¿Solamente la estupidez ha guiado el proyecto Brexit?

envi definitivo

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El presidente del Consejo de la Unión Europea, Donald Tusk, ha pedido un lugar especial en el infierno para aquellos que han promovido Brexit sin ningún plan, sin tan siquiera un borrador en el que plantear una salida digna para UK.

Sin duda que habrá en el infierno numerosos lugares para los promotores del Brexit, para los que lo critican y para muchos otros:


 (13) Si hubiese sido esa Nuestra voluntad, habríamos guiado a cada nafs. Sin embargo, se ha de cumplir Mi plan –llenaré yahannam de yin y de hombres nas, todos juntos.
Qur-an 32 – as Saydah

Sin embargo, ha tenido que haber otros ingredientes, aparte de la estupidez, en el guiso Brexit. Hagamos memoria. La revolución americana contra la metrópoli no fue, sino un ensayo, una puesta en escena con fines históricos, que hicieran creer que había dos bandos y, más tarde, la independencia de uno sobre el otro. Mas la realidad, nunca es lo que parece. El “proyecto América” fue desde el principio otro intento judeo-masón de establecer el paraíso en la Tierra, de establecer un poder tan grande, tan rotundo, que les permitiera organizar esa nueva sociedad que se estaba creando a la medida de sus deseos. En realidad no hubo guerra entre Gran Bretaña y las colonias americanas, sino connivencia camuflada en escaramuzas que no iban más allá de unos cuantos muertos –ya se sabe que la sangre vertida por una causa justa purifica las almas.

Las naciones que llegaron al norte de América fueron Francia e Inglaterra, ya que el sur, la parte española, representaba un escenario demasiado hostil. En cuanto a sus riquezas, los piratas ingleses, bendecidos por la corona, se las arrebataban a los barcos españoles que llegaban a sus costas con unas tripulaciones diezmadas y exhaustas.

Francia es quizás el primer lugar en el que se establecen importantes grupos de judíos venidos de Arabia, y asentados desde hacía varios siglos en la parte central de la actual Europa. Estos grupos darán origen a la dinastía merovingia. Veamos el proceso.

La corriente goda, instalada ya en la región noroeste de Alemania, en la zona delimitada por los ríos Weser y Rin, se dividirá en tres tribus –salianos, ripurianos y hesianos– que en el siglo III darán lugar a los francos, todos ellos pertenecientes al grupo Rin-Weser de habla germana –en realidad, una derivación del godo y, por ende, de la lengua babil y del árabe. Una de estas tribus –los salianos– se irá desplazando hacia la zona atlántica hasta penetrar en la Galia y ocupar lo que hoy es Bélgica y la región francesa de las Ardenas.

Cuando los francos penetran en la Galia, lo hacen con sus reyes y su aparato de gobierno. No hubo, pues, luchas ni derrocamientos. Desde su llegada la monarquía franca ejerció el poder que traía consigo y lo ejerció con la aureola casi sobrenatural que siempre rodeó a los merovingios.

Según la mayoría de los historiadores, el verdadero fundador de la dinastía fue el rey saliano Clodión VI; si bien es de Meroveo, pariente y sucesor suyo, de quien toma el nombre y la leyenda, según la cual éste era hijo de una mujer y de una criatura marina, simbolizando de esta forma su origen divino o sagrado de allende los mares, unido ahora al de los mortales no judíos. Este hecho corroboraría el que los propios merovingios afirmasen que descendían del Profeta Nuh (a.s), algo que los cátaros y ciertas logias masonas también habían asumido como parte de sus doctrinas. Nuh (a.s) significa el “segundo comienzo” después del de Adam (a.s) y entre su descendencia estaba Ibrahim (a.s), de quien saldrá toda la Profecía. Por lo tanto, arrogarse tan insigne origen es ya pertenecer a la estirpe de los “elegidos”. Por otra parte, los judíos siempre han querido desligarse de Musa (a.s) y de la Ley que les trajo de parte de su Señor.

