I-EL CENTRO CIVILIZADOR SE PASA A EGIPTO

Los cimientos del edificio laico iban robusteciéndose, pero los judíos querían un templo indestructible. Había, pues, que seguir levantando pilares hasta construir una estructura capaz de soportar los vientos más huracanados. Y eso fue lo que hicieron con la ayuda del judío romanizado, Flavio Josefo, quien presentó un texto llegado –según su versión de los hechos– de la antigüedad egipcia. Veamos cómo se confeccionó la artificiosamente afamada Aegyptiacas (Historia de Egipto) de Manetón.

El libro se consideró durante siglos como una certera interpretación de la antigüedad, provisto de una clara y definitiva cronología perfectamente afinada con la bíblica. Las perspectivas no podían ser más halagüeñas. Sin embargo, cuando analizamos los estudios sobre la obra, aparece el desencanto junto con la sospecha de estar ante un trabajo inútil y tendencioso.

En primer lugar, del autor de la obra mencionada no tenemos, sino unos exiguos y ambiguos datos biográficos, de los que ni siquiera podemos deducir su realidad histórica. Incluso su nombre resulta controvertido, sin poder llegar a un acuerdo en cuanto a su significado. Para algunos, podría significar “Verdad de Tot”. W.G. Waddell, en cambio, se inclina por “Don de Tot”, “Amado de Tot” o “Amado de Neit”. Cuando llegamos a Cerny la disparidad se acentúa aún más ya que al hacerlo derivar del copto, le da el significado de “mozo de cuadra”. Tampoco podemos estar seguros de si Manetón es un nombre propio o hace referencia a un cargo sacerdotal. Por su parte, Plutarco, en su libro Isis y Osiris, menciona el hecho de que Suidas considerase que Manetón no era el nombre de un solo autor sino de dos diferentes, adscritos a dos ciudades distintas.

De esta forma, los primeros datos que nos llegan parecen indicar que Manetón pudo haber sido el nombre de un individuo, un título, o un aglutinador de varios nombres correspondientes a personas diferentes. La falta de una mínima información biográfica fiable descalifica el texto como material histórico verificador. Tampoco la pretendida pertenencia de Manetón al clero egipcio parece probada, ya que su propia identidad como alguien que vivió en un lugar y en un tiempo determinados, y que ejerció una función específica y conocida, resulta indemostrable.

Por otro lado, la mayor parte de sus obras nos han llegado de forma fragmentaria, y presentan serias dudas de que fuera Manetón el autor de las mismas.

No obstante, la obra que realmente nos interesa analizar es la Historia de Egipto, cuyo texto original no existe. Lo único que tenemos a nuestra disposición son fragmentos que nos han llegado a través de dos transmisiones diferentes –la primera la constituyen las citas del propio Flavio Josefo; y la segunda, las referencias que los Padres hacen a Manetón, si bien éstas no provendrían de la obra misma de Manetón, sino de otras, a las que no se menciona. En todo caso, la finalidad del montaje Josefo-patrística era la de hacer coincidir los relatos bíblicos con la cronología de antiguas civilizaciones como la egipcia.

Empezamos a comprender la importancia oblicua de esta obra. De forma elíptica se nos está diciendo que tal prodigio de la literatura egipcia, en realidad, nunca existió. Si escudriñamos convenientemente la vida de Josefo, entenderemos la maniobra que llevó a cabo para apuntalar el prestigio de la cultura judía frente a la griega, y confirmar la “verdad histórica” del éxodo judío.

Josefo nació alrededor del año 37 d.C. en el seno de una familia sacerdotal de Judea ligada a la monarquía de los Asmoneos o Hasmoneos, denominación adoptada por Flavio Josefo para designar a la dinastía judía de los Macabeos, desde Simón (143-135 a.C.) hasta Antígono (40-37 d.C.), tomándola de Hasmon, un antepasado de la misma. La principal fuente para acercarnos a los Asmoneos es Flavio Josefo, pues los dos libros del Antiguo Testamento sobre los Macabeos sólo abarcan desde Seleuco IV (187 a.C.) hasta el asesinato de Simón Macabeo (134 a.C.). De esta forma, Flavio Josefo se erigió en uno de los grandes artífices de la historia antigua, haciéndola coincidir, geográfica y cronológicamente, con sus intereses de judío resentido.

