¿Qué es la vida? Esta pregunta básica desafía a la ciencia

La mejor respuesta que tenemos es: “La vida es materia con intencionalidad.”

Marcelo Gleiser para Big Think

La vida es una de esas cosas que se reconocen cuando se ven, pero es difícil de describir con palabras. Se sabe que una roca no está viva y que una lombriz sí. Se ve a la lombriz moviéndose, yendo a algún lado, como si estuviera en una misión. Y está en una misión, como la mayoría de las criaturas vivientes. Su misión número uno, el propósito central de su vida, es permanecer viva, como la tuya y la de todas las criaturas vivientes.

Si lo pensamos, este impulso es incluso más poderoso que la otra actividad esencial de los seres vivos: reproducirse genéticamente. La materia viva se alimenta y hace copias de sí misma. La materia muerta no lo hace, al menos no a propósito. Esto lo sabemos con sólo mirar, aunque algunas formas de vida parezcan apenas vivas (pensemos, por ejemplo, en un animal en hibernación profunda, con apenas el metabolismo suficiente para permanecer vivo y sin actividad reproductiva). Metabolizar y reproducirse genéticamente son cosas que hace la vida. No es ahí donde reside el misterio.

El misterio reside en el por qué, o para ser más específicos, en la extraña transición de materia inerte a materia viva, que ocurrió en este planeta hace unos 3.500 millones de años. El desafío es comprender esta transición —este imbuir a la materia muerta la chispa de la vida— a través de los enfoques científicos actuales. No se trata en absoluto de caer en el creacionismo ni en algún tipo de misticismo que explique la fuerza vital. Es una pregunta científica básica que es realmente difícil incluso de plantear adecuadamente. Pero la mejor formulación es: “¿Cómo la materia inerte se convirtió en materia viva?” — por sí sola, a través de procesos físicos y bioquímicos.

Nuestro lenguaje está impregnado de términos que evocan lo sobrenatural. Incluso lo que llamamos criaturas vivientes, “animales”, proviene de la palabra latina “anima”, que significa “alma”. Por lo tanto, es natural pensar en la materia viva como materia con alma, al menos dentro del contexto etimológico de la palabra “animal”. Podemos decir, de manera bastante general, que la vida es materia con intencionalidad. Y eso es lo que resulta tan difícil de precisar para la ciencia. ¿Cómo se incluye la intencionalidad en una ciencia diseñada para describir la materia como el resultado de relaciones de causa y efecto entre fragmentos inanimados de cosas?

A modo de comparación, pensemos en los incendios. Para mantenerse, se propagan y se alimentan de su entorno. Consumen oxígeno para seguir ardiendo y, por lo tanto, son sistemas termodinámicamente abiertos, como los seres vivos. Si se dan las condiciones adecuadas, los incendios se multiplican. Pero sabemos que los incendios no están vivos. No consideraríamos la propagación de un incendio como una forma de reproducción. No llamaríamos a la combustión de oxígeno un proceso metabólico.

¿Por qué? Para empezar, los incendios no tienen una historia. No tienen un mecanismo de almacenamiento genético para transmitir sus características a medida que se propagan. Tampoco tienen estrategias de supervivencia o mecanismos de reparación. Si un incendio está ardiendo por un barranco en dirección a un arroyo, seguirá ardiendo hasta que se detenga junto al agua y finalmente se extinga. No busca intencionalmente más combustible ni elabora ninguna estrategia para seguir ardiendo.

Ahora, pensemos en los huracanes. Al igual que los incendios, son sistemas complejos persistentes, alejados del equilibrio (como los seres vivos) que necesitan el apoyo ambiental adecuado para existir y mantenerse. Se “mueven” y están estrechamente acoplados a las condiciones locales de humedad, presión y temperatura. Si se dan condiciones atmosféricas favorables, mantienen su forma básica. La Gran Mancha Roja de Júpiter es una gigantesca tormenta anticiclónica que ha perdurado al menos 400 años. Pero, al igual que con los incendios, no equipararíamos estas propiedades de los huracanes con la existencia de vida.

Estamos tan imbuidos de vida que tendemos a verla en todas partes. Pero una diferencia esencial es que los sistemas vivos tienen un aspecto impredecible durante la reproducción, una variabilidad aleatoria que está ausente en los sistemas no vivos. En el caso de los sistemas físicos, si repetimos las condiciones iniciales con una precisión muy alta, un incendio siempre arderá de la misma manera, un huracán girará de la misma manera y una estrella evolucionará de la misma manera, incluso si varían pequeños detalles. Es como si los sistemas no vivos tuvieran un contenido de información que está casi congelado (es decir, una historia repetible desde el inicio hasta el final), mientras que los sistemas vivos tienen un contenido de información que es fluido (es decir, una historia impredecible desde el inicio hasta el final). Los incendios y los huracanes no evolucionan a partir de ancestros.

