
La mayoría de la gente considera que la Constitución norteamericana es el mejor instrumento para lograr el florecimiento humano que el hombre haya concebido… pero hay un problema.
Regis Martin para Crisis Magazine
Podríamos comenzar nuestro análisis citando la brillante pieza de ficción distópica de Walker Percy “Amor en las ruinas: Las aventuras de un mal católico en un tiempo cercano al fin del mundo”. El protagonista de Percy pasa noches de insomnio releyendo la “Historia de la Primera Guerra Mundial” de Stedmann:
Hace semanas que estoy hablando de la batalla de Verdún, que acabó con la vida de medio millón de hombres, duró un año y dejó las líneas de batalla inalteradas. Aquí empezó la hemorragia y la muerte por suicidio del viejo mundo occidental: europeos caucásicos, cristianos blancos, alemanes amantes de la música y sentimentales, y franceses racionales y de mente clara, matándose unos a otros sin pasión. Los hombres en las trincheras no se odiaban entre sí. En cuanto a los generales, se respetaban o se despreciaban precisamente como colegas de la misma profesión.
Lo importante aquí es que vivimos en una época profundamente perturbada, una época en la que parece que todos conspiran para mantener a raya la bondad. Y no sólo la bondad, sino simplemente la cordura, que no es, sino ver la verdad de las cosas para que no nos volvamos todos locos.
Me pregunto si sería posible, viviendo en un mundo como el que tenemos, ir empujando las cosas modestamente en una dirección que facilite que la gente sea buena. En otras palabras, ser capaces realmente de ver la realidad y actuar en consecuencia. ¿O es necesario que las luces siempre se apaguen, aunque tan solo sea por el hecho de que, habiendo sido arrastrada la humanidad por el pecado original, ningún renacimiento ni ninguna reforma serán jamás permanentes? ¿Debe el gusano estar eternamente dentro de la manzana, insinuando su veneno en lo profundo, infectando la fruta desde dentro?
¿Qué decir de todo esto? Más concretamente: ¿qué podemos hacer? Me refiero, como cristianos – específicamente cristianos católicos romanos. ¿Hay medidas que podamos tomar para hacer posible una vida de virtud, no sólo para unos pocos heroicos sino también para unos muchos mediocres? ¿Aquellos que, como dijo alguna vez un bromista, siempre están en su mejor momento? ¿No podría la sociedad movilizarse un poco para hacer que lo mediocre sea un poquito mejor? ¿Un andamiaje, por así decirlo, sobre el cual la mayoría de los seres humanos pudieran apoyarse para vivir una vida más decente, incluso más santa?
No se trata de la excelencia individual, del triunfo del alma solitaria, sino de un esfuerzo por elevar a todos, o al menos, hacer más fácil para la generalidad de la humanidad ver genuinamente la bondad como una posibilidad clara, incluso si se niegan a aprovecharla en la vida cotidiana de sus vidas. Porque si bien ningún hombre puede realizarse sin sí mismo, sin los demás no puede realizarse en absoluto. Mi cuerpo, en cierta medida, siempre será una frontera que me separe de los demás, pero también puede convertirse en un puente que me una a esos otros, un medio de comunión nada menos. Toda la vida es relacional, vivida en un espíritu -un ethos- de reciprocidad con los demás.
¿Sería posible, entonces, construir una cultura donde sea más fácil para los hombres ser virtuosos? “Una célula de buena vida”, lo expresó el artesano y crítico Eric Gill, “en el caos de nuestro mundo”. No la colmena, sino el Cuerpo Místico.
¿Y qué es exactamente la cultura sino una religión encarnada, una fe que se hace carne, sangre y hueso de manera visible y pública, para que todos puedan acogerse a sus costumbres y convicciones? ¿Tenemos algo parecido a eso? Quiero decir, ¿en este momento, en este preciso instante? No, no lo tenemos. Y si tal cosa se materializara de repente, una auténtica vida social arraigada en la religión, anclada en Dios, muy pronto sería suprimida. Sería desmantelado rápidamente, con el argumento de que, al haber violado el muro sagrado de separación entre la Iglesia y el Estado, no era nada menos que una afrenta a la Constitución de los Estados Unidos.
¿Hay una respuesta para esto? ¿Se puede argumentar que las personas se sientan menos llenas de ansiedad cuando se mezclan religión y política, fe y cultura, una conjunción que muchos consideran tan tóxica que se nos prohíbe incorporarla a la vida? Pienso que sí lo hay. Y con ese fin he reunido una serie de ensayos que en realidad pretenden persuadir al lector de que unir ambos tiene todo el sentido y que, al no hacerlo, realmente tenemos problemas.

SONDAS: El hecho de que el autor del artículo no plantee nada en concreto ni, por lo tanto, desarrolle ninguna idea o propuesta, complica tremendamente las cosas a la hora de tomar una posición con respecto a la suya. No obstante, parece insinuar que el problema de la cristiandad, y más específicamente de los católicos romanos, estribe en el hecho de que se haya separado, algo que ordena la propia Constitución norteamericana, el Estado de la Iglesia; o, si se prefiere, el secularismo de la religiosidad. Y este dilema, que ni siquiera el autor lo define, es de vital importancia para entender las crisis religiosas que se han ido sucediendo periódicamente a lo largo de la historia, así como el materialismo que impera en Occidente -un vasto territorio básicamente cristiano.