En la historia y en la leyenda que se construyó –¿por quién?– en torno a los merovingios hay un buen número de elementos judíos y sobretodo reminiscencias del reinado de Suleyman, símbolo del poder israelita y ejemplo de dominio planetario. Según muchas tradiciones, el rey Meroveo poseía poderes sobrenaturales o, al menos, paranormales, que evocaban a los de Daud y Suleyman. Por ejemplo, se creía que podía comunicarse con los animales. En sus largas cabelleras –como en las del personaje bíblico Sansón– residía su virtud y su poder. Por otra parte, se han encontrado artefactos de la época que reflejan una auténtica maestría artesanal; y sabemos que desde tiempos inmemoriales, los habitantes de Arabia, y por lo tanto los judíos, los Banu Israil, se daban a los oficios artesanos con sorprendente perfección. Como era costumbre en todo Oriente Medio y Anatolia, cuando un rey merovingio moría, su reino se dividía entre todos sus hijos varones. A menudo se les llamaba los “reyes brujos” y se les creía con poder de curar por imposición de manos. Su comportamiento no era como el de los monarcas paganos de su tiempo; los merovingios parecían más sacerdotes que reyes. En cuanto que descendientes de judíos o emparentados con ellos, muy probablemente practicaban las abluciones rituales, cuidaban escrupulosamente de la limpieza, degollaban sólo los animales “permitidos” por la Ley, se daban a la lectura, escritura y a otras prácticas muy inusuales en el resto de las “noblezas” europeas.

Pero, quizás, lo que más evoca su origen judío sean las envidias y la crueldad que imperaron entre los propios miembros de la familia merovingia –asesinatos entre hermanos, conspiraciones de las reinas, torturas y venganzas. En su obra Diez libros de historias el historiador franco, Gregorio de Tours, nos relata cómo las rivalidades entre los diferentes lobbies judíos hizo que los poderosos “administradores de palacio” fueran tomando las riendas del poder merovingio hasta que en 750 Pipino el Breve, uno de esos cancilleres del reino de Austrasia, depuso a Childerico III, instaurando, así, la dinastía carolingia.

Pero la caída de los merovingios solamente tendrá base histórica en los libros de texto escolares. Esos reyes descendientes de Nuh (a.s) habían atado más de un cabo y habían echado unos robustos cimientos sobre los que sustentar su proyecto de construir una Europa unificada sobre una Iglesia católica que paulatinamente fuera confundiéndose con el poder monárquico y de cuya unión naciera un estado laico basado, como el de Suleyman (a.s) según sus pretensiones, en la magia, en el control de yins y shayatines, y en “eso” que descendió del cielo.


(101) Toda vez que les llegaba un mensajero de Allah, confirmando lo que ya tenían, un grupo de los que recibieron el Kitab, el Kitab de Allah, lo arrojaban por detrás de la espalda, como si no supieran. (102) Seguían lo que recitaban los shayatin en el reinado de Suleyman, pero no fue Suleyman quien encubrió la verdad, sino que fueron los shayatin quienes la encubrieron, enseñando a los hombres la magia y lo que se había descargado en Babil sobre los dos malaikah, Harut y Marut. No enseñaban a nadie sus artes, sin antes advertirle: “Somos una prueba, no encubras la realidad.”
Qur-an 2 – al Baqarah

El paso previo a la unificación y el factor decisivo para recobrar el poder en un futuro incierto pero no muy lejano, será la conversión de Clodoveo al cristianismo –curiosa denominación, sobre todo si tenemos en cuenta que nunca ha existido la “Iglesia cristiana”; pudo haberse convertido al catolicismo, o a la Iglesia de Roma, o a la Iglesia latina, o a cualquiera de las muchas “sectas” cuyo poder, en algunos casos, era mayor que el del Papa. Sin embargo, el término “cristianismo” tiene sus ventajas, pues la Iglesia romana de aquella época nada tenía que ver con la de hoy; no sólo a nivel de poder, sino también en lo que al credo se refiere; no constituía una unidad compacta basada en unos claros prolegómenos. Durante los siglos IV y V los donatistas y los arrianos, entre otros, dominaban el Imperio romano oriental y gran parte del occidental, y hasta finales del siglo VI el arrianismo fue la doctrina oficial de los visigodos en España. Incluso cuando Hermenegildo se convirtió al catolicismo bajo la “influencia” de su esposa Ingunda –hija de Brunhilda y de Segisberto I, rey merovingio– la práctica totalidad de los obispos españoles seguían siendo arrianos.

