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I- LUTERO

La bomba de relojería que Pablo de Tarso había colocado en el corazón mismo de la creencia cristiana resultó ser tan destructiva para los que siguieron sus innovaciones como para el propio “judaísmo”. Habiendo sido éste barrido de Europa y de Oriente Medio, perseguido y mancillado, no les quedó a los judíos otro camino que el de “convertirse” a la falsa religión que ellos mismos habían fabricado.

(83) Cuando llegaron a ellos sus Mensajeros con las pruebas claras se jactaron del conocimiento que tenían, y les rodeó aquello de lo que se burlaban.
Sura 40 – Ghafir

Una vez más, su maquinación se había vuelto contra ellos. Ahora se trataba de socavar desde dentro los pilares mismos del Vaticano colocando es sus bases el corrosivo ácido de los errores que los propios judíos habían introducido en el credo de Isa (a.s).

Guillermo de Ockham había nacido en Ockham, Inglaterra, en 1285. Siendo muy joven ingresó en la Orden franciscana en cuyo seno, como en el de la Iglesia, se debatía por aquel entonces el tema de la estricta visión del concepto de pobreza por parte de su fundador. Al haber deificado a Isa (a.s), los cristianos se encontraban sin un modelo humano al que seguir; y al haber excluido la Ley que Allah el Altísimo había revelado a Musa (a.s), carecían de un cuerpo legislativo que les permitiera gobernar o, al menos, establecer amplias normas de comportamiento. Todo ello hacía que proliferasen las órdenes y las comunidades religiosas, y que en sus credos hubiese elementos, más o menos velados, contrarios a los de Roma. Pero el trabajo de Ockham iba más allá de estas disputas de frailes; su pasión por la lógica le hizo desarrollar un método de análisis aplicable también a la teología. Insistía en evaluar los temas de forma racional, otorgando una total confianza a las capacidades cognoscitivas del hombre. Desde su legalidad de franciscano este judío de Surrey estaba introduciendo una visión laica del conocimiento. Durante su estancia en Aviñón conoció al general de la Orden, Miguel de Cesena, y a su ministro general, Bonagratia –ambos en abierta confrontación con el papa Juan XXII. Cuando la polémica llegó al punto de ruptura, los tres franciscanos se refugiaron en Pisa en el año 1328, bajo la protección de Luis IV de Baviera, quien había sido excomulgado cuatro años antes, perdiendo su legitimad como emperador del Sacro Imperio Romano. Franciscanos y agustinos abrían un claro frente no sólo contra el lujo papal, tan contrario a la forma de vida de Isa (a.s), aunque se tratase del hijo de Dios, sino también contra el tomismo y su influencia aristotélica. Impregnados de las corrientes esotéricas sufís, basaban su teología en los principios neoplatónicos-agustinianos claramente expresados por el franciscano italiano Buenaventura. Cuando de vuelta a Inglaterra Guillermo de la Mare escribe su obra Correctorium fratris Thomae, una crítica a los escritos de Tomás de Aquino, Bonagratia la aprueba como texto básico para toda la Orden, prohibiendo la lectura de la Summa theologiae de Aquino si no era cotejada con el Correctorium. La influencia del Islam en la Orden franciscana se refleja incluso en sus normas –la norma XVII exhorta a los monjes a mantener, allí donde se diera el caso, una relación fraternal con los musulmanes, hecho éste que explicaría la presencia de conventos franciscanos en la mayoría de los países musulmanes.