En el año 64 se trasladó a Roma para conseguir de Nerón la liberación de algunos sacerdotes judíos, amigos suyos, capturados durante las revueltas judías contra los romanos, causa por la que será procesado y encarcelado, siendo liberado al poco tiempo gracias al “apoyo” de Popea Sabina, esposa del emperador.

Tras su vuelta a Jerusalén, en el año 66, estalla la Gran Revuelta judía y es nombrado por el Sanedrín de Jerusalén comandante en jefe de Galilea, con la misión de organizar y dirigir su defensa. Capitula en el verano del año 67 tras seis semanas de haber defendido la casi inexpugnable fortaleza de Jotapata. La mayoría de sus compatriotas fueron asesinados. Josefo será capturado y llevado ante la presencia del por entonces general Vespasiano, ante quien hará gala de su gran formación y le vaticinará que pronto será nombrado emperador. Al cumplirse su predicción (susurro de los yin) es liberado en el año 69, pasándose a llamar Flavio Josefo. En ese mismo año se unió al séquito de Tito, hijo de Vespasiano, en su marcha hacia Judea, siendo testigo ocular de la destrucción de Jerusalén y del Segundo Templo, y participando como mediador entre ambas partes. Preferimos no imaginarnos en qué consistió la mediación de Josefo; en todo caso, no debió de ser muy favorable a sus compatriotas judíos, pues en el año 71 viaja a Roma y por orden del emperador se le otorga una pensión vitalicia, la ciudadanía romana bajo el nombre de Tito Flavio y la casa que fuera otrora residencia del mismísimo Vespasiano.

Josefo se ha movido entre dos aguas –luchando contra los romanos y sirviéndoles. Si esa simpatía fue sincera o movida por intereses de salvaguardia, lo cierto es que al final de su vida sufre el desengaño de la gran Roma y decide escribir una historia de Egipto en lengua griega que demuestre la longevidad del pueblo de Israel y lo bien fundado de sus tradiciones religiosas.

¿Existió verdaderamente Manetón? Si existió, no fue, desde luego, el autor de Historia de Egipto tal y como nos ha llegado, fragmentada, de la mano de Josefo. Quizás hubo un texto base –y muy probablemente no en griego– que el historiador judío utilizó para su trabajo apologético, modificando el texto original o creándolo él mismo para demostrar la supremacía racial, histórica y cultural-religiosa de los israelitas.

La historia, sin embargo, no termina aquí; tampoco sus consecuencias. Eliminando la fuente primera –si es que alguna vez la hubo– Josefo pasa su visión –apoyada en un Manetón inventado o manipulado– al cristianismo, que enseguida la acepta necesitado como estaba de identificar su origen con el judío, con la Taurah y sus Profetas. Esos Padres “historiadores” se encargarán de corromper lo poco que Josefo había dejado intacto, añadiendo y cambiando todo aquello que sirviese para lograr un nuevo texto a su favor.

La patrística –la segunda fuente a través de la cual nos ha llegado la obra de Manetón– tomó como tarea el adulterar un texto que ya estaba adulterado. Eusebio elaboró en su Crónica una serie de cuadros sincrónicos cuya finalidad consistía en probar que la religión judía era la más antigua del mundo y, a través de ella, como su legítima sucesora, lo era la cristiana. Prescindiendo de su valor en relación a la obra de Manetón, lo cierto es que en el curso de la Edad Media la Crónica se convirtió en elemento base para la historiografía de la época. Se puede decir, sin temer a exagerar, que constituyó un auténtico pilar de la investigación histórica durante siglos. De esta forma, los judíos y sus escribas cristianos han ido construyendo la historia sobre textos manipulados de procedencia incierta. Los ventrílocuos judíos hablaban y sus muñecos paulistas gesticulaban.

