EL ÁRBOL DE LA VERDAD – Primera Rama

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Ha nacido Hollywood. LA VERDADERA REFORMA.

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Hollywood

Parece como si todo el mundo estuviera esperando una oportunidad para mostrar sus valores, las bendiciones que ha recibido de una divinidad en la que no cree. La espera, no obstante, también tiene sus límites. Ésta se hizo demasiado larga y alguien pensó en crear Hollywood, mientras cada uno de los actores existenciales lograba su objetivo. La idea, en un principio, era hacer de ese centro cinematográfico una máquina de fabricar épicas y, como es bien sabido –la imaginación no tiene límites.

Frente a la tibia realidad humana, difícil de camuflar con alguna que otra retórica, Hollywood ofrecía al hombre la posibilidad de manifestar sus sueños más secretos dentro de un cierto rigor técnico.

Sin embargo, no era sólo uno el que pensaba –había muchos. Esa multitudinaria intromisión en lo que parecía ser asunto de unos pocos, de la inevitable, invisible e intolerante elite, complicó el asunto que en un principio parecía un mero acontecimiento técnico. La elite volvió a pensar, pero esta vez en voz baja, pues tras una amarga y dilatada experiencia de varios miles de años, ya le había quedado claro que no merece la pena echar perlas a los cerdos –hagamos de Hollywood un poder creador. A estas alturas fenomenológicas ya habían matado a dios y a nadie sorprendió aquella, otrora, descabellada propuesta.

Ya no se trataba, en realidad, de ir a la Luna en una nave imposible de materializar o, al menos, de costosísima fabricación, con el inconveniente añadido de que pudiera ser que no funcionase o que lo hiciera de forma deficiente y aquella aventura acabase en una explosión inicial. Se trataba, más bien, de crear un matrix en el que eso fuera posible, fuera creíble, estuviera dentro de las expectativas generales de la humanidad. Seguramente iba a ser imposible convencer a todos, uno a uno, de aquel nuevo giro copernicano, especialmente si tenemos en cuenta la gran multiplicidad de prismas que proyecta la subjetividad humana.

El primer paso lo dieron los soviéticos. Mintieron al hablar de sus proezas espaciales, pero como sólo ellos eran capaces de despegar de la tierra unos cuantos kilómetros, todo el mundo asintió a pesar de que no tenían Hollywood. Ese hecho enturbió las aguas del éxito y más de uno dudó de la eficacia de la elite cineasta. J.F. Kennedy salvó a occidente. El mundo necesitaba un discurso de poder: “Hemos elegido ir a la Luna. Hemos elegido ir a la Luna en esta década y hacer otras cosas. No porque pensemos que sean fáciles, sino porque sabemos que son difíciles”. Aquel discurso le costó a Kennedy la vida, para que veamos lo importante que es la lingüística –si hubiera dicho “en este siglo” habría podido seguir poniendo sus respetables posaderas en el sillón presidencial del despacho oval y seguramente le hubiera dado tiempo de ver crecer sanos y robustos a sus nietos, pero aquella premura puso nervioso al deep state y éste pensó que su muerte y una amenaza de guerra con la Unión Soviética harían olvidar al electorado norteamericano aquella fanfarronada tecnológica. Se equivocó –alea iacta est parecía gritar desde la tumba el católico presidente. Cada uno hizo su trabajo y la esposa del difunto héroe se casó a la vuelta del funeral con un viejo y decrépito multimillonario griego.

No obstante, la falsificación tenía que ser mucho más profunda que un mero paseo por el espacio. De hecho, la luna y los planetas cada vez interesaban menos a un público inmerso en mundos virtuales. Dada la creciente dificultad en separar la realidad de la ficción, lo único que importaba ya era pasarlo bien; es decir, vivir en un espacio más cerca de lo onírico que de la vigilia en el que no hiciera falta la reflexión, ni se sintiera responsabilidad alguna. Hollywood pronunció el sortilegio –la ignorancia es bendición. A pesar de ser una expresión completamente comprensible, adolecía de cierta ambigüedad. Era mejor decir –el sopor de la inconsciencia genera felicidad fetal. Kafka prefirió convertirse en cucaracha a enfrentarse al absurdo de vivir sin ningún sentido. Por su parte, Galileo adjuró de su fantasiosa teoría sobre el movimiento de los astros, pues aquella chocante propuesta no valía la pena una hoguera.

