La violencia en el Capitolio no fue una “victoria” para Putin: en realidad, Rusia teme las consecuencias de la inestabilidad política actual de Estados Unidos.

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Paul Robinson para RT

A pesar de que ni Vladimir Putin ni ningún otro alto funcionario de Moscú han declarado públicamente tal objetivo, hoy es casi un hecho en el discurso occidental, que Rusia está empeñada en crear el caos en el mundo.

Constantemente escuchamos que “el Kremlin” quiere destruir el orden internacional, socavar la democracia y desestabilizar a Occidente.

Agreguemos a esto la obsesión con Rusia que se ha apoderado de una gran parte de la izquierda política en Estados Unidos desde 2016, y no fue una sorpresa que esta semana se encontrara una conexión entre Rusia y los disturbios en Washington DC que llevaron a la ocupación temporal del Capitolio.

Los eventos en Washington fueron “el mayor regalo para Putin” de Donald Trump, dijo la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi. “Hoy Trump entregó su último regalo a Putin”, haciéndose eco del ex embajador de Estados Unidos en Moscú Michael McFaul. “Este es el día que Vladimir Putin ha esperado desde que tuvo que abandonar Alemania Oriental como joven oficial de la KGB al final de la Guerra Fría”, escribió el ex asesor adjunto de Seguridad Nacional, Ben Rhodes.

Los actores se unieron a los políticos para señalar el vínculo con Rusia. “El único que disfruta de este caos y anarquía tanto como nuestro presidente derrotado es Vladimir Putin”, tuiteó Mark Hamill, cuya experiencia al interpretar al guerrero Jedi Luke Skywalker, aparentemente, le ha conferido una visión especial de la mente interior del presidente ruso.

Mientras tanto, Tim Russ, mejor conocido como Vulcan Tuvok en Star Wars Voyager, fue aún más lejos. “¿Cuántos operativos encubiertos rusos estaban en la mafia de Trump en el Capitolio… Llevándose ordenadores portátiles y iPads con secretos e información del gobierno a Moscú?” preguntó en Twitter.

Desde la imagen de un Vladimir Putin jubiloso por el caos en Washington, a verlo como el cerebro detrás de él, solo había un paso. El periódico israelí Haaretz no ocultó su opinión de que una mano rusa estuvo detrás de los acontecimientos de la semana pasada. “La campaña de desinformación de Putin reclama una impresionante victoria con el ‘golpe’ de Capitol Hill”, proclamaba el titular del periódico, y agregaba que “las operaciones rusas de guerra de información han tenido un solo objetivo desde que comenzó la Guerra Fría: sembrar el caos y socavar el sentido de la realidad.”

Para respaldar esta afirmación, Haaretz citó al profesor de la Facultad de Derecho de Harvard, Yochai Benkler. “No soy un experto en Rusia”, dijo Benkler al periódico, socavando de manera bastante divertida su propia credibilidad sobre el tema, “pero todo lo que he leído de lo que considero un buen trabajo sobre la propaganda rusa sugiere que su función principal es conseguir que ya no confiemos en nada”.

Como para respaldar la afirmación de Haaretz, surgieron imágenes de video de algunos de los alborotadores en Washington hablando ruso. “Por supuesto, uno de los miembros de la mafia que asaltó el edificio del Capitolio necesitaba un traductor ruso-inglés”, comentó el empresario Bill Browder, arquitecto de la Ley Magnitsky anti-rusa. El ex corresponsal en Ucrania del medio estatal RFE/RL Christopher Miller identificó a los supuestos rusos, tuiteando que, “Hay dos mujeres que parecen ser de habla rusa y están en la lista de arrestos por ser de Oregón: Kristina Malimon, 28, y Yevge [n] ya Malimon, de 54 años, ambas arrestadas por violar el toque de queda y entrada ilegal”.

Es cierto que el caos en Washington permite que el gobierno ruso y sus partidarios socaven la propaganda norteamericana de que Estados Unidos es un ejemplo de democracia que Rusia debería emular. “El sistema electoral en los Estados Unidos es arcaico, no cumple con los estándares democráticos modernos”, dijo la portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia, Maria Zakharova. Estados Unidos “ahora no puede imponer normas electorales a otros países y pretender ser el ‘faro de la democracia’ en el mundo”, comentó el jefe de la comisión de asuntos exteriores de la cámara baja del parlamento ruso, Leonid Slutsky.

En un artículo publicado por RT el sábado, Fyodor Lukyanov, editor de la revista Rusia en Asuntos Globales, que publica regularmente artículos de altos funcionarios del Kremlin como el ministro de Relaciones Exteriores Sergey Lavrov, comentó que la identidad estadounidense está estrechamente ligada a la idea del estatus excepcional del país. Cuando algo desafía este sentido de excepcionalismo, crea un impacto que lleva a los líderes estadounidenses a buscar chivos expiatorios nacionales y extranjeros a quienes culpar por los traumas del país.

“No es difícil predecir quién será el enemigo número uno”, dice Lukyanov. Obviamente será Rusia. “La lucha inevitable de Estados Unidos por reclamar su excepcionalidad”, agrega Lukyanov, conducirá inevitablemente a “intentos de dividir el mundo según las líneas de la vieja democracia frente a la autocracia”, y “no podemos descartar una democracia agresiva”.

