
Adam Frank para Big Think
Unos y ceros. En el nivel más simple, las operaciones que involucran estos dos dígitos son todo lo que son las computadoras. ¿Es la vida igualmente reducible? En 1991, el difunto biólogo teórico Robert Rosen exploró esa cuestión en su libro “La vida misma” (Life Itself), en el que, en resumen, argumentaba: No. ¿Tenía razón? A medida que la IA continúa evolucionando a un ritmo rápido, la pregunta de Rosen, que sigue siendo polémica hoy en día, parece más relevante que nunca.
• La cuestión de si la vida puede ser calculada y codificada por una máquina es un tema de mucho debate.
• Robert Rosen, un biólogo teórico, argumentó que los sistemas vivos son únicos porque se crean y se mantienen a sí mismos, un concepto que describió como “cercano a la causalidad eficiente”.
• Rosen demostró matemáticamente que esta aproximación a la causa eficiente significa que las características esenciales de la vida no pueden ser capturadas por computadoras, desafiando la idea de que la vida es computable.
Sea lo que sea la vida, ¿puede reducirse a una serie de operaciones matemáticas realizadas por una computadora?
El enfoque de Robert Rosen
Para Rosen, los sistemas vivos eran físicos, pero la física por sí sola no podía describir lo que los separaba de los no vivos. Al carecer de una explicación adecuada de la organización, Rosen afirmó que “el maravilloso edificio de la ciencia física, tan articulado en otros lugares, hoy permanece completamente mudo ante la pregunta fundamental: ¿Qué es la vida?”
Para Rosen, la respuesta a esta pregunta requería examinar la definición de causa. Comenzó por tomarse una licencia creativa con la famosa distinción de Aristóteles entre causa material y causa eficiente. La causa material se refiere a las sustancias o componentes físicos que componen un objeto. La causa eficiente se refiere a los factores que dan existencia a algo y lo sostienen, como los procesos e interacciones que crean y mantienen un organismo vivo.
La diferencia entre estas causas, en opinión de Rosen, puede aclararse pensando en un árbol y la pregunta “¿por qué?” La causa material del árbol, la respuesta material al por qué del árbol, es todo el carbono, el oxígeno y otras sustancias con las que está construido el árbol. La causa eficiente responde a un tipo diferente de pregunta de “por qué”. Rosen vio este tipo de causa en términos de limitaciones o relaciones rectoras en los procesos que crean y mantienen el árbol vivo.
¿Qué hace que la vida sea diferente?
En términos de física, en realidad no existe nada más que las leyes naturales que gobiernan el movimiento de los átomos en el árbol. Rosen argumentó que esto estaba bien para comprender la causa material pero no la causa eficiente. Se debe a que lo que es único en los sistemas vivos es que están próximos a una causa eficiente. En matemáticas, un sistema está próximo a una causa eficiente si las operaciones en el sistema conducen a más miembros de ese sistema. Por ejemplo, cuando sumo dos números reales, como 5 y 2, obtengo otro número real: 7. Dado que Rosen intentaba construir una matemática de los sistemas vivos, decía que los sistemas vivos crean sus propias causas eficientes. Se crean y se mantienen a sí mismos. Eso es lo que hace la vida diferente.
Para comprender lo que significa autocreación y automantenimiento, pensemos en la membrana de un animal unicelular. Al permitir que solo ciertas moléculas entren a la célula, la membrana es la que permite al organismo metabolizar y mantenerse vivo. Pero sólo si se mantiene viva la célula puede crear los procesos que crean y mantienen la membrana. La célula crea los procesos y productos (la membrana) que crean los procesos y productos que crean… todo en lo que algunas personas llaman un «bucle extraño» (círculo vicioso).
Esta aproximación a la causa eficiente fue central para las ideas de Rosen sobre la vida. Para él, era lo que diferenciaba la vida de otros sistemas físicos. Sobre todo, era lo que diferenciaba la vida de las máquinas. Las máquinas siempre tienen su causa eficiente creada por alguien más (es decir, los humanos). Incluso si se te ocurriera una máquina que pudiera repararse a sí misma, serías tú quien idearía ese plan, no la máquina en sí.
