Para que las nafs (la identidad propia del insan, su ego, su sí mismo) puedan manifestarse y salir del estado de potencia necesitan un cuerpo, un sustrato en el que expresar su fitrah, sus características y cualidades específicas. Cada nafs es un locus en el que se expresan los nombres de Allah el Altísimo restringidos o adaptados a la condición humana –el hombre puede ser karim (generoso, uno de los Nombres de Allah), pero no puede ser Wahab (otro de los Nombres de Allah, que significa el que da sin cesar y no por ello disminuye su riqueza). Estos Nombres se pueden expresar de forma positiva o en tanto que ausencia –la avaricia no es una cualidad de Allah, sino la ausencia de generosidad, que sí es una característica divina.

Por otra parte, entre el APM (Atributo Positivo Máximo, solo de Allah) y su AA (Ausencia Absoluta, solo de Iblis, la encarnación de la rebeldía), se despliega una detallada jerarquía en base a los grados de intensidad –muy generoso, bastante generoso, generoso, no muy generoso… que basculan entre los APM y los AA. Fijémonos en otro ejemplo –son tres Nombres de Allah el Altísimo: el Poderosoالعَزِيزُ  el Sojuzgadorالْجَبَّارُ  el Altivo الْمُتَكَبِّر. Tres grados, tres intensidades en las que se puede presentar el poder de Allah, y también el poder del hombre. Sin embargo, en el caso del insan estas cualidades se vuelven negativas, ya que están basadas en la subjetividad humana y, por lo tanto, cuando se ejercen sobre otros hombres, producen arrogancia, tiranía e injusticia. Por el contrario, cuando es Allah el Altísimo Quien las ejerce sobre Sus siervos, en base a Su objetividad absoluta, se vuelven instrumentos de justicia –es Altivo con los altivos, Sojuzgador con los sojuzgadores y Poderoso con los poderosos.

A su vez, estas características se interconectan entre sí formando una complicada y específica red psicológica originada por el sistema genético, basado en “paneles” que contienen millones de “interruptores” (“todos los nombres”) unos on y otros off, y que dependiendo del diseño de la configuración que se haya decidido darán lugar a una entidad nafs única, independiente y conectada a o desconectada de la NAFS divina en base a las características que le sean propias.

Este proceso está descrito en la siguiente aleya coránica:

(6) Es Él Quien os forma en las matrices siguiendo Su plan. No hay ilah, sino Él
–el Poderoso, el que Juzga con Sabiduría.
Sura 3 – ali ‘Imran

Todo en la creación de Allah el Altísimo tiene una medida, unos parámetros que no se pueden cambiar. Es cierto que hay una variabilidad, pero siempre dentro de los límites que se han asignado al insan en su estructura genética –a partir de los tiempos de Nuh (por una manipulación de los interruptores –genes– llevada a cabo por los malaikah) comenzó una paulatina disminución del promedio de vida de la gente hasta llegar a los 120 años. Nadie puede hoy traspasar esa edad. Ni tampoco medir más de 3 metros (la gran mayoría de la gente no pasa de los 2 metros). Cada especie animal o vegetal tiene especificados el grosor y la altura que puede alcanzar dentro de una variabilidad cerrada. Y lo mismo funciona para su comportamiento –un gato puede estar muriéndose de hambre, pero nunca comerá grasa.

Sin embargo, estas regulaciones genéticas no pueden ser alteradas por el hombre –es un sistema cerrado operativo (ver artículo IX) cuya manipulación destruye su armonía, dando lugar a graves trastornos y mutaciones degenerativas. A pesar de tener claras evidencias al respecto, el hombre intenta una y otra vez acceder a los “códigos” que le permitan cambiar la configuración de los interruptores y lograr la inmortalidad.

A veces, Hollywood es la encargada de sublimar su fracaso –desde los años 30 no ha dejado de producir películas sobre zombis y muertos vivientes. En 1932 el director Victor Halperin produjo la primera película de este género titulada White Zombie.  El film fue distribuido por United Artist. La idea es siempre la misma –alcanzar la inmortalidad, renacer, salir de las tumbas y continuar viviendo, aunque sea como zombis.