En el plano secular, ya desde su ascensión a la corona imperial, Luis IV abría otro frente al luchar por el derecho a elegir al emperador con independencia papal. Ockham muere en 1349 –posiblemente a causa de la peste negra, pero la corriente subterránea continua. En 1340 nace en Deventer, Holanda, Gerard Groote. Como es habitual en la biografía de los judíos, también en su caso se desconoce su genealogía. Lo único que sabemos de él es que era hijo de una “pudiente familia” que lo envió a París para estudiar teología. Pero el acontecimiento realmente importante de su vida será el encuentro en 1371 con Florentius Radewunius, otro judío holandés, originario de Leerdam, en la región de Utrecht, que estudia en la universidad de Praga y más tarde es nombrado vicario de Deventer. Juntos fundan un centro de copia de manuscritos –uno no puede por menos de preguntarse qué manuscritos podían circular en el siglo XIV en la Europa del Norte si no eran manuscritos árabes traducidos al latín. Este centro dará lugar a la Comunidad de Hermanos, una orden aprobada por el papa Gregorio XI que influenciará decisivamente los patrones de la educación primaria y secundaria de toda Europa estableciendo grados académicos y libros de texto, algo que los jesuitas de Francia desarrollarán de forma más efectiva. Erasmus de Rotterdam será uno de los muchos “sabios” europeos que estudien en las instituciones educativas de la Comunidad de Hermanos. Cada vez son más robustos los pilares del edificio laico judío. Del centro de copia de manuscritos y de las instituciones educativas de la Comunidad, las logias masonas recogerán un conocimiento y a la vez un método de estudio y de investigación que desembocará en la Royal Society y en el posterior y vertiginoso desarrollo tecnológico propiciado desde el positivismo, afluente del mismo río.

Si hasta ahora los judíos se habían ido infiltrando en la Iglesia creando órdenes “religiosas”, comunidades “espirituales”… para de esa forma controlar y transformar el catolicismo en instrumento suyo, a partir de la Reforma esos mismos judíos se irán transformando en ideólogos políticos y en una nueva clase social que pronto adquirirá el papel sacerdotal que ha perdido Roma –la comunidad científica que reducirá la inabarcable realidad al tamaño de sus limitadas capacidades cognoscitivas. El Dictionnaire historique et critique que Pierre Bayle publica en 1697 es una buena prueba de ello. Ambas congregaciones, la católica y la protestante, tachan este trabajo enciclopédico de herético y contrario a la “ortodoxia” de las dos Iglesias, algo que ya no convence a nadie. A través de eruditas anotaciones, anécdotas y comentarios, el famoso diccionario de Bayle adquiere la forma de un tratado en el que se preconiza la superioridad del más radical escepticismo, del ateísmo y del epicureísmo por encima de cualquier sistema religioso, método éste que los enciclopedistas del siglo XVIII utilizarán en todas sus obras. El físico alemán Georg Lichtenberg que nace en 1742 y muere rozando el siglo XIX, ridiculiza en sus Aforismos toda aproximación metafísica al conocimiento sin tener ya que utilizar ningún tipo de lenguaje cifrado. En 1854 aparecerá la obra más importante de Auguste Comte System de politique positive, en la que básicamente expone su rechazo a la teología y a la metafísica como modos imperfectos de conocimiento, al tiempo que propone la investigación positiva basada en los fenómenos naturales, en sus propiedades y relaciones, que sólo las ciencias empíricas pueden verificar. Ésta y otras corrientes subterráneas, en las que los judíos han ido vertiendo su concepción atea y antropomórfica de la existencia, desembocarán en el océano de la Revolución Rusa, donde se mezclarán y se desarrollarán hasta dar nacimiento al nuevo superhombre, ésta vez de origen humilde, de origen proletario, pero investido de la misma tarea divina de vencer al mal, a la opresión, a la tiranía y de conducir a la humanidad hacia un luminoso futuro de libertad.

Sin embargo, y a pesar de estos robustos pilares milenarios, los judíos no lograban plasmar en una nítida imagen su larga experiencia. Se habían creado órdenes, logias, sociedades secretas… pero no había una sociedad capaz toda ella de aunar lo material con lo espiritual, lo secular con lo clerical; una sociedad que no necesitase reyes ni papas.

