Nadie podía haberlo previsto. DNA ofrece sorpresas sobre cómo se estableció la Polinesia.

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Los primeros exploradores iban de isla en isla a miles de kilómetros de distancia

Andrew Curry para Science.org

El poblamiento de Polinesia fue un logro asombroso: a partir del año 800 d.e., audaces navegantes polinesios en canoas de vela de doble casco utilizaron las estrellas y su conocimiento de las olas para descubrir motas de tierra separadas por miles de kilómetros de mar abierto. En solo unos pocos siglos, habían poblado la mayoría de las islas lejanas del Océano Pacífico. Ahora, los investigadores han utilizado muestras de ADN modernas para rastrear la exploración en detalle, calculando en qué orden se poblaron las islas y fechando cada nueva llegada a tierra dentro de unas pocas décadas.

“Toda el poblamiento de Polinesia se llevó a cabo durante 200 años”, afirma el arqueólogo Patrick Kirch de la Universidad de Hawai, Manoa, que no participó en la investigación. “Este es un artículo realmente excelente y estoy feliz de verlo”.

Los arqueólogos ya tenían indicios de cómo se llevó a cabo esta gran exploración. El estudio de los estilos de herramientas de piedra y tallas, así como de los idiomas, de la gente de las diversas islas había sugerido que los antepasados ​​originales se remontaban a Samoa y que la expansión terminó en la mitad del océano en Rapa Nui, o Isla de Pascua. Pero no estuvieron de acuerdo sobre si sucedió en unos pocos siglos, comenzando alrededor del 900 d.e., o si comenzó mucho antes y duró 1 milenio o más.

Para obtener más información, el genetista computacional de la Universidad de Stanford, Alexander Ioannidis, y Andrés Moreno Estrada, genetista de poblaciones del Laboratorio Nacional de Genética para la Biodiversidad de México, compararon el ADN de 430 individuos modernos de toda la Polinesia (la mayoría recolectados para estudios anteriores) y luego eliminaron la aportación genética de los europeos. Debido a que los investigadores sabían que los polinesios habían viajado paso a paso de isla en isla, su análisis genético utilizó un fenómeno genético conocido como cuello de botella poblacional. Cuando unas pocas docenas o unos pocos cientos de individuos de poblaciones insulares ya aisladas se establecieron en una nueva isla, y luego un subconjunto de ese grupo se fue para establecerse en otra isla, y así sucesivamente, su diversidad genética se habría reducido con cada viaje, como una imagen vista en un telescopio a la inversa.

“Es un modo de dispersión diferente al de cualquier otro lugar del mundo”, afirma Moreno Estrada. “Podemos decir quién viene de qué isla”.

En un artículo publicado en Nature (22 de septiembre de 2021), Ioannidis, Moreno Estrada y sus colegas identificaron patrones genéticos específicos de la población fundadora en cada isla. Al analizar el ADN, el equipo pudo rastrear secuencialmente los viajes a cada isla subsiguiente, “como perlas en una cuerda”, dice el genetista Cosimo Posth de la Universidad de Tübingen, que no participó en el estudio.

Para estimar cuántas generaciones pasaron entre cada descubrimiento de una isla, los científicos midieron la longitud de las secuencias genómicas compartidas entre las poblaciones fundadoras. Juntos, los datos mostraron quién descendía de quién. Eso hizo posible no solo mostrar que dos poblaciones estaban relacionadas, sino cuál fue la primera.

“¿Obteniendo detalles detallados sobre la dirección? Eso era imposible antes ”, dice el genetista de población Lars Fehren-Schmitz, de la Universidad de California (UC), Santa Cruz, que no participó en el trabajo.

El análisis sugiere que las canoas zarparon de las costas de Samoa, más de 2000 kilómetros al norte de Nueva Zelanda, alrededor del año 800 d.e. Los exploradores llegaron primero a Rarotonga, la isla más grande de una cadena que ahora se llama Islas Cook. Los sucesivos exploradores se movieron en todas direcciones, saltando de isla en isla a lo largo de los siglos y finalmente llegando hasta Rapa Nui, a 6500 kilómetros de Samoa y a 3700 kilómetros de la costa de Chile, hacia 1210 d.e.

