ES HORA DE VOLVER

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inna 2

(Corán 2:156)

Es hora de volver, y es urgente. Es apremiante que volvamos al origen, al comienzo del camino que abandonamos hace mucho tiempo y al que cada vez es más difícil el retorno desde el lejano extravío en el que se encuentra el hombre de hoy. Nos hemos dejado engañar por falsas señalizaciones y hemos seguido rutas que no llevaban a ningún sitio –vías muertas. Nos han entretenido, nos han hecho perder el tiempo. Vemos ahora cómo se acaba nuestra vida, la historia, el devenir… todo va cayendo en un estanque de aguas estancadas y sólo vemos en la superficie algunas viejas imágenes que ya no tienen ningún sentido. Es el inevitable final, la gran fiesta de despedida a la que sólo asistirá la muerte. La muerte y nosotros, nuestra muerte, nuestro final.

Era inevitable. Lo sabíamos desde casi el mismo instante de nacer. Sabíamos que nada aquí perdura, que nada aquí está hecho para que perdure. Su fugacidad es parte de su esencia, de su naturaleza transitoria. Sin embargo, siempre tuvimos la sensación de que esa realidad ineludible no nos concernía a nosotros, a nuestra inmortalidad. Todas esas anomalías, como la muerte, la enfermedad incurable, el fracaso, el envejecimiento… incumbían sólo a los otros, a los miserables otros, nacidos con la única finalidad de recibir todas esas irregularidades de la existencia y, de esa forma, ensalzar la diferencia que nos separa de ellos –somos los elegidos, aunque no creamos que haya un Seleccionador.

Pensábamos que la creencia, cualquier creencia, nos hacía débiles. La sentíamos como un lastre innecesario. Éramos jóvenes, vigorosos, incapaces de imaginar un tiempo en el que pudiéramos dejar de existir. Ese tiempo ha llegado y no tenemos otro equipaje para tan peculiar e intrigante viaje que unas cuantas dudas plantadas en un escenario de desolación.

Aquellas voces que nos animaban a ser libres, rebeldes, dioses viciosos y crueles, se han acallado, todo guarda silencio. Estamos solos y desnudos como el día en el que nacimos, pero con la memoria llena de escenas vergonzosas. Bebíamos y bailábamos mientras nos reíamos del Seleccionador. Nunca pensamos que acabaría la fiesta. La fiesta, hoy, se ha acabado. ¿Cómo pudimos dejarnos engañar de esa forma tan pueril, tan evidente? Cosas que pasan y todo parece ahora inevitable.

Sin embargo, hay causas que no debemos eludir, que debemos visualizar cuando se manifestaban claramente en los acontecimientos que formaban parte de nuestro guión. No podemos, al menos antes de cerrar los ojos por última vez, mantener cerrada la consciencia, desconectada para no ver la filmación en la que hemos sido protagonistas principales.

Más de una vez pensamos: “¡Maldita consciencia! Desconectemos todos los circuitos, todos los sistemas, todas las interacciones. Volvamos al plácido útero de la ignorancia. Reposemos en él por un tiempo, hagámoslo nuestra morada eterna.” Odiamos la consciencia, la fría y objetiva consciencia. La deseamos, es cierto, pero cómo la odiamos. Es la marca de nuestra superioridad y, al mismo tiempo, el testigo incorruptible que nos delatará sin que la piedad pueda inmiscuirse en este asunto.

Pudo haber sido de otra forma. ¿Nos queda aún tiempo? ¿Podría la ciencia gaya devolvernos a la matriz, a ese tiempo en el respirábamos en las aguas primordiales que anulaban los sonidos? ¿Podríamos volver a ese silencio y desechar cualquier intento de ser felices?

Todo tiene su ineludible final. Lo sabíamos mientras bailábamos con la muerte y le proponíamos rebelarse contra su destino de devorar el tiempo. Todo en vano. No ha quedado en nuestra boca, sino el amargo sabor de un despertar inesperado y aterrador. ¿Es posible que no haya vuelta? ¿Es posible que sea yo uno de los condenados, de los que nunca más verán la luz? ¿Estaré soñando? ¿Estaremos todos soñando? ¿Será acaso un error colectivo? Conocemos las respuestas. Es el despertar anunciado… inevitable. Nado entre risas. ¿Es que nadie más ha encendido la consciencia? Entre obscenidades. ¿Es que no ven que nos dirigimos al océano del olvido? Entre blasfematorias alusiones empapadas en alcohol y en licores preparados por el propio Satanás.

¿Acaso no es hora de volver? Aún se lamentan –era tan placentero fluir con la corriente de la mayoría, de esa mayoría que siempre tiene la razón, que siempre elige el mejor camino. ¿Hacia dónde os han llevado sus caminos? ¿Dónde han escondido los argumentos que hoy podríais esgrimir frente a la balanza?

¿Habrá, pues, de remontar solo la corriente? Exhausto y abandonado, proscrito, se dirige ahora el hombre arrepentido, el héroe despreciado por el mundo de la mayoría, por el mundo de los chamanes tecnócratas, por el mundo de los sacerdotes, de los oráculos… hacia la roca de donde emana el agua de la vida y del conocimiento, del triunfo. Esa es la gran victoria.

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