El trono del crisantemo sigue vacío desde 1945

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¿Qué se va a celebrar el 30 de abril? ¿Qué gran acontecimiento va a inundar de emoción los devastados ánimos de los japoneses? Una farsa orquestada por occidente para olvidar otro acontecimiento, menos litúrgico, menos florido, ocurrido el 6 de agosto de 1945. Fue tan emocionante, tan original, tan fuera de las costumbres niponas, que decidieron repetirlo el 9 del mismo mes y del mismo año. ¿Son fechas transcendentales en la vida del Japón de hoy? En absoluto. Todo está olvidado, camuflado y alterado –muchos jóvenes japoneses están convencidos de que las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki las arrojaron los soviéticos. Otros no saben a ciencia cierta qué es lo que ocurrió –encubrimiento, cambio de historia, teatro Noh.

El 15 de agosto de 1945, su padre, el emperador Hirohito, anunciaba por radio la rendición de Japón –algo que nunca debió ocurrir. Quién no recuerda las últimas escenas en Kagemusha, la obra maestra de Akiro Kurosava, cuando los generales de Shingen se lanzan con sus hombres, a todo galope, contra los poderosos clanes que se han aliado contra él. Lo difícil de entender aquí es ¿por qué no se rindieron? ¿Qué les impidió romper su estandarte e hincarse de rodillas ante un irreductible vencedor? Sencillamente porque la opción que ellos barajaban no es esa. Habían hecho una elección en base a su cosmogonía social, política y militar. Rendirse significaría aceptar la que el otro clan proponía y que había sido, precisamente, la causa de esas batallas. El razonamiento es muy diferente del que la lógica oportunista de hoy nos dictaría. Japón debió analizar las consecuencias de un enfrentamiento armado con los Estados Unidos en el contexto de la segunda guerra mundial. Debió analizar posibles escenarios antes de lanzar sus cazas contra Pearl Harbor. Mas el resultado final es que se tomó la decisión de luchar hasta derramar la última gota de sangre, la misma decisión que tomaron los generales del poderoso Shingen. La alternativa no era vencer o rendirse, sino vencer o morir, pues ninguno de ellos estaba dispuesto a vivir bajo la cosmogonía de sus enemigos –por eso luchaban. Por eso luchó Japón, por eso luchó Alemania, para crear un orden nuevo, una nueva cosmogonía. ¿Se trató entonces de un simple capricho, de un cambio de estética, de la emoción de ser el imperio del Sol naciente y del Sol poniente? No obstante, y cualquiera que haya sido la razón que instigó a la elite militar japonesa a luchar, nunca debieron rendirse, nunca debieron aceptar una rendición sin condiciones.

¿cómo Japón pasó tan rápidamente de ser la manifestación del coraje y del honor a presentarse al mundo como un muñeco de feria, humillado y feliz de serlo?

La pregunta que lleva decenios azuzándonos es ¿cómo Japón pasó tan rápidamente de ser la manifestación del coraje y del honor a presentarse al mundo como un muñeco de feria, humillado y feliz de serlo? ¿Acaso esos valores samuráis no son, sino leyendas? ¿Será entonces que lo único que logra mover al alma japonesa es el bienestar material, la riqueza, el honor del dinero?

Japón tiene una estética especial, en parte propia y en parte arrebatada a China y a Corea, pero no tiene una cosmogonía, carece de una visión existencial y siempre ha carecido de ella, por eso rompieron su estandarte y se hincaron de rodillas antes unos cuantos comedores de hamburguesas. Esto querría decir que hay en el carácter japonés una buena dosis de “impulso infantil”, no de coraje, que les lleva a tomar decisiones repentinas y a ponerlas en práctica antes de ponderarlas debidamente.

No hemos derramado una sola lágrima por los muertos de Hiroshima y Nagasaki. Aquel ataque ha demostrado la brutalidad de USA y sus métodos, su barbarie cuando las cosas no salen como ellos quieren, pero ha sido un merecido castigo a un pueblo que no ha dejado de invadir a sus vecinos, de robarles su riqueza y su inteligencia. En una corta y devastadora semana tuvieron la respuesta cuántica de la historia, del Creador en el que ellos nunca han creído, pues ello implicaría poner a “alguien” por encima de su emperador, el que entregó las llaves del imperio a un militar que no hubiera sabido utilizar la espada para hacer valer su victoria.

Es una imagen de la mezquindad disfrazada de inevitabilidad. Los argumentos han sido siempre los mismos desde aquel nefasto día: “Aquella masacre nuclear evitó que murieran más inocentes.” “Aunque trágica, fue la mejor opción para acabar con la guerra.” Los hay todavía más asustadizos: “De no haberse rendido, los americanos habrían seguido echando bombas atómicas hasta destruir todo Japón.” Japón ha sido destruido. No quedan, sino postales de geishas ataviadas con sus trajes tradicionales. Kagemusha es una película, un sueño de Kurosava, un ideal para la historia ficticia del cine. La realidad es la rendición.