Otra diferencia esencial es la pasividad de las estructuras disipativas no vivas en contraste con el comportamiento activo de los sistemas vivos. La vida elabora estrategias para encontrar nutrientes incluso a nivel bacteriano (quimiotaxis), detectando el mejor camino a seguir a través de una interacción aún desconocida de causalidad de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo. Usamos palabras como voluntad, impulso, autonomía y control para describir los sistemas vivos, pero no las usaríamos para caracterizar incendios, huracanes o estrellas.

Aunque reconocemos estas diferencias, el enigma de cómo surge la vida de la no vida sigue siendo tan misterioso como siempre. ¿Cómo una aglomeración de materia inanimada, más allá de un nivel desconocido de complejidad bioquímica, se convierte en una criatura viva?

SONDAS: Todo parece indicar que la ciencia no tiene la respuesta a la pregunta qué es la vida. No termina de comprender cuándo ese conjunto de complicadas moléculas pasó de ser materia inerte a materia viva. Pero no saber eso, no poder responder a la pregunta fundamental sobre la que basculan todas las demás, es ya imaginar un universo carente de finalidad.

Y en este universo aleatorio, casual han ocurrido cosas inexplicables, imposibles -científicamente hablando- como la vida. Mas a pesar de su imposibilidad, ahí están las incontables especies de seres vivos, pululando por la Tierra -fenómenos del azar, curiosas casualidades. Y con esa cínica indiferencia pretenden encubrir su fracaso –¿Qué es, si no, la vida? “Es una pregunta científica básica que es realmente difícil incluso de plantear adecuadamente”.

¿Para qué entonces nos sirve que sea una pregunta científica si la ciencia ni siquiera puede plantearla adecuadamente? Pero ¿es acaso científico hablar de un universo aleatorio? ¿De fenómenos casuales? ¿Cómo entonces se ha desarrollado la ciencia? ¿Dónde estaba esta disciplina en el Big Bang? ¿Junto a qué partículas subatómicas se fue enroscando? Y para colmo de maldad y estulticia, la mejor respuesta que propone la ciencia nos llena de estupefacción -la vida sería materia con intencionalidad.

¡Un momento! En esta definición hay un altercado lógico de primer orden, indigno incluso de un científico. ¿Cómo puede haber intencionalidad antes de que haya vida? Tenemos un conjunto de moléculas inertes de la complejidad que se quiera. ¿Pueden estas moléculas antes de recibir “la chispa de la vida” tener la intención de…? Primero, tendrán que haberse transformado en materia viva. Y ahora podrían desarrollar una intencionalidad. Y de esta forma, el problema subsiste -el de que la intencionalidad solo puede sobrevenirle a la materia una vez que esté viva. Y así volvemos al punto de partida. ¿Cómo esa materia inerte pasó a ser materia viva y después desarrolló una intencionalidad?

Es obvio que la intencionalidad solo puede provenir de un ser vivo complejo y dotado de consciencia, de reflexión, de voluntad. Intencionalidad es, ante todo, deseo, planificación, determinación. Es un proceso que tiene lugar en el intelecto y que nos obliga a analizar los posibles obstáculos con los que podríamos encontrarnos a la hora de materializar esa intención, ese plan. ¿Cómo entonces podría tener intencionalidad la materia inerte? ¿En base a qué experiencia o información podrían desear estas moléculas, estos aminoácidos, reproducirse cuando estuvieran vivos; poder realizar una función metabólica? La pregunta cuál fue lo primero, el huevo o la gallina está mal planteada, pues tanto la gallina como el huevo provienen de una semilla, de una célula madre que contiene el código genético y el programa vital “gallina”.

Por lo tanto, la célula no puede provenir de un conjunto de moléculas muertas, carentes de información genética y de un programa existencial vivificador. Es cierto que vemos intencionalidad en este universo, en la Tierra. Vemos una intencionalidad a dos niveles: la intencionalidad impuesta por los programas existenciales -un volcán tiene una función; hay una intencionalidad en que haya volcanes. Mas esta intencionalidad no es del volcán, sino del Diseñador. En un segundo nivel observamos una intencionalidad consciente que solo existe en el hombre. No hay pues intencionalidad en la materia inerte ni hay intencionalidad consciente en plantas y animales, solo en el hombre.

Sin embargo, lo menos científico de la posición que toma la ciencia a este respecto lo encontramos en el siguiente párrafo de este artículo:

Fijémonos en el atropello semántico que sufre el autor -bajo ninguna circunstancia deberemos pensar en algún tipo de creacionismo o misticismo para explicar la FUERZA VITAL. Mas ya la locución “fuerza vital” exige un buen grado de misticismo y de una ascensión metafísica de nuestro intelecto. ¿De dónde habrá podido surgir esta fuerza? Algo intangible, algo que escapa a la propia ciencia y que, sin embargo, ahí está, esparcida por toda la Tierra, diversificada en millones de especies.

Los científicos se han empobrecido con esa visión raquítica y mezquina de la existencia. Se han ensombrecido. Han descendido a los sótanos y desde allí pretenden explicar qué sea la luz, la chispa, la fuerza, el aliento vital.