Sitúate. Quién en su sano juicio se despreocuparía de la muerte como si se tratara de un acontecimiento aleatorio, predecible. No importa cuál sea tu situación. Siempre estarás ligado a cualquier otra posibilidad. Debes, pues, entender el mecanismo que las mueve y actúa en todas ellas.
Lo muerto surge de lo vivo y lo vivo de lo muerto. Hay, pues, un vaivén. Tras la dificultad se instala la facilidad. Nada es lineal. Nada es seguro, fijo y la muerte nos acompaña en todas las situaciones. Puede sorprendernos en cualquiera de ellas.
Por lo tanto, la muerte es una luz que ilumina nuestro destino. Es una luz y es una pregunta que nos taladra el entendimiento como una virutilla clavada en el cerebro. ¿Cuál es el propósito de la vida, de que haya vida, de que yo esté vivo?
En cada situación este es el eje alrededor del cual se organizan todos los elementos. Si desaparece esta pregunta, nos encontraremos en una mala posición, en una posición incómoda, sin sentido; una vida sin sentido. La muerte y la vida nos acompañan y no podemos entender a una sin entender a la otra. La vida da sentido a la muerte de la misma forma que la muerte da sentido a la vida. Es el mismo vaivén –vivimos para morir y morimos para poder seguir viviendo. Necesitamos que la enfermedad revalorice la salud. Después, la salud muestra los beneficios de la enfermedad.
A cada salto, a cada nueva situación, modificamos el vaivén. No lo eliminamos, ya que es el ritmo universal, el latido cósmico. ¿Por qué, entonces, dudamos en saltar a una nueva situación? ¿Qué podría significar detener el vaivén? Sería la gran hecatombe.
Entramos en el sueño como si no dejáramos atrás la vigilia, y esa es una mala forma de situarse. La memoria se encarga de recoger nuestra experiencia. No debemos, pues, añorar el pasado, renegar del futuro. Todo está bien guardado en el estanque de la memoria. Saltemos, pues, como si fuera nuestro primer salto; como si fuese ahora cuando ingresamos en la vida.
Pensamos, erróneamente, que la nostalgia nos aleja de la muerte. Mas no es la muerte lo que nos aterroriza, sino el no saber la respuesta a la pregunta; no encontrar el propósito de la vida. Y esa ceguera es la que produce en nosotros un tremendo temor a saltar. No queremos avanzar, acercarnos a la muerte, sino regresar, alejarnos de ella. Mas la muerte no es la consecuencia lógica, previsible, de una serie de acontecimientos conocidos. Está ahí, en cualquier esquina, en cualquier lecho, en cualquier fiesta.
Sitúate. Toda tu vida será un caos hasta que no llegues al punto, a la situación en la que una toma de consciencia te permita responder a la pregunta; entender el propósito de la vida. Entonces tu pasado, lo anterior, lo percibirás como las piedras que alguien ha colocado a lo ancho del río para que lo puedas cruzar. Son situaciones que te han traído hasta este punto, hasta esta toma de consciencia. Y el caos se disipa. Y cuando te vuelves hacia el futuro, sabes que cada nueva situación será como una piedra que te acerque a la muerte, ahora entendida como el paso a la vida, a una vida superior, sostenida por otra configuración