Clodoveo abrazó el “cristianismo ortodoxo” –léase catolicismo– con el mismo propósito que anteriormente lo hiciera el emperador Constantino –unificar el imperio. ¿Por qué entonces no se unieron con cualquier otra iglesia o denominación, por ejemplo con los arrianos, cuya doctrina era mucho más coherente y comprensible, y estaba más firmemente arraigada en gran parte del Imperio romano? De hecho, Constantino nunca logró aceptar la doctrina católica y lo mismo podemos pensar de Clodoveo, razón por la cual dos años antes de su muerte fue bautizado por Eusebio de Nicomedia, un obispo arriano. Pero el factor político jugó un papel más decisivo que el espiritual. La Iglesia de Roma ofrecía al monarca merovingio dos ventajas por encima de cualquier otra congregación cristiana. Por un lado, mantenía una clara e irreconciliable demarcación con respecto al “judaísmo” –algo por lo que Pablo de Tarso tanto había luchado. Por otro lado, la Iglesia católica estaba, y siempre lo había estado, dispuesta a negociar cualquier aspecto de su credo con tal de preservar su poder y sus privilegios. Ambos, pues, merovingios e Iglesia católica, tenían los mismos intereses.

Si nos imaginamos una Europa física, sin fronteras políticas ni demarcaciones provinciales, veremos más claramente como la mancha de aceite merovingia se fue extendiendo desde la región de la Champagne hasta cubrir todo el continente, llegando a Cataluña hacia el sur, y a las islas británicas y a Escandinavia hacia el norte. Incluso el origen de los Augsburgo hay que buscarlo en esa mancha francesa-merovingia. Todavía hoy encontramos el lema del escudo de Gran Bretaña escrito en francés:

brexit 2

Dieu et mon droit – Dios y mi derecho

En el año 1066 Guillermo El Conquistador convertirá a los normandos en los gobernantes de Inglaterra. La mayoría de los cargos oficiales pasarán a ser ocupados por normandos procedentes de Francia que no hablarán inglés. Este peculiar hecho motivará que el francés pase a ser el idioma utilizado en la corte y en los juzgados de Inglaterra.

Alguien podría pensar que esta sería una cuestión meramente transitoria y de fácil solución. Sin embargo, no fue así. Ricardo Corazón de León, prototipo del rey inglés que tiene una estatua a la entrada del Parlamento en Westminster, no hablaba inglés; a pesar de que gobernó entre 1189 y 1199, cuando ya hacía más de cien años que los normandos reinaban en el país.

Pero quizás el caso más sorprendente de la permanencia del francés como idioma franco en Inglaterra sea la de su utilización en los tribunales. A pesar de que todos los jueces y abogados, incluso los descendientes de normandos, ya habían nacido en Inglaterra, y a pesar de que prácticamente ninguno de los ciudadanos comunes de origen sajón hablaba francés, este idioma siguió siendo de uso en los juicios en Inglaterra hasta 1362, casi trescientos años después de la conquista normanda.

Este, en apariencia, sorprendente suceso no nos parecerá tal si tenemos en cuenta que para las verdaderas elites de Inglaterra el francés era su lengua originaria, la lengua del poder judeo-merovingio.

