¿Es la súplica fundamentalmente egoísta?

Jonny Thomson para Big Think

Mucha gente reza. Si le preguntas a un antropólogo o a un teólogo, te mostrará mil actos de oración diferentes. Y así, como puedes imaginar, la idea de «oración» no es fácil de precisar. Una oración puede ser un acto de devoción, adoración, humildad, meditación, ritual, conexión social, etc. Pero un tipo común de oración es la “oración suplicante”, en la que un creyente le pide a su deidad algún tipo de beneficio. En Filosofía Cotidiana de esta semana, nos preguntamos si alguna vez podemos llamar a esta oración “egoísta” y si hay mejores o peores maneras de orar.

Es 1590, dos ejércitos se encuentran en los campos en las afueras de Ivry, en Francia. Ambos ejércitos son un caos de niños, ancianos, lisiados y mercenarios extranjeros. Después de 30 años de guerra civil, eso es todo lo que queda. En este último y macabro capítulo de las Guerras de Religión francesas, los sacerdotes caminan arriba y abajo entre las filas. Les dicen a todos los que están presentes que “Dios los bendiga”, “Todo esto es para Dios” y, lo más importante de todo, “Por favor, Dios, danos la victoria en este día”. Protestantes y católicos rezan al mismo Dios para que les dé a ambos la victoria. Dios tendrá que decepcionar a mucha gente.

La “oración suplicante” es la idea de que los fieles pueden pedir ciertos favores o beneficios a su deidad. Las peticiones contradictorias y las solicitudes contradictorias son un problema. Pero también es superficial. Para la mayoría de los creyentes, la religión no se trata de beneficios de intercesión. Para los monoteístas, especialmente, Dios no es una máquina expendedora, y se cree que tiene mucha más sabiduría en su omnisciencia que repartir dulces como una abuela demasiado indulgente en Navidad.

La pregunta, sin embargo, trata sobre una cuestión más profunda en la filosofía de la religión. Cabalga entre filosofía, historia y psicología humana, centrándose en el propósito de la religión en la vida de las personas. Entonces, para responder si la oración es fundamentalmente egoísta, miraremos al psicoanalista Sigmund Freud y al teólogo alemán Friedrich Heiler en el seminario de esta semana.

Freud: En tiempos desesperados, necesitamos la ayuda de los dioses

Según Freud, la primera motivación que tuvieron los humanos para crear la religión fue el miedo. No es simplemente miedo a la muerte, sino más bien miedo a las grandes y poderosas fuerzas de la naturaleza. Los animales extraños que merodean en la oscuridad, las lluvias torrenciales del monzón o el frío invernal que agota la vida son peligrosos por derecho propio. Para nuestros primeros antepasados, la naturaleza no era un paseo por el bosque. No fue un buen día ni bueno para tu salud mental. Era un lugar terrible y aterrador, lleno de sombras y fuerzas que podían destruirnos.

Entonces lo que hicimos fue crear dioses. Arrojamos luz a la oscuridad y racionalizamos lo irracional. Le dimos a la naturaleza una personalidad con la que podíamos rogar, adorar y negociar. Las tormentas eléctricas seguían siendo aterradoras, pero de repente había una razón detrás de ellas: una motivación. Una mala cosecha seguía siendo letal, pero al menos podíamos hacer algo al respecto rezando a algún tipo de deidad de la fertilidad.

Para Freud, la oración suplicante reside en los principios más básicos de la religión: podemos imaginarnos tomando control de la naturaleza a través de Dios. Freud era psicólogo, pero su argumento tiene cierto peso antropológico y teológico. Casi todas las religiones antiguas presentaban algún tipo de oración suplicante y ofrendas votivas (como sacrificios). Se sabe que el pueblo Ewe de Ghana reza a un espíritu del río para pedir ropa y conchas de cauri y a otro espíritu para que castigue a quienes les han hecho daño. El jefe de los Adivasi en la India reza durante una sequía, pidiendo a los dioses que envíen lluvia y los salven del hambre. Los israelitas inicialmente adoraron a Yahvé porque demostró su experiencia en la guerra, pero cuando se establecieron en Canaán, recurrieron al culto de Baal, quien se creía que hacía crecer las cosechas desde tiempos inmemoriales.

Para Freud y muchas de las primeras religiones, la oración suplicante no es tanto “egoísta”, sino estructural para todo el objetivo de la religión en primer lugar.

Heiler: La verdadera religión se trata de no tener ego

En su libro “Oración” de 1932, el teólogo Heiler analizó todas las religiones principales y una gran cantidad de datos antropológicos para identificar siete tipos diferentes de oración, de los cuales la oración suplicante es uno. Heiler admite que “la base de toda oración es la súplica”, pero también sostiene que es la forma más elemental y primitiva de adoración. Heiler la llama “primitiva” porque la súplica suele consistir en pedir cosas que son “útiles o que contribuyen a la felicidad personal”. Incluso cuando [un adorador] ora por cosas de valor estético o social, como lo hace a veces, se encontrará en su oración un toque de hedonismo egoísta”.