Y aquí la pregunta debería ser: ¿Por qué ese poder civil, secular, ateo o al menos materialista, se ha superpuesto a sociedades fundamentalmente cristianas, religiosas? Si dejamos a un lado las posibles causas colaterales, nos encontraremos con dos fenómenos suficientes para explicar esta perturbadora contradicción, este desquicie sociológico que sigue creando un tremendo malestar en estas sociedades.
El primero de estos fenómenos lo encontramos en el hecho de que la Iglesia católica y romana, aunque este problema lo podemos extender a cualquier denominación cristiana, debe estar supeditada y sometida al poder civil, al estado, ya que todas ellas carecen de ley, de sharía. Hay una cierta moral que ha sido asumida por todos los poderes civiles, como por ejemplo no matar o no robar, pero ninguna de ellas nos puede mostrar en sus textos sagrados cómo debemos heredar ni el tiempo que la mujer divorciada debe esperar antes de casarse de nuevo; ni encontramos en esos textos ejemplos claros de cómo deben hacerse los contratos comerciales, ni de muchos otros aspectos propios de la vida comunitaria, de las sociedades. De esta forma vemos cómo los cristianos, los católicos franceses, deben acatar las leyes del gobierno francés -un gobierno laico. Lo mismo deben hacer los católicos norteamericanos. Estas leyes, las leyes del hombre, deben, necesariamente, apuntalar al estado y al gobierno, y poco a poco se irán convirtiendo en lo opuesto de la Ley divina, basada en la creencia en la vida postmortem, e irán reflejando y protegiendo el materialismo indispensable para el funcionamiento del sistema secular.
La causa de este fenómeno se debe a que los judíos alteraron el Libro de Musa, introduciendo normas y leyes que favorecían a las castas sacerdotales y eliminando de su Libro aquello que no les convenía. Por ello, se le dio a Isa el Inyil, en el que se renovaba la Ley del Altísimo sin contener alteraciones ni manipulaciones. Sin embargo, buena parte de esos judíos rechazaron el Libro y las enseñanzas de Isa y continuaron con unos textos que contenían numerosas falsificaciones y omisiones.
Mas también el material que se le había dado a Isa sufrió alteraciones hasta desaparecer como tal. Hoy encontramos fragmentos del Inyil incrustados en otros textos revelados, como los manuscritos de Qumran o en algunos libros del Antiguos Testamento.
En este contexto se descargó sobre el profeta Muhammad un Corán en lengua árabe, el Furqan por antonomasia, en el que se reestablecía la verdad profética revelada a los profetas y contenida en los libros -la Torá, el Zabur, el Inyil… y los textos revelados a Ibrahim. Mas cada uno siguió con sus falsificaciones -los judíos con las suyas y los cristianos con las que Pablo había generado un nuevo credo, en el que hacía de Isa un dios, hijo de Dios. Por ello, unos y otros carecen de sharía, de Ley, de una ley que regula todos los aspectos de la vida del hombre en este mundo. Los católicos, pues, no pueden eliminar el poder civil, la ley civil, pues no tienen otra que la substituya.
Esa situación -separación de poderes- podría mantenerse en pequeñas comunidades al margen de la complicada red social que aún se extiende por todo el mundo.
El segundo fenómeno, no menos perturbador que el primero, es el hecho de que el credo de los católicos está lleno de altercados lógicos y ontológicos -algo que la gente, una vez liberada de las amenazas inquisitoriales de la Iglesia, no acepta, optando por el Islam, algunas corrientes esotéricas y orientales, o -en el caso de la mayoría- por un ateísmo que concuerda perfectamente con el poder civil y secular que les gobierna. La gente, sobre todo aquellos que buscan sinceramente la verdad, no pueden aceptar la idea de un Dios Todopoderoso, Creador de los Cielos y de la Tierra, encarnado en un hombre de carne y hueso, y que más tarde será crucificado y asesinado, para días después ascender a los Cielos en cuerpo y alma. ¿Quién subió a los Cielos? ¿Aquél que sirvió de vehículo a Dios mientras deambulaba por la Tierra? ¿O fue Dios el que ascendió? ¿Con un cuerpo humano? No hay explicación porque se trata de los enigmas, de los misterios propios de una religión; pero en una religión no hay este tipo de altercados, esta terrible dislocación entre la cognición humana y lo que se nos obliga a creer.
Por lo tanto, la cristiandad, la Iglesia católica romana o cualquier otra no son, desde los tiempos de Constantino, sino poderes político-económicos que nada tienen que ver con las enseñanzas de Isa ni de Musa ni de Ibrahim ni de Muhammad.
Yendo ellos, uno le dijo en el camino: Señor, te seguiré adondequiera que vayas. Y le dijo Jesús: Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene donde recostar la cabeza. (S.Lucas 9:57-58)
La primera virtud, la primera bondad que deberían asumir todos los cristianos, es la de no decir “tres”. Y es aquí donde empezaría no solo una verdadera cultura cristiana, sino también -y, sobre todo- el poder de los creyentes… sin denominaciones, sin iglesias; creyentes hermandados en la adoración de un Único Dios.
¡Qué grandes encubridores son los que dicen: “Allah es uno de tres,” cuando no hay, sino un Único Ilah! Más les valdría abandonar ese discurso, pues los que de ellos encubran la verdad tendrán un doloroso castigo. (Corán, sura 5, aleya 73)
