Las defensoras del gobierno israelí fomentan el antisemitismo

(Defenders of the Israeli Government Encourage Antisemitism)

Jacob G. Hornberger para The Future of Freedom Foundation

Las universidades estadounidenses están asediadas por estudiantes que protestan por las inversiones de sus escuelas en proveedores estadounidenses de armamento para el gobierno israelí, que los funcionarios israelíes están utilizando para llevar a cabo su campaña militar en Gaza. Algunas universidades están llamando a la policía antidisturbios para disolver las protestas y suspender o expulsar a los manifestantes. Algunos funcionarios universitarios y sus partidarios en la prensa dominante están acusando a los manifestantes de ser antisemitas.

Los partidarios del gobierno israelí utilizan la acusación de antisemitismo desde hace mucho tiempo. Afirman que cuando uno se opone a las políticas y prácticas del gobierno israelí –o al propio Estado israelí– demuestra que es antisemita; es decir, que no sólo se opone al gobierno israelí, sino que también odia a los judíos en general. Esa respuesta siempre ha sido una forma estratégica muy efectiva de reprimir la disidencia contra el gobierno israelí. Dado que muchas personas no desean ser percibidas como antisemitas, deciden guardarse para sí sus críticas al gobierno israelí en lugar de ser etiquetadas como tales.

Sin embargo, al confundir al gobierno israelí con el judaísmo, los defensores del gobierno israelí terminan en realidad fomentando el antisemitismo. Esto se debe a que los críticos del gobierno israelí que no saben mucho sobre el judaísmo son inducidos a creer que el gobierno israelí y la fe judía son la misma cosa. Por lo tanto, si uno concluye que el Estado de Israel está haciendo algo inmoral o malo, la noción es que el acto inmoral y malo también es parte de la religión judía. Por lo tanto, combinar el Estado de Israel y la religión judía como un dispositivo estratégico para reprimir la disidencia contra el gobierno israelí en realidad sirve para alentar el mismo antisemitismo que lamentan los defensores del gobierno israelí.

Durante la crisis de abuso infantil en la Iglesia Católica, hubo personas que criticaron al Vaticano por lo que percibían como su indiferencia ante el abuso infantil. Hasta donde yo sé, el Vaticano nunca mostró la tendencia de responder a las críticas acusándolos de ser anticatólicos. Siendo así, la gente pudo discernir que, si bien la indiferencia hacia el abuso infantil bien podría haber sido parte del Estado católico, no era parte de la religión católica. Por lo tanto, la gente podría separar los dos conceptos criticando al Vaticano sin ser percibida como anticatólica.

Supongamos, sin embargo, que el Vaticano o sus partidarios hubieran respondido de la misma manera que responden los defensores del Estado de Israel. Supongamos que dijeran que las críticas al Vaticano reflejaban el prejuicio religioso de los críticos. Es decir, los defensores del Vaticano estarían diciendo que si criticas al Vaticano, demuestras que tienes prejuicios contra los católicos. En ese caso, uno podría fácilmente imaginar que personas que no sabían mucho sobre el catolicismo llegarían a la conclusión de que el catolicismo y el Vaticano eran la misma cosa. Por lo tanto, dado que se oponían a lo que percibían como la indiferencia del Vaticano hacia el abuso infantil, la combinación del Vaticano y el catolicismo los alentaría a oponerse al catolicismo tanto como se oponían al Vaticano.

Por lo tanto, para disminuir el antisemitismo, los defensores del gobierno israelí harían bien en descartar su estrategia de combinar el Estado de Israel y la fe judía como una forma de reprimir la disidencia contra el Estado de Israel. Más bien deberían enfatizar que el Estado de Israel y la religión judía son dos cosas separadas y distintas y que las políticas y prácticas del Estado de Israel no son necesariamente los principios de la religión judía. De esa manera, los estudiantes y otras personas se sentirían libres de criticar al Estado de Israel y, al mismo tiempo, apoyar y abrazar la religión judía.

SONDAS: La primera vez que se utilizó la estrategia de justificar los crímenes de un pueblo dividiéndolo en dos –los buenos y los malos– fue con el caso alemán. Se separó arbitrariamente a los nazis de los simplemente alemanes. En el saco de los nazis se echó la culpa de la Segunda Guerra Mundial, de sus consecuencias y de los supuestos crímenes cometidos por el Tercer Reich. De esta forma se mantenía inmaculada a la nación alemana, y ello a pesar de que Hitler fue elegido democráticamente, tras unas elecciones libres. Todos sus votantes conocían su ideología y todos ellos vitoreaban a las tropas alemanas cuando partían a conquistar Europa… el mundo. 