Y debido a que la evidencia genética permitió a los investigadores reconstruir el orden en el que se establecieron las islas, pudieron detectar conexiones entre islas que podrían no parecer intuitivas según la geografía. Por ejemplo, argumentan que tres culturas isleñas conocidas por tallar enormes estatuas de piedra —Rapa Nui, Raivavae y las Marquesas del Norte y del Sur— compartían una población fundadora común con las Islas Tuamotu, a pesar de que están a miles de kilómetros de distancia y geográficamente más cerca de otras partes del Pacífico.

Esas tres islas también tienen los primeros rastros genéticos de ascendencia nativa americana entre los polinesios. Eso sugiere que los antiguos polinesios se pusieron en contacto por primera vez con América alrededor del año 1100 d.e., cuando los marinos comenzaban sus últimas y más largas expediciones. “Eso es algo que nadie podía haber previsto a través de la arqueología o la historia oral”, dice Moreno Estrada.

Las vastas distancias y difíciles viajes significaron menos de lo que supuso las típicas migraciones entre continentes, según Moreno Estrada. En cambio, las islas fueron pobladas por pequeños grupos que vivían más o menos aislados hasta que el siguiente grupo de exploradores zarpó con su legado genético. “En la mayoría de las situaciones, obtienes gradientes de diferencia genética, con todos moviéndose. No ves eso aquí”, dice.

Pero Kirch dice que puede ser demasiado simplista: las herramientas y otra evidencia arqueológica sugieren que los viajes antiguos no eran simples viajes de ida y vuelta, y que los matrimonios mixtos y el contacto entre las poblaciones continuaron después de que se poblaran las islas. “Su análisis hace que parezca que hay un conjunto discreto de movimientos migratorios”, dice. “La arqueología sugiere que hay mucho de ida y vuelta, con interacción continua entre las islas”.

“En hawaiano decimos ‘I ka wā ma mua, ka wā ma hope”, dice el coautor del estudio Keolu Fox, un kānaka Maoli, o nativo de Hawai, y genetista de la Universidad de California en San Diego. “Significa que estamos ‘caminando hacia atrás en el futuro'”.

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SONDAS: Parece como si los departamentos de arqueología y genética absorbiesen a las mentes más estúpidas de todas las universidades del mundo. No es lo más perturbador que no tengan ninguna idea sobre cómo se originó la vida en la Tierra, cómo se implantó la inteligencia, el lenguaje conceptual y la consciencia. Lo peor del asunto es que ni siquiera saben explicar cómo es que hay hombres en África, en China y en España. Lo único que se les ocurre entonces es hablar de migraciones, que es lo último que hacen las poblaciones humanas. ¿O es que Ioannidis y Estrada conocen a aldeanos de Méjico o de California que hayan decidido subirse a una rudimentaria embarcación y navegar miles de kilómetros sin saber qué es, exactamente, lo que están buscando? ¿Tienen conocimiento de estos movimientos migratorios? ¿Podemos imaginar alguien en su sano juicio que abandone sus tierras, su familia, su casa y junto con otros aventureros decida hacerse a la mar sin rumbo y sin ningún proyecto que justifique semejante movimiento? Más aún, ¿puede haber algún constructor naviero que se crea que con una canoa o con una embarcación como la que vemos en este grabado un grupo de 10 o 15 personas pudo recorrer entre 1,5000 y 3,700 km de distancia, alcanzando su objetivo?

Pero vayamos al principio del artículo, al principio de la fantochada genetista de la Polinesia.

Los arqueólogos ya tenían indicios de cómo se llevó a cabo esta gran exploración. El estudio de los estilos de herramientas de piedra y tallas, así como de los idiomas, de la gente de las diversas islas había sugerido que los antepasados ​​originales se remontaban a Samoa y que la expansión terminó en la mitad del océano en Rapa Nui, o Isla de Pascua.

