HOLOCAUSTO – Luz verde al sionismo judío

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Ahora los lobbies judíos tenían las manos libres para fabricar su segunda bomba atómica. Esta vez no necesitaron uranio ni plutonio, sino una nueva falsificación de la historia –nacía el Holocausto, y con él una dictadura ideológica judía que ha impedido que en los últimos 70 años se haya podido desarrollar una verdadera investigación al respecto. Más aún, en numerosos países europeos negar el Holocausto tal y como lo han presentado los judíos –juez y parte– es un delito. El austriaco David Irving fue condenado a tres años de cárcel por haberlo negado. Tras haber cumplido trece meses de la pena, un juez de Viena lo puso en libertad. En Francia cualquier manifestación “anti-semita” tiene pena de cárcel.

Sin embargo, en el momento en el que hurgamos en la historia más reciente, encontramos tantas irregularidades, eufemismos, falsificaciones… que no podemos por menos de mostrar las cartas marcadas de los ventrílocuos.

El primer corrimiento tectónico lo encontramos en el concepto mismo de “anti-semitismo”, ya que para que exista tal cosa debería existir primero el semitismo, un término inventado por los judíos y convertido más tarde en diana hacia la que se han dirigido todas las flechas no-semitas. Justa recompensa por haber tratado de fabricarse un origen sublime que los situase por encima de la especie humana.

El primero en utilizar este vocablo fue el historiador alemán August Ludwig von Schlözer cuando en 1781 introdujo el adjetivo semitisch para indicar el grupo de lenguas –siriaco, arameo, árabe, hebreo, fenicio– habladas por las poblaciones que un pasaje bíblico (Gen. 10, 21-31) hace descender de Sem, hijo de Nuh. Más tarde, en 1879, Wilhelm Marr utilizó este mismo término para referirse a las campañas anti-judías que en esa época tenían lugar en toda Europa Central.

Podemos entender que los judíos, obsesionados como están por ser el pueblo elegido portador de la sabiduría primigenia, quisieran hacer remontar el origen de su lengua hasta el Profeta Nuh (a.s), pero nos cuesta aceptar que una Europa atea aplastada por una academia laica que detesta las religiones y los “libros sagrados” haya incorporado el término “semita” a su vocabulario y a su “científica” ordenación de las lenguas.

En un principio, y aún a riesgo de pecar de falta de rigor, no vemos inconveniente en admitir que uno de los hijos de Nuh se llamase Sem; pero entonces, ¿qué lengua hablaba? Todas las que cita Schlözer son lenguas comunes, lo que nos hace concluir que o bien se originaron a partir de la que hablaba Sem o bien una de ellas es el tronco original del que derivan las demás. Y este hecho es el que se lleva tratando de ocultar desde hace milenios –la lengua original, la primera, es el árabe fuṣha, de la que derivan las lenguas que ahora llamamos siriaco y fenicio –Kinani. El arameo, el griego, el persa, el sánscrito son, a su vez, derivaciones de aquellas.

Si ahora, haciendo gala de una total falta de rigor, admitimos que los judíos hablaban una lengua derivada de la de Sem y a la que dieron el nombre de “semita”, deberemos concluir –teniendo en cuenta que Nuh es el segundo padre de la humanidad– que la práctica totalidad de las lenguas que hablan los distintos pueblos de la tierra son igualmente “semitas” y por lo tanto el anti-semitismo haría referencia a un odio hacia todos los seres humanos. ¿Podemos realmente entender la historia utilizando nombres, lugares, dataciones e interpretaciones cuya función principal es encubrir la verdad de los hechos?

La “judeofobia” sería un término mucho más exacto, y tiene sus causas.

Michael Berenbaum comenta en su artículo The Origins of Chistian Anti-semitism que tan pronto como los judíos abandonaban los territorios de Arabia y más tarde de Palestina, y se asentaban en las zonas greco-romanas, generaban una fuerte judeofobia –y ello por su carácter arrogante, rebelde, envidioso y cínico. Cualquier persona llevaría a cabo un profundo examen de conciencia si todos sus vecinos tuvieran una mala opinión de él y quisieran que abandonase el barrio. Mas este examen de conciencia que de tantos sufrimientos les habría librado choca frontalmente con su arrogancia y su cinismo.

