EL CASO EMBLEMÁTICO DE KAVANAUGH

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Kavanaugh

El “caso Kavanaugh” tiene su relevancia –la vamos a mencionar al final. Para empezar –la información básica para los que no hayan considerado oportuno estar al tanto del asunto o no hayan tenido tiempo para ello.

Brett Kavanaugh se ha convertido en el quinto juez conservador en el Tribunal Constitucional de los Estados Unidos, tras ser confirmado por los senadores y jurar rápidamente en medio de protestas por las acusaciones de agresión sexual que tan arbitrariamente se han vertido en su contra. En una cámara donde los republicanos tienen una precaria mayoría, todos los senadores votaron de acuerdo con las líneas del partido, con la excepción del demócrata Joe Manchin de Virginia Occidental, quien apoyó a Kavanaugh, y la republicana de Alaska, Lisa Murkowski, quien votó en contra. El resultado final fue de 50 a 48 a favor de Kavanaugh. La decisión está siendo vista como una victoria para Trump, quien aplaudió al Senado en un tweet inmediatamente después de la votación, y otro golpe más para los demócratas.

La votación marca el final del proceso de confirmación más difícil en la historia del Tribunal Constitucional de los Estados Unidos, al menos desde el nombramiento en 1991 de Clarence Thomas, otro juez conservador que tras una serie de acusaciones contra su moralidad tuvo que retirar su candidatura.

Kavanaugh otorga a los conservadores su primera mayoría de facto –5 en un total de 9–desde mediados del siglo XX, y aunque los demócratas podrían intentar destituir al juez en el futuro, necesitarán un respaldo de dos tercios en el Senado, algo que se considera poco probable, a menos que salgan a la luz nuevas acusaciones, esta vez verificables.

El camino de Kavanaugh hacia su cátedra en el tribunal más importante de la nación se ha visto afectado por demoras y protestas desde que su candidatura fue anunciada en julio por el presidente Trump. Cuando comenzó el proceso de confirmación en septiembre, los demócratas interrogaron a Kavanaugh sobre su posición judicial en cuanto al derecho de aborto y a los poderes presidenciales. Durante los meses siguientes su nominación ha sido contestada frenéticamente por el partido Demócrata –sus miembros, allegados, seguidores, los numerosos medios de comunicación y, cómo no, Hollywood.

La votación final se ha producido después de que senadores de ambos lados del pasillo revisaran la investigación que había realizado el FBI sobre las acusaciones de agresión sexual presentadas por Christine Blasey Ford contra Kavanaugh que tuvieron lugar, según ella, hace 37 años. Los republicanos y la Casa Blanca pregonaron a los cuatro vientos que la investigación no había encontrado evidencia alguna que corroborase las afirmaciones de Ford, mientras que la senadora Dianne Feinstein (demócrata por California) se quejó de que dicha investigación no había sido lo suficientemente concienzuda. Cabe añadir que la señora Ford no ha sido la única que ha acusado al juez. Otras dos mujeres, Deborah Ramirez y Julie Swetnick, no quisieron ser menos y haciendo un alarde de memoria retrospectiva llegaron al escenario, hace ahora 37 años, de un joven Kavanaugh tratando de agredirlas sexualmente. No obstante, como suele ocurrir en estos casos, la memoria parece haberles fallado y su versión de los hechos fue desmentida por varios testigos, y en el caso de Swetnick, ella misma hechó marcha atrás. Además de estas acusaciones, en la prensa norteamericana aparecieron insinuaciones de abuso infantil por parte de Kavanaugh, e incluso hubo quien llegó a afirmar que había participado en violaciones en grupo. Referencias a más recientes “deslices” apuntaban a su predilección por la bebida –el perfil de un maniaco con tendencia al asesinato, la violación y el vicio más execrable. Cabría preguntarnos cómo un tipo así ha ganado la nominación para ser miembro del T.C de Estados Unidos. No parece tarea fácil casar ambas realidades. Basándose en los resultados de la investigación, los republicanos acusaron a los demócratas de intentar detener el proceso de nominación con ataques personales y acusaciones inverificables.

Mientras concluía este largo calvario, quedaron arrestados cientos de participantes en manifestaciones y marchas de protesta en todo el país –organizadas, anuncia la Casa Blanca, por la organización de Soros y otras de corte parecido.

Si dejamos a un lado la parte, la más grande del pastel, folclórica, el espectáculo, el circo norteamericano, nos encontraremos con el hecho de que lo único que realmente merece una dosis especial de reflexión es el sistema por el cual un decisión tan importante para un país de cerca de 300 millones de habitantes se haya producido con una mayoría de 2 votos. ¿Deben 140 millones sufrir tal frustración para que 155 millones se sientan satisfechos? ¿Es este sistema un medio de garantizar la paz social, la cooperación y la hermandad? ¿O es un sistema que provoca la impotencia y la agresividad que aquella conlleva? Las constantes masacres en colegios, zonas públicas o casinos parecen inclinar la balanza hacía la segunda opción. Más aún, cualquier nación seriamente democrática producirá, de forma obligatoria, sociedades enfermas –enfermas de impotencia, de la humillación de ver cada día cómo cambian las leyes para adecuarse a los intereses de las “elites” políticas y económicas.