Las aguas subterráneas holandesas aflorarán en Alemania dando lugar al desbordante río de la Reforma. Martín Lutero tiene la respuesta. Las elites judías europeas llevan siglos buceando en el Islam de al-Ándalus y de Oriente. Allí está la solución. El propio Lutero lo enuncia en los prolegómenos de su propuesta teológica –construir una sociedad de sacerdotes seculares. Ese ha sido el éxito del Islam. Por ello, las sociedades musulmanas no han necesitado papas ni vaticanos, obispos ni concilios… no les ha hecho falta atormentar a sus sabios con el celibato ni diferenciarles del resto de los creyentes con chamánicos uniformes. Todos ellos son santos que trabajan, se casan y tienen hijos; santos que llevan el Mensaje del Todopoderoso hasta el último rincón de la Tierra y lo hacen a riesgo de sus bienes y personas; santos que luchan, que escriben tratados teológicos, matemáticos, de astronomía… Lutero ha encontrado la solución, pero quiere encubrir la fuente. Toma del Islam todos los elementos de su reforma, pero deja la Trinidad, la deidad de Isa (a.s), ya que es el principio que separa el cristianismo del judaísmo y del Islam; un principio erróneo y blasfemo que no va a dejar de horadar el cerebro de católicos y protestantes como si de una barrena se tratase. Sin embargo, los elementos islámicos que tiene en la mano son más que suficientes para enfrentarse a Roma, denunciar sus absurdas innovaciones y crear una nueva Iglesia.

¿De dónde tomó Lutero esos principios islámicos y ese odio por el extravagante lujo de Roma? Todo eso lo tomó de la Comunidad de Hermanos, con quienes también él estudió en uno de sus colegios en Magdeburgo.

Se rompen las imágenes; se bautiza con agua a una edad en la que la persona es capaz de comprender lo que está pasando, no a las pocas semanas de nacer; se elimina la confesión, pues no puede haber intermediarios entre el Creador y el hombre; la Biblia se convierte en un libro que todo creyente debe leer y sacar sus propias conclusiones; nadie, tampoco el papa, está investido de infalibilidad; la mayoría de los santos son invenciones populares y de los clérigos y por lo tanto se deberán revisar sus vidas y su realidad histórica antes de considerarlos como tales.

Junto a tan saludable purga corrían otras aguas más turbias. Lutero era ese anhelado segundo Pablo de Tarso y como él llevaba escondidas en algún lugar de su vestimenta dos potentes bombas de relojería –el capitalismo y el colonialismo.

La Reforma, siguiendo el método judío por excelencia, fue una revolución en toda regla; una revolución que, como el resto de las revoluciones promovidas por los ideólogos judíos, costó innumerables vidas humanas; en realidad, simples peones, marionetas que se movían al son de su clarín hechicero. Sigamos, a vuelo de pájaro, todo el proceso.

En otoño de 1517 un suceso, aparentemente insignificante, va a cambiar el rumbo de la historia europea. El dominico alemán Johann Tetzel había comenzado a introducir en sus prédicas a los fieles la idea de que la obtención de una bula papal llevaba consigo la remisión de los pecados. Aquella proposición irritó a Lutero de tal manera que se decidió a escribir un borrador con 99 tesis dirigido al arzobispo Alberto de Mainz, en el que le exhortaba a que pusiese fin a los extravagantes sermones de Tetzel. Las 99 tesis llegaron a Roma y comenzaron a circular por toda Alemania. El espíritu del borrador iba más allá de un mero rapapolvo teológico; se dirigía como una flecha envenenada al corazón de la Iglesia y del Vaticano. Muchas de las tesis comenzaban con la palabra “cristianos” en vez de católicos y la propuesta de la tesis 86 era claramente provocativa –“¿Por qué el papa, cuya riqueza es mucho mayor que la del César, no construye la basílica de San Pedro con su propio dinero y no con el de los creyentes?”