Un detalle de suma importancia a la hora de entender la historia es el de la discordia y las divisiones que siempre han existido en el seno de la comunidad judía. Su verdadera ideología no es la creencia, el monoteísmo, sino el derecho a dominar a todos los pueblos de la tierra y a satisfacer todos sus deseos. Para lograrlo “sacrificarán” a cuantos peones hagan falta sin importarles si esos peones son judíos o gentiles –sólo las elites judías pueden arrogarse tal prerrogativa. Cuando hablamos de “expulsión de los judíos”, ¿a quién nos estamos refiriendo? Esas elites llevan milenios “convirtiéndose” y penetrando en las sociedades gentiles, ya sean éstas paganas, cristianas o musulmanas. Veamos un caso concreto. Para afianzar su posición en la sociedad castellana y posteriormente asegurar su permanencia en Castilla, los judíos recurren, junto a la conversión, a la obtención de la carta de hidalguía. Para obtener este valioso documento que reconocía la tan ansiada pureza de sangre, los judeo-conversos contribuyeron más que nadie a la deformación de la historia alterando en la medida de sus posibilidades los expedientes que podían poner en tela de juicio su pasado. Durante cerca de 300 años los miembros de la minoría judeo-conversa falsificaron y destruyeron todo tipo de documentos; y lo hicieron con tal eficacia que reconstruir el devenir de las familias conversas resulta hoy imposible en la mayoría de los casos. Por otra parte, la Corona, siempre necesitada de nuevos recursos económicos, vio en la venta de cartas de hidalguías una nueva fuente de ingresos para la Hacienda Real. El resto, los peones, el lumpen judío tendrá que abandonar los países de los que son expulsados, mientras que sus “hermanos lobeznos” permanecerán en los puestos de poder y de influencia –dirigen la economía, la política y la cultura. “Pero no os vayáis muy lejos –parecen decir– os podríamos necesitar.” Y en verdad que los necesitaron y aun los utilizaron con tal maestría que no les hicieron falta otras fichas para ganar la partida.

Llegamos de esta forma al segundo corrimiento tectónico que oculta una flagrante falla –el Holocausto. Curiosa palabra, sacada del griego holokauston y acuñada por los propios judíos. Más curioso aún es su significado –“sacrificio por el fuego”. Pero el verbo “sacrificar” viene delimitado, obligatoriamente, por dos complementos –un directo: ¿qué se sacrifica?; y otro indirecto: ¿a quién va dirigido el sacrificio? Conocemos el elemento pasivo del primer complemento –los judíos; pero desconocemos el elemento pasivo del otro complemento: ¿a quién? ¿A quién se sacrificó a los judíos? Ya hemos dicho que una de las peculiaridades del carácter judío es el cinismo. Y esta característica judía va a jugar un papel determinante en todas sus estrategias de poder –Pearl Harbor, las torres gemelas… el Holocausto.

El Qur-an confirma esta “delictiva” inclinación:

(85) Sin embargo, habéis sido vosotros los que os habéis dado muerte y habéis expulsado de sus hogares a un grupo de los vuestros, aliándoos injustamente contra ellos.  Y si luego os venían cautivos, pagabais su rescate cuando era una iniquidad que los hubierais expulsado.

Sura 2 – al Baqarah

Una exacta descripción de la trama judía para fabricar el Holocausto y recibir de Occidente el cheque en blanco que les permitiese preparar el nuevo orden mundial.

Cuando leemos sobre la actividad política y las declaraciones públicas de Vladimir Zhirinovsky, a duras penas podemos imaginar que se trate de un judío, hecho éste que eludió durante años y que, finalmente, confirmó en 2001 cuando visitaba la tumba de su padre en Israel.

En 1990 fundó el Partido Liberal-Democrático de Rusia y ya en las elecciones presidenciales de 1991 Zhirinovsky ganó casi el 8% de los votos, quedando en tercer lugar después de Boris Yeltsin y Nikolay Ivanovich Ryzhkov. En las elecciones parlamentarias de 1993, su partido consiguió el 23% de los votos, casi el doble del partido comunista ruso (12.4%). En varias ocasiones había afirmado su adherencia a los valores democráticos, los derechos humanos, el sistema multipartidista y el estado de derecho. Sin embargo, en 1991 declaraba: “Lo digo claramente, cuando llegue al poder instauraré una dictadura; Rusia necesita ahora un dictador.” Y añadió: “Actuaré sin piedad; cerraré todos los periódicos… Puede que tenga que fusilar a 100 mil personas, pero los 300 millones restantes, vivirán en paz. Si quieres llamar a mi programa “fascismo ruso”, puedes hacerlo.”