Podemos deducir de todos estos anonadantes acontecimientos que a la fórmula materialista le faltaban factores. Se podía abogar por una orfandad metafísica en tanto que posición estética y como forma de vengarse de unas iglesias –católica y protestante– intransigentes con un “otro” que exigía la eliminación de conceptos aberrantes y contrarios a lo que las capacidades cognoscitivas del hombre dictaban como sano y racional. Calvino mandó quemar vivo a Miguel Servet en una plaza de Ginebra, probablemente la más grande, por negar la trinidad. Y esa, precisamente, era la verdadera reforma, la que hacía falta, no la de Lutero.

Se trataba de ganarle el pulso al sur europeo, de acabar con el Vaticano y de lanzarse al mundo con la encomienda divina de tomarlo al asalto en nombre de la civilización –eufemismo de “poder blanco sajón y protestante”. Lutero y Erasmo fueron los primeros factores de la fórmula materialista, también llamada “humanismo” para evitar la desagradable incongruencia de un movimiento ateo en el seno mismo de la espiritualidad. “Humanismo” parecía un término más adecuado para definir la mencionada fórmula y para ocultar tras él sus verdaderos objetivos. No sólo se trataba de acabar con el Vaticano, sino también con la fuente misma de su poder –Dios. Dios en tanto que Entidad Viva Independiente de Su Creación, siempre vigilante, atenta a todo cuanta pudiera moverse en el universo, incluyendo en ese “todo” al mismísimo corazón humano. Un dios así enseguida chocaría con los planes humanistas –colonialismo brutal, saqueo indiscriminado de las huellas que con tanto esmero habían dejado las primeras comunidades, inversión de valores, desprestigio profético, incitación a la idolatría y ocultación de cierto material que podría ser divino. A los padres de la constitución americana y a su progenie policial les desconcertaba cuando se producía un atentado terrorista que ellos no había preparado: “Pensábamos que éramos los únicos”. Ello les llevó, primero, a una investigación internacional que dejó exhaustas las arcas de las agencias de inteligencia, que para aquel entonces habían proliferado más de la cuenta –según los fontaneros de la Casa Blanca no había para todos ni para todo. A lo segundo y definitivo que les llevaron sus pesquisas fue a la patética conclusión de que A –sólo nosotros poseemos el knowhow para perpetrar esos atentados, y B –se han instalado en el seno mismo del establishment diferentes y opuestos factores de poder. Aquel resultado les obligó a cambiar algunas variables en la fórmula de Lutero y Erasmo –no tuvieron más remedio que ponerse a estudiar el humanismo. Cada uno le echaba el muerto al otro hasta que se olvidó el asunto y Hollywood tuvo que salvar la situación produciendo la entrañable película –Un hombre para la eternidad. No diremos que no adoleciese de un cierto cinismo el hecho de sacar a la luz con 500 años de retraso la decapitación de Thomas More. Pero aquí lo importante es que Enrique VIII se salió con la suya –anuló su matrimonio con Catalina de Aragón, desposó, como había sido su deseo durante años, a Ana Bolena, creó la iglesia de Inglaterra poniéndose él mismo al frente de la misma, se separó del Vaticano y se declaró único representante de la divinidad en la Tierra. Más humanismo, imposible. Era un canto a la libertad de los individuos, y ya entonces Enrique VIII dio a ese concepto el significado de –haz lo que quieras de la forma que más te plazca. Aun en subjuntivo, la cosa estaba clara. Hollywood lo llamó –películas históricas.

Comentarios

One comment on “EL ÁRBOL DE LA VERDAD – Primera Rama”
  1. nuaralanur dice:

    Hollywood está infectado de transexuales encuviertos, busquen “trans investigation” en youtube, Que horror, pobres goyim.

    Me gusta

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