Las compensaciones por esclavitud no son, sino otra táctica política de la elite para evitar abordar los verdaderos problemas raciales en Estados Unidos.

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Graham Hryce para Sydney Morning Herald

El plan demócrata de pagar una compensación por la opresión que terminó hace más de 150 años no hará nada por aliviar la pobreza en la que viven los negros o aliviar las amargas tensiones raciales que continúan desgarrando la sociedad estadounidense.

Los demócratas en el Congreso de Estados Unidos han enviado un proyecto de ley que trata el controvertido tema de las compensaciones a los descendientes de esclavos estadounidenses a la Cámara de Representantes. El proyecto de ley establecerá una comisión para examinar e informar sobre este controvertido asunto. El presidente Biden está personalmente comprometido con este proyecto.

Esta es una táctica política típica de Joe Biden, diseñada para apuntalar el voto negro de los demócratas y, al mismo tiempo, complacer a la facción elitista llamada “izquierda radical” del partido.

Esa facción, por supuesto, no es ni radical ni de izquierdas. Su razón de ser es simplemente apuntalar el capitalismo globalizado mediante la concesión de privilegios, en su mayor parte inmerecidos, a esos grupos de intereses dispares que apoyan el orden económico mundial.

El tema de las compensaciones por esclavitud no es más que una cortina de humo ideológica, detrás de la cual la elite gobernante contemporánea de Estados Unidos puede seguir evitando confrontar la cuestión racial que constantemente se ha negado a abordar de manera significativa durante siglos.

¿Cuáles son, entonces, los principales argumentos a favor de los pagos de reparación? Los partidarios de la propuesta han presentado tres:

  1. Los descendientes de esclavos merecen “justicia” y, por lo tanto, compensación.
  2. Los pagos compensatorios promoverán la “reconciliación nacional”.
  3. Los pagos compensatorios brindarán “igualdad racial”.

Estos argumentos son poco convincentes y fáciles de descartar.

En cuanto al primero, no existe la justicia en abstracto, e incluso si existiese, de ninguna manera se deduciría que sería “justo” compensar a todos los descendientes de esclavos en Estados Unidos.

En cuanto al segundo, esto es simplemente falso. Las compensaciones son un tema profundamente divisorio dentro de la sociedad estadounidense en su conjunto, como muestra el debate político actual, y también dentro de la comunidad negra estadounidense, porque muchos negros estadounidenses no son descendientes de esclavos. Muchos intelectuales negros, incluido el economista y teórico Thomas Sowell, se oponen al pago de compensaciones.

En cuanto al tercero, esto es una tontería palpable. Pagar una compensación a un segmento de la comunidad negra hará poco o nada por lograr la “igualdad racial” en Estados Unidos. Una “solución” monetaria no va a resolver el problema aparentemente insoluble. Las compensaciones tampoco brindarán ni siquiera un mínimo de igualdad económica para los negros estadounidenses.

También hay una serie de argumentos convincentes en contra de las compensaciones:

  1. Hay algo intrínsecamente engañoso en contemplar el pago de compensaciones con respecto a un sistema opresivo que fue abolido hace más de 150 años mientras se ignoran alegremente las actuales desventajas económicas y sociales que paralizan a las comunidades negras en Estados Unidos.
  2. Hacer una distinción entre descendientes negros de esclavos y no descendientes de esclavos es intrínsecamente injusto, porque estas categorías ignoran las disparidades de riqueza y estatus social. ¿Por qué un político millonario que resulta ser un descendiente de esclavos recibe una compensación, pero un conserje asolado por la pobreza que no es un descendiente de esclavos no recibe nada?
  3. La propuesta de compensaciones se basa en la noción errónea y objetable de “culpa colectiva blanca”, que es, por supuesto, una creencia fundamental de la llamada ala radical del Partido Demócrata.
  4. Sus partidarios no han presentado ninguna base legal legítima para el pago de compensaciones (por ejemplo, la violación de un tratado o la afirmación de un título nativo de derecho consuetudinario, como lo invocan otros grupos étnicos oprimidos), y ninguna parece existir.