A pesar de su origen y de haber participado activamente en una organización pro-judío fundada en Rusia hacia 1989 –algo que nos trae reminiscencias de Flavio Josefo– se complacía en declararse racista y anti-semita. Se quejaba de que la Revolución Rusa de 1917 hubiese sido el trabajo de “judíos bautizados” y de que el estado de Israel y el Mossad estuvieran involucrados en conspirar contra Rusia. En una ocasión declaró que sólo una alianza entre los Estados Unidos, Alemania y Rusia podía “preservar la raza blanca en Europa y América”. En otra ocasión declaró sin ningún tipo de ambages que eran los judíos y las logias masonas las que habían empobrecido a Rusia.

Únicamente las elites judías se benefician de sus planes de dominación; el resto de los humanos –judíos lumpen incluidos– no son sino fichas, pilas y muñecos.

Los aliados, a pesar de tener exacta información desde el principio de la situación de los judíos, no hicieron ningún esfuerzo militar para rescatarlos o bombardear los campos de trabajo, o las vías férreas que llegaban hasta allí. Sonaron las alarmas, se pronunciaron condenas, se hicieron planes para juzgar a los culpables después de la guerra, pero no se tomó ninguna acción concreta para detener el “genocidio”.

El informe Vrba-Wetzler ofrecía una clara imagen de la vida y muerte en Auschwitz. Como consecuencia de ello, los líderes judíos de Slovakia, algunas organizaciones judías americanas y la junta de los refugiados de guerra, insistían en la intervención de los aliados. Sin embargo, esa insistencia estaba lejos de ser unánime. El liderazgo judío estaba dividido. La máxima autoridad judía reconocida oficialmente se mostraba reacia a presionar para que se tomase una acción militar dirigida específicamente a salvar a los judíos.

Sería un error pensar que el anti-semitismo o la indiferencia hacia la grave situación de los judíos -aunque ambos existían- fueran la causa principal de la falta de apoyo a los bombardeos. El asunto es más complejo. El 11 de junio de 1944 el comité ejecutivo de la agencia judía en su reunión en Jerusalén se negó a exigir el bombardeo de Auschwitz. Los líderes judíos en Palestina no eran obviamente ni anti-semitas ni indiferentes a la situación de sus hermanos. David Ben-Gurion, presidente del comité ejecutivo, dijo: “No conocemos la verdad de lo que está sucediendo en Polonia, y parece que no vamos a poder proponer nada con respecto a este asunto.”

Aunque no se ha encontrado ninguna documentación específica del cambio de decisión del 11 de junio, un mes más tarde los miembros de la agencia judía llamaban insistentemente a que se llevara a cabo el bombardeo de Auschwitz.

Michael Berenbaum, Why wasn’t Auschwitz bombed? (¿por qué no se bombardeó Auschwitz?)

Resulta confuso que en el mismo texto se diga que los aliados tenían conocimiento “desde el principio” de la situación de los judíos y al mismo tiempo se hable del informe Vrba-Wetzler –dos presos que lograron escapar de Auschwitz– redactado en 1944 como la causa de que la agencia judía pidiera a Inglaterra, en julio de ese mismo año, que bombardease el campo. Lo cierto es que la resistencia polaca no dejó un instante de pasar información a sus enlaces en Gran Bretaña no sólo de los campos de trabajo, sino también de la exacta localización de bases en las que se estaba investigando y construyendo armamento especial. Ese fue el caso de la isla Peenemünde situada en el Báltico, en el estuario del río Peene y desde donde los alemanes lanzaron sus nuevos y temibles misiles V-1 y V-2. Aquel lugar estaba rodeado del más absoluto secretismo y de no haber sido por la información que recibieron los británicos de la resistencia polaca, nunca habrían dado con él y la guerra podría haber tomado un cariz muy diferente.

Todavía más confuso resulta el consejo que nos da el autor de no pensar que fue el anti-semitismo o la indiferencia la causa principal de no apoyar los bombardeos. ¡Realmente extraño! ¿Cómo se puede siquiera contemplar la posibilidad de que los líderes judíos fuesen anti-semitas? Pero el propio texto lo afirma, aunque no lo considera la causa principal.

En julio de 1944 –si bien no hay ninguna documentación sobre este drástico cambio de opinión–la agencia judía pide a Gran Bretaña que ataque Auschwitz, a lo que Winston Churchill reacciona dando a su Secretario de Asuntos Exteriores, Anthony Eden, la críptica sugerencia: “Intenta sacar algún aparato de la fuerza aérea. Puedes mencionar mi nombre si lo ves necesario.” Sin embargo, los británicos nunca llevaron a cabo el bombardeo.

