Tres patas para el banco del Mal

Toda estructura sobre la que se levante una gran edificación necesitará al menos tres puntos de apoyo que le den solidez y equilibrio. De ahí que la estructura piramidal sea la más estable que se pueda levantar sobre la tierra. Y a esta ineludible ley estará también sujeta la estructura del Mal –tres puntos, tres elementos, tres entidades conformando la maléfica pirámide que hoy se levanta en todas y cada una de las sociedades humanas.

La primera entidad constituyente, básica, de la estructura del Mal estará representada por las instituciones que se reparten el poder político, formando una red de control universal. De cara al público utilizan votaciones, referéndums, reuniones “de alto nivel”, consenso parlamentario, leyes, constituciones… todo ello respaldado por los propios elementos de gobierno, como el poder judicial, y protegido por los ejércitos y todos los sistemas de represión policial.

Sin embargo, este poder que parece absoluto no podría evitar cambios o revoluciones que alterasen el estatus quo sobre el que se ha montado y sobre el que dirige las sociedades. Hace falta un segundo poder –el segundo punto de apoyo, la segunda entidad. Se trata de un elemento ajeno al poder político y que por esta misma razón reviste de un mayor prestigio y relevancia ante las masas –ante esos potenciales rebeldes. Son los hombres del espíritu, las castas sacerdotales, los chamanes, los expertos en la ley divina. Los vemos siempre sentados a la mesa de los políticos. Hay una continua y encubierta connivencia entre ambas entidades, sin que la ideología, la doctrina, el credo, jueguen en esto el menor papel, ya que se trata, en última instancia, de apuntalar la estructura del Mal.

Hemos visto a lo largo de la historia cómo la Iglesia Católica, sin ir más lejos, ha compartido sus “ayunos de vigilia” con dictadores militares, con presidentes democráticamente electos, caciques, monarcas… sin que en ningún momento esas relaciones anti natura hayan supuesto una crisis irreductible en el seno de la Iglesia.

Y esa misma diabólica fraternidad con el poder político la hemos visto y la seguimos viendo en el contubernio judeo-cristiano. Ambas “religiones” comparten el mismo libro, el mismo texto “sagrado” –la Biblia. Sin embargo, el judaísmo se opone al cristianismo como el fuego al agua. ¿En base a qué maléfico acuerdo ambos movimientos “religiosos” aceptan ser uno continuación del otro; el mismo mensaje; el mismo Dios? ¿Cómo es entonces que en el Antiguo Testamento no hay ni una sola referencia al transcendental hecho de que ese Dios tiene un hijo que a su vez es Dios él mismo y de la misma naturaleza que el padre? ¿Acaso esta asunción no debería estar presente, anunciada en cada página de todo el texto bíblico? Más aún ¿cómo puede haber acuerdo cuando los judíos niegan que Isa sea el Mesías? Y lo tratan de impostor e incluso en la tradición cristiana lo asesinan, crucificándole.

Sin embargo, en la estructura del Mal no hay contradicción en este contubernio, pues se trata de apoyar a un poder político que desea eliminar o debilitar al Islam –el mismo objetivo de judíos y cristianos. Por lo tanto, hay unidad en el fin que se quiere alcanzar y la verdad que aún pueda existir en los textos bíblicos debe someterse a este fin político.

El tercer punto de apoyo, la tercera entidad que actúe como sostén de la estructura del Mal, serán los ricos comerciantes –los que controlan la producción y la distribución de los bienes de consumo, la explotación de los recursos naturales, las altas tecnologías; así como el conector de todo ese flujo económico –los bancos.

En un primer momento se diría que se trata de fuerzas autónomas, independientes… privadas, que nada tienen que ver con el poder político, con los gobiernos o con los parlamentos. Sin embargo, como ya apuntaran Ayn Rand y Tadeo Kaczynski, el intervencionismo estatal en Occidente, especialmente en Estados Unidos, es más depredador que el que subsistía en la Unión Soviética. Cuando una empresa alcanza el umbral del éxito, en ese mismo instante se sentará en su consejo de administración un representante del gobierno que le dictará buena parte de la política que a partir de ahora tendrá que implementar en su programa empresarial. Lo acabamos de ver, a cara descubierta, en la rueda de prensa que dio el presidente Trump en la Casa Blanca (6 de agosto), a cuya derecha estaba sentado el Director General de Apple, Tim Cook.

Donald no solo informó a los periodistas sobre fabulosos planes de expansión de la compañía. Antes bien parecía que era él quien dictaba estos planes y que era Tim Cook el que tomaba nota, para más tarde implementarlos:

Al hilo de estas declaraciones cabría preguntarnos: ¿quién es el Director General de Apple –Tim Cook o Donald Trump? Sin duda, que hay un claro contubernio entre ambos. Apple no puede caminar en solitario, disponer libremente de sus activos, de la inteligencia de sus ingenieros, de sus recursos… pues el poder político lo aplastaría y Tim Cook acabaría en la cárcel con Ghislaine Maxwell o ahorcado en su despacho –un suicidio más.

