¡Arde París! ¡Arde la idolatría!

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Se podría especular sobre las posibles causas que han provocado el incendio de Notre Dame, y se podrían imaginar un buen número de escenarios. El suceso en sí y el momento de producirse –Macron, cansado de escuchar, había convocado una rueda de prensa para ser él ahora quien hablase, sin tener nada que decir– nos traen reminiscencias del 11 de septiembre –audacia siempre audacia– uno de los lemas preferidos de la judeo-masonería. El mensaje que lanzaría este escenario estaría claro: “Reivindicaciones aparte, somos una gran nación y debemos mantenernos unidos en estos dolorosos momentos para hacer frente al infortunio o a los yihadistas que quieren acabar con nuestra maravillosa forma de vida.” Podría tratarse, por el contrario, de una zancadilla más –los chalecos amarillos no logran asestarle el golpe mortal– contra un presidente que no termina de situarse en el plan general del deep state, y se empeña en apuntalar el edificio europeo, tan devastado como la catedral que acaba de arder, y construir un eje salvador –el eje franco-alemán. Más à côté de la plaque imposible.

Se podría añadir aún otro posible escenario. ¿No habrá sido una travesura más de los yin, tan aficionados como son al fuego, y de él mismo creados? Quizás. Incluso es posible que se haya debido a un accidente fortuito, uno de esos acontecimientos que ocurren a millones, a cada instante, irrelevantes, inadvertidos, pero que son manifestaciones de la estructura invisible que sostiene la existencia.

Notre Dame es un símbolo, o lo ha sido, de la idolatría pagana y religiosa. Mencionan sus esotéricas inscripciones y figuras los alquimistas. Se habla de esta catedral como de un libro cifrado, codificado, cuyas enseñanzas sólo los “adeptos” pueden comprender.

Así ha pasado décadas el hombre occidental creyendo que estaba a punto de tocar el fondo, décadas entretenido con un puñado de cenizas.

Pasó la alquimia, algún iconoclasta se sentó a descansar en la piedra filosofal mientras buscaba la inmortalidad, se institucionalizaron las prácticas budistas, la doctrina de Gurdjieff, cruzaron los extraterrestres el espacio sideral sin reparar en nuestra galaxia, y ya no le queda otra emoción al patético hombre occidental que contemplar la perturbadora silueta del primer agujero negro fotografiado.

¡Cuántas esperanzas se unen a las llamas del último símbolo de la propuesta chamánica!

Arde Notre Dame y arde con ella la idolatría cristiana trinitaria. Se desmorona la estructura que sostenía la fe católica, una de las mayores aberraciones intelectuales que ha producido el ser humano. Hacía tiempo que nadie le prestaba atención, que nadie invertía en mantener joven y lustrosa a la Dama. Habría colapsado ella misma, pero quizás el hecho de que haya sido pasto de las llamas sea ya un indicio de la suerte final que le espera a la idolatría.

Lo más devastador de este insultante escenario es ver a los parisinos, con sus velas de cera artificial, pedir a la virgen María o a cualquiera otra de las muchas que abundan en la imaginería católica, que ¿qué? ¿Qué se le puede pedir a la pobre Dama que lleva décadas viendo cómo se derrumba su capilla ante la indiferencia del César y de su dios trinitario?

La única posición razonable, dentro del absurdo católico, es la de Zsolt Semjen, presidente de Hungría, heredero sentimental del glorioso pasado del imperio austro-húngaro:

Que Dios permita que esta tragedia sea un signo que conmueva a la nación francesa, no solo en relación con la reconstrucción de la iglesia, sino también en términos de su propia autoestima nacional, su propia historia, su propia franqueza y su propio cristianismo.

Desde la época de los merovingios, Francia ha estado siempre vinculada al papado. Su principal cuartada ha sido siempre la defensa de la religión católica, del poder católico, pero desde que la gobiernan judíos oportunistas, han perdido sus monumentos religiosos el glamour de tiempos pasados.

Semjen habla desde el error doctrinal, pero desde la coherencia de decir que somos quienes somos y actuar en consecuencia. A pesar de la incongruencia ontológica que supone la “sagrada familia” –esperemos que pronto arda la de Barcelona– las palabras de Semjen son como una corriente de aire fresco que atraviesa el enrarecido ambiente de esta Europa cristiana –hipócrita y usurera.

Nos parece bien este incendio, nos parece bien que ardan los ídolos, pero si no hay reflexión, si no hay un cambio drástico en la actitud religiosa de Francia y de Europa, si no hay un despertar de la consciencia a la investigación, a la observación del universo que nos circunda, el incendio de París no será sino una excusa más para substituir los lugares de adoración por burdeles –Europa, así, se sentirá cada vez más libre.

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