Por su parte, Jorge el Monje, también denominado Sincelo, escribió una historia del mundo titulada Eklogué Cronografías, que se extendía desde Adam a Diocleciano. Con esta obra trataba de demostrar que Cristo había nacido en el año 5500 después de la Creación del mundo. Utilizó la obra de Manetón al hablar de la historia de las 31 dinastías egipcias que iban desde el Diluvio universal hasta Darío.

De esta forma los judíos volvían a apropiarse de un texto, en parte real y en parte inventado, para secuestrar la historia, la investigación, la lógica y presentar un bochornoso escenario que sólo lograría mantenerse en pie esgrimiendo la amenazadora espada de la Iglesia católica. Todo ese cúmulo de anomalías y falsificaciones cronológicas y geográficas se convertirá en la base “científica” sobre la que se levantará el edificio de la historia.

Mas gracias a este montaje el pueblo judío lograba erigirse de nuevo como el más antiguo de la tierra, portador de la civilización y del monoteísmo. El tercer pilar trasladaba a Occidente la cosmogonía judía y la plantaba con tal fuerza y destreza que de ella florecería la comprensión histórica y la demostración inequívoca de que la Biblia era la única fuente fiable y segura para datar los acontecimientos históricos y situarlos geográficamente.

II-LA INTRODUCCIÓN DE LOS HICSOS EN LA HISTORIA DE EGIPTO

Para llevar a cabo esta interpolación histórica, Josefo ratifica la geografía y el cambio de nombres efectuados en la Biblia Septuaginta (280 a.E – 100 a.E en la que se vierte al griego los textos de la Taurah y de los Profetas) –Misr, en el actual Yemen, pasa a ser Egipto y el término “reyes” se cambia por el de “faraones” (ver apéndice H). De esta forma, personajes históricos como Ibrahim, Yaqub, Yusuf y Musa habrían vivido en Egipto y serían ellos los artífices de la gran civilización de las pirámides. No obstante, el Qur-an recuerda a los judíos que Ibrahim no era uno de ellos ni tampoco de los cristianos, ya que vivió antes de que se acuñaran esas denominaciones:

(65) ¡Gente del Kitab! ¿Por qué discutís sobre Ibrahim si la Taurah y el Inyil no descendieron, sino después de él? ¿Es que no vais a razonar? (66) Discutís sobre cualquier asunto sin saber. ¿Por qué disputáis sobre aquello de lo que no tenéis conocimiento alguno? Allah conoce siempre la mejor opción, mientras que vosotros no podéis calcular las consecuencias de vuestras acciones. (67) No era Ibrahim uno de los yahud ni de los nasara, sino hanifa, sometido; no de los idólatras.
Sura 3 – ali ‘Imran

No obstante, a partir de la Biblia Septuaginta y de la ratificación de Josefo estos cuatro nombres estarán para siempre unidos al pueblo judío asentado en Egipto poco después de la creación del mundo. Para dar consistencia a este trueque histórico Josefo acuñará el término “hicsos” –él es la única fuente de este nombre. En su obra Contra Apion, Josefo alega citar literalmente a Manetón y enlaza directamente a los hicsos con los Banu Isra-il.

Como en casi toda la obra de Josefo, que no es, sino un reflejo de su propia vida, en Contra Apion hay un continuo cambio de posición. En primer lugar, prefiere que se traduzca “hicsos” como “pastores cautivos” en vez de “reyes pastores.” A continuación, se refiere al supuesto relato de Manetón según el cual se presenta a los hicsos tomando control de Egipto sin entrar en batalla y destruyendo después ciudades y templos. Más tarde, se dice, los egipcios se levantaron y libraron una larga y terrible guerra contra ellos. Finalmente, una fuerza egipcia de 480.000 hombres sitió a los hicsos en su principal ciudad, Avaris. Entonces, por muy extraño que parezca, se llegó a un acuerdo que permitió que los hicsos salieran del país sanos y salvos con sus familias y posesiones, después de lo cual fueron a Judea y edificaron Jerusalén (Contra Apion, Libro I).

