Si no hay Dios, ¿puede algo ser objetivamente bueno?

Aparte de la autoridad divina, ¿existe una base ética para el bien y el mal?

Jonny Thomson para BigThink

La teoría del mandato divino es una posición ética que sostiene que debemos hacer solo lo que Dios o los dioses nos ordenan que hagamos. Fue popular en la antigua Grecia y sigue siendo importante en el monoteísmo moderno.

El dilema de Eutifrón de Platón es un desafío a este punto de vista, preguntando si lo “bueno” es solo de esa manera porque Dios lo dice, o ¿Dios solo ordena lo que es bueno?

Si no creemos en Dios, entonces es difícil encontrar una fuente de moralidad absoluta. Si no es Dios, ¿qué garantiza que algo sea bueno?

Estás sentado en casa a punto de sumergirte en una lasaña casera de la que estás bastante orgulloso. Justo cuando te llevas el tenedor a la boca, una voz resuena desde arriba. “¡No te comas esa lasaña!” dice la voz. Frunces el ceño y estás un poco irritado por la interrupción. Después de todo, esta era tu receta favorita. “¿Cómo?” respondes. “¡Yo soy tu Dios!” dice la voz. “Y te prohíbo comer esa lasaña.”

No hay mucho más que decir contra una deidad omnipotente, así que dejas el tenedor y pides una pizza en su lugar.

La pregunta filosófica es esta: ¿Dios al prohibir algo lo hace malo, o Dios condena algo porque es malo? Platón lo planteó por primera vez en su diálogo entre un Sócrates imaginario y Eutifrón.

Teoría de la orden divina

En la Grecia de Platón era una creencia común que el bien y el mal eran simplemente lo que declaraban los dioses. O, en la práctica, lo que decían sus sacerdotes y sacerdotisas. El mayor de los pecados en la antigua Grecia, lo que se llamaba altivez, era ser lo suficientemente arrogante y orgulloso como para ignorar o desafiar a los dioses.

Cuando el rey Creonte, en la obra Antígona, se niega a aceptar la profecía de Tiresias, se considera un sacrilegio y el desastre es inevitable. Cuando el rey Edipo niega el Oráculo de Delfos, acaba por sacarse los ojos con las uñas. Y, como es sabido, cuando Ícaro vuela demasiado cerca del sol, sus alas de cera se derriten y se estrella contra el suelo. La lección es clara: contradice a los dioses y serás castigado. Ser bueno es hacer lo que los dioses quieren que hagas.

Hoy en día, muchas religiones del mundo no son diferentes. El Corán, la Torá y la Biblia contienen códigos morales y legales dados puramente por el edicto de Dios. La Sharia en el Islam, la Torá en el judaísmo y los Evangelios o las cartas de Pablo en el cristianismo (así como los edictos papales para los católicos) definen lo que está bien y lo que está mal. El asesinato está mal porque es un mandamiento. Donar una parte de su riqueza (Zakat) es correcto porque está en el Corán. Amar a tu prójimo como te amas a ti mismo es correcto porque Jesús lo dijo. Esta visión de la ética es lo que se llama la “teoría del mandato divino”.

SONDAS: El problema de la objetividad será siempre irresoluble mientras no introduzcamos en la ecuación el factor de un Agente externo que ha creado la existencia y, por lo tanto, conoce todos sus elementos, sus interacciones, sus desenlaces… el guión completo.

La subjetividad falla siempre pues no puede dilucidar las consecuencias de una simple acción. Piensa que ese hombre que le ha parado en la calle y le ha pedido que le dé la hora acaba de aparecer en pantalla. Mas esa acción la podríamos rastrear hasta el origen mismo del universo. Todos los acontecimientos están concatenados, aunque nosotros los veamos separados e independientes.

En los animales, el comportamiento está definido y diseñado de antemano. Responde a un orden planetario imprescindible –no hay sadismo ni odio en el león cuando devora a una gacela. Sin embargo, es necesario que lo haga para mantener un equilibrio en la ingerencia de material vegetal por parte de los animales herbívoros. El universo no se ha creado para ellos, pues los animales no pueden observarlo ni comprenderlo ni apreciarlo.

En cambio, en el hombre hay algo esencial, su molde primigenio, su fitrah, que debe estar afinado con la objetividad divina, de forma que pueda desarrollarse cognitivamente, en continua interacción con la consciencia. Y ello, porque el universo sí que se ha creado para el hombre –la única entidad viva capaz de observar, comprender, admirar y agradecer esta portentosa creación (ver Apéndice P).

Es precisamente la subjetividad humana la que deforma la realidad de las cosas y establece un continuo conflicto entre los seres humanos, ya que la subjetividad, cualquier subjetividad, contradice, en muchos casos, a la fitrah.

Si le negamos al hombre la posibilidad de tener más de una esposa al mismo tiempo, le estaremos arrojando al adulterio, a completar su deseo esencial con prostitutas o amantes ocasionales, eliminando en él todo sentido de responsabilidad. Por lo tanto, en el Corán se le permite al hombre tener hasta cuatro esposas. Y de esta forma, se afina su fitrah con la objetividad divina.

Por otra parte, si la fitrah tiende de forma natural a armonizarse con la objetividad divina, ¿para qué necesitamos los textos revelados? Para librarnos de las engañosas capas de la cultura, una fitrah artificial basada, precisamente, en la subjetividad humana, y que pretende sustituir a la verdadera fitrah.

De forma natural, el hombre se adecua a su naturaleza y se reconoce como varón o como hembra, sin que en ningún caso pueda haber la menor duda al respecto. Y esa evidencia, en acuerdo con su estructura biológica, le hará buscar y desear al sexo contrario. Sin embargo, este orden natural es alterado por la cultura, que propone al hombre la necia duda cartesiana: “¿Seré realmente un hombre? ¿No será el sexo, el género, una imposición tiránica? ¿Acaso no deberíamos ser nosotros, cada uno de nosotros, quienes lo eligieran? ¿Por qué no?” Este es el punto de máxima inflexión –¿Por qué no? Sabemos que nos dirigimos a una posición contra natura, pero la cultura nos anima a probar: “Sin duda que es una aberración, pero ¿por qué no?” La cultura es duda en cuanto que el modo de penetrar en lo prohibido, en lo que nos desarmoniza con la objetividad divina.

Obviamente es ridículo comprarse unos pantalones vaqueros rotos o manchados de lejía, pero la cultura nos induce a “probar”: “¡Vamos! Cómpratelos. Es la moda. Estamos rompiendo moldes.” Mas lo único que estamos haciendo es el ridículo –nos estamos humillando a nosotros mismos.

La subjetividad filosófica, científica, académica… rompe el enlace del hombre con la objetividad divina, corta el vínculo con su fitrah, y lo arroja al espacio intersideral de la confusión y de la insatisfacción.

El hombre solo calma su ansiedad cuando consigue la concordia entre su fitrah y la objetividad divina, transportada en los textos revelados.