Lo más importante para la discusión de hoy: en su libro de 1991 “Life Itself”, Rosen proporcionó un argumento matemático basado en la teoría de categorías para mostrar que los sistemas con aproximación a la causa eficiente nunca podrían tener sus características esenciales capturadas por un ordenador. La versión más general de un ordenador es la famosa máquina universal de Alan Turing. Está compuesto por una cinta larga hecha de cuadrados, y cada cuadrado contiene una instrucción. También hay una «cabeza» que marcha a lo largo de la cinta, lee las instrucciones y realiza una operación en respuesta (avanzar o retroceder, reescribir el cuadrado o no). Dado que ninguna máquina de Turing puede crear su propia cabeza de lectura y escritura, es evidente que, en cierto sentido, no está próxima a la causa eficiente. Sin embargo, Rosen fue aún más lejos, argumentando que los sistemas próximos a una causa eficiente nunca podrían ser capturados por una máquina de Turing.
En otras palabras, la vida no es computable: no es una máquina.
Es una afirmación bastante sorprendente, pero ¿es correcta?

SONDAS: Resulta interesante, aunque sea patético, el hecho de que un biólogo, y ya antes hemos visto esta misma dislocación en algún que otro físico teórico, retroceda 3,000 años haciendo caso omiso del “incuestionable” progreso siempre de la mano de la “imparable” evolución, hasta llegar a Aristóteles con la esperanza, y quizás sea la última, de encontrar algún cabo que pudiera haberse quedado suelto en la epistemología del filósofo griego. Mas el hilo conductor del conocimiento no está en la filosofía griega, sino en su origen -en el sistema profético del que han bebido sus filósofos y su mitología.
La información objetiva sobre la existencia de este universo no está adherida a la supuesta genialidad de individuos, carentes en su mayoría de una genealogía rastreable, sino que -antes bien- circula por un rizoma, por una red de interconexiones extendida por toda la creación. Y será de este rizoma profético del que despunten, aquí ya allá, hasta llegar a la superficie tubérculos -bloques de información desarrollados en textos revelados y en la propia vida y enseñanza de los profetas.
Por lo tanto, si queremos entender la existencia a nivel funcional, deberemos remitirnos al relato profético y no a sus derivaciones transportadas por una filosofía que ya se encuentra en sus prolegómenos alejada del Tawhid -de la Unicidad del Altísimo y de la armonía universal que opera en todo el rizoma.
Y la primera propuesta que encontramos en esos textos objetivos es la de caminar y observar atentamente lo que vamos encontrando en este proceso de indagación. ¡Id por la Tierra y ved cómo empezó la creación! (biología, astrofísica) (Corán, sura 29, aleya 20)
Id por la Tierra y ved cual fue el final de los que alteraron la verdad. (historia, sociología) (Corán 3, aleya 137)
¿Acaso no van por la Tierra con abiertos corazones con los que razonar y oídos con los que escuchar? (científicos) (Corán, sura 22, aleya 46)
¿Puede un intelecto sano y equilibrado no caer en la cuenta de que el universo es un grandioso mecanismo formado por multitud de piezas inertes? Observamos en la creación funciones de una irreductible complejidad llevadas a cabo por entidades muertas. Sin embargo, no debería sorprendernos este -en apariencia- perturbador hecho. ¿Acaso no son similares a este engranaje universal las producciones del hombre?
Fabricamos una máquina de imprimir offset con piezas inertes de plástico y metal, y ello para que esa máquina realice complicadas funciones. ¿Dónde entonces se encuentra la inteligencia, la voluntad y la consciencia en ese mecanismo muerto? No está en él -un conjunto de piezas inertes- sino en el ingeniero que la ha diseñado y en la energía eléctrica que le da “vida”. ¿Cómo es entonces que buscamos el origen de la vida en las propias células o en los árboles o en las algas marinas y ello a pesar de que cada día imitamos en nuestras creaciones la creación del universo? ¿Es que no vemos que la vida, la inteligencia, la consciencia que impregnan la creación toda tienen que provenir necesariamente de fuera de ella, de una fuente, de un agente exterior a su “emanación”?
¿Cómo pues buscan estos biólogos la vida dentro de la propia organización de las entidades vivas, como si fueran ellas la causa eficiente de esa vida?
¡Que sigan buscando! Que sigan hurgando más y más en el extravío.
