El término Ghaib غَيْب deriva del verbo ghaiaba غَيَبَ (ghaba غاب), y significa –escondido, invisible, oculto, distante, remoto. Ello nos lleva a dos conceptos fundamentales a la hora de entender el Sistema Divino, el Sistema sobre el que Allah el Altísimo ha creado la existencia –El sistema operativo y el sistema funcional –el hombre no puede asir el conocimiento oculto, el conocimiento del Ghaib, incluso si se trata de un Mensajero:

(109) El Día en el que Allah reúna a los mensajeros y les pregunte: “¿Qué respuesta recibisteis?” Dirán: “No tenemos noticia de ese asunto. Sólo Tú conoces los Ghuyub.”
Sura 5 – al Maidah

Por lo tanto, hay un mundo visible, observable que el hombre puede comprender hasta una cierta medida, y existe un mundo oculto, totalmente inaprensible para él. Entre esos dos mundos, ontológicamente distintos, hay un barsaj –una barrera infranqueable. El hombre no puede penetrar en el Ghaib de la misma forma que no puede penetrar en un lienzo y formar parte de la escena que en él se representa –son dos dimensiones irreconciliables.

Sin embargo, la ambición que anida secretamente en el corazón del hombre de controlar las fuerzas que operan en el universo proyectadas desde el ámbito divino, no ha dejado de azuzarle y de inducirle a intentarlo una y otra vez después de cada fracaso. Esa misma ambición fue la que llevó a Adam (a.s) a comer del árbol, y la que ha llevado a los judíos a diseñar un método educativo basado en el examen y manipulación del Ghaib, con el desastroso resultado que el Todopoderoso nos vaticinó en el Qur-an:

(119) Los extraviaré y les haré albergar falsas esperanzas. Les ordenaré y harán cortes en las orejas del ganado, y alterarán la creación de Allah.” Quien tome al shaytan como protector
en vez de a Allah habrá caído en la más irremisible perdición.
Sura 4 – an Nisa
(30) … No se puede substituir la creación de Allah…
Sura 30 – al Rum

Sin embargo, hay entidades no humanas –como los yin y los malaikah– que pueden acceder a cierto conocimiento del Ghaib con el permiso de Allah el Altísimo, ya que su molde primigenio fue hecho de fuego y de agua. En un hadiz del Profeta Muhammad (s.a.s) recogido por Bujari (3231) y transmitido por Aishah (r.a), se nos relata el viaje del Mensajero de Allah a la localidad de Taif y cómo fue el Día más duro de su vida, más duro aún que el Día de la batalla de Uhud, pues lo echaron de la ciudad, le insultaron y apedrearon. Entonces se le apareció Yibril (a.s) y le dijo que su Señor había escuchado las palabras de su gente y había visto su comportamiento y que por ello le iba a enviar al malak de la montaña para que le ordenase lo que quisiera que hiciera con la gente de Taif. Al instante se presentó el malak de la montaña, le saludó y le dijo que si quería levantaría esa montaña y la arrojaría sobre ellos. El Profeta (s.a.s) le suplicó que no lo hiciera y pidió a su Señor que abriera los corazones de la gente de Taif a la verdadera creencia. Aparte de mostrar la gran misericordia del Profeta (s.a.s) incluso con los que le habían tratado de manera tan ruin, este hadiz nos hace ver el inmenso poder de ciertos malaikah, capaces de transportar montañas. En otro hadiz sahih del Profeta Muhammad (s.a.s) transmitido por Ibn Abbas (r.a) y recogido por Tabarani en el Mu’yam al Kabir (12061), el Mensajero de Allah (s.a.s) le preguntó a Yibril (a.s) de qué se ocupaba Mikal, y éste le respondió que de las plantas y las lluvias (de la provisión en dunia). Ello nos da una idea de la importancia de estas entidades celestes y del inmenso poder y conocimiento que Allah les ha dado. En la siguiente aleya se nos presenta a otra de las entidades no humanas, los yin, capaces de llevar a cabo acciones que para los hombres resultan milagrosas:

(40) Dijo el que conocía algo del Kitab: “Yo te lo traeré antes de que parpadees de nuevo.”
Sura 27 – al Naml

Esta aleya hace referencia al trono de la reina de Saba. Sulayman (a.s) pidió a los yin que trabajaban para él que le trajeran su trono, y uno de ellos, según la aleya “el que tenía conocimiento del Kitab”, se lo trajo en un abrir y cerrar de ojos; toda una proeza si tenemos en cuenta que para ello tuvo que recorrer al menos 300 kilómetros hasta alcanzar el palacio de la reina, entrar en él, llegar hasta la estancia real, tomar el trono y volver al palacio de Sulayman (a.s), recorriendo otros 300 kilómetros, y todo ello en un segundo: “Yo te lo traeré antes de que parpadees de nuevo.”