Según esta doble aseveración por parte tanto de los arqueólogos como de los genetistas, el origen de las poblaciones polinesias comienza en la Isla de Samoa. Las preguntas lógicas que se deberían contestar antes de seguir con este proyecto deberían ser: ¿Y de dónde viene la población de Samoa y cuándo llegó a la isla? El comentarista Jason Arunn Murugesu apunta a que según los expertos los primeros pobladores de Samoa provenían de Asia y que llegaron a la isla hace unos 3,000 años. ¿Se sabe cuándo llegaron a la isla, pero no se sabe quiénes eran, de qué lugar de Asia venían? ¿Cuál era su etnia, su lengua? ¿Por qué abandonaron el continente y decidieron navegar miles de kilómetros para encontrar lo mismo que habían abandonado? No obstante, la respuesta no aclararía nada, pues ¿de dónde provienen las poblaciones de Asia? ¿De África? ¿Por qué, entonces, Asia no está llena de gente negra? Quizás provengan de Europa. ¿Por qué, entonces, los asiáticos no tienen rasgos caucásicos?

Con el tema de las migraciones intentan explicar lo inexplicable. ¿Quieren hacernos creer, por ejemplo, que poblaciones africanas se echaron la manta a la cabeza y recorrieron miles de kilómetros hasta llegar a China? Ahora el viaje va de Samoa al resto de la Polinesia. Si gente de Asia se fue a Samoa hace 3,000 años ¿por qué permaneció allí 2,000 años y de repente decidió partir, atravesar miles de kilómetros de océano guiándose por las estrellas y el conocimiento de las olas? Mas guiarse ¿hacia dónde? ¿Tenían acaso un mapa con las islas del Pacífico y decidieron dar un “salto” de 1,500 o 3,000 kilómetros hasta llegar a la siguiente isla? No, no tenían ningún mapa y, por lo tanto, el suyo era un viaje sin rumbo, sin ninguna razón para semejante suicidio. ¿En cuánto tiempo podría una pequeña embarcación con una vela recorrer 1,500 kilómetros; 2,200; 3,700… ¿Qué agua beberían? ¿Dónde la almacenarían? Hablamos de miles de litros; días, semanas enteras sin viento.

La respuesta que dan los expertos cuando se les hace este tipo de preguntas es tan irracionalmente anti-científica que muestra su debilidad cognitiva –“sí, es cierto; parece imposible, pero sucedió”. No, es imposible y no sucedió. Las poblaciones humanas no emigran por aventurismo y sin tener un lugar de llegada conocido. Se mueven en un radio de 20-30 kilómetros y allí permanecen generaciones y generaciones.

El siguiente escenario todavía es más patético. Un grupo de intrépidos aventureros llegan a una isla del Pacífico y se ponen a construir, frenéticos, centenares de estatuas gigantescas, algunas con más de 10 metros de altura sobre el nivel del suelo y con un peso de entre 8 y 10 toneladas. Aquí la cuestión que más nos interesa no es ya el de saber cómo pudieron hacer semejante proeza arquitectónica gente de la Polinesia, que viajaba en canoa, pescaba, se cubría con un taparrabos… Aquí la cuestión es ¿por qué las habrían hecho? Semejante trabajo hercúleo ¿para nada? No las adoran ni tienen ninguna función funeraria. Aquí los expertos callan y concluyen que es un misterio, pero los misterios no son científicos. Son propios de mentalidades míticas.

¿Para qué, entonces, se ha hecho este macro proyecto? ¿Cuál es su utilidad? Cientos de personas trabajando con un presupuesto millonario. Hace 3,000 años hubo gente que llegó a Samoa y hace 1,000 decidieron recorrer las islas del Pacífico, cuya existencia desconocían y tras unos 200 años de intrépida navegación lograron poblarlas. Y ahora sabemos, gracias a los genetistas, a qué isla llegaron primero, a cuál después y cuál fue la última en poblar. Y todo ello rodeado de enormes misterios. (Ver El Corán – Libro de Comentarios – Apéndices – G)