Sin embargo, lo que es más importante, la exigencia del pago de compensaciones por esclavitud ignora la historia de las relaciones raciales en Estados Unidos y las lecciones que se deben aprender de ella si se quiere lograr una reforma genuina.

Después de la abolición de la esclavitud, tras la aprobación de la Decimotercera Enmienda en 1865, Estados Unidos tuvo una oportunidad real de abordar eficazmente su problema racial.

El programa republicano radical posterior a la Guerra Civil señaló el camino: romper el poder político y económico de la clase dominante del Sur al otorgar derechos políticos a los esclavos liberados, junto con la autonomía económica, al dividir las plantaciones del Sur en granjas que deberían ser propiedad de los negros del Sur.

Como sabemos, Estados Unidos retrocedió ante una solución tan genuinamente radical y, después del compromiso de 1877, la clase dominante del sur regresó al poder e introdujo la segregación de Jim Crow, privando políticamente de sus derechos a los negros del sur y reduciéndolos a la penuria económica. Al mismo tiempo, se intensificó la segregación de facto en el norte.

Esta situación continuó hasta el surgimiento del movimiento de derechos civiles de Martin Luther King Jr. en la década de 1950, que una vez más brindó a Estados Unidos la oportunidad de resolver su dilema racial.

Estados Unidos, sin embargo, se negó rotundamente a hacerlo. Habiendo logrado mucho en el sur, se abusó de King con más estruendo en los suburbios blancos de Chicago que en cualquier otro lugar de los estados del sur. Cuando King comenzó a hacer campaña a favor de una reforma económica fundamental y criticó la participación estadounidense en Vietnam, la élite gobernante de Estados Unidos lo dejó a un lado.

A mediados de la década de 1960, el presidente Johnson aprobó en el Congreso una legislación de derechos civiles que Estados Unidos aceptó a regañadientes. Solo un sureño podría haber logrado esto (y el Sur nunca lo perdonó), y Johnson actuó en gran parte debido a las demandas ideológicas de la Guerra Fría.

Cada vez que Estados Unidos sermoneaba a Rusia durante las décadas de 1950 y 1960 sobre abusos de los derechos humanos, los políticos rusos simplemente señalaban lo que estaba sucediendo en Alabama y Mississippi. Esta situación se había vuelto insostenible a mediados de la década.

Desde finales de la década de 1960, la élite gobernante de Estados Unidos ha luchado en la retaguardia contra las demandas radicales de Martin Luther King Jr. y, hasta el día de hoy, no se ha accedido a ellas.

Alimentando la continua división racial estaba el eterno prejuicio blanco contra los negros que, de hecho, se había intensificado después de la abolición de la esclavitud y el desmantelamiento del régimen de Jim Crow. Es este mismo prejuicio el que todavía se manifiesta hoy en las calles de Minneapolis y otras ciudades estadounidenses.

Como ha señalado Sowell, los políticos demócratas negros como Barack Obama, y ​​los blancos como Biden, juegan la carta racial y “hacen todo lo que pueden para alimentar … [un] sentimiento de agravio, victimización y resentimiento, porque ahí es donde están los votos.”

Las indemnizaciones por esclavitud no harán nada por mejorar la terrible situación económica de la mayoría de los estadounidenses negros. No harán nada por abolir las espantosas condiciones que existen dentro de los guetos negros, ni abordarán la “cultura del gueto” a la que Sowell y otros culpan de empobrecer a los afroamericanos. No harán nada por acabar con el prejuicio profundamente arraigado contra los negros que impregna la sociedad estadounidense.

De hecho, su consecuencia más probable será dividir aún más a la comunidad negra en Estados Unidos, junto con su liderazgo político fracturado.