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¿Cómo entonces se atrevió Akihito a seguir con la farsa imperial y ahora su hijo Naruhito se atreve a perpetuarla, a perpetuar la derrota, la rendición? No existe el trono del crisantemo ni ha existido la era Heisei, la era para lograr la paz… No existe Japón, el Japón imperial, el Japón samurái, el Japón del honor… Es un simple laboratorio, unas cuantas fábricas al servicio, todavía hoy, todavía después de que hayan transcurrido 75 años, de sus enemigos, de los que asesinaron a medio millón de japoneses en menos de 10 minutos.

A la casa imperial no le quita el sueño la muerte de sus vasallos –nunca, en realidad, le importó. Ellos pertenecen a otro reino, ontológicamente separado del de sus peones. El 2 de junio de 1953, como príncipe heredero, Akihito asiste a la coronación de la reina Isabel de Gran Bretaña en representación de su padre. Y sólo de su padre, no de su pueblo. El emperador no tiene pueblo, pues es dios, un tipo de dios provisto de suficiente consistencia divina como para satisfacer las necesidades metafísicas de los idólatras japoneses, de los idólatras sintoístas, de los idólatras budistas, de los idólatras zen. El resultado, empero, no ha podido ser más desastroso. Siempre que hay reyes que no reinan se producen, en el mejor de los casos, sociedades esquizofrénicas. Fijémonos en este “detalle” –el 17 de julio de 1975 Akihito y su esposa imperial visitan Okinawa, donde sus “peones” libraron los más fieros combates en los últimos meses de la guerra. Mientras depositan flores (quizás se tratasen de bellísimos ikebanas) en un monumento a los caídos, se les arroja una bomba incendiaria de la que salen ilesos. ¿Acaso se trató de un aviso, de un recordatorio? Quizás, no. Quizás fue un grito al mundo: “Nosotros no nos hemos rendido. Los peones seguimos en pie, sin emperador, sin samuráis, dispuestos a seguir la lucha donde la dejaron nuestros traidores gobernantes.” Sin embargo, cabe la duda razonable de que tal vez fuese un simple atentado, pues ya han pasado 45 años de silencio.

Es un escenario parecido al que se ha venido desarrollando en Alemania, el otro perdedor. Si bien, el caso alemán es diferente, incluso podríamos decir que es un caso opuesto al japonés. En el escenario nipón fue un elemento externo –las bombas atómicas– las que detonaron la rendición. En cambio, en el escenario alemán (intentan ahora separar el concepto nazi del concepto alemán) la derrota vino de dentro –no fue un tiro lo que les derribó, sino la gangrena.

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No parecen la imagen de una pareja feliz

Estos diferentes escenarios han producido situaciones aparentemente paradójicas. La unidad japonesa y su determinación a luchar contra el otro imperio, se ha traducido en una total aceptación de las normas que éste ha impuesto en sus sociedades. En Alemania, en cambio, cuya sociedad enseguida se posicionó contra la visión existencial de Hitler, no han dejado de existir y manifestarse de muy diversas maneras los grupos hitlerianos. Incluso una parte de la clase política alemana lleva ya unos cuantos años expresando su malestar ante una “camuflada ocupación” de su país por parte de USA, que únicamente ayudó a liberar Europa en las filmaciones hollywoodenses. Mas ya hemos dicho que la paradoja es sólo aparente, pues tiene su lógica –los japoneses continúan siendo fieles a su emperador, que vive emperadoramente en sus palacios y que por nada del mundo estaría dispuesto a perder sus privilegios a cambio de posicionarse frente a Norteamérica con un claro: ¡Ya basta! Por su parte, los alemanes quieren ocupar su puesto en el mundo sin reivindicar el nacismo ni amenazar con otra guerra mundial.

Si realmente hay algo de verdad en lo que en su día representó la Alemania de Hitler y el Japón imperial, ahora es el momento de manifestarlo y de liberarse del yugo que los sigue manteniendo atados a la bota norteamericana. Es el momento de que Alemania se separe de Europa y de los Estados Unidos y forme un fuerte bloque económico y político con los países de la Europa del Este, apoyado –por qué tener miedo a ello– por Rusia y China, las únicas potencias que tienen un proyecto mundial de paz. Por su parte, Japón debería ir acercándose a sus vecinos y, por lo tanto, aliados naturales –Rusia, China, Corea del Norte (Corea del Sur, de momento, no es un país, sino una base militar estadounidense), Vietnam, Indonesia, Malasia e India. De esa forma se iría implementando un mundo multi-ejes o multi-centros, que impidiera que una potencia actuara sin contrapeso, sin rivales a los que tener que dar cuentas antes de pasar a la acción. Japón y Alemania pueden ser parte de ese nuevo orden multi-centros y demostrar así que la opción de rendirse estuvo justificada.

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