Olvídense de Huawei, el espionaje de Estados Unidos a Dinamarca muestra que la verdadera amenaza para los países europeos proviene de Washington.

Tom Fowdy para RT

El vergonzoso hecho de que Estados Unidos se haya dedicado a vigilar a Dinamarca no deberían sorprendernos. Constantemente ha estado espiando a sus aliados, y sus esfuerzos por vilipendiar a Huawei son simplemente un intento de crear una cortina de humo.

La emisora ​​pública de Dinamarca DK ha revelado, citando fuentes anónimas, que la Agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (NSA) cooperó con los servicios de inteligencia del país para espiar a los ministerios de finanzas y relaciones exteriores danesas.

El propósito era recopilar información sobre el programa de adquisición de aviones de combate de Dinamarca, con el objetivo de asegurarse de la adquisición de los Lockheed Martin F-35 por parte de Copenhague a expensas de las empresas de defensa europeas.

La historia, aunque se aireó en Dinamarca y los Países Bajos, fue ignorada en gran medida por los medios internacionales de habla inglesa. El escándalo del espionaje llega en un momento en el que Washington impulsa agresivamente la idea de una “red limpia”, exigiendo que los países europeos excluyan a la empresa china Huawei de sus redes de telecomunicaciones en medio de acusaciones de que es un “riesgo de espionaje”.

Sin embargo, eso no es lo que está sucediendo aquí. La “red limpia” no es limpia en absoluto, y la amenaza para los países europeos está mucho más cerca de casa que Beijing. Estados Unidos tiene una larga y bien establecida historia de utilización de sus acuerdos de inteligencia para espiar a países europeos por razones comerciales, sobre todo cuando se trata de licitar el ‘complejo militar-industrial’. Sin embargo, en lugar de preocuparse por esto, el público y los medios de comunicación se han perdido en la histeria por una sola empresa, Huawei, cuya supuesta complicidad en el espionaje nunca ha sido probada.

¿Qué es el complejo militar-industrial? El término se refiere a una oligarquía de contratistas aeroespaciales y de defensa multinacionales estadounidenses que constituyen la columna vertebral del ejército estadounidense, como Lockheed Martin, Boeing y Raytheon, por nombrar algunos. Estas empresas ejercen una influencia desproporcionada sobre la política estadounidense para mantener sus enormes márgenes de beneficio.

Emplean una serie de estrategias para hacerlo, que incluyen el financiamiento de think tanks que promueven activamente políticas exteriores agresivas y lideradas por militares, como el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS). Pero lo más alarmante es que sus representantes y cabilderos están inmersos en el propio sistema de Washington DC. Tomemos, por ejemplo, a Nikki Haley, que hasta hace poco era miembro de la junta ejecutiva de Boeing. ¿Qué sabe ella sobre ingeniería aeroespacial? Nada. ¿Qué sabe ella sobre la promoción de la guerra y las políticas neoconservadoras? Mucho.

Sin embargo, esto no es todo. Lo que nos recuerda esta revelación en Dinamarca es que el complejo militar-industrial también se coordina con la inteligencia estadounidense para promover sus intereses, incluso socavando a los competidores dentro de los países aliados.

Por ejemplo, en 1994 está documentado públicamente que el programa estadounidense Echelon socavó un acuerdo entre la empresa europea Airbus y Arabia Saudita para asegurar un contrato de $ 6 mil millones para Boeing. Asimismo, se reveló hace varios años que la NSA había espiado a la Cancillería de Alemania durante décadas. Lo que ha sucedido en Dinamarca no es nuevo, es parte de una tendencia enfermiza.

A pesar de que Estados Unidos espía a los países europeos con el fin de promover intereses del complejo militar-industrial, el respaldo del secretario de Estado Mike Pompeo a la “red limpia” viene con afirmaciones de que el esquema promueve la privacidad y la seguridad de los datos al excluir a los “proveedores no fiables”. Pero es obvio que tal red no existe porque Estados Unidos puede infiltrarse en ella a voluntad; es una fachada falsa.

La verdadera razón por la que Estados Unidos busca excluir a Huawei no es por motivos legítimos de seguridad, sino para mantener su monopolio estratégico sobre un Internet global y la vigilancia de la red. Ya sea que Huawei espíe o no, y nada ha demostrado que lo haga, es una empresa que no está bajo el control político de los EE. UU. y sus socios de inteligencia, lo que hace que sus redes sean más difíciles de infiltrar y subvertir.

Estados Unidos no ha promovido agresivamente su campaña anti-Huawei porque se preocupe o actúe de buena fe. Lo ha hecho porque hay un conjunto obvio de intereses que el auge de la empresa china desafía, y la creciente influencia de Huawei también roza el complejo militar-industrial, así como los diversos esfuerzos de vigilancia de Internet de Estados Unidos, como Prism.

