La vida después de la muerte es “imposible”: “no hay manera” de que el alma sobreviva, afirma un científico

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El Dr. Sean Carroll, cosmólogo y profesor de física, argumenta que las leyes del universo no permiten que la conciencia se separe por completo de nuestro cuerpo físico.

Dimitris Kouimtsidis Frank para Daily Star

Si pensabas que los últimos años en el planeta Tierra fueron malos, te espera otra decepción: un científico ha afirmado que la vida después de la muerte está «más allá del ámbito de la probabilidad científica».

Un profesor que ha dedicado gran parte de su vida a estudiar las leyes de la física afirma que las leyes del universo no permiten que la conciencia siga funcionando después de que morimos.

El Dr. Sean Carroll, cosmólogo y profesor de física en el Instituto de Tecnología de California en Estados Unidos, argumenta que para que haya una vida después de la muerte, la conciencia debería ser algo que esté completamente «separado de nuestro cuerpo físico».

Y aquí están las malas noticias: esa es una posibilidad que las leyes de la física niegan.

Su conclusión sobre la vida después de la muerte se basa en el entendimiento de que «las leyes de la física que subyacen en la vida cotidiana se entienden completamente», por lo que todo ocurre dentro de estas leyes de la física.

El Dr. Carroll publicó un artículo en la revista “Scientific American”, en el que decía: «Las afirmaciones de que alguna forma de conciencia persiste después de que nuestros cuerpos mueren y se descomponen en sus átomos constituyentes enfrentan un obstáculo enorme e insuperable: las leyes de la física que subyacen en la vida cotidiana se entienden completamente, y no hay manera dentro de esas leyes para permitir que la información almacenada en nuestro cerebro persista después de nuestra muerte”.

Continuó: “Si en realidad no son más que átomos y las fuerzas conocidas, claramente no hay forma de que el alma sobreviva a la muerte. Creer en la vida después de la muerte, por decirlo suavemente, requiere una física más allá del modelo estándar”.

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SONDAS: Lo más nefasto de este artículo es la frivolidad con la que el autor trata el tema más importante, o al menos el que debería serlo, para el hombre, pues preguntarse por nuestro destino post mortem es ya indagar en el sentido de la vida, ya que es la muerte, su aparente misterio, la que anula cualquier objetivo existencial. No hemos tenido más remedio que concluir, tras una escrupulosa observación tanto de la historia específica de los individuos como de la historia general de la humanidad, que nada en la vida de este mundo puede darle sentido. Nuestras más profundas aspiraciones, nuestros anhelos, nuestros deseos… todo ello se estampa contra el muro de la muerte. El matrimonio, los hijos, el éxito profesional, la riqueza, el poder, la fama… todo eso ya lo hemos probado. Lo hemos probado en nosotros mismos o en nuestros semejantes y siempre hemos llegado a la misma frustración –nada de cuánto hagamos logrará satisfacer nuestro anhelo de inmortalidad. Deseamos tener hijos como una forma de perpetuarnos en el tiempo. Es una manera soterrada de buscar la inmortalidad.

Ponía Unamuno el ejemplo de un zapatero que tras su muerte todo el mundo le recordaba por su honradez y su excelsa habilidad y pensaba Don Miguel que quizás esa fuese una forma de no morir, pues eso, la muerte, era lo que no le dejaba vivir; una bellísima paradoja que nos lleva a odiar la muerte porque acaba con la vida, pero también puede llevarnos a odiar la vida, una vida que se acaba en la muerte. Unamuno buscaba la inmortalidad hasta debajo de las piedras, pero obviamente se equivocaba en su percepción, pues caía en otra contradicción todavía más irresoluble que ésta. ¿Cómo pude el ser humano desaparecer por completo, desintegrarse, aniquilarse, y al mismo tiempo ser consciente y disfrutar per secula seculorum de una merecida fama?

No hay forma lógica, racional de resolver estas ecuaciones, pues el hombre en su limitada capacidad cognitiva puede concluir, como este cosmólogo del que habla el artículo, que físicamente hablando, el alma no puede ser inmortal. Aquí la dislocación ontológica es de órdago, pues qué tiene que ver la física, los átomos, los electrones… con el alma –elemento éste que pertenece más bien al ámbito de la metafísica, pasando, quizás, por una sacudida cuántica en su camino hacia la fuente que la originó.

La falta de rigor siempre va asociada a la falta de responsabilidad. Si le dijeran al cosmólogo que en caso de que sus conclusiones estuviesen equivocadas, sus manos arderían hasta consumirse totalmente en ese fuego, lo más probable es que se lo pensase dos veces antes de cacarear por revistas especializadas en todo tipo de cacareos.

Ahí está si no, Galileo, al que no le pareció que defender su teoría sobre el movimiento de la Tierra valiese una hoguera. Cuando salió de la audiencia y antes de cerrar la puerta pronunció aquellas solemnes palabras “o pur se move”, que solamente escuchó un judío que estaba muy estratégicamente situado, aunque ya en la calle, pero con un pie en el palacio de sesiones y que, según el mismo, le dijo a Galileo: “Has hecho bien en rectificar, pues tenemos mucho trabajo por delante.” El director de la NASA tiene grabadas estas palabras en una placa de oro que descansa sobre su mesa de trabajo.

Esta total falta de responsabilidad de la que adolecen los mafiosos académicos permite que haya una gran confusión en el mundo del conocimiento, pues mañana aparecerá otro artículo, diciendo que las leyes físicas no contradicen la inmortalidad del alma. Lo planteará el autor con la misma falta de rigor que el cosmólogo.

Mas en todo este barullo al que ha ido a parar la ciencia hay algo más que ignorancia y frivolidad. Se trata de continuar el trabajo de Galileo y del judío. Se trata de desbaratar nuestra memoria, nuestra coherencia cognitiva y decir no solo que la Tierra se mueve, gira, se traslada… sino que además los órganos genitales no son ninguna prueba del género; que la homosexualidad no es una anomalía; que la prostitución dignifica a la mujer… y todo ello para que el hombre deje, definitivamente, de pisar la Tierra y se sienta suspendido en al aire, zarandeado por vientos huracanados que surgen del mal, de la airada rebeldía contra el Creador, al que ya Galileo y el judío pensaban asesinar.

(62) Siempre habéis tenido conocimiento de cómo fuisteis producidos la primera vez –¿es que ya lo habéis olvidado y por ello os desentendéis? (Corán 56-Sura del acontecimiento)

Ver: El Corán en español y su libro de comentarios: Artículos: Artículo VII (“La estructura del insan”) y Esquemas: Esquema 3 (“La estructura humana deriva de la estructura divina”)