Para Heiler, la marca de una religión más avanzada y un discípulo más sofisticado es cuando la oración implica humildad y adoración. Como él dice: “El carácter devocional de la oración al Señor es bastante diferente. La humildad y el temor llenan al que ora. Está impregnado de la grandeza y del poder del Señor, aplastado por un sentimiento de absoluta dependencia”. Por supuesto, el libro de Heiler está redactado en el lenguaje de su propio protestantismo alemán de la década de 1930, pero la idea de que la humildad está en el corazón de todas las religiones es común. Todas las principales tradiciones religiosas conllevan de forma destacada una vena de humildad.

Para responder directamente a la pregunta: si pensaras que merecía o tenía derecho a algún tipo de respuesta a sus oraciones, entonces sí, eso sería egoísta y antitético a la versión de Heiler de una religión desarrollada. Para Heiler y muchos teólogos, la verdadera oración no tiene ego. Es sumisión y perderse en algo más grande.

No todas las oraciones

En cierto modo, no hay demasiado conflicto entre los argumentos de Freud y Heiler. De hecho, incluso podrían considerarse elogiosos. Podríamos argumentar que las primeras motivaciones de los humanos para recurrir a la religión nacieron del miedo y de la necesidad de tener un poder de súplica sobre la naturaleza, pero que ese no es el propósito de la mayoría de las religiones actuales. Si bien es casi seguro que no usaríamos el lenguaje de “hombre primitivo” que usa Heiler, podríamos argumentar que algunas formas de adoración dependen en gran medida de la súplica. Incluso el filósofo William James, un creyente, era consciente de que el éxito de la fe dependía de cuánto nos ayudara en nuestra vida.

Por mi parte, comprendo la posición de Heiler. Yo diría que si alguien sólo ora por su propio beneficio –por “hedonismo egoísta”– entonces eso sí parece egoísta y, por lo tanto, peor por ello. Pero me sorprendería mucho que este fuera el caso mayoritario. Me sorprendería que ese fuera el caso de cualquiera que se haya detenido a reflexionar sobre sus propias creencias. Primero, la oración suplicante en nombre de otra persona, como en “Rezo para que mi abuelo se mejore”, ciertamente no es egoísta, y muchas oraciones no son suplicantes. Son devocionales, rituales, sociales, meditativas, etc.

Entonces, no, “pensar que tus oraciones serán respondidas” no siempre es egoísta, ni siquiera en su mayoría.

SONDAS: Ya nos advirtió Soren Kierkegaard que los filósofos hablan únicamente de lo que saben, mientras que los profesores de filosofía hablan de todo a toda costa. Y profesor de filosofía en Oxford fue Jonny Thomson -lo que le incita a hablar de lo que no sabe, pues cómo puede un ateo entender la experiencia religiosa de un creyente, ya que la creencia es -ante todo- una experiencia en constante debate consigo misma. Esta ignorancia fundamental basada en ideas y teorías es lo que le empuja a Thomson a cometer graves errores definitorios e interpretativos.

El concepto mismo de “deidades” abroga el concepto de “religión”, que exige dos elementos imprescindibles -el Tawhid (la Unicidad de Dios) y Ájirah (la vida del Más Allá). Sin estos dos elementos, claramente definidos, ningún sistema espiritual puede llamarse religión. Cuando un grupo étnico tiene su deidad, eso se llama idolatría, no religión. De ahí que todos los sistemas chamánicos -ya nos refiramos a budismo, taoísmo o cualquier otro- no son religiones, sino sistemas paganos que, precisamente, eliminan toda noción de transcendencia.

Y es este simplismo de Thomson lo que le lleva a manchar la paleta con miles de colores con los que pintar un collage abstracto, humano, chamánico… para luego camuflar esa falacia con el nombre religión o religiones, deidad o deidades.

Ésta es la forma irónica -cínica- que tienen los ateos de deshacerse del problema. Por una parte -no hay Dios, pero Dios tendrá que decepcionar a muchos. ¿Qué Dios? Si no existe una “deidad” que escuche, entonces todo este pasaje de la historia, desde el punto de vista del no-creyente es una entelequia sin ningún resultado práctico.

Sin embargo, el asunto va mucho más allá, pues en su cinismo Thomson plantea: ¿A quién va a hacer caso ese Dios no existente, ya que es el mismo Dios para católicos y protestantes? Mas esa deidad a la que suplican ambos ejércitos no es ninguna deidad, pues ambos sistemas sacerdotales se han salido del camino profético y por lo tanto no tienen guía. Su Dios es una deidad fabricada por ellos mismos. Ambos grupos van a sentirse muy decepcionados.