Esta obsesión por no morir es avivada por la errónea identificación de la nafs con el cuerpo. La ignorancia y la mala educación de la fitrah, de nuestro molde original (ver artículo XVI) hacen que según vayamos creciendo se vaya apoderando de nosotros un patológico apego por el cuerpo, hasta llegar a confundirlo con nuestra propia nafs. Ello hace que asociemos la muerte del cuerpo con “nuestra” propia muerte.

Una adecuada educación podría librarnos de esta errónea identificación y hacernos entender que no somos “nosotros” los que morimos, la nafs, sino el soporte, el sustrato en el que ésta se había manifestado. En el Qur-an, por ejemplo, se utiliza la expresión, más adecuada, de “probar la muerte” para describir este escenario:

(185) Toda nafs probará la muerte.
Sura 3 – ali ‘imran

Es decir, la nafs experimentará su separación del cuerpo, del sustrato en el que se ha manifestado en la vida de este mundo. Lo mismo que sucede cuando entramos en el ámbito del sueño –nos disgregamos y tomamos otro cuerpo, el cuerpo onírico. No obstante, la separación que ocasiona la muerte es vivida con mayor intensidad.

Por lo tanto, la muerte es separación, no aniquilación. La nafs continúa el viaje existencial manifestándose en otros cuerpos –cuerpo para la tumba, cuerpo para el castigo, cuerpo para el agasajo, cuerpo para el resurgimiento, cuerpo para el Jardín y cuerpo para el fuego –todo ello dentro de la geografía post-mortem, ya que no hay vuelta a dunia, a este mundo en el que las nafs y sus cuerpos tienen una configuración precisa e inalterable (sólo se puede degenerar o destruir).

Por otra parte, entre una fase existencial y la siguiente hay un barsaj, una barrera infranqueable que no se puede traspasar –entre la muerte en dunia y el resurgimiento hay un barsaj, un muro imposible de penetrar. No hay, pues, posibilidad de volver. Hemos entrado en la zona post-mortem de la que no se puede retornar a la fase anterior, sino seguir las fases sucesivas.

Los directores de Hollywood que se han adentrado en el mundo de los zombis y de los muertos vivientes intentan con desafortunado éxito dar credibilidad a este fenómeno aludiendo a los más peregrinos y disparatados argumentos –un virus, un experimento fallido, radioactividad… al final es una forma recurrente de ganar dinero.

Es la misma imagen que proyectan otras versiones de inmortalidad como la de Frankenstein (una premonición de los experimentos eléctricos de Nikola Tesla), Superman (de origen interestelar), los custodios del Santo Grial (en la versión original del Parzival de W. Eschenbach “el grial” es una piedra bajada del cielo por los ángeles, la piedra negra de la Ka’bah), y muchos otros mitos, leyendas y recreaciones de mil procedencias que mantienen vivo en la gente el deseo de no morir, de no extinguirse.

No hay aniquilación, pero hemos sufrido y sufriremos diferentes transformaciones –la nafs puede manifestarse en otros cuerpos que el de dunia, y se pueden activar otras configuraciones mediante interruptores on que se apagan e interruptores off que se encienden siguiendo series de combinaciones imposibles de descifrar para el hombre:

(60) En Nuestro plan está el que la muerte sea para vosotros un destino común, y no podréis evitar (61) que os transformemos, y os originemos en una forma y un estado que no conocéis. (62) Siempre habéis tenido conocimiento de cómo fuisteis producidos la primera vez
–¿es que ya lo habéis olvidado y por ello os desentendéis?
Sura 56 – al Waqiah
(19) …no habéis cesado de pasar de una condición a otra.
Sura 84 – al Inshiqaq