Sin embargo, al observar la célula vemos algo todavía más sorprendente. Para que los ribosomas que están en el citoplasma puedan fabricar la proteína necesaria, la molécula de ARN debe tomar la información precisa que hay en el ADN, hacer una copia exacta, traducirla al lenguaje de los ribosomas y llevársela de forma que la pueda leer y, con las instrucciones recibidas, fabricar la proteína. Ya el hecho de llevar a cabo todas estas operaciones en escasos segundos es difícil de imaginar para la razón humana y, sin embargo, no hemos hecho sino rozar lo inverosímil, ya que hay células que fabrican 2.000 proteínas en un segundo. En “el Kitab”, en el ADN universal, se encuentra toda la información, todas las instrucciones para que este universo, y todo cuanto contiene, se haya podido construir; pero al hombre tan sólo se le ha dado el conocimiento práctico que deriva del mecanismo Oculto que opera desde una dimensión intransitable para el ser humano.

De esta forma, vemos que el conocimiento se desarrolla según dos sistemas que no se pueden mezclar ni intercambiar –el funcional y el operativo. Veamos un ejemplo. Acabamos de comprar una lavadora súper-automática. Tenemos ante nosotros una máquina cubierta por una elegante carcasa de la que sobresalen varios botones y ruedas, y cuya misión es cubrir una estructura interna en la que se entrelazan cientos de cables, tarjetas digitales, bobinas, y un sinfín de elementos que son los responsables de que la lavadora en cuestión pueda realizar las funciones para las que ha sido diseñada. Cuando la desembalamos vemos la carcasa, pero no vemos el complicado mecanismo interno que la hará funcionar. En realidad, no lo necesitamos, ya que los ingenieros han dispuesto un sistema funcional muy sencillo del que podemos servirnos para hacer que la lavadora lave, aclare, centrifugue, y deje la ropa lista para ser tendida. Este sistema funcional se compone de dos botones –encendido, apagado; de una rueda con la que seleccionamos la temperatura y de otra con la que seleccionamos el programa más adecuado al tipo de ropa que deseamos lavar. Y eso es todo. Ahora bien, ¿son esos botones y esas ruedas las que realizan el trabajo? Obviamente, no. Esos elementos son terminales que activan el mecanismo interno encargado de hacer que la lavadora cumpla las tareas para las que ha sido fabricada. Como en el caso del universo, todo artefacto, aparato o máquina constará de un sistema funcional –observable y práctico– y de otro operativo –agente, oculto e imposible de manipular.

La importancia de este doble mecanismo estriba en su aplicación a todas las cosas, a todos los elementos de la creación. Cuando miramos al cielo vemos un Sol que, invariablemente, recorre el firmamento de este a oeste permitiéndonos computar los años. De la misma forma, las fases de la luna nos indican el paso de los meses. Gracias a este conocimiento funcional podemos guiarnos en la noche, organizar el tiempo en calendarios y surcar los mares recorriendo rutas marítimas con asombrosa precisión. Sin embargo, para que esta funcionalidad pueda existir, es necesario que haya un sistema operativo que permita que esos fenómenos ocurran.

Una vez que hemos seleccionado un archivo en nuestro ordenador, pulsamos la tecla “imprimir” y al cabo de unos segundos comienzan a aparecer en la bandeja de la impresora las hojas que corresponden a las páginas del archivo. Desde el sistema funcional tan sólo hemos necesitado pulsar un botón para que tuviera lugar este proceso; pero en el sistema operativo se han producido, en unos pocos segundos, millones de operaciones que son las que han permitido que las hojas hayan salido impresas. ¿Qué sucedería si los ordenadores careciesen de un sistema funcional y tuviéramos nosotros que realizar esas operaciones directamente desde el sistema operativo? Preferimos no imaginar lo que sucedería, pero es obvio que muy pocas personas en el mundo podrían servirse de estos ordenadores. Por ello, para poder vender el mayor número de ordenadores posible, los fabricantes, siguiendo el Método Divino, sean o no conscientes de ello, han diseñado un sistema funcional desde el que manipular el sistema operativo sin tener que entrar en él.

Cabría preguntarnos ahora si el conocimiento y control del sistema operativo de cualquier mecanismo acarrearía algún beneficio para los usuarios del mismo. Si analizamos de nuevo el caso de los ordenadores, comprobaremos que lo único que desean los usuarios es servirse de ellos para escribir, dibujar, diseñar o visualizar imágenes. Conocer o manipular directamente su sistema operativo no añadiría nada a esa función, sólo, quizás, una tremenda pérdida de tiempo y el peligro de estropear el aparato.

Si actuamos de forma lógica y racional, enseguida veremos los nefastos resultados de confundir los fines con los medios. Los sistemas operativos son medios para lograr un fin determinado. El motor de un taladro es el medio para hacer un agujero en la pared haciendo girar rápidamente una broca. No nos interesa saber cómo funciona ese motor, sino perforar el muro, ya que saberlo no mejoraría en nada el funcionamiento del taladro.