En resumen, el caos político en los Estados Unidos, o en cualquier otro lugar, definitivamente no beneficia a Rusia. Esto se comprende bien en los círculos de política exterior de Moscú. Si uno estuviera buscando una sola palabra para resumir la ideología predominante allí, una buena opción sería “estabilidad”. En lugar de la “vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad” estadounidense, la Rusia moderna ha optado por algo más cercano al concepto de “paz, orden y buen gobierno” del Imperio Británico.

Esta preferencia se extiende a la política exterior. La palabra “estabilidad” aparece más de 20 veces en el Concepto de política exterior de la Federación de Rusia de 2016. Vladimir Putin se presenta regularmente a sí mismo como defensor del orden internacional, y sus quejas sobre Estados Unidos a menudo se centran en que Norteamérica está causando inestabilidad internacional al lanzar guerras, apoyar rebeliones e incitar a cambios de régimen y revoluciones de “color”.

La idea de que Rusia está buscando desestabilizar al mundo tergiversa las actitudes rusas. La perspectiva rusa es bastante conservadora: valora el orden. Por esta razón, es poco probable que Moscú vea la violencia en Washington como una “victoria” o como un “regalo” de Donald Trump. Lo más probable es que le preocupen las consecuencias. Porque, cuanto más luchen los estadounidenses entre sí, más probable es que Rusia quede atrapada en un fuego cruzado.

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SONDAS: La imagen de un joven Vladimir Putin abandonando Berlín tras la guerra fría podría ser histórica o para la historia, pero en absoluto haría justicia a la realidad, ya que la guerra fría, como la subsecuente caída del muro, fue una puesta en escena que concluyó con la perturbadora sospecha de que solo había una opción y, detrás, en la misma moneda, su contrario.

Ahora estamos en la filmación post-guerra fría y vemos como los restos de aquella película, China y Rusia, pero también Vietnam y Japón, se apresuran a dejar claro que ellos son la verdadera democracia, el verdadero mundo libre. Esta es la lucha, la rivalidad –quién es más Norteamérica que Norteamérica. Obviamente, no ellos. Nadie puede ser más papista que el papa, y si alguien lo consigue, tan solo habrá demostrado que el papismo es la única opción posible.

Por lo tanto, el otro lado de la moneda nunca fue la Unión Soviética ni la China de Mao, aunque ambas alternativas tuvieran su momentum y sirvieran de comparsa a unos Estados Unidos pletóricos que se dedicaban a producir musicales mientras los soviéticos se morían de frío en Siberia o de agotamiento trabajando para dejar en herencia a las próximas generaciones una Unión fuerte y proletaria. Algo así no podía durar mucho tiempo. Y no duró mucho, 70 años –20 de los cuales los anduvieron tropezando.

Mas tampoco podemos decir que fueran baldíos. Los soviéticos colocaron una bomba de relojería en el corazón de Occidente –sindicatos, igualdad, derechos de la mujer… Unas propuestas que iban en dirección contraria a los sistemas feudales que siempre, bajo una forma u otra, habían imperado en Europa. Habría que ponerse las pilas y actuar con celeridad. Toda la parafernalia progresista que se fue extendiendo por una Europa fascista, racista y xenófoba, respondía, simplemente al intento de evitar que los prolegómenos de la revolución rusa se instalaran en el viejo continente. Y se logró a un alto precio –democracia, sindicatos, bienestar social, derechos de la mujer… Ahora ha llegado el momento de volver a la razón, al feudalismo, a la esclavitud… a través de la tecnología –inmovilidad y confinamiento controlados por aplicaciones online. Y China y Rusia, quizás Irán suba también a ese mismo tren, serán los primeros en implementar el nuevo orden mundial de siempre. Serán los papistas los encargados de salvar al Vaticano y al capitolio.

Mas aún queda la opción de darle la vuelta a la moneda y encontrarnos con el otro sistema, el originario, el contrapeso de la cara negativa –Islam.

No es algo nuevo, como piensan algunos despistados ahistóricos, siempre ha estado ahí –civilizando a los viejos imperios que se derrumbaban en medio de la más decrépita decadencia; expulsando a los cruzados y permitiéndoles llevarse debajo del brazo toda la sabiduría de Oriente; extendiéndose desde las costas atlánticas de Europa y África hasta China; creando con los otomanos una red mundial de interconexiones…

¿Cómo es que nuestros hijos no saben nada de eso? Cuando estudian historia van saltando de piedra en piedra, de agujero en agujero, perdiendo, en cada salto, los verdaderos acontecimientos, la perspectiva, la unidad, la interacción.

¿Cómo se ha pasado por alto un sistema económico, político y social que, de entenderse convenientemente, sería aceptado sin ambages por la mayoría de la gente? Mas cómo se pueden ver, al mismo tiempo, las dos caras de una moneda. Hace falta elegir. Es hora de darle la vuelta e implementar la racionalidad –implementar un sistema afinado con nuestra propia naturaleza.