
Philip Giraldi para The Unz Review
El compromiso total de Trump con Israel y su completa subyugación a manos del primer ministro Benjamín Netanyahu, a quien describe como un gran héroe de guerra, al igual que él mismo, significa que muy poco de lo que sale de la Casa Blanca no tenga el sello de aprobación de Tel Aviv. Ciertamente, hay anécdotas extrañas que uno podría compartir casi cada vez que Trump abre la boca, pero las historias de gobiernos idiotas a veces son difíciles de comprender debido a su absoluta inanidad. Si aún queda alguna esperanza de que Estados Unidos sea, de alguna manera, un barco que se hunde y que algún día podría enderezarse, quizás sea mejor asumir que la verdadera conducta criminal proviene de Israel, como el fraudulento «Plan de Paz de Trump» para Gaza que se está planteando actualmente para favorecer los intereses israelíes de crear una Palestina libre de palestinos. Los dos principales negociadores de Trump, los magnates inmobiliarios Steve Witkoff y su yerno Jared Kushner, fingen ser imparciales, pero ambos son fervientes sionistas que han declarado que no ha habido genocidio en Gaza, una opinión con la que el noventa por ciento del mundo discreparía. Ambos, quizás no por casualidad, probablemente ganarían miles de millones con la reconstrucción de Gaza, convirtiéndola en el resort de Trump Riviera. No se permite la entrada a palestinos, por supuesto, y la última palabra de los «Planificadores de la Paz» es que la reconstrucción de Gaza solo se llevará a cabo en la parte de la Franja ocupada por el ejército israelí.
No obstante, una de mis historias favoritas se relaciona con el Premio Nobel de la Paz, una historia curiosa que involucra tanto a Donald Trump como a Israel. La sorprendente ganadora del premio, María Machado, es una opositora del actual gobierno encabezado por Nicolás Maduro, a quien Estados Unidos (y Trump personalmente) se han opuesto desde un golpe de Estado fallido en mayo de 2020, que la DEA de Washington podría haber organizado y apoyado. Como consecuencia de la presión de Washington, Maduro ha roto relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Al mismo tiempo, Maduro critica abiertamente la conducta de Israel en Gaza. Machado ha percibido una oportunidad para obtener un apoyo extranjero sustancial, por lo que ha elogiado a Trump y ha pedido a Estados Unidos e Israel que intervengan en su país y derroquen al gobierno, reemplazándolo, presumiblemente, por ella. Entonces, ¿está la inminente guerra con Venezuela, que presumiblemente matará a mucha gente, relacionada de alguna manera con Trump e Israel? Obviamente -sí.
Aún mejor que Machado es el reciente disparate trumpiano sobre Argentina, que costará toneladas de dinero del contribuyente estadounidense y que, de hecho, ha hecho que los ganaderos estadounidenses se quejen de cómo se está arruinando su sustento. El funcionamiento del mecanismo de control israelí queda bien ejemplificado en la interacción de Trump con el presidente argentino Javier Milei. Milei ha expresado su profunda admiración por Trump y por el Estado de Israel, lo cual es un prerrequisito para robar al contribuyente estadounidense, una maniobra en la que Israel y su tribu son particularmente hábiles. Lo mejor de todo es que el robo masivo se lleva a cabo bajo la protección de la Ley de Concienciación sobre el Antisemitismo del Congreso, que declara que las críticas a Israel están motivadas por el «antisemitismo» y, por lo tanto, constituyen un «delito de odio». Milei ha sido noticia últimamente porque Trump le otorgó un préstamo de 20.000 millones de dólares a través de una «línea de intercambio» con el banco central de Argentina, donde el Tesoro estadounidense intercambiará dólares por pesos para apoyar el peso y el mercado crediticio del país. Trump también ha pedido la importación de 80.000 toneladas de carne argentina barata para reducir los precios en Estados Unidos, una medida a la que se oponen los agricultores estadounidenses, quienes, según se informa, enfrentan dificultades debido a la mala economía y el alza de los precios.
Milei proviene de una familia italiana y fue criado como católico, pero ha cultivado una relación con la numerosa comunidad judía argentina y también con el Estado de Israel, que ha visitado oficialmente, rezando en el Muro de los Lamentos y trasladando su embajada de Tel Aviv a Jerusalén. También se reunió con Benjamín Netanyahu y, según informes, manifestó su deseo de convertirse al judaísmo. Sin embargo, según algunos, pospuso esa posibilidad al ser elegido presidente debido a la necesidad de ejercer su cargo durante el sabbat judío, en el que no se podía trabajar. Sin embargo, su relación con los judíos e Israel se considera extremadamente sólida, y presume de ser el mejor amigo de Israel en Latinoamérica. Es una postura un tanto inusual en Latinoamérica y algo que Donald Trump, quien podría haberse convertido al judaísmo y tiene una hija que también lo ha hecho, respeta profundamente. ¡Así que Milei recibe el dinero norteamericano!