Sin embargo, Tim Cook no piensa en términos de libertad, en términos de soberanía. Él tiene su buen trozo de tarta y es una tarta que da para todos, y si se reparte, habrá tarta para rato. Los proyectos de Apple los financiará este o aquel banco, que a su vez recibirá inversiones de este o de aquel multimillonario.

Y ya tenemos las tres redes que conforman la estructura del Mal, la maléfica pirámide –la del poder político, la de las castas sacerdotales y la de los ricos comerciantes-productores: tres patas para un mismo banco, tres puntos de apoyo estructural, una colosal pirámide que las masas deberán mantener erguida.

¿En qué ámbito entonces podrán desarrollarse las sociedades espiritual, política y económicamente? ¿Quién las protegerá? ¿Cómo podrán evitar el naufragio cuando naveguen por océanos de libertad? ¿Qué espacio habrá quedado para el Bien en una edificación sostenida y conformada por la estructura del Mal, por las tres redes unidas, entrelazadas en un contubernio demoniaco?

Estamos viendo en vivo esta puesta en escena en el caso sirio.

Durante 14 años diversos grupos armados, dirigidos y entrenados por la OTAN y el Golfo, comenzaron una guerra contra el gobierno legítimo de Damasco de consecuencias catastróficas. Y todo ello se justificaba en el nombre del Islam. Se trataba de instaurar un gobierno musulmán sunní verdadero, soberano, sin más constitución que el Corán y la sunna. El inquebrantable objetivo de estos grupos, que pronto se enredarían en disputas entre ellos matándose unos a otros, declarándose infieles entre ellos, era la liberación de una Siria gobernada por alauitas (infieles), y sojuzgada al poder judío de Israel. Habría pues que continuar esta liberación devolviendo Palestina a sus legítimos dueños y dando a las minorías religiosas la opción de convertirse al sunismo musulmán o perecer. Todo se hacía para ensalzar el nombre de Allah.

Sin embargo, en el seno de esa sociedad revolucionaria que se había ido consolidando en la región de Idlib bajo los auspicios de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, pero sobre todo de Turquía, siendo Arabia Saudita y Qatar los principales financiadores de tal sub proyecto, se estaba gestando un feto que iba a salir de la matriz muerto, podrido.

Tras la caída del gobierno de Bashar al-Assad estos usurpadores empezaron a cambiar sus eslóganes. Querían la paz con Israel. Apuntaban a Irán y a Hizbulá como a sus enemigos mortales. Había que abrir las puertas a las inversiones del Golfo, de Estados Unidos y de Europa. Aquel aguerrido muchacho por cuya cabeza había puesto precio la inteligencia estadounidense recibía ahora a las elites occidentales vestido con un elegante traje negro, camisa blanca y corbata; y ello para el desmayo de sus seguidores más “radicales” –aquellos que se habían creído los primeros eslóganes de la revolución. Más aún, todos ellos veían atónitos cómo buena parte del ejército y de los servicios secretos del gobierno derrocado pasaban a engrosar las filas del nuevo ejército y de los nuevos servicios secretos. Y la misma suerte corrieron los grandes empresarios y los grandes consorcios económicos del país –la prometida venganza contra los que se habían enriquecido a costa del gobierno de los infieles se transformaba en una fraternal reconciliación.

Ante esta dislocación ideológica y religiosa la casta sacerdotal musulmana se encargaba de tranquilizar a las masas, explicándoles que se trataba de una estrategia para consolidar el nuevo gobierno. Políticos, empresarios y expertos en la ley divina cerraban filas y aplaudían los apretones de manos del nuevo presidente con los líderes occidentales, al tiempo que alababan la sabiduría política de este gobierno al entablar conversaciones directas con los líderes israelitas.

Más grave aún que todos estos cambios de imagen y de política está resultando el desmembramiento de la unidad nacional, de forma que cada grupo religioso y étnico se está apoderando por la fuerza de las armas del territorio en el que históricamente siempre han estado asentados. Sin embargo, la pirámide se mantiene en pie, pues es una sólida y estable edificación, ya que posee tres puntos de apoyo, tres redes, tres poderes unidos en un inquebrantable contubernio.

Sin duda que en todas estas ceremonias hacía falta un maestro. Éste llegó de Estados Unidos, camuflándose como embajador en Turquía, cuando en realidad su misión era la de afianzar al nuevo gobierno sirio, sin importar los índices de corrupción y de opresión que éste alcanzase. Hablamos de Tom Barrack –un multimillonario, con negocios en los países del Golfo y con varios expedientes judiciales abiertos en Estados Unidos por presuntas irregularidades fiscales y fraudes financieros, convertido ahora en un poderoso líder político. Ya tenemos dos patas en un solo individuo. La tercera le llegó del propio presidente Donald Trump. Recibió de él la bendición en cuanto que representante de facto de todas las iglesias cristianas del mundo.

Éste es pues el nuevo contubernio –tres patas en una; los tres poderes en una sola persona. Y eso es lo que se intenta hacer con el nuevo presidente sirio: reunir en su persona la habilidad política, la santidad y la riqueza empresarial que él y su familia ya han empezado a desarrollar.

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