Todavía hay otras versiones de inmortalidad más soterradas, que no parecen que hagan referencia a este fenómeno –tener hijos, mantener el apellido, la estirpe, el linaje. Históricamente hablando, el hombre siempre ha tenido una reacción nefasta cuando se le anunciaba el nacimiento de una hija, ya que las hijas no mantienen el apellido, no perpetúan el clan, la “inmortalidad” familiar. Sin embargo, hay dos características propias de los Profetas –la orfandad y la emigración. Musa fue arrojado a las aguas siendo un bebé; Isa ni siquiera tuvo un progenitor humano; Muhammad no conoció a su padre, pues éste murió antes de que él naciera, y perdió a su madre cuando tenía 9 años. Todos ellos murieron lejos de su lugar de origen, de su patria, de su país natal. En este hecho hay una gran enseñanza, ya que la familia es simplemente el medio “genético” a través del cual se organizan las configuraciones de las nafs –elementos de la célula femenina y de la célula masculina. Hay una historia que ocurrió hace 1400 años que ilustra perfectamente la correcta actitud con respecto a la familia:

Siendo un niño, Zayd acompañó a su madre en una visita a la familia. Habiéndose alojado en el campamento de la tribu Maan, jinetes de los Qayn allanaron sus tiendas y secuestraron a Zayd. Lo llevaron al mercado en Ukkaz y lo vendieron como esclavo por 400 dinares.

Su familia lo buscó, sin éxito, durante años. Más tarde, Zayd fue comprado por un comerciante de Makkah, Hakim ibn Hizam, quien a su vez se lo regaló a su tía, Jadiya bint Juwaylid. Permaneció a su servicio hasta el día de su matrimonio con Muhammad, a quien se lo ofreció como regalo de bodas.

Años más tarde, unos miembros de la tribu de Zayd, que habían llegado a Makkah en peregrinación, se encontraron con Zayd, al que enseguida reconocieron. Este les pidió que llevaran un mensaje a su familia. En él les pedía que no se fatigaran buscándole, pues había encontrada la mejor tierra y la mejor gente con la que vivir.

Al recibir el mensaje, el padre y el tío de Zayd partieron de inmediato hacia Makkah. Encontraron a Muhammad en la Ka’bah y le prometieron un buen rescate si permitía que Zayd regresase a casa con ellos. Muhammad les respondió que era Zayd quien debía elegir su destino. Si lo que deseaba era regresar con su familia, él estaba dispuesto a liberarle sin aceptar ningún rescate a cambio. Una vez preguntado al respecto, Zayd respondió que por nada del mundo dejaría a Muhammad: “He visto algo en este hombre que me hace preferirlo a todos los demás.” Al oír esto, Muhammad llevó a Zayd al lugar de la Ka’bah donde se acordaban los contratos, y anunció a la gente: “Sed testigos de que Zayd es ahora mi hijo, con derecho a heredar de mí”. Al ver aquella actitud por parte de Muhammad, así como su generosidad, el padre y el tío de Zayd regresaron satisfechos a casa.

Muhammad ibn Saad, Tabaqat, vol. 3.

Otra versión de inmortalidad son los negocios familiares, a través de los cuales se pretende perpetuarse hasta la llegada de la Hora. A pesar del sortilegio de Ibn Jaldun de que ningún imperio económico familiar puede durar más de 4 generaciones, una y otra vez se ponen las esperanzas en alcanzar la inmortalidad, al menos la histórica, haciendo heredar, generación tras generación, empresas, talleres o campos. No obstante, el hechizo de Ibn Haldun parece imposible de neutralizar.

Quizás la versión más aberrante de inmortalidad sea la que ofrece la cirugía estética –no morir, no envejecer, mantenerse joven, renacer de las cenizas. La más aberrante y también la más encubridora, ya que trata de ocultar, de tapar, los rasgos que va dejando el paso del tiempo en nuestro rostro y en nuestro cuerpo. Esos trazos son, precisamente, el recordatorio siempre presente de que vamos a morir, de que nuestro sustrato se va a consumir y a convertirse en polvo. Mas resistirse a envejecer y a morir, a cambiar de soporte, de cuerpo, es como un paracaidista que pasa toda su vida entrenándose, pero nunca salta… Aberrante en verdad.