Ahora se está utilizando esta misma estrategia con los judíos, separándolos en sionistas (los malos) y en simplemente judíos (los buenos). Sin embargo, tal distinción no existe. Todos los alemanes son responsables de su periodo histórico 1939-1945, de la misma forma que todos los judíos del mundo son responsables de la usurpación israelí de las tierras palestinas y del genocidio sistemático que se está llevando a cabo desde hace más de 70 años contra este pueblo. Todos los judíos apoyan y subvencionan al estado de Israel, y ello hace que las poblaciones norteamericana, británica y francesa sean tan responsables como los lobbies judíos de la situación que se ha creado –contra natura– en Oriente Medio. 

El autor del artículo, Jacob Hornberger, es un judío que no puede evitar el serlo cuando piensa, habla o escribe. Y así intenta justificar la represión contra el “antisemitismo” alegando que una cosa es el gobierno israelí y otra el judaísmo. ¿Cuál entonces es la legalidad del estado israelí? ¿Qué ha sucedido para que los judíos europeos y norteamericanos se reagrupen en Palestina? ¿No se encuentra acaso su justificación en el propio judaísmo, en pasajes del Pentateuco? Su falsificación de la historia y de la geografía se ha convertido en la trampa de la que no pueden salir –se quiere separar el judaísmo de la política judía al mismo tiempo que se justifica esta política en el judaísmo. No se puede desatar ese nudo si no es aclarando de una vez por todas quiénes son estos judíos.  

La historia comienza con los Banu Isra-il –grupos de pastores, agricultores y artesanos árabes que llegan al sur de Arabia y se instalan en Yemen, Sudán y Etiopía. Y ahí siguen estos Banu Isra-il haciendo cestitas de mimbre y vendiendo amuletos.

El resto de los Banu Isra-il se fue asentando en toda la Península Arábiga y mezclándose con sus poblaciones. Por lo tanto, no son una etnia aparte. Son árabes que hablan un árabe dialectal, como lo es el siriaco, el sumerio o el acadio. El término «judío» no hace referencia a una etnia o una religión. Antes bien, define una actitud «existencial»:

Los hadu هادوا son la gente que abandonó Misir con Musa y todos aquellos que más tarde siguieron la creencia contenida en la Torá. Cuando salieron de Misir, eran conocidos como los Banu Isra-il, pero transgredieron tantas veces la Ley de Allah el Altísimo y tantas veces renegaron e incumplieron sus compromisos para después volver de nuevo al camino de rectitud, que ellos mismos se autodenominaron los hadu, forma plural del tiempo pasado del verbo hada هادَ hawada هَوَدَ en el origen, y que significa “volver al bien desde el mal o al mal desde el bien”; y también “volver a la verdad o arrepentirse y volver a la verdad”, algo que como ya hemos dicho caracterizaba perfectamente a los Banu Isra-il. De hecho, se den el nombre que se den, no han dejado de moverse en ese vaivén entre el bien y el mal desde que llegaron a Misir hasta hoy.

Veamos ahora cómo se acuñó ese nombre. Lo encontramos en la siguiente aleya:

Decreta para nosotros lo bueno en esta vida y en Ajirah. A Ti nos volvemos arrepentidos después de haber estado en el error.

إِنَّا هُدْنَا إِلَيْكَ وَاكْتُبْ لَنَا فِي هَذِهِ الدُّنْيَا حَسَنَةً وَفِي الآخِرَة 

(Corán, sura 7, aleya 156)

En esta aleya vemos que no se utiliza el término hud هود, sino el propio verbo hudna هُدْنَا para indicar la acción, la intención de volver al camino de rectitud después de haber estado en el error y en la transgresión. Es como si dijeran: “Queremos ser hud, queremos volver arrepentidos al Din de Allah el Altísimo.” Finalmente, debido a que a ese grupo de los BanuIsra-il se les iba uniendo más gente, fueron adoptando ese nombre como el suyo genérico, si bien en la Torá y en el Corán se mantiene la expresión Banu Isra-il como referencia a su verdadero origen. En el texto coránico se utiliza también el término al-yahud اليهود significando lo mismo que hud هود –“los arrepentidos que han vuelto al camino de rectitud”.