Si ahora retrocedemos hasta la invasión alemana de Polonia y los acontecimientos subsiguientes, tendremos una imagen mucho más nítida de los hechos. Y nada mejor para movernos por aquel escabroso escenario que la guía del médico, escritor y pedagogo judío Janusz Korczak, seudónimo de Henryk Goldszmit, responsable de un orfanato en Varsovia y principal ideólogo de los nuevos métodos educativos que poco a poco se irán introduciendo en Europa. Su extraordinaria labor en el gueto y su inquebrantable lealtad al cuidado de los huérfanos judío-polacos que había tomado a su cargo habrían quedado enterradas en el olvido de no haber sido por el cineasta polaco Andrzej Wajda, que en 1990 dirige la película Korczak sobre el guión de la judía Agnieszka Holland.

En la filmación vemos escenas que nos hielan la sangre y al mismo tiempo nos llenan de confusión. En las estaciones de tren desde las que son deportados masivamente los judíos hacia los campos de trabajo, vemos a oficiales de la Waffen-SS junto a miembros de la elite judía decidiendo quienes deben subir al tren y quienes pueden quedarse en tierra. Por la noche celebran sentados a la misma mesa en un burdel de la ciudad la buena marcha de la guerra y los pingües beneficios que los grandes consorcios económicos judíos están obteniendo de ella. Korczak se mantiene al margen de todas esas maquinaciones y les advierte que un día u otro los lobos atacarán a sus dueños. Pero incluso dentro de la elite judía hay grados y estratificación. Los elegidos tienen listo el dinero y los pasaportes falsos para emigrar a Suiza, donde se ha ido reuniendo la nata más elitista y el dinero de los judíos que morirán en los campos de trabajo. Korczak es un hombre pobre, dedicado en cuerpo y alma a sus huérfanos, pero quizás una de las mentes más lúcidas de su tiempo. Los judíos lo necesitan para construir el nuevo orden mundial. Le ofrecen dinero y una nueva identidad –destino, Suiza. Korczak les pregunta con inquisitiva mirada -“¿Y los huérfanos?” Los sicarios judíos sonríen y le recriminan por su estúpida compasión. Ellos tienen grandes proyectos y a él sólo se le ocurre preocuparse por esos desheredados. Korczak les devuelve la caja con el dinero y el pasaporte. En su mirada hay ahora desprecio y recriminación. Unos días más tarde, los niños del orfanato suben a uno de los trenes de la muerte; Korczak sube con ellos. Y esa imagen atormentará a los judíos hasta el Día del Juicio Final. Esa imagen es el dedo índice que señala a las elites judías y les acusa de anti-semitas y de haber sacrificado, siglo tras siglo, a millones de sus hermanos, a millones de huérfanos y desheredados para conseguir, con un fabricado victimismo, el cheque en blanco que les permita construir su edificio laico, su edificio corrupto y nefasto en el que, uno a uno, serán enterrados por la historia.

(85) Sin embargo, habéis sido vosotros los que os habéis dado muerte y habéis expulsado de sus hogares a un grupo de los vuestros, aliándoos injustamente contra ellos. Y si luego os venían cautivos, pagabais su rescate cuando era una iniquidad que los hubierais expulsado.

Sura 2 – al Baqarah

La historia del Holocausto no puede ser más siniestra. Pero aún nos queda explicar sus antecedentes; la trama que lo ideó y preparó; sus artífices y sus beneficiarios.

En 1917, una fecha sorprendentemente temprana, Arthur James Balfour, Ministro de Asuntos Exteriores británico, escribe una carta a Lionel Walter Rothschild, líder de la comunidad judía en Inglaterra, en la que le asegura el total apoyo de Gran Bretaña al establecimiento en Palestina de la patria judía –national home for the Jewish people. Sin embargo, a los líderes sionistas asentados en Londres, especialmente a Chaim Weizmann y a Nahum Sokolow, les pareció una declaración demasiado ambigua que no correspondía plenamente con sus expectativas. No veían con buenos ojos que se hiciera referencia en ella a los derechos civiles y religiosos de las comunidades no-judías de Palestina, a pesar de que ni se especificaban cuáles eran esos derechos ni tan siquiera se las citaba por su nombre. En cualquier caso, la declaración Balfour hacía surgir nuevas esperanzas en los medios judíos más radicales y se acercaba lo suficiente a sus aspiraciones como para ser aceptada por la Organización Mundial Sionista.