En la ancianidad hay tanta belleza como en la juventud, a condición de que entremos en ella con dignidad y conocimiento. De cada fase pasamos a la siguiente saltando, y para eso, para saltar, es para lo que nos entrenamos.

No obstante, la versión de inmortalidad más seductora sigue siendo la de la reencarnación, a veces confundida con la metempsicosis y esta con la transmigración de las almas. El desconcierto es inevitable, pues, en realidad, nadie sabe de lo que se está hablando.

El primer objetivo de esta doctrina, y de ahí su gran número de adeptos venidos, incluso, del cristianismo y del Islam, es evitar la noción de juicio, escapar a tan amenazador acontecimiento. La reencarnación nos aligera de este abrumador peso y nos asegura que tras la muerte volveremos a la vida en otro cuerpo y, así, de sustrato en sustrato, iremos mejorando nuestra condición hasta alcanzar la excelsitud espiritual y psicológica. Esta teoría se olvida de un hecho crucial a la hora de contestar a la angustiosa pregunta de por qué no podemos volver a la vida, ahora que ya sabemos, y actuar con rectitud. La respuesta es obvia tal y como ha sido transmitida por el sistema profético –tantas veces como volviésemos a dunia volveríamos a cometer los mismos desmanes y a negar la existencia del Más Allá.

El hombre no es libre de decidir la combinación de aspectos positivos y negativos según un mapa delimitado de interacciones entre ellos. Cada hombre, cada nafs humana, es el producto expresado de una configuración cerrada en la que nada está determinado por la voluntad humana. Todas las posibles actuaciones de un individuo concreto están especificadas en su propia configuración. De alguna forma, es desconcertante que eludamos un hecho que experimentamos cada día, a cada instante –somos lo que somos, a pesar de nosotros mismos. Objetivamente hablando, me gustaría ser generoso, pero en mi configuración hay elementos que al expresarse me presentan la generosidad como algo indeseable, y la tacañería como una buena estrategia para evitar ser engañado o perder la riqueza que legítimamente he adquirido. Y si un día comienzo a ser generoso, será porque en mi configuración existía esa posibilidad y ahora se ha activado al sobrevenirme determinadas circunstancias.

Todas nuestras características corporales y psicológicas nos han sido dadas, sin que nosotros las podamos cambiar o alterar. Por lo tanto, no hay progreso, sino desarrollo del programa existencial que ha configurado nuestra nafs.

El único posible resultado de volver indefinidamente a la vida de dunia sería el de desarrollar nuestro mismo programa una y otra vez (ver artículo XIII), ya que nuestro programa existencial está cerrado y su configuración para dunia no se puede alterar –el necio muere necio, el cobarde muere cobarde, el valiente muere valiente, el encubridor muere encubridor y el creyente muere creyente. La variabilidad producida por la posición de los interruptores genéticos, simplemente matiza la conformación general de las nafs en dunia.

No obstante, la teoría de la reencarnación contiene una incongruencia añadida –la entidad humana que vuelve a la vida de dunia, tiene otro cuerpo, otra memoria y otras características psicológicas. Por lo tanto, es otra nafs. ¿De qué me sirve el retorno a dunia si no recuerdo nada de mis supuestas vidas anteriores? Mi memoria se extiende únicamente desde los primeros años de mi existencia al instante mismo antes de morir. ¿Cómo entonces podría progresar hasta alcanzar la perfección? Más aún, tampoco recuerdo mi tiempo post-mortem y, por ello mismo, sigo dudando de que exista ese ámbito. Si no hay memoria vital retrospectiva, y nadie la tiene, siempre estaré con los mismos deseos, las mismas dudas, los mismos miedos y la misma ignorancia.