En el verano de 1518 la causa Lutheri se ha complicado más de la cuenta y es llamado a Roma para ser examinado sobre sus doctrinas. Frente a él va a estar la cabeza de la Orden dominicana, el italiano Gaetano, un acérrimo defensor del tomismo y uno de los hombres mejor preparados de la curia romana. No obstante, la confrontación teológica no llevó a ninguna parte. Sabiéndose en peligro y contando con la protección de Federico III de Sajonia, Lutero huye a Wittenberg, desde donde promulga una llamada a un concilio general de la Iglesia para que sean escuchadas sus proposiciones. Mas el Papa León X ya ha tomado partido y ha declarado herética la doctrina de Lutero. La mecha, sin embargo, ha comenzado a arder y se dirige como una serpiente perseguida en dirección a un barril de pólvora –la Reforma está en la calle, en el clero, en las instituciones educativas… corre de boca en boca y sus partidarios se cuentan ya por miles. En 1520 Lutero arroja la bula papal a una hoguera que habían encendido algunos de sus estudiantes en las afueras de la ciudad. En ella se condenaban por heréticos 41 puntos doctrinales que habían aparecido en sus diferentes escritos. La respuesta de Roma a tal desafío no se hizo esperar –en 1521 Martín Lutero es excomulgado. Mas el asunto no podía zanjarse de ese modo, precisamente porque la Reforma venía a expresar el descontento generalizado de la cristiandad por la autoritaria y en la mayoría de los casos injustificada forma de actuar que tenía la Iglesia católica. Quizás por ello se decide convocar en ese mismo año una asamblea en Worms en la que Lutero pueda defender personalmente su posición. Se trataba en el fondo de lograr que se retractase de esos 41 puntos “heréticos”, de forma que las aguas volviesen a su cauce. Lutero, sin embargo, no se retractó de ninguno de los principios doctrinales que le separaban radicalmente de la Iglesia y tras una intensa actividad diplomática de unos y otros, Carlos V firmó el Edicto de Worms, por el que se declaraba a Lutero hereje y por lo tanto reo de muerte. Antes de ser apresado, soldados de Federico III lo “secuestran” y lo llevan al castillo de Wantburg, donde permanecerá escondido hasta finales de ese mismo año. Durante su estancia en Wantburg, Lutero llevó a cabo una de las grandes tareas que justificarían la redacción de la Biblia Septuaginta –su traducción al alemán. Con ello apuntalaba todavía más los muros del edificio laico judío –establecía la base del nacionalismo alemán, sostenido desde ahora por una misma lengua vernácula, al mismo tiempo que transvasaba la visión judía de la historia con todas las falsificaciones que éstos habían vertido en la traducción al griego de la Biblia siriaca. Y de alguna forma, aquí acaba su tarea, también su fama. Cuando vuelve a Wittenberg, se encuentra con una situación totalmente distinta a la que en un principio debería haber prevalecido tras el Edicto de Worms. La Reforma ha dejado de ser una cuestión teológica para convertirse en una propuesta política, económica y social. Los teólogos, el clero… ya no serán los encargados de dirigirla ni de interpretarla. Serán ahora los campesinos, los ideólogos, los príncipes y los intelectuales laicos los que debatan su aplicación. Para colmo de males, han surgido otros líderes con una visión más social y radical que la del propio Lutero, dispuestos a ser ellos quienes lleven hasta sus últimas consecuencias aquel borrador de 1517 y sus 99 tesis. Lutero creó una estructura teológica capaz de sostener el creciente y generalizado rechazo del Norte de Europa al papado, a su credo y a sus ritos; rechazo, a su vez, compartido por muchos de los principales actores políticos de la época.

Sin embargo, el enlace que ensamblará los elementos todavía sueltos del edificio laico judío será Thomas Müntzer, verdadero precursor del marxismo y tan visionario que incluso en el siglo XVI intuyó la Revolución Rusa sin necesidad de pasar por la francesa; demasiado visionario para su tiempo y, como todo judío, demasiado apocalíptico. Fue el líder indiscutible de las revueltas de campesinos de Alemania que acabaron en una total masacre; revueltas contra las que se opusieron Lutero y Erasmo –uno por prudencia y otro por mezquindad. El fracaso de la revuelta le pareció a Müntzer ser el juicio de Dios sobre una gente todavía impura para la enorme tarea que se había impuesto a sí misma, pero en absoluto le pareció la derrota de su idea de una nueva sociedad. Müntzer fue detenido, torturado y en mayo de 1525 ejecutado. Su verdadera misión debería esperar casi 400 años antes de poderse realizar.