Sin embargo, la declaración Balfour significaba, ante todo, una fragante violación del acuerdo alcanzado entre Hussayn Ibn ‘Ali (Emir de Mekkah) y Henry McMahon, alto Comisionado británico en Egipto. Durante los años 1915 y 1916 ambos mandatarios intercambiaron una profusa correspondencia, cuyo contenido se podría sintetizar en la firme voluntad por parte de Gran Bretaña de favorecer la creación de un estado árabe independiente a cambio de recibir de éste un sustancial apoyo en la guerra que las potencias europeas libraban contra el Imperio Otomano. El juego, sin embargo, resultó ser triple. A mediados de 1916 se celebró una convención secreta entre el representante británico Mark Sykes y el francés Georges Picot –con el asentimiento de Rusia– para dilucidar cómo iban a repartirse las provincias del moribundo Imperio Otomano. En aquel cuerpo despedazado que habían dejado los civilizados europeos quedaba un trozo al que todavía no habían desgarrado sus colmillos –el territorio palestino. Debido a las diferentes etnias y religiones que convivían en él quedaría bajo mandato internacional. La declaración Balfour abrogaba de un plumazo todos esos acuerdos, pactos y correspondencias, y preparaba el terreno para el establecimiento del Estado de Israel a través de la invasión armada de Palestina y la posterior deportación de sus legítimos moradores.

El nuevo asentamiento en Palestina de una población judía pro-británica ayudaría a Gran Bretaña a proteger los accesos al Canal de Suez en el vecino Egipto y le aseguraría una ruta vital con sus posesiones en La India. En cuanto a los judíos, se trataba de volver a pisar “tierra santa”, ahora como hogar definitivo y atalaya desde la que lanzar sus tentáculos de poder a los cinco continentes.

En 1917 desaparece la Rusia imperial y en su lugar se erige la Unión Soviética, que se desliga de los compromisos y alianzas de los zares y por lo tanto del acuerdo Sykes-Picot. Sin embargo, en su haber obran las resoluciones secretas a las que han llegado ambas potencias y decide hacerlas públicas para agonía de los escandalizados árabes que empiezan a entender el triple juego que se llevaban entre manos sus libertadores europeos.

Lawrence de Arabia había hecho su trabajo. Había unificado las tribus árabes y sobre todo había despertado en ellos la consciencia de formar una nación independiente con derecho a gobernarse a sí misma sin la intromisión turca. Pero este sentimiento nacionalista que Lawrence había inoculado en las células de sus muñecos del desierto con elocuente demagogia se volvía ahora contra Balfour y sus enredos. La vigorosa y recién creada nación árabe no estaba dispuesta a permitir que se jugara de forma tan escandalosa con su futuro. Se habían firmado acuerdos y se habían hecho promesas… y habría que cumplirlos.

En mayo de 1939 el gobierno británico cambia de posición y emite un comunicado “administrativo”, recomendando que se limite a 75 mil el número de inmigrantes judíos que puedan asentarse en Palestina y que dicha emigración se concluya en 1944, a menos que los residentes árabes consientan en futuras inmigraciones. Como es de imaginar, aquel nuevo texto no agradó a los sionistas que veían una clara inclinación de la balanza a favor de los árabes.

Sin embargo, la sangre no llegaría al río. Ya hemos visto el valor que tienen los pactos y acuerdos cuando los firmantes son las “potencias” europeas. Entre bastidores se preparaba el Holocausto, un audaz remedio contra las críticas y el posible rechazo de la comunidad internacional a un proyecto claramente injusto y sionista. Pero aquel comunicado había acallado las voces árabes, y el estallido de la Segunda Guerra Mundial y el establecimiento en 1948 del Estado de Israel silenciaron para siempre el juego sucio de británicos y judíos.

Cuerpos famélicos deambulando por los campos de concentración nazis; cadáveres calcinados en fosas comunes y niños desamparados ahora huérfanos y sin una patria a donde ir fueron el cheque en blanco que dio el poder a los lobbies judíos en América y en Europa. Todos los atropellos que pudieran cometer a partir de ahora quedarían sobreseídos por el recuerdo del tremendo sufrimiento que el pueblo elegido de Dios había sufrido en los campos de exterminio.

Los británicos nunca atacaron Auschwitz a pesar de que nada, en realidad, les impedía hacerlo. Los líderes judíos no veían razón alguna para desperdiciar munición en la defensa de sus hermanos. Había que esperar. Aquel sacrificio por el fuego es el que iba a purificar su historia pasada y futura; el que les iba a permitir entrar, por fin, en la tierra, pero no en la tierra prometida, sino en una tierra usurpada.

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