Por ello, todos los estadounidenses, tanto blancos como negros, que están comprometidos con la causa de una reforma racial genuina en su país, deben oponerse firmemente a la errónea política de Biden de pagar indemnizaciones por esclavitud.

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SONDAS: No es precisamente un australiano, como el autor del artículo, el mejor situado para hablar de racismo, xenofobia y otras características propias de las sociedades occidentales. De ahí las contradicciones que detectamos en su artículo y los errores de apreciación con respecto a la esclavitud racial en Estados Unidos y el Imperio Británico.

En occidente, las leyes y la realidad siguen caminos divergentes y, por lo tanto, decir que la esclavitud término hace 150 años, en 1860, es rozar lo inverosímil y el absurdo más escandaloso.

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La imagen A fue tomada en 1935 (Más de 4.400 afroestadounidenses fueron linchados en Estados Unidos entre 1877 y 1950, según documentó la Iniciativa para una Justicia Igualitaria) y la imagen B en 1920 (Los blancos jubilosos celebran la paliza, la tortura y el linchamiento de tres peones negros del circo en Duluth, Minnesota, en 1920. Esta imagen se imprimió en postales y se vendió durante años después del linchamiento, como lo describió Bob Dylan en el verso de apertura de Desolation Row).

They’re selling postcards of the hanging  *  Están vendiendo postales del ahorcamiento

They’re painting the passports brown   *  Están pintando los pasaportes de marrón

The beauty parlor is filled with sailors   *  El salón de belleza está lleno de marineros.

The circus is in town  *  El circo está en la ciudad

Here comes the blind commissioner   *  Aquí viene el ciego comisario

They’ve got him in a trance  *  Lo tienen en trance

One hand is tied to the tight-rope walker  *   Una mano está atada a la cuerda floja

The other is in his pants   *  La otra a sus pantalones

No parece muy conmovido Bob ni tampoco los que presenciaron los linchamientos. Esta es la sociedad norteamericana, todos sus individuos. Así que la esclavitud se terminó en 1860… Quizás eso es lo que aprenden en las escuelas –algo del pasado que no nos atañe.

Sin embargo, estamos de acuerdo en que este no es el asunto. Las comunidades negras conscientes, deben exigir, en cambio, un territorio propio e independiente, ya que no es posible que los negros convivan con los blancos, pues estos los detestan y los consideran una raza inferior, casi animal. Tampoco se trata, a estas alturas, de tratar de convencerles de que están en un error y de que los negros son espiritual e intelectualmente iguales a los blancos o a cualquier otro ser humano. No hay reconciliación posible y, por lo tanto, ambas comunidades deben separarse. Quizás los hispanos y orientales sí puedan convivir y relacionarse con los negros, pero, desde luego, no los blancos.

No obstante, formar una nueva sociedad después de haber vivido 400 años bajo la ideología impuesta por los blancos, no va a ser fácil. Se necesitan referencias y la mejor que pueden adoptar es la Malcolm X. Y ello por tres razones:

1-Fue consciente de que los negros nunca serían aceptados como iguales por los blancos. Nunca serían respetados ni mucho menos queridos.

2-Los negros deben crear sus propias sociedades, implementando su particular idiosincrasia.

3-Estas sociedades negras deben construirse bajo la protección y la guía del Islam.

El tercer punto es muy importante, ya que el 90% de los negros que fueron arrancados de África eran musulmanes, pues las iglesias cristianas negociaron con los negreros para que no mandasen a las colonias a negros cristianos –no parece que al Sultán de Estambul le importase mucho la suerte de los negros musulmanes. Pero además, el Islam les protege de las aberraciones que se están implementando, como las que se llevan implementando con el tema del coronavirus, con respecto al sexo –muchos negros están emocionados con las comunidades LGBT y el tema de los transgéneros. El Islam puede situarles en la perspectiva correcta y reforzar, precisamente, la institución familiar.

Si estas comunidades negras se dejan llevar por su intoxicado subjetivismo, lo único que conseguirán será crear sociedades blancas de negros.