El asunto, empero, es algo más complicado, ya que nadie podría soportar la experiencia de haber vivido, por ejemplo, 60 veces, de haber muerto otras tantas y de haber pasado cierto tiempo en la zona post-mortem el mismo número de veces. La consciencia, al proyectar esos escenarios, estaría desintegrando nuestra “propia” identidad. No parece razonable pensar que alguien pudiera vivir con todas esas memorias, imágenes, secuencias… sin volverse loco.

La realidad es algo diferente. En la NAFS divina, la NAFS de Allah el Altísimo, están contenidas todas las posibilidades tanto en su forma positiva actuante, como en su ausencia –la ignorancia es ausencia de conocimiento de la misma forma que la cobardía es ausencia de coraje. Tenemos, pues, un inconmensurable océano de posibles combinaciones que deben ser adaptadas a la condición humana en dunia. Cada una de estas configuraciones diseñadas y producidas a través del sistema genético contenido en las células madres dará origen a una individualidad única, irrepetible, que llamamos nafs y que se manifestará en un cuerpo afinado con esa configuración específica y con las características propias de dunia. Esta nafs desarrollará su programa existencial que acabará indefectiblemente en su separación del cuerpo que se le había asignado, fenómeno éste que llamamos “muerte”. Al “morir” pasará a otra zona en la que un barsaj le separará irremisiblemente de dunia –es una frontera infranqueable. Tras el establecimiento de la Hora, llegará el Día del Resurgimiento. Las nafs tomarán otro cuerpo que les permita vivir en ese Día. Serán agrupadas según sus configuraciones y conducidas a los lugares que a cada grupo se le haya asignado. Se soplará en el cuerno y todos cuantos haya en los Cielos y en la Tierra caerán fulminados. Se cambiará esta Tierra y estos Cielos por otros y se volverá a soplar en el cuero. Todos se levantarán expectantes y contemplarán un paisaje diferente. Tendrán otro cuerpo y en la configuración de las nafs se habrán activado y desactivado diferentes características, si bien mantendrán la memoria general. A continuación, se establecerá la Balanza y comenzará el Juicio:

(6) Ese Día los hombres –insan– saldrán por separado para ver sus obras. (7) Quien haya hecho el peso de un átomo de bien, lo verá; (8) y quien haya hecho
el peso de un átomo de mal, lo verá.
Sura 99 – az Zalzalah

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Este símbolo que representa la justicia en el ámbito humano no está debidamente utilizado, ya que los jueces, cuando dirimen un asunto delictivo, no ponen en uno de los platillos de la balanza los actos de bien del delincuente. Se juzga únicamente un hecho, un delito, y, por lo tanto, la sentencia siempre será, en alguna medida, injusta. Por ello vemos que este símbolo no hace referencia al sistema judicial humano, sino al divino. El hombre no puede evitar transportar en su consciencia el Juicio de Ajirah. Es la Balanza del Juicio Final en la que se colocaran todas nuestras acciones. No se juzgará un delito, sino toda nuestra vida, nuestras intenciones, nuestros pensamientos y deseos… todo estará en su platillo correspondiente.

El siguiente elemento del símbolo es la espada, ya que nada podrá evitar que se cumpla la sentencia final. Los malaikah rudos impedirán que nadie pueda escapar a su destino.

Por último, tenemos la venda que cubre los ojos del juez. No ve a la nafs que se está juzgando. Ningún elemento externo puede modificar la verdad incuestionable que muestra la Balanza:

(101) Cuando se sople en el cuerno, de nada servirán ese Día parentescos ni linajes, ni tendrán nada que preguntarse. (102) Aquellos cuyas obras tengan peso en la balanza habrán salido victoriosos, (103) pero aquellos cuyas obras apenas pesen en la balanza
se habrán perdido a sí mismos. En yahannam penarán para siempre.
Sura 23 – al Muminun

No hay reencarnación, no hay vuelta, sino un viaje continuo y un continuo cambio de configuraciones –de la vida en dunia a la zona post-mortem, y de allí al resurgimiento, al Juicio y al destino final. Mas no acaba aquí el viaje –millones de posibilidades expresándose en escenarios inimaginables.