La labor de Lutero ha terminado. Sus aguas se desparramarán por sangrientas simas, por guerras interminables; producirán las amargas plantas de seudopapados, inquisiciones, sistemas políticos y económicos tan malsanos como los que pretendían eliminar. El protestantismo no sólo cercena la autoridad absoluta de la Iglesia de Roma, sino también la de Dios. Después de crear el universo y de predestinar el destino de todas Sus criaturas, no Le ha quedado otra función que la de retirarse del escenario existencial y descansar en algún paraje metafísico. Ahora, el hombre no tendrá otra elección ni otra responsabilidad que la de vivir plenamente el destino que se le ha decretado de antemano. Si soy rico y blanco –la raza superior– es porque así lo ha querido Dios, así me ha predestinado. Me ha dado los medios para atesorar la riqueza que poseo y el derecho a servirme de los que ese mismo decreto ha hecho negros, o indios, o aborígenes… pobres e ignorantes. Dios los ha maldecido y los ha condenado a la esclavitud perpetua y a servir con humildad a sus hermanos blancos.

Y despertó Noé de su embriaguez, y supo lo que había hecho su hijo más joven, y dijo: Maldito sea Canaán; siervo de siervos será a sus hermanos. Dijo más: Bendito por mi Dios sea Sem, y sea Canaán su siervo. Engrandezca Dios a Jafet, y habite en las tiendas de Sem, y sea Canaán su siervo.

Génesis 9:24-27

El burdo concepto protestante de predestinación nada tiene que ver con el Decreto Divino. Éste responde a una sabiduría que sólo Allah el Altísimo puede concebir y que le está velada al hombre, cuyo raciocinio no puede comprender. Mas lo que sí puede comprender y sentir plenamente es, por una parte, que ese decreto es el mejor posible y el más misericordioso; y, por otra, que el hombre tiene plena responsabilidad de sus actos. En ningún Libro Revelado se ha dicho que el blanco sea superior al negro ni el rico al pobre. De ser así, deberíamos concluir que los Profetas han sido las criaturas más inferiores y malditas de la creación, pues todos ellos eran pobres y muchos de ellos negros o de tez muy oscura, oscura como la tierra de la que hemos sido creados.

Y vino un escriba y le dijo: Maestro, te seguiré a donde quiera que vayas. Jesús le dijo: Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos, más el hijo del hombre no tiene donde recostar su cabeza.

Mateo 8:19-20

Con la predestinación en la mano y la eficacia, el éxito, la riqueza y la blancura como sus manifestaciones divinas, los protestantes van a establecer un salvaje capitalismo y el más atroz colonialismo. Cientos de pueblos van a ser invadidos, sus riquezas expoliadas y sus habitantes masacrados o esclavizados. Estos nuevos misioneros van a concluir que los negros, los indios y todos aquellos que presentan rasgos faciales diferentes a los del hombre blanco han sido maldecidos por Dios y entregados a satanás y por lo tanto ningún cristiano debe casarse con ellos ni ser su amigo ni su vecino, ni tampoco su compañero de clase o de trabajo… Todavía en 1967 había, de facto, una fuerte segregación racial en los Estados Unidos. En Sudáfrica, colonizada por los holandeses, el apartheid continuó oficialmente hasta bien entrados los 90.

A mediados del siglo XIX, John L. O’Sullivan acuñaba en su revista United States Magazine and Democratic Review de julio-agosto de 1845, la expresión the manifest destiny, una obra de arte semántica que podríamos traducir por la “inevitabilidad del destino”. Los congresistas adoptaron rápidamente el término en sus debates sobre la expansión del continente, ahora santificada por la Providencia. Aunque en un principio se presentó como un postulado de los demócratas, a partir de 1890 pasó a convertirse en piedra angular de la política republicana. “Nada podemos hacer por evitar nuestro avance hacia el Pacífico, hacia Méjico, hacia las islas, hacia Alaska… está escrito… dominar el mundo es nuestro inevitable destino.”