Para navegar por los siete mares con precisión y seguridad basta con conocer el sistema funcional del universo, saber descifrar el mapa celeste y plasmarlo en sencillos instrumentos como el astrolabio o la azafea. En el siglo XVI, Magallanes salió del puerto de Sevilla y llegó al estrecho que lleva su nombre en la Patagonia. Un viaje que muy pocos marinos se atreverían hoy a realizar. El Titanic había sido construido con la tecnología más avanzada del siglo XX. Partió del puerto de Southampton, Inglaterra, y se hundió antes de alcanzar su destino, New York; un viaje insignificante si lo comparamos con los de los navegantes chinos, portugueses o españoles 500 años antes. En 1402, Zheng He, almirante del emperador Zhu Di de la dinastía Ming, surcó los océanos y llegó a las costas africanas como lo atestigua una moneda de bronce, y otros objetos, encontrada en Mambrui, Kenia, en la que están inscritas las palabras Yongle Tongbao, lo que indica que fue acuñada durante el periodo Yongle, de la dinastía Ming. Y hay más de una evidencia de que mucho antes, miles de años antes, los árabes comerciaban con Asia y América.

En el caso de los sistemas operativos fabricados por el hombre, el factor entrópico se encargará de estropearlos. Harán falta, pues, técnicos que los reparen, que conozcan el mecanismo interno de esas máquinas y aparatos. En el universo, sin embargo, la ley de entropía queda contrarrestada por la “acción directa” de Allah. Ningún “elemento” del sistema operativo que hace funcionar la creación está sujeto a deformación o error. Todo funciona hoy en el cosmos como funcionaba hace millones de años. No necesita de “técnicos” que lo reparen o modifiquen. Por lo tanto, el hombre sólo tiene que ocuparse de aprender a servirse de la mejor manera posible del sistema funcional.

Ese ambicioso deseo de llegar a ser como Dios ha llevado al hombre –desde el principio de su creación– a intentar comprender el sistema operativo que rige la existencia en todas sus manifestaciones, para de esta forma controlarla y dirigirla según sus caprichos. Esta actitud tiene dos consecuencias inevitables y devastadoras.

La primera –trastocar el sistema operativo conlleva la degradación: de la atmósfera, de las aguas, de los alimentos; la auto aniquilación: energía nuclear-radioactividad, manipulación genética, manipulación de los climas, armas químicas y biológicas; desequilibrio en los poderes militares: se substituye el coraje, la fuerza y la estrategia por armas teledirigidas.

La segunda –al ocuparnos del sistema operativo, abandonamos el estudio e investigación del sistema funcional. Dejamos de lado sus energías: solar, eólica, inercial, animal, la que deriva del agua en todas sus formas, el plano inclinado… Sustituimos la mecánica por la electrónica, la caligrafía por los sistemas de teclado…

El hombre ha vivido millones de años sirviéndose únicamente del sistema funcional, y sólo recientemente ha cambiado esta sunnah, propia de la fitrah humana, por la manipulación del sistema operativo con el resultado que todos sufrimos cada día.

El hombre, pues, debe volver al estudio y a la investigación del sistema funcional, dejando para la Otra Vida la construcción del Paraíso.

GHUYUB – LA FORMA PLURAL DE GHAIB

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En la aleya que hemos citado al principio de este artículo se menciona el término Ghaib en su forma plural ghuyub غُيوب. Este hecho merece dos consideraciones:

C1- El Ghaib, todo lo que está oculto, todo que es invisible e inaccesible en el universo… lo es únicamente para el hombre. En este sentido, hay muchos aspectos de la existencia que son Ghaib para el insan. Innumerables elementos que forman parte del mundo oculto, del sistema operativo.

C2- El término “el Ghaib” denota un concepto general, global –el mundo del Ghaib, de lo oculto– que abarca, a su vez, a todos los Ghaib, a todos los Ghuyub.

En la siguiente aleya se nos explica por qué el Qur-an utiliza este plural:

(34) Allah es Quien tiene el conocimiento de la hora, Quien hace que caiga la buena lluvia y Quien conoce lo que hay en las matrices. Nadie sabe lo que le depara el mañana ni en qué tierra morirá. Allah tiene el registro completo de todas vuestras acciones, y actúa según Su conocimiento.
Sura 31 – Luqman

En esta aleya se mencionan 5 Ghuyub غُيوب –la Hora, la buena lluvia, lo que hay en las matrices, lo que traerá el mañana y dónde moriremos. Son aspectos transcendentales y, al mismo tiempo, cotidianos, ya que afectan al desarrollo de nuestra vida y de nuestro iman. Sin embargo, hay muchos más Ghuyub, muchos más elementos operativos que sostienen y modifican nuestra existencia a cada instante. Elementos invisibles cuya acción a veces intuimos a través de sus efectos y a veces escapan a nuestra percepción.