Un perro entrenado para matar siempre acabará despedazando a su dueño.

La estrategia que utilizan los medios de comunicación occidentales, especialmente los norteamericanos y británicos, es la de apoyar incondicionalmente los desmanes de sus gobiernos, de sus agencias de inteligencia, de sus poderes no-electos, pero de facto los más influyentes en la política y en la economía, para una vez que han terminado sus guerras, sus golpes de estado, sus asesinatos selectivos, pasar a la narrativa contraria y criticarlos, sobre todo cuando resultaron ser un fiasco o una derrota.

Recordemos lo que aparecía en la prensa occidental y en los principales medios de comunicación estadounidenses meses antes de la invasión de Iraq. En un principio parecía que se trataba de una broma periodística. ¿Podía alguien creer que tras 15 años de un boicot absoluto, Saddam Hussein poseyera armas de destrucción masiva? Nadie se lo podía creer, pero los medios de comunicación insistían en ello. Hablaban de las contundentes e irrefutables evidencias que obraban en manos de la CIA y de los servicios de inteligencia israelíes y británicos. Según lo que todavía parecía una broma, el mandatario iraquí podía en décimas de segundo destruir el mundo, acabar con la Tierra.

Mas no solo era ese su pecado. Además, aparecían noticias, bromas, sobre su maldad, su tiranía, sobre las torturas horripilantes a las que eran sometidos los ciudadanos iraquíes. Había que detener aquella máquina del mal, que pronto pasaría a ser “eje” y un poco después, la máquina y el eje penderían ahorcados de una soga.

No obstante, nada salió bien, pues los servicios de inteligencia se lían y confunden sus ficciones y Hollywood con la realidad –no encontraron armas de destrucción masiva y lo único que consiguieron fue asesinar a la mayoría de los científicos y de los sabios que había en el país, así como vaciar los muesos y bibliotecas de posibles pruebas de que su historiografía era radicalmente falsa. Saquearon los bancos y todo lo que pudieron llevarse de valor de casas particulares, tiendas, almacenes… un pillaje.  Estos desmanes, precisamente, eran inconfesables, así que lo único que pudieron airear fue un rotundo fracaso. Ahora, había que darle la vuelta a la tortilla, que por cierto se había pegado a la sartén y quedó deshecha e incomible.

Bush era ridiculizado más aún que Saddam Hussein y en una rueda de prensa confesó que aquella invasión, aquella guerra, había sido un error. Mas los medios de comunicación tenían que ir mucho más allá de un simple “mea culpa”. Acusaron al presidente de Estados Unidos, a la CIA, al FBI, a Toni Blair… de haber mentido y de haber destruido un país sin ninguna causa que lo justificase, y el Primer Ministro británico tuvo que dimitir –un chivo expiatorio que pasaba a mejor vida, sentándose en el consejo de administración de uno de los principales bancos norteamericanos.

Mas tampoco este hecho saciaba la sed de justicia que sufrían los medios de comunicación y empezaron a hablar de Saddam Hussein como de un dirigente modélico, destacando, por ejemplo, que Iraq poseía la infraestructura sanitaria mejor dotada de los países árabes y una de las más sofisticadas del mundo. ¿Cómo entonces –se preguntaban algunos de estos medios– podemos creer que alguien tan preocupado por la salud de su pueblo fuese, al mismo tiempo, un torturador? Todo –concluían– había sido una falacia, una mentira.

Esta estrategia no cambiaba un ápice el escenario real e Iraq seguía invadido; seguía el caos, la destrucción, el pillaje, pero de esta forma quedaba demostrado una vez más que Occidente es el bastión de la prensa libre, una fortaleza en la que nadie está a salvo de la justicia para todos.

Esta estrategia funciona gracias a la tendencia que tiene el ser humano de olvidar incluso la historia más reciente. Los artífices de estas manipulaciones continuas saben que con un simple intervalo de dos días su narrativa puede variar 180 grados, sin que nadie lo note.

Lo estamos viendo con la guerra de Ucrania y dos años antes lo vimos con el establecimiento de una pandemia fabricada por la prensa. El virus se detuvo él mismo, asombrado por la invasión rusa de aquel país. Mas una vez que los objetivos no habían sido alcanzados y parecía la victima la que le iba a cortar la cabeza al verdugo, dieron luz verde al virus y ya se está hablando de una segunda pandemia, tan irreal como la primera, pero igualmente efectiva, pues nos va a sacar del Metaverso Ucrania/Rusia, otro fiasco como el de Iraq –Putin no ha caído. Goza de una excelente salud, como el presidente norcoreano Kim Yong, y el ejército ruso sigue tomando posiciones y fortaleciendo a las repúblicas de Donbás.

Con una cierta perspectiva de unos cuantos meses, más de uno ha podido notar que los pueriles exabruptos lanzados por la prensa occidental y sus dirigentes se han estampado contra la serenidad y coherencia con la que Putin ha respondido, quedando una vez más de manifiesto que Putin es el más fuerte; el único líder serio e independiente de cuantos merodean por los G20.

Hay que volver, pues, a la pandemia y dejar que Ucrania, como Iraq, se hunda en el caos y en la destrucción social, económica y militar. Pronto veremos cómo esta misma prensa denuncia las manipulaciones de Occidente en este conflicto, cómo Rusia intentó por todos los medios diplomáticos evitar la guerra, cómo Estados Unidos había olvidado las promesas que Reagan había hecho a Gorbachov, asegurándole que la OTAN nunca se extendería hacia el este, hacia la vecindad con la ex Unión Soviética, y ello no solamente implicaba a Ucrania, a Finlandia, a Suecia… sino también a Polonia, en la que la OTAN ha establecido baterías de misiles y otro tipo de armamento inconfesable.

Por lo tanto, Putin había sido paciente, había tolerado lo que ninguna potencia en su lugar habría aceptado. Y fue paciente incluso cuando el vaso de la paciencia se había colmado y aún rebosaba la ira. Cada vez era más evidente que Rusia, Siria y Corea del Norte estaban venciendo a Occidente no solo en el campo de batalla, sino también en el campo de la racionalidad y de la justicia. Ante este impresentable escenario, una segunda pandemia parece inevitable. Y habrá más guerras, más conflictos bélicos, más pandemias; y todo ello se volverá, una vez más, contra sus promotores. Es la estrategia que Goebbels aconsejó a cualquier nación que tuviera la voluntad de someter a todas las demás: “Hay que hacer creer al pueblo que el hambre, la sed, la escasez y las enfermedades son culpa de nuestros opositores, y hacer que nuestros simpatizantes se lo repitan en todo momento…”

(11) Cuando se les dice: “No sembréis la corrupción en la Tierra,” responden: “Somos nosotros los que ponemos paz en ella y enderezamos lo que está torcido.” (12) ¿Acaso no son ellos los verdaderos corruptores, aunque no se den cuenta? (Corán 2-Sura de la vaca, al-Baqarah)

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