Podríamos rectificar la máxima de Freud diciendo que en momentos de desesperación necesitamos ayuda. Nos sentimos incapaces de hacer frente a una situación que nos supera, y por lo tanto buscamos la solución fuera de nosotros. Si el hijo al que tanto amas hubiese contraído un cáncer ¿qué harías? Según lo que Freud propone, aunque no lo diga, no deberíamos hacer nada -esperar a que muera y después enterrarle. Sin embargo, esa actitud va en contra de la naturaleza humana. Si hay una posibilidad de que mi hijo no muera, la voy a buscar. Pero ¿dónde? Todos los médicos y hospitales le han desahuciado. ¿Qué me queda? ¿A mí, que soy ateo? Me queda Dios porque en el fondo de mi corazón sé que solo Él tiene el poder de curarle, de una forma u otra.

No se trata aquí de una simple petición de principio. Recordemos el ultimo vuelo que realizó el Concord -Nueva York/Paris. Ya cerca de llegar a su destino el tercer motor falló y el avión comenzó a descender a gran velocidad sin que el piloto pudiera hacer nada por evitarlo. Los pasajeros, sin duda que la mayoría de ellos serían ateos o indiferentes, comenzaron a suplicar: “¡Dios mío, sálvanos!” Así lo relataron a los periodistas varios pasajeros, pues Dios les salvó, el piloto estabilizó el avión y aterrizaron en París. Sin embargo, unos minutos después, cuando se sintieron a salvo, comenzaron a alabar la ingeniería del Concord, la pericia del piloto… olvidándose que unos minutos antes, llorando, le habían pedido a Dios -no al Dios católico, al Dios protestante- al único Dios, que les salvara.

Si os ocurre algún mal, Le imploráis temblorosos. Luego, una vez que os ha retirado ese mal, un grupo de vosotros da poder a otras entidades aparte de su Señor para encubrir la gracia que le hemos concedido. (Corán, sura 16, aleyas 53-55)

Por lo tanto, el hombre se mueve por motivaciones que le son intrínsecas a su naturaleza. Continuamente pedimos ayuda, suplicamos. Mas aquí el problema es ¿a quién? Solo hay un Dios y una religión que se ha ido desarrollando, protegiendo y enseñando al hombre a través del sistema profético.

¿Puede el hombre “crear la religión”? ¿A partir de qué? Ese hombre primitivo, casi animal ¿podría producir a partir de sí mismo y de su entorno el sistema conceptual más complejo para el ser humano -la religión? Implica una detallada descripción de cómo se originó este universo, la Tierra, la vida; una detallada enunciación de características psicológicas del hombre; una complicada geografía postmortem; conceptos de eternidad, de infinitud, de consciencia… ¿Puede ese hombre primitivo comprender y generar todo eso?

Una nefasta característica de los anglo-sajones es su incapacidad para despegarse de su tiempo. Hablan de la vida del Neandertal como hablarían de la vida de una familia californiana o londinense.

Ese hombre asustado ante los terribles escenarios que le propiciaba la naturaleza era el Bashar, y el Bashar no tenía religión, pues carecía de un lenguaje conceptual y ello le impedía representarse una imagen de la creación. Sin embargo, el Insan -la actualización de este Bashar, el hombre completo- siempre ha entendido los fenómenos naturales y ha dispuesto de las técnicas necesarias para desarrollar comunidades en las que practicar la agricultura, la ganadería, la pesca… técnicas que le fueron enseñadas por los Malaika, otra entidad inteligente, dotada de consciencia.

Esta descripción hace referencia al chamanismo, no a la religión. En el chamanismo hay fuerzas misteriosas que actúan en la vida del hombre y que pueden ser controladas por el chamán, el oráculo o una cabeza parlante. En la religión, en cambio, todo está claro. La vida del hombre en este universo tiene una finalidad que debemos encontrar no aquí, sino en la vida del Más Allá, de la misma forma que la finalidad de un estudiante no es estudiar, sino conseguir un buen trabajo gracias a sus previos estudios. Es aquí en este mundo donde construimos nuestra vida en el Otro. Y eso es lo único que le incumbe entender al hombre.

Sin embargo, chamanismo y sistema profético caminan paralelos, con ocasionales intercesiones, de forma que elementos chamánicos se filtran en el relato profético y conceptos proféticos se adhieren a sistemas chamánicos. Por lo tanto, es de vital importancia entender ambas corrientes y saber diferenciarlas. Para ello un factor decisivo es la oración. ¿Cómo oramos? ¿Qué pedimos? ¿A quién?

Los musulmanes suelen decir: La mejor súplica, la más sincera, es la del hombre que se está ahogando. No hay en esta súplica elementos rituales, egóticos, rutinarios… sino que pedimos a Dios con toda la sinceridad de nuestro corazón, pues nos estamos ahogando -no podemos respirar.

El creyente agradece a su Señor constantemente por los inmensos favores que le concede en Su misericordia, pero suplica únicamente cuando es necesario. Pide a Dios lo que es bueno para su religión. Pide a Dios que le aleje de la corriente chamánica. Pide por el resto de los creyentes… y agradece.