De esta forma, los protestantes voceaban el discurso de sus ventrílocuos –el manoseado concepto de “pueblo elegido”. El pueblo de Israel era ese pueblo elegido, actuando ahora bajo la cobertura de los países ricos europeos y de los esforzados colonos americanos. Un día, no obstante, tendrían su propia tierra y ese día todos los demás pueblos deberían someterse a ellos y servirles, como la manifestación de un “destino inevitable y providencial”.

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American Progress de John Gast, representación alegórica de Manifest Destiny

En la Biblioteca del Congreso, Washington, D.C., se conserva una cromolitografía de 1873 titulada The Manifest Destiny, réplica de la pintura original de John Gast que en 1872 le encargó George Crofutt, editor de una popular serie de guías para viajar al Oeste. El cuadro muestra el paisaje paradisiaco de una Arcadia perdida entre bucólico y amenazador. En la parte derecha hay un cielo luminoso y despejado bajo el cual se despliega la civilización del hombre blanco –al fondo se pueden distinguir barcos surcando un ancho río; el ferrocarril atravesando las hasta ahora inhóspitas praderas del oeste americano; una elegante diligencia tirada por seis caballos que corren a todo galope… Delante, un grupo de colonos que llenos de determinación van arando la tierra mientras caminan. La parte izquierda, en cambio, está mucho más oscura. Negros nubarrones se ciernen sobre ella. Todavía no ha llegado la civilización europea y la barbarie india prevalece –se ven manadas de búfalos y un bravo jinete que cabalga hacia ellos con la intención de alejarlos de una tierra en la que pronto crecerá abundante pasto para sus ganados; un grupo de indios huye, como los búfalos, hacia el oeste donde no tendrán más opción que arrojarse al océano o perecer en las interminables deportaciones que el hombre blanco les impondrá con implacable eficacia. Parece “inevitable” el destino de unos y otros. Pero ¿quién legitima este escenario? Una bellísima mujer con una larga y dorada caballera que vuela por encima de los colonos como su líder, su guía… su razón de ser. No aparece entre las nubes la honrosa cabeza de un venerable anciano representando a Dios como en las pinturas renacentistas de Miguel Ángel, ni el Profeta Musa portando la Ley. América no se va a construir sobre una religión ni sobre Ley Divina alguna. Esa hermosa mujer lleva debajo de su brazo derecho un libro como símbolo del conocimiento, de la observación, del análisis, de la investigación… y de ese mismo brazo le cuelga una madeja de hilo cuyo extremo sostiene con la mano izquierda; es el hilo del telégrafo, símbolo de la tecnología, del progreso que los indios –inevitablemente– no han sabido entender ni desarrollar.

