para tranquilizar al príncipe y salvarle de la trampa que ellos mismos le habían preparado –“Echaremos la culpa a ciertos individuos de los servicios de inteligencia saudíes.”

Occidente ya no podrá actuar impunemente como lo ha hecho hasta ahora. No le quedará otro remedio que negociar incluso con los shithole countries o se las tendrá que ver con el otro bloque.

Podemos afirmar que de alguna forma la muerte de Khashoggi es un reflejo cuántico de la muerte en Sarajevo de Francis Ferdinand, el hijo mayor del archiduque Charles Louis, muerte que encendió la mecha de la Primera Guerra Mundial, liquidando así, de facto, a dos imperios (cuánticamente hablando, Estados Unidos y Europa).

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