El discurso del arzobispo Elpidophoros en el día de la celebración de la independencia de Grecia en la Casa Blanca, 24 de marzo de 2025

Orthodox Observer News, Greek Orthodox Archdiocese of America

Señor Presidente,

Ante todo, permítame transmitirle las felicitaciones de la comunidad greco-estadounidense por su reelección a la Presidencia de nuestra nación -anhelamos un futuro brillante para todos los estadounidenses. También quiero agradecerle la creación de la Oficina de Fe de la Casa Blanca, que promete ser una colaboración extraordinaria entre su administración y los líderes religiosos.

Hoy, Señor Presidente, usted honra extraordinariamente al pueblo greco-estadounidense con la celebración anual del Día de la Independencia de Grecia aquí en la Casa Blanca. Como siempre, nos sentimos honrados por el prestigio de esta celebración y, en nombre de todos, le agradezco que continúe esta maravillosa tradición que reconoce las raíces griegas de la democracia.

Estamos aquí para celebrar la primera democracia del mundo, Grecia, y la mayor democracia del mundo, los Estados Unidos de América. Aclamamos y recordamos a los Héroes Inmortales de 1821, quienes, al igual que los de 1776, lo dieron todo para lograr la libertad de su tierra.

Señor Presidente, le agradecemos especialmente su compromiso con el cristianismo, y en especial con los cristianos de Oriente Medio, quienes mantienen vivo y próspero el cristianismo en sus tierras de origen.

Como hijos e hijas de la Iglesia Madre de Constantinopla, cuyo líder más longevo en la historia es Su Santidad el Patriarca Ecuménico Bartolomé, le agradecemos su inquebrantable apoyo a la misión espiritual de nuestro Patriarcado Ecuménico en Estambul.

Señor Presidente, usted lidera el mundo en la defensa de la libertad y la paz entre todos los pueblos. Le agradecemos profundamente su apoyo a Grecia y a la causa de la justicia en Chipre.

Con su liderazgo, usted encarna los valores de nuestra fe cristiana y el amor por el Evangelio. Me recuerda al gran emperador romano Constantino, quien fundó y construyó la magnífica ciudad de Constantinopla, mi ciudad natal, hoy conocida como Estambul.

Es para mí un gran honor entregarle esta Santa Cruz, el mismo símbolo que llevó al emperador Constantino a la victoria. Como Cristo le reveló en una visión: “Ἐν τούτῳ νίκα” -Ve con esto y sé victorioso, esta cruz es un símbolo eterno de paz y un trofeo invencible, un signo de fuerza y ​​guía divinas.

Con esta cruz, le ruego que traiga la paz al mundo y haga a Estados Unidos invencible.

Que Dios siempre le bendiga, Sr. Presidente, junto con la Primera Dama, su familia, su administración y las fuerzas armadas de nuestra nación, con salud, larga vida, su gracia eterna y su fuerza invencible.

¡Viva Estados Unidos! ¡Viva el pueblo griego!

SONDAS: Más que hablar de la Tercera Guerra Mundial, algo que llevan haciendo los medios de comunicación casi desde el final de la Segunda, deberíamos referirnos a las “preparaciones militares”, a los esbozos de conflictos armados que presenciamos por doquier, como a los prolegómenos de la novena -y quizás última- cruzada. Ahí está, si no, el tatuaje bicépsido de Pete Hegseth, jefe del Pentágono, en el que se puede apreciar -en lengua árabe- la palabra “kaafir”, cuyo significado es el de “encubridor” -el que conoce la verdad y la oculta, la deforma… para que nadie la reconozca como tal. Con esta palabra se denomina a Iblis y a sus ejércitos de Yins y de hombres.

Pero quizás sea aún más significativo la inscripción latina de su tatuaje -Deus vult- Dios lo quiere. No fueron los reyes europeos, papado incluido, los que se dirigieron a Tierra Santa para librar a los cristianos de la opresión musulmana. Fue Dios quien así lo quiso. Ellos simplemente obedecían las ordenes del Todopoderoso, que según sus crónicas les ordenó masacrar a judíos y a cristianos con el propósito de robarles sus riquezas, acabar con sus “herejías”, pues –“no aceptaban la omnisciencia del Vaticano”; y acabar con el Islam de una vez por todas. Hace bien Hegseth en autocalificarse de “kaafir”, extendiendo este calificativo a sus antepasados europeos, los cruzados, pues, bien al contrario, el Altísimo les ordenó someterse a la verdad y entrar en el Islam, no combatirlo.

Y parece que en los tenebrosos sótanos en los que Occidente cuece sus pócimas se está preparando esta última cruzada. Hay signos de ello. Elpidophoros le recuerda a Trump que Estambul era Constantinopla -la capital de la cristiandad, y que por un maldito descuido pasó a manos de los musulmanes. Tomémoslo, parece decir Elpidophoros, como un paréntesis histórico, pero -señor Presidente- es hora de abrirlo y dejar de fluyan nuestros poderosos ejércitos por todas esas tierras que nunca debieron caer en manos musulmanas. Es la cantinela que no hemos dejado de escuchar desde aquel día en el que los cruzados tuvieron que volver a sus míseros territorios asolados por la ignorancia, dejando atrás la Tierra Santa que ellos habían devastado: “Somos Occidente, la civilización judeo-cristiana”. Todos los demás credos, idiosincrasias, cosmologías… sobran.

Netanyahu ya ha empezado a barrer las sobras en Gaza y advierte a Turquía, a los “usurpadores de Constantinopla”, que una guerra entre ambas naciones parece ya inevitable:

Resulta difícil cambiar la letra de esta tonadilla que se ha grabado en el centro de nuestra alma como el tatuaje de Hegseth, pero resulta obvio e incuestionable que Occidente nunca ha sido cristiano, al menos desde el punto de vista espiritual. Occidente es el bastión de los judíos. Y si viéramos la foto completa, advertiríamos que en el centro está Netanyahu con las dos manos abiertas. Sobre la mano derecha tenemos a Trump, empequeñecido; y sobre la mano izquierda tenemos a Elpidophoros, tan disminuido como Trump -una imagen perfecta de la santísima trinidad. Probablemente Putin derramaría abundantes lágrimas al verla, pues una vez más Rusia ha quedad excluida del triángulo metafísico.

Mas la pregunta que aquí tiene mayor relevancia es la de si Putin a pesar de todo -a pesar de su exclusión- se unirá a la última cruzada.