Si ahora pasamos por alto las guerras familiares tan comunes y despiadadas entre los judíos, llegaremos al final de la segunda guerra mundial con un escenario europeo desolador. Sin embargo, la coalición judeo-masona, franco-inglesa, había depositado una poderosa semilla en la esquina noreste de América. Semilla ésta que fue creciendo hasta convertirse en su robusto vástago llamado ahora “Los Estados Unidos”. Este tubérculo europeo se las había arreglado para entrar de lleno en el segundo conflicto bélico mundial, saliendo de él vencedor junto con sus aliados, sus viejos ancestros, la dinastía merovingia, ahora convertida en Francia e Inglaterra. Norteamérica, no obstante, necesitaba que sus aliados fueran ricos, fuertes y tecnológicamente superiores al resto de países, ya que junto con ellos, los Estados Unidos formarían la verdadera comunidad internacional –se establece el plan Marshall y van llegando ríos de dinero a la devastada Europa. Sin embargo, esa fuerza hizo crecer en ellos un cierto espíritu de independencia que desembocaría en el concepto “Europa”. Algunos despistados pensaron que el proyecto de construir un nuevo bloque, el europeo, fuerte e independiente de Norteamérica, era posible. La caída del muro de Berlín parecía ratificar ese supuesto. Ahora, todos esos países que habían conformado el bloque del este, se unirían al proyecto Europa. La ilusión parecía tomar cada vez más cuerpo –se llegó incluso a unificar la moneda, a crear una policía pan-europea y un visado común. Sin embargo, la carcoma judeo-masona no había dejado de actuar, de socavar ese proyecto que podía, claramente, desequilibrar la ecuación de poder merovingio. Había demasiados factores como para que la ecuación diese positivo –un día u otro Alemania, como Japón, se sacudiría el yugo americano y reclamaría su derecho a ser un país independiente y sin deudas históricas que pagar. Alemania nunca pasaría a formar parte del triángulo Winston (Paris-London-New York), pero tampoco nunca tendría, en el nuevo orden mundial que se estaba fraguando, la capacidad bélica de iniciar otra aventura militar en Europa o América. Alemania, pues, junto con sus aliados geográficos (Polonia, Hungría, Austria, República Checa y Eslovaca y Rumania, principalmente) constituiría una unidad geo-económica sin la menor relevancia política ni militar. De esta forma, el triángulo Winston, con Australia y Nueva Zelanda a sus espaldas, iría absorbiendo la política internacional y sentando las bases de los nuevos órdenes mundiales que en cada momento apoyasen sus intereses. China y Rusia, especialmente tras el relevo de Putin y Xi, caerían de nuevo en las redes del club Winston, aceptando, con algún que otro gesto de enfado, su intromisión en los asuntos de terceros países, incluyendo los suyos. Las aguas volverían, así, a su cauce y alrededor del eje del mal se irían enroscando todos los países que se opusieran a sus órdenes mundiales. Sin embargo, Francia ha vuelto a sentir el cosquilleo napoleónico de dominar Europa y, desde ese dominio, el mundo entero. Trump invitó a Macron a una visita de estado y Theresa May preparó para la pareja presidencial una cena íntima que parecía no tener la menor transcendencia política. En ambos casos se trataba de corregir la peligrosa trayectoria que estaba tomando la política exterior francesa con esas locuras de organizar un ejército europeo y de crear un eje franco-alemán. ¿Era posible que un presidente francés, judío, no entendiese esos guiños? Los chalecos amarillos están haciendo su trabajo.

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Macron está confuso y se mueve en una delirante esquizofrenia que intentan aprovechar todos –Alemania se une a Francia para desligarse de los Estados Unidos, y UK se une a Francia para alejarla de Bruselas y traerla de nuevo al club Winston. Macron está confuso, quizás porque no conoce la historia, su propia historia. Su confusión, su esquizofrenia, le lleva a unirse a Estados Unidos y al UK en el ataque a Siria perpetrado el año pasado por el triunvirato Winston, el mismo triunvirato que ha cerrado filas contra Maduro en el caso Venezuela. ¿Cómo es posible que alguien que habla de crear un ejército europeo, un eje europeo, se una con los otros dos miembros del club Winston en actos que, precisamente, deberían mostrar su independencia frente a la política anglo-sajona? Se une con Norteamérica, que no es un país europeo, y con UK que se está saliendo de Europa. ¿Dónde, pues, está la política europea de Francia? ¿Quiénes, realmente, son sus aliados? La respuesta está en su esquizofrenia Winston –por una parte, sabe que el proyecto “Europa” es un fiasco, y por otra desea independizarse de los Estados Unidos. El guiño de Trump y de May estaba claro –nosotros somos un club privado irreductible, histórico, basado en la rebeldía profética. Yo me salgo de Europa –Brexit– y tú debes hacer lo mismo –Frexit. Si no lo hace, si no entiende el guiño, habrá recambio en el Eliseo.

La esquizofrenia francesa, macroniana, contrasta con la salud mental italiana. Italia sí tiene una política europea e independiente, en la medida de lo posible, de los Estados Unidos –afirmó que nunca de suelo italiano saldría un misil contra Siria y mantiene buenas relaciones con Rusia. Es cierto que se ha unido al grupo europeo de 8 miembros que se oponen a Maduro, pero incluso en eso ha seguido la corriente mayoritaria europea.

Si hay Brexit y hay recambio en el Eliseo, un posible escenario a medio-largo plazo incluiría la reagrupación del club Winston (Brexit-Frexit) y una Europa nadando sobre dos corrientes –la corriente alemana y la italiana. España seguirá siendo un apacible lugar de veraneo.

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