II-CALVINO

El otro padre de la Reforma –Calvino– trabajó incansablemente por establecer todas las instituciones contra las que con tanto ahínco habían luchado los reformistas; entre ellas, la Inquisición. Se trataba de sustituir a Roma, no de eliminar el poder eclesiástico que ahora, sin la pompa papal, se ocuparía cada vez más de los asuntos mundanos. Calvino establece la Academia Genovesa como un centro humanista en el que preparar a los estudiantes para que ocupen puestos de liderazgo secular. En este sentido, la verdadera corriente reformista, la más eficaz en la tarea de edificar la macro estructura laica judía, fue la de Erasmo de Rotterdam, cuyas aguas tintó con el nombre de humanismo. El hombre se convierte en la medida de todas las cosas y, lo más importante, posee las capacidades suficientes para desarrollar un conocimiento sin límites, un poder que no necesita de ningún dios. De haberles importado el espíritu, el verdadero credo transmitido por los Profetas desde la noche de los tiempos, ¿habrían dejado intacto esos padres reformistas el aberrante concepto de la Trinidad? ¿La chamánica visión de la eucaristía? Ya hemos visto que estos blasfemos principios son, precisamente, los que han separado al cristianismo del judaísmo y del Islam, convirtiéndolo en una religión independiente y excluyente de todo lo demás. Este hecho quedó de sobras probado en el caso Servet. Al-Ándalus, donde la cruz cristiana había enterrado el Islam a finales del siglo XV, seguía dando las mentes más lúcidas y libres de Europa. Miguel Servet no tenía que hacer concesiones a nadie y desde la irrefutable perspectiva islámica atacó con virulencia tanto a católicos como a protestantes, ya que ambas corrientes seguían siendo esclavas del concilio de Nicea. Su visión cristiana, contraria a la Trinidad, le hizo mantener una profusa y crispante correspondencia con Calvino. Aquellas cartas mostraban claramente la superioridad teológica del sabio español y la mediocridad intelectual de Calvino. Por ello, cuando en 1553 publica su gran obra Christianismi Restitutio, añade al final del volumen las treinta cartas donde se plasma su polémica con el reformador ginebrino. Aquello supuso el mayor escándalo teológico de la época y tan indignado se sintió Calvino que lo denunció a la Inquisición. Se le encarceló en Viena y su libro fue quemado. De alguna forma, hasta hoy desconocida, logró escapar de la prisión. Se dirigió a Nápoles, y para ello se vio obligado a pasar por Ginebra, donde fue reconocido en una iglesia y denunciado por Calvino a las autoridades. Después del fraudulento juicio en el que fue declarado hereje, los católicos estaban dispuestos a liberarle o, al menos, a reconsiderar la sentencia. Sin embargo, Calvino presionó para que se le condenara de forma definitiva y absoluta y se le quemara vivo. Los calvinistas de Ginebra se encargaron muy gustosos de ejecutar la orden de su superior utilizando leña verde para que durase más el suplicio. Aquel crimen contra una de las mentes más penetrantes que ha dado la cristiandad europea causó un profundo malestar en las propias iglesias reformistas, pero Calvino les obligó a que aprobasen su conducta y el propio Melanchthon lo calificó de pium et memorabile ad omnem posteritatem exemplum.

Este es el trabajo en el que siempre han destacado los judíos –falsificar, encubrir y asesinar a las verdaderas elites de la humanidad. Miguel Servet había sido ajusticiado de forma salvaje por los humanistas y reformadores europeos, pero su obra influenció de forma decisiva a Laelius Socinus, el más importante, quizás, de los nuevos impulsores del unitarismo anti-trinitario. Al mismo tiempo, Peter Gonesius, un estudiante polaco, defendió varias de las tesis de Servet en un sínodo de la Iglesia Reformada de Polonia, lo que dio origen a un cisma entre las diferentes posiciones de las iglesias reformistas y a la formación de la “Iglesia Menor Reformada”, también conocida con el nombre de “Hermandad Polaca”, que llegó a tener 300 congregaciones en todo el territorio de la Rzeczpospolita –el estado más grande de Europa en aquel tiempo, formado por Polonia y Lituania. Y de la misma forma, los postulados de Servet llegan a John Biddle, el máximo exponente del unitarismo en Gran Bretaña. Esta corriente servetiana anti- trinitaria será una y otra vez perseguida y aplastada por el movimiento anti-reforma primero, y por los jesuitas después. Sin embargo, logrará sobrevivir hasta el siglo XX. En 1928 el acuerdo entre la Asociación Unitaria Británica y Extranjera con la Conferencia Nacional dio como resultado la fundación de la Asamblea General Unitaria y de las Iglesias Cristianas Libres. El unitarismo anti-trinitario podría ser en un futuro cercano el lugar de encuentro de todos los cristianos del mundo que buscan con sinceridad la luz de la verdad, y al mismo tiempo el enlace con el Islam.