En otra referencia, Manetón agrega detalles al supuesto relato. Presenta lo que Josefo califica de historia ficticia, el que a un grupo de 80.000 leprosos y enfermos se le permitiera establecerse en Avaris después de que hubieran partido los pastores. Más tarde esta población se habría sublevado, habrían llamado a los “pastores” (hicsos), destruido ciudades y aldeas y cometido sacrilegio contra los dioses egipcios. Finalmente habrían sido derrotados y expulsados del país (Contra Apion, Libro I).

La confusión que genera Josefo con las supuestas citas de Manetón ha hecho que muchos historiadores den crédito a una posible conquista de Egipto por parte de los “hicsos” aun sin saber quiénes fueran o si realmente existió esta tribu de “pastores”.

La falta de información sobre muchos de los periodos de la historia antigua de Egipto añade más dificultad al tema de los hicsos. Ello ha hecho que algunos arqueólogos representen a los hicsos como “hordas septentrionales” llegadas de Palestina y que habrían arrasado con todo lo que encontraban a su paso.

El escenario, empero, no es tan confuso como parece a primera vista si leemos entre líneas el relato de Josefo. Ya hemos visto que la única fuente del nombre “hicsos” es el propio Josefo y que el traduce por “pastores cautivos”. Claramente está haciendo alusión a la paulatina llegada a Egipto de las distintas tribus en las que fueron divididos por Musa los Banu Israil y el resto de gente que salió con ellos de Misr.

En su libro The World of the Past, la arqueóloga Jaquetta Hawkes comenta que ya no se puede seguir creyendo que los gobernantes hicsos representen la invasión de una horda conquistadora de asiáticos. El nombre parece significar más bien gobernantes de las tierras altas, y eran grupos errantes de semitas que por largo tiempo habían venido a Egipto por comercio y con otros fines pacíficos.

No eran tribus del norte, sino del sur, de Misr, los Banu Isra-il que a lo largo de milenios fueron asentándose por toda Arabia y la cornisa este de África recorriendo el Mar Rojo hasta llegar a Egipto. En un primer momento su llegada pudo haberse producido de forma paulatina y pacífica, basada sobre todo en el comercio. No obstante, con el tiempo, pudieron haberse hecho con el poder sin que ello tenga forzosamente que significar un golpe de estado o un levantamiento. Más bien, pudo haberse tratado de un proceso de asimilación, a través del cual ciertos grupos de entre los Banu Isra-il habrían ido tomando cargos en la administración egipcia cada vez más relevantes, lo que les habría permitido en un momento dado hacerse de facto con el poder.

Por otra parte, es lógico que así fuera, ya que cuando un grupo de creyentes herederos del Kitab se asienta en un territorio cualquiera, irá progresivamente tomando preeminencia e implantando en esa sociedad los elementos proféticos. El historiador Heródoto, por ejemplo, narra detalles sobre la extremada escrupulosidad con respecto a la limpieza que reinaba en ciertas capas de la sociedad egipcia, principalmente entre los sacerdotes.

La civilización proviene únicamente de los creyentes a través del sistema profético, no de etnias o tribus específicas. El nacionalismo que esta idea genera es contrario a la universalidad de la creencia profética.

La influencia de los escritos de Flavio Josefo podría abarcar muchos más campos que el de la historiografía. Autores como E. Schürer o F.C. Burkitt han señalado posibles influencias de la obra del historiador judío en el libro de los Hechos del Nuevo Testamento. Aunque otros investigadores mantienen ciertas reservas al respecto, no parece en absoluto descabellado que Josefo haya tenido que ver con la elaboración de textos bíblicos.

El comentario de Gary William Poole sintetiza de forma clara el valor de la obra de Josefo que durante siglos ha servido como única fuente sobre la antigüedad –todavía hoy se sigue manteniendo su división del antiguo Egipto en 30 dinastías: “Como historiador, Josefo comparte los errores de la mayoría de los escritores antiguos: sus análisis son superficiales; su cronología falsa; sus comentarios exagerados; sus discursos apañados. Es especialmente tendencioso cuando su reputación está en juego. Su estilo griego, cuando es realmente suyo, no merece el epíteto de “el Livio griego”, que a menudo se ha asociado a su nombre.”