Dicen los yahud: “Los nasara (cristianos) no tienen fundamento alguno.” Y dicen los nasara: “Los yahud no tienen fundamento alguno.” Eso dicen a pesar de que ambos recitan el Kitab. Eso mismo dicen los que no tienen conocimiento, el mismo discurso. Mas Allah juzgará entre ellos el Día del Resurgimiento sobre lo que discrepaban. (Corán, sura 2, aleya 113)

Así pues, tenemos el término «Banu Isra-il», que ya no tiene sentido utilizarlo, pues todas esas tribus se fueron diseminando por toda Asia y mezclándose con otros pueblos. Nos queda el término «judío», que puede utilizarse con respecto a cualquier persona, de la etnia que sea, que adopte esa misma actitud, ese mismo vaivén de alternar una y otra vez la rectitud con la transgresión, tal y como lo hicieron los Banu Isra-il.

Tampoco existe en ningún texto el término «judaísmo». No lo encontramos ni en el Antiguo Testamento ni en el Nuevo, ni tampoco en el Corán, ya que no existen «religiones». Lo que el Altísimo estableció para los hombres fue el sistema profético, cuyo relato ha sido transportado por los profetas y los libros revelados.

¿Qué nombre, pues, deberíamos darles? La respuesta a esta pregunta la encontramos en el insólito acontecimiento que tuvo lugar en algún momento del siglo IX –los jázaros se convierten al judaísmo, desparramándose tiempo después por la Europa del este (Ucrania y Rusia incluidos) y por Alemania occidental:

Aproximadamente la mitad de los judíos de todo el mundo hoy se identifican como asquenazíes, lo que significa que descienden de judíos que vivieron en Europa central u oriental.

(Según el estudio realizado por la Universidad Hebrea de Jerusalén en colaboración con Harvard Medical School publicado en «Cell» 30 de noviembre de 2022)

Por lo tanto, los denominados judíos de hoy nada tienen que ver con aquellos Banu Isra-il que partieron de Misir con el profeta Musa, y que fueron asimilados por las distintas poblaciones a las que fueron llegando. Lo único que tenemos hoy son individuos descendientes de jázaros, de ucranianos, de rusos, de polacos… adheridos a la ideología sionista y empeñados en controlar el mundo –no para hacerlo mejor, sino para exprimirlo.

En parte lo han conseguido. Han establecido en todo el mundo la usura como sistema económico camuflado en la banca, compañías financieras, compañías de seguros y otras «respetables» instituciones monetarias. Asimismo, controlan los medios de comunicación que utilizan para establecer en cada momento quiénes son sus aliados y quiénes sus enemigos; qué valores debe seguir la humanidad; qué aspectos del derecho natural deben ser abolidos y cuáles no. Para reforzar esta corriente de poder (no en vano se denomina el «cuarto poder») ahí está Hollywood, cuyas producciones tratan de prepararnos para el nuevo orden mundial. Ahí también, y sobre todo, está la cultura –la moda– y las corrientes ideológicas. Todo ello nos lleva a concluir que se trata de un poder surgido en torno a los países que van desde el Báltico hasta el Caspio, desde la Europa oriental hasta la Europa central, y que nada tienen que ver con ninguna religión ni con ningún pasado bíblico. Por lo tanto, el nombre que les es propio, histórico, es el de JAZARESES. 

En cuanto a la expresión “antisemitismo” obviamente está fuera de lugar. Se trata de un caso evidente de apropiación indebida. El término “semita” se utilizó por primera vez en 1781 en el contexto de clasificación de lenguas, para denominar así al grupo al que pertenecía el árabe, el siriaco, el hebreo, el sumerio y el acadio, agrupando bajo ese nombre a las lenguas originarias de Oriente Medio. La palabra “semita” la derivaron los lingüistas del nombre de Sem, uno de los supuestos hijos de Nuh (Noé). Es evidente, por lo tanto, que cualquier pueblo originario de aquella parte del mundo estaría incluido en la denominación de “semita”. Sin embargo, el victimismo y el poder de la Akademia han hecho que a partir del siglo XIX “semitismo” se refiriera exclusivamente a los “judíos”.

Por otra parte, la Akademia haría bien en dilucidar de forma definitiva si la Biblia es un texto histórico objetivo, pues en este caso muchas cosas tendrían que cambiar en las propuestas de la propia Akademia. En primer lugar, habría que arrojar este libro al montón de libros prohibidos, pues no existe un texto más antisemita que éste. Sin embargo, la Akademia es cien por cien judía en el sentido literal de la palabra –se mueve en un continuo vaivén. Ahora la Biblia es un texto religioso sin ningún valor científico y mañana es la fuente de todo conocimiento y la justificación de todos los desmanes cometidos por los jazareses, pues en última instancia son el «pueblo elegido», y ello por un Dios en el que no cree ni la Akademia ni ellos mismos. Por lo tanto, para dar relevancia al término antisemitismo, habría que definirlo como «la posición de los que rechazan la hipocresía y la usurpación de bienes y tierras ajenos».