Es interesante observar cómo casi siempre que se analiza un aspecto de la política exterior estadounidense, incluyendo la tendencia de Donald Trump a recurrir a amenazas de violencia que periódicamente derivan en guerras, surge el tema del Estado de Israel. Las encuestas indican que el público estadounidense es cada vez más consciente del dominio israelí sobre la Casa Blanca, esté ocupada por un Joe Biden o un Donald Trump. Ya es hora de una limpieza a fondo en el 1600 de la Avenida Pensilvania, más allá de la construcción de un nuevo y elegante salón de baile, para devolver la Casa del Pueblo al Pueblo y expulsar a los corruptos sionistas que priorizan a Israel para que no regresen jamás. Esperemos que la revolución para restaurar la Constitución y la Declaración de Derechos, y para poner fin tanto a las guerras como a la conexión con Israel, llegue pronto, ¡antes de que sea demasiado tarde!

SONDAS: Tras un breve análisis, similar a los que pululan por los medios, el autor les propone a sus compatriotas una solución inaudita -una revolución para “restaurar” la Constitución y la Declaración de Derechos, y que obvie a Israel y al propio aparato estatal norteamericano. Sin embargo, esta solución no podría funcionar -en caso de que se lograse- ya que no solo habría que obviar a Israel, sino también a Estados Unidos. Estados Unidos es Israel, al igual que el resto de Occidente y sobre todo el Occidente anglo-sajón.
No solo eran judíos los padres de la Constitución, sino también los primeros colonos que llegaron a Cape Cod, una punta en el Atlántico que más tarde formaría parte del estado de Massachusetts. En su equipaje llevaban el proyecto judío de colonizar una tierra que parecía no tener límites, de inmensas riquezas naturales, surcada por ríos como mares. Allí podrían comenzar de nuevo, lejos de las disputas de Europa, de sus viejas querellas religiosas y políticas; pero lejos también de su pobreza. Esta América era aquella tierra bíblica por la que fluían ríos de miel. Y desde allí -la conquista del mundo, literalmente. De esta forma, su poder iría sustituyendo a las cada vez más debilitadas potencias europeas. En cuanto a las poblaciones nativas, sería fácil exterminarlas alegando su barbarie. De ahí -Manifest Destiny, la creencia imperialista en los Estados Unidos de que los colonos estadounidenses estaban destinados a expandirse hacia el oeste a través de América del Norte, y que esta creencia era a la vez obvia («manifiesta») y decretada («destino»). De ahí el exterminio de los Nativos Americanos, misión cumplida.
Sin embargo, y dado que políticamente los Estados Unidos siempre han estado bajo la dirección judía, el proyecto completo era mucho más amplio que la eliminación de los pueblos nativos del continente norteamericano, algo que no hemos dejado ver a lo largo de la historia estadounidense, y cuya culminación vemos hoy en el genocidio del pueblo palestino y los planes de subyugación del mundo entero, literalmente.
Ese proyecto judío -basado en el derecho hegemónico del “pueblo elegido” de Israel- no ha traído, sino miseria a las tierras americanas; tierras por las que ya no fluyen ríos de miel, sino ríos de sangre putrefacta. ¿Qué nuevo ideal podrá levantarse sobre estos pantanos infestados de alimañas? ¿Bajo qué principios, bajo qué creencias, se supone que debería gobernar esta nueva elite post revolucionaria que propone el autor? ¿Debería ser el materialismo sus cimientos? ¿O el cristianismo en su formato católico o protestante? Mas esos son, precisamente, los cimientos que se han resquebrajado.
En principio, deberíamos buscar nuevos materiales no-tecnológicos para levantar nuevos cimientos. Y esos materiales son los que siempre han estado allí -los que nos han albergado, alimentado y proporcionado todo lo que necesitábamos en nuestro paso por la vida de este mundo. Debemos volver a la mecánica y abandonar la electrónica. Debemos volver a la palabra y a la escritura y abandonar la informática porque ahora vemos claramente que el final del camino tecnológico es la destrucción de la Tierra. Más aún, es el camino que nos lleva a la perdición. Debemos resistir a esa corriente que nos arrastra y remontar al origen como hace el salmón. Ésta sería la verdadera “revolución”.
¿Es posible? A nivel individual sí lo es. A nivel geopolítico -difícilmente. En estos momentos poco queda en el platillo del Bien. Ni Rusia ni China pueden ofrecer una alternativa que no esté basada en la colaboración con el Occidente judeo-cristiano-anglo-sajón; con sus valores, su materialismo, sus intereses… La única alternativa real quedó -de facto- eliminada 11 de septiembre de 2001 -parte del programa de implantación del derecho hegemónico del “pueblo elegido”- cuando George W.Bush declaró la “guerra mundial al terror” con el objetivo de eliminar a todos los países árabes que podrían poner en tela de juicio ese derecho. Los otros objetivos: deshumanizar al Islam y a los musulmanes en masa (exceptuando a los más incondicionales colaboradores), pero sobre todo a los palestinos. Misión cumplida -lo vemos hoy con absoluta claridad.
Las comunidades humanas siguen ineludiblemente la corriente de la historia –un flujo imparable que fluye hacia su final. Sin embargo, los que creen y actúan con rectitud están fuera de esa corriente. No los arrastra hacia la obnubilación -y finalmente la perdición- que cerrará este episodio de la existencia.