En ausencia de cualquier otra base para tomar decisiones, los números adquieren una importancia metafísica y decisiva. Según el sistema de números llamado democracia, la votación de una ley cualquiera se puede ganar por un solo voto; en las elecciones presidenciales de la mayoría de países participa a menudo menos del 50% de votantes, de los cuales 30% votan por el candidato ganador. ¿Qué porcentaje de la población entonces elige al presidente? Evidentemente –la   mayoría de una minoría.

No es la “cantidad” la que debe elegir lo que es “cualitativo”, como una ley que puede influenciar decisivamente la vida de millones de personas.

Las decisiones deben tomarse según criterios de eficacia tras un escrupuloso análisis. ¿Es bueno el aborto o es malo? Si es bueno, ¡adelante! Y dejémonos de ambigüedades, de votos y de números. Si es malo –no hay aborto. La dificultad, empero, estriba en establecer los criterios en base a los cuales vamos a tomar las decisiones –en base a qué parámetros decidimos qué algo es bueno o es malo. La opinión de un hombre no vale más que la de otro hombre, pues ambos están sujetos a sus subjetividades. Y si además las opiniones que prevalecen son las de quienes detentan el poder, no parece lógico pensar que vayan a favorecer leyes y normas que pudieran desalojarles de sus palacios, aunque fuesen de gran beneficio para el resto de la población.

¿Por qué hemos de seguir leyes establecidas por hombres como nosotros, por hombres cuya subjetividad está tintada de un desenfrenado deseo de mantenerse en el poder?

Mientras las leyes se establezcan por hombres, habrá otros hombres que querrán abolirlas e introducir leyes distintas que consideren más justas, siempre según sus interés –morales, religiosos, políticos o económicos. Habrá manipulación de la llamada opinión pública por los medios de comunicación que nunca son independientes, pues necesitan de una fuerte y constante financiación. Habrá poderosos consorcios que comprarán a respetables senadores, ministros, presidentes y reyes para conseguir que se aprueben leyes que garanticen sus beneficios y protejan sus fraudes. Habrá millonarios narcisistas dispuestos a financiar organizaciones que sustenten sus puntos de vista. Habrá un caos a nivel social, informativo y gubernamental –como se ha visto en el caso Kavanaugh.

Unos hombres no pueden decidir la vida de los otros hombres basándose en su subjetividad.

El hombre no puede escapar a la subjetividad más absoluta, es parte inevitable de su propia naturaleza, ya que no tiene la capacidad de prever las consecuencias de una acción o de una ley determinada. Que la mayoría de la población le haya llevado a la presidencia no significa que haya adquirido, por ese hecho, la ciencia infusa.

La ley sólo puede provenir, deducirse, de la objetividad –una cualidad que únicamente el Creador posee y que ha plasmado en los libros revelados a los profetas. Sin embargo, estos libros, uno a uno, han sido trastocados por la subjetividad de los “sacerdotes”, de los “chamanes” que los han interpretado para su propio beneficio, cambiando, eliminando y añadiendo todo aquello que consideraron oportuno.

Sólo nos queda el último texto revelado, el Qur-an, que se mantiene en su versión original, en su lengua original –guardado por escrito y memorizado por millones de musulmanes desde el mismísimo comienzo de su descarga sobre el profeta Muhammad (s.a.s).

El hombre inventa algo y se lanza a implantarlo incapaz de prever las consecuencias a largo plazo –pongamos el caso de los herbicidas. ¡Estupendo! Vamos a producir 20 veces más de comida. ¡Qué gran progreso! Treinta años más tarde, sin embargo, se ha producido un claro aumento de cáncer, y se recomienda volver al cultivo tradicional. Lo mismo ocurre con las leyes. El estado de Washington DC acaba de abolir la pena de muerte. ¿Qué pasa con todas las ejecuciones que ha habido allí hasta ahora? ¿Han sido legales hasta el 23 de septiembre de 2018 e ilegales a partir del 24? ¿Podemos, racionalmente hablando, explicar el suceso a los familiares de los ajusticiados? Los mismos hombres que implantaron la pena de muerte, los mismos hombres que la han abolido, lo explican –estamos progresando.

Si queremos evitar la desolación, la impotencia, la humillación, de someterse a la ley del hombre, a la subjetividad del hombre, deberemos volver a la objetividad del Creador, de Allah el Altísimo, detallada en el último texto revelado –el Qur-an.

Y si no podemos implantarla a nivel de gobiernos, sigámosla, adoptémosla, en nuestras vidas. Empecemos a crear una sociedad paralela, superpuesta a la oficial, a la “legal”, a la que sufre la tiranía de la subjetividad humana.

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