Pirro de Élis y la forma de vida escéptica: la ignorancia es felicidad.

Por qué decir: “No sé”, podría ser la mejor respuesta.

Jonny Thomson para Big Think

El escepticismo es la filosofía que asegura que hay muy poco que podamos saber con certeza.

A Pirro se le considera el padre del escepticismo. Defendía que deberíamos suspender nuestro juicio sobre todas aquellas cosas a las que nunca podremos encontrar una respuesta.

Al renunciar a la búsqueda dogmática de algún tipo de resolución, podemos estar en paz con nosotros mismos y dejar de enfadarnos tan fácilmente.

Siempre hay alguien, en algún lugar, que no estará de acuerdo contigo. Siempre habrá una segunda opinión, una perspectiva diferente o una pizca de duda. Sam cree que la guerra está bien, Joe cree que está mal. Ella cree que hace calor aquí, Toby cree que hace frío. Bob cree que todos los humanos son iguales, AJ cree que algunos son mejores que otros. Todo tiene dos lados y la vida carece de respuestas fáciles.

Esta es la creencia central del escepticismo, y dos de sus más grandes pensadores, el griego Pirro de Élis y el romano Sextus Empiricus, creían que reconocer este hecho es una de las mejores cosas que nos puede dar la filosofía.

Según el pirronismo, perdemos tanto tiempo y esfuerzo buscando y exigiendo respuestas donde solo hay duda y ambigüedad, que estamos destinados a ser infelices.

A Pirro se le considera el primer filósofo escéptico. Comenzó con la simple observación de que todo tiene dos lados y que todos estamos invariablemente ligados a nuestras propias opiniones y pensamientos. Así, siempre veremos el mundo de manera diferente a los demás.

Es muy probable que Pirro haya sido testigo de primera mano, o al menos haya oído hablar de las religiones orientales que repetidamente afirmaban que el mundo es ilusorio, el conocimiento es limitado y el intelecto humano es algo infantil y estrecho. Pirro estaba de acuerdo. Para él, no hay forma posible de determinar qué es verdadero o “real”.

Y, sin embargo, todos insistimos obstinadamente, enojados e incluso violentamente en que los demás están equivocados y que nosotros tenemos razón. La clave para vivir una vida plena, feliz y floreciente (eudaimonia en griego) es simplemente detener la búsqueda inútil de una respuesta. En cambio, deberíamos adoptar una posición llamada epoché, que significa “juicio suspendido”.

Para Pirro, si alguien le pregunta su opinión sobre algún tema ético controvertido, sobre el último proyecto de ley de gastos del gobierno o cuál es la mejor película de todos los tiempos, simplemente debe demostrar epoché y decir: “Solo tengo mi opinión al respecto, como tú, y por lo tanto diré que no hay respuesta.” Por supuesto, que podemos debatir y charlar hasta caer rendidos de sueño, pero la sabiduría de Pirro es simplemente reconocer que no habrá esperanza de un punto final, absoluto y ordenado para la discusión.

Al igual que Pirro, Sextus Empiricus no le dio mucha importancia al conocimiento humano porque pensó que todo lo que podríamos afirmar saber siempre estaba abierto a dudas o cuestionamientos. Pero, Sextus agregó además la idea de que no podría haber una forma posible de resolver tal desafío. Por ejemplo, supongamos que hay dos personas que no están de acuerdo en algo. ¿Qué justificación hay para que un punto de vista sea mejor que el otro? Para Sextus, ambos son igualmente válidos.

Podríamos decir: “¡Pero podemos dar razones de nuestras creencias!” Sin embargo, esto solo plantea la pregunta: ¿por qué una razón particular fortalece una creencia? Si creo que robar está mal porque daña a alguien, todavía necesito explicar por qué es importante “causar daño”.

Para Sextus Empiricus, siempre llegaremos al punto de decir: “Esto es justo lo que pienso”. En ningún momento existe una respuesta definitiva. ¿Por qué, de hecho, está causando daño?

En este mundo de turbia ambigüedad, el escepticismo de Sextus argumentó que deberíamos vivir solo de acuerdo a las apariencias. Esto no es lo mismo que confiar en nuestros sentidos, ya que incluso estos están abiertos al desacuerdo. Algunos animales pueden ver la luz ultravioleta, algunas personas escuchan a Laurel y otras escuchan a Yanny, y hay drogas psicodélicas que pueden hacernos ver cualquier cosa.

Para Sextus y Pyhrro, reconocer los límites muy claros de nuestra comprensión aporta un gran beneficio. La revelación de que hay algunas cosas –bueno, tal vez muchas cosas– que nunca podremos saber es profundamente reconfortante. Podemos dejar de intentar defender dogmáticamente puntos de vista que no tenemos forma de saber con certeza que son correctos. Podemos dejar de calentarnos en debates en los que ninguna de las partes puede llegar a una solución.

Entonces, ¿por qué no probar el escepticismo? Todo lo que tienes que hacer es dejar escapar un profundo suspiro, dar tu mejor encogimiento de hombros y estar en paz con lo poco que realmente sabes.

SONDAS: La indiferencia no es la solución, aunque tenga su grado de estética. Los acontecimientos se presentan ante nosotros, a veces de forma apremiante. Y, sobre todo, la incógnita del conocimiento que más nos urge conocer –el sentido de la vida, de la existencia, del universo.

Saber que no sabemos nada. Más aún, saber que no podemos saber casi nada no debería llevarnos a la indiferencia o a la desesperación, sino a percibir nuestra existencia terrenal como una etapa, limitada, dentro de unas coordenadas asignadas de antemano.

A nadie le resulta un escándalo que un niño no sepa álgebra ni entienda las intrincadas interacciones que tienen lugar cada día en el mercado bursátil. Su ignorancia es comprensible y razonable, incluso esperanzadora, pues a no mucho tardar aprenderá ambos conocimientos, a su debido tiempo.

Hacemos muy mal en atribuir a los griegos la paternidad de la filosofía cuando, en realidad, han sido los últimos en acercarse a esas aguas turbulentas de la mano de “rumores” que les llegaban del origen –Arabia Félix y, más tarde, India y China. Pero ya sabemos que el que imita hace el ridículo la mayor parte de las veces, pues no entiende la base epistemológica en la que se basa el sistema de pensamiento que emula.

De haberlo entendido, habrían caído en la cuenta estos griegos de que el concepto “ilusorio”, “efímero”, “inconsistente”… hace referencia a los límites de la realidad terrenal en la que vivimos, no como el ámbito final de la existencia, sino como etapa, fase transitoria, cuya plena realización nos catapulta a otra realidad con un transporte corporal diferente y una configuración modificada. Mas el viaje existencial continúa.

El materialismo filosófico de los griegos nos impide entender el input profético, la geografía completa de la existencia, y ello nos lleva a ver la vida de este mundo como la única zona espacio-tiempo en la que resolver todos los interrogantes y entender y sentir lo que está más allá de nuestros sentidos y de nuestras capacidades cognitivas –la vida entonces carece de sentido, pues todas nuestras más íntimas aspiraciones quedan cercenadas por la imposibilidad de conocer y de disfrutar de lo absoluto.

En muchas películas aparece una píldora o una sustancia que activa nuestro cerebro hasta llegar al 100% de su capacidad, y el resultado es siempre estrambótico e indeseable –la persona puede controlar el dolor, hablar cualquier lengua con solo escuchar una palabra, puede derribar a cualquier enemigo, transportarse en el tiempo… facultades que no corresponden al ser humano que habita en este mundo.

La vida terrenal es ilusoria cuando la tomamos como el fin de la existencia, pero adquiere pleno significado cuando la tomamos como un medio para continuar con las otras etapas existenciales.

No obstante, el escepticismo conviene como ideología al movimiento “woke”, a un mundo sin transcendencia en el que cualquier cosa, cualquier concepto, cualquier idea, cualquier fenómeno… puede convertirse en el objetivo de nuestra vida.