Por lo tanto, el mensaje debería ser el siguiente: olvídense de China, Estados Unidos es el mayor, más avanzado e incomparable defensor de la vigilancia global en el mundo, gran parte de ella documentada y verificada públicamente. Estados Unidos no solo espía con frecuencia a países que dice ser sus aliados, sino que también busca socavar sus intereses comerciales para garantizar que se mantengan el monopolio global y los márgenes de beneficio del complejo militar-industrial.

Por lo tanto, lo que se describe como “la red limpia” es poco más que hipocresía de Pompeo, una mentira empaquetada diseñada para sostener un status quo que favorece a Washington, y para el que una empresa de telecomunicaciones china representa una amenaza.

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SONDAS: El poder actúa como los teóricos agujeros negros –todo lo engullen y ello hace que cada vez sean más densos. No debemos olvidar que los gobiernos son inquilinos momentáneos a los que no les da tiempo de recorrer la casa y hacerse una idea de su estructura, tamaño, disposición de las habitaciones… Enseguida tiene que irse y dejar la casa limpia para el próximo inquilino. Los servicios de inteligencia, empero, no se van nunca. Conocen bien la casa, conocen sus entresijos, su historia, sus sucios secretos. Son ellos los que tienen verdadero poder. Más aún, ellos son el poder. Forman una red subterránea de la que raras veces emerge algún nudo. Es una red que cubre el mundo entero. No hay diferencias entre ellos. Las diferencias tienen lugar en la superficie, entre los gobiernos elegidos en las urnas, que no tienen ningún poder. Forman parte de la farsa general y hacen creer que ese es el juego, el juego democrático.

¿Quién ha originado la pandemia y quién la dirige, quién da las consignas? Desde luego, no los gobiernos. Recordemos cuáles eran sus declaraciones al principio, en enero y febrero de 2020 –no hay de qué preocuparse; una gripe cualquiera; no hace falta tomar medidas especiales como hace China… Estas eran las declaraciones espontáneas de los gobiernos europeos y del estadounidense. Y tenía razón –una simple gripe que se llevará por delante, como todas las gripes, a algún que otro viejito o a gente con problemas serios de salud. Pero el núcleo de poder de esos servicios de inteligencia, el verdadero deep state, comenzó a dar órdenes y a dirigir la pandemia en todo el mundo.

De la noche a la mañana, cambió la narrativa de los gobiernos. Sus mensajes, ahora, eran alarmantes. El virus había resultado ser mucho más que una simple gripe –mutaba, dañaba el cerebro, se escondía, podía unirse a cualquier tipo de células. Había que cerrar los países, los aeropuertos, las empresas, los locales públicos. Más aún, había que ponerse mascarillas, lavarse bien las manos (por primera vez en el caso de millones de norteamericanos), alejarse de sus semejantes, confinarse en casa… Cada día llegaban nuevas medidas, nuevas argollas que la gente se ponía ella misma para salvar la vida. Una vida que nunca había estado en peligro, amenazada.

Este núcleo de poder de los servicios de inteligencia tiene dos vías de transmisión. La transmisión pública, que realiza a través de los medios de comunicación. La CIA ordenó a Bezos que comprara el Washington Post, uno de los periódicos más influyentes del mundo (le costó 100 millones de dólares), y ahora, la CIA tiene a su favor este medio para lanzar sus consignas al mundo. En realidad, se trata de uno más, de un medio más, a su disposición. La otra transmisión, la secreta, se realiza a través de contactos con los individuos que tienen poder de actuación en los gobiernos. No tienen que ser, necesariamente, los presidentes o primeros ministros. Pueden ocupar puestos más bajos, pero estratégicos, como Simón, que es quien dirige, de facto, la política sanitaria y la pandemia en España. Son estos individuos los que proporcionan información al núcleo o a sus agentes que operan en los servicios de inteligencia de todos los países de la Tierra. 

Ahora, el mundo sabe que USA ha estado espiando a Dinamarca y al resto de sus aliados. Mas ¿quién puede exigirle cuentas a la CIA? ¿Los gobiernos europeos, sus servicios secretos? En este caso sería como pedirle al policía que ha robado el banco que detenga al ladrón.

La democracia hace aguas por todas partes porque es una farsa, un truco. Mientras se llenan los palacios presidenciales y los parlamentos con nuestros votos, el deep state lleva a cabo sus planes desde la red subterránea de sus servicios secretos.

Los norteamericanos han votado, convencidos de que sus presidentes dirigen la política de los Estados Unidos. O quizás no estén convencidos, pero su dependencia del sistema que ha generado para ellos el deep state es tan fuerte, que preferirían morir antes que desconectarse. ¿Haremos nosotros lo mismo? ¿Harán lo mismo los daneses?