El peso que te oprime el pecho como si llevaras un fardo colgado al cuello, como un Atlas cargando el mundo sobre sus hombros… ese peso es el absurdo. No podrás deshacerte de él. Se encuentra por doquier. Ahí está cuando te levantas, cuando coges el autobús, cuando regresas a casa, cuando te acuestas. Forma ya parte de ti mismo. Te sientas exhausto para descansar, las rodillas temblorosas, la respiración jadeante… Ahora observas a tus semejantes y caes en la cuenta de que también ellos caminan encorvados, como tú. Tampoco ellos podrán deshacerse del absurdo.
Un periodista que ha asistido al encuentre anual del Foro Económico Mundial describió el escenario donde tuvieron lugar los discursos presidenciales como el más álgido teatro del absurdo, si bien la mayoría de los espectadores y de los actores lo han calificado de una excelsa manifestación de rectitud. ¿Cómo es entonces posible que unos vean cordura donde otros ven locura; que unos vean normalidad cuando otros ven anomalías?
Esta dislocación conceptual, una aparatosa desincronización, se debe al hecho de que términos como “locura” o “anomalía” han desaparecido de los discursos siendo sustituidos –estos y otros– por el término “Poder”. Y es este Poder, el PODER, el que define en cada momento lo que es la ley internacional. En su pantalla, la que todos los ciudadanos tienen instalada en sus hogares, aparecen imágenes de ciudades devastadas, con muertos amontonados sobre las ruinas. Mas ya no son imágenes de un genocidio, sino del derecho a la autodefensa. Las matanzas de civiles ya no son calificadas de crímenes contra la humanidad, sino de “daños colaterales”. Hay pues un diccionario que continuamente cambia su contenido para ajustarse a las necesidades del PODER. Y no le inquieta a este PODER que se le critique, que se le censure, pues le gusta alardear de la impunidad de la que goza y de la que él mismo se ha investido; y ya sabemos que de nada sirve dar patadas contra el aguijón.
Sin embargo, uno a uno, los individuos pueden salir del quiste del PODER, cuyas paredes están infestadas de las pantallas de ese poder. El primer paso es volver a un diccionario no manipulado; un diccionario en el que cada fenómeno, cada circunstancia, cada acontecimiento, estén descritos utilizando los términos correctos.
El segundo paso es el de no negociar con el PODER buscando hacerlo en términos de equidad, pues la equidad es el concepto más odioso para el PODER. En ese sentido, la actitud de los hutíes es, estrictamente hablando, la justa, pues cuando la tiranía del PODER llega a tus tierras y a las tierras de tus hermanos, sólo queda luchar, ya que en la lucha siempre hay equidad aunque las fuerzas de los oponentes estén desequilibradas, desproporcionadas. No importa. Un golpe, un solo golpe, es suficiente para detener y aturdir al enemigo. Un golpe le hace tambalearse. Rompe las filas del contrincante.
El tercer paso, el definitivo, es resistir, como lo está haciendo Siria, como lo está haciendo Corea del Norte, Irán, Venezuela… y para ello hace falta una gran determinación. La resistencia expone a los traidores, a los que sólo buscan su propio bienestar; a los que no dudan en vender sus ideales a bajo precio o cambiar sus valores por los del PODER. El lema de hoy podría ser: “El que resiste, vence.”
Mas ¿por qué habríamos de resistir? ¿Por qué ofrecer a nuestros conciudadanos la propuesta del sacrificio, de ver cómo los demás se divierten en la gran fiesta del becerro de oro mientras nosotros resistimos a su griterío, a su falsa alegría, en espera a que llegue el profeta Musa con la guía? Debemos resistir para evitar que nos arrastre la corriente del absurdo.
La fiesta es siempre obnubilación, inconsciencia. Pretende sacarnos del absurdo prometiéndonos satisfacer los efímeros placeres que son propios de los sentidos, del cuerpo, de ese elemento que pronto abandonaremos.
El absurdo sólo puede disiparse con el conocimiento, con la certitud. Es lo que Morpheus le advierte a Neo cuando está a punto de coger la pastilla: “Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad.” Es decir, la resistencia, pues la verdad –en última instancia– significa resistir a la falsedad, a la fiesta del becerro, a la enajenación. Y eso es lo que el profeta Musa lleva en las tablas –una clara explicación para todos los asuntos. Quien resiste, comprende. Y quien comprende, devuelve el sentido a su vida. Frente al conocimiento se desvanece el absurdo.
Y eso es, quizás, lo que quiso decir el periodista. Aquella reunión del Foro Económico Mundial era una representación más de la fiesta del becerro, la santificación de la inconsciencia, el gran teatro del absurdo.
No reside la virtud en que dirijáis el rostro hacia oriente u occidente; antes bien, el virtuoso es el que cree en Allah, en el Último Día, en los malaikah, en el Kitab y en los Profetas; el que por amor a Él da de su riqueza a los parientes, a los huérfanos, a los pobres, a los viajeros, a los mendigos y para liberar cautivos; el que establece la salah y paga la zakah; el que es fiel a los compromisos que contrae; el que resiste con firmeza en los momentos de infortunio y adversidad, y continúa la lucha con valor. Ésos son los veraces y ésos son los temerosos.
(